Neurosis y ansiedad: antecedentes conceptuales de una categoría actual


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NEUROSIS Y ANSIEDAD: ANTECEDENTES 

CONCEPTUALES DE UNA CATEGORÍA ACTUAL

Sarudiansky Mercedes

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas/Centro Argentino de Etnología 

Resumen


En el presente trabajo intentaremos realizar un recorrido teórico 

sobre los conceptos que, en su trayectoria como entidad mórbida, 

han funcionado como verdaderos antecedentes de lo que en la 

actualidad denominamos ansiedad desde la perspectiva psicológico-

psiquiátrica. Para tal fin, comenzaremos introduciéndonos en los 

primeros textos médicos sobre las neurosis, que datan del siglo XVIII, 

de la mano del médico escocés William Cullen, quien es considerado 

como el creador de este término. En segunda instancia, haremos 

referencia a distintos cuadros mórbidos que se desprenden de este 

concepto y que han sido considerados como antecedentes directos 

de los distintos cuadros actuales que entran bajo la órbita de los 

“trastornos de ansiedad”.

Palabras Clave

Ansiedad Neurosis Categorías Síntomas

Abstract

NEUROSIS AND ANXIETY: CONCEPTUAL BACKGROUNDS OF A 

CURRENT CATEGORY

IIn this paper we will make a theoretical trajectory over the 

backgrounds of the psychological and psychiatrical category of 

anxiety. In that order, we will start focusing on the first medical 

documents about neurosis, a concept created by William Cullen 

in the 18th century. Second of all, we will make reference to the 

distinct morbid categories that developed from neurosis, which are 

considered as direct predecessors of the current anxiety disorders.

Key Words

Anxiety Neurosis Categories Symptoms.

Introducción: 

Definir qué es ansiedad parecería ser una tarea sencilla. Sin 

embargo, una vez que nos adentramos en los distintos discursos que 

dan cuenta de ella, de los distintos términos y acepciones que la 

definen, nos hacemos a la idea de que no es un trabajo simple. En el 

presente trabajo intentaremos realizar un rastreo conceptual en torno 

a las definiciones, acepciones y términos que, o bien son tomados 

como sinónimos, o bien forman parte de una estructura en el que la 

ansiedad se encuentra inmersa.

Para comenzar con este trabajo, es necesario establecer, aunque sea 

arbitrariamente, un punto de partida. Para hacer de este punto de 

partida lo más convencional posible, comenzaremos definiendo la 

ansiedad desde el significado compartido de tal palabra, según la 

Real Academia Española.

(Del lat. anxietas, -atis).

1. f. Estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo.

2. f. Med. Angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en 

particular a ciertas neurosis, y que no permite sosiego a los enfermos.

Pese a la brevedad de la definición, podemos rastrear varias 

cuestiones: Por un lado, la raíz de la palabra ansiedad remite al 

término latino anxietas. Luego, la primera acepción nos describe un 

estado del ser humano ligado a la inquietud. Por último, se presenta 

una acepción caracterizada como “médica”, la cual relaciona tres 

términos que serán clave para nuestros posteriores desarrollos. Estos 

son “angustia”, “enfermedad” y “neurosis”.

Esto significa que, partiendo de una simple definición de diccionario, 

el concepto de ansiedad nos transporta, etimológicamente, a un 

término latino (lo cual nos indica la antigüedad de la existencia del 

concepto), que nos describe un estado singular de la vida humana, la 

cual se asocia con un estado mórbido, planteado en función de dos de 

los conceptos psicológicos más difundidos en el ámbito: las neurosis 

y la angustia. Esto es, tenemos tres posibles vertientes para hacer 

de esta breve definición de ansiedad, un recorrido que dé cuenta 

de su verdadera complejidad: Por un lado, la vertiente etimológica; 

por otro, la descriptiva o fenomenológica y, finalmente, una vertiente 

conceptual.

El objetivo del presente trabajo será profundizar esta tercer vertiente. 

Para ello, realizaremos un recorrido teórico sobre los conceptos 

que, en su trayectoria como entidad mórbida, han funcionado como 

verdaderos antecedentes de lo que en la actualidad denominamos 

ansiedad desde la perspectiva psicológico-psiquiátrica. Para tal fin, 

indagaremos sobre los desarrollos de la literatura médica occidental 

del siglo XVIII, introduciéndonos en los primeros textos médicos sobre 

las neurosis. Dado que tanto autores locales y extranjeros (p.ej, Conti 

& Stagnaro, 2007; Berrios, 2008) ubican a la neurosis como uno 

de los conceptos clave que nos ayudará a delinear el recorrido que 

estamos emprendiendo; por esta razón lo utilizaremos como punto 

de partida.

 

Las neurosis. Una categoría amplia y diversa



El término neurosis fue introducido formalmente dentro de la 

literatura médica occidental por el médico escocés William Cullen 




258

en el año 1769, en pos de hacer referencia a “enfermedades de los 

sentidos y del movimiento, sin fiebre idiopática y sin afección local” 

(Cullen, 1783). De esta manera, distinguía a éstas de otras clases de 

enfermedades agrupadas bajo los nombres de fiebres o pirexias (entre 

las cuales se encontraban la neumonía, gastroenteritis, hepatitis, 

nefritis, reumatismos, varicelas, malaria, urticaria), caquexias (grupo 

que incluía enfermedades como la sífilis, escorbuto, tricoma), y locales 

(donde se agrupaban bulimia, polidipsia, pica, ninfomanía, anorexia, 

nostalgia, afonía, estrabismo, contractura, gonorrea) (Cullen, 1783, 

1808). Este autor se basó en la metodología propuesta por Sydenham 

(1) para realizar su taxonomía de las enfermedades.

La justificación en torno a la introducción de esta categoría se basó, 

según el autor, en la necesidad de superar la inexactitud del concepto 

de “enfermedad nerviosa” (2) dado que “…casi todas las alteraciones 

mórbidas del cuerpo, hasta donde se puede entender, dependen de 

tal manera de las mociones del sistema nervioso, que casi todas las 

enfermedades podrían, en este sentido, ser denominadas ‘nerviosas’” 

(Cullen, 1808:103, la traducción es nuestra).

A su vez, dentro del grupo de las neurosis encontramos cuatro 

categorías u órdenes principales: Las “comatas”, que suponían 

una disminución de los movimientos voluntarios, con sueño o una 

suspensión de los sentidos, las cuales incluían a la apoplejía y las 

parálisis; las “adynamiae”, que implican una disminución de los 

movimientos voluntarios, cuyos cuadros principales eran el síncope, la 

dispepsia, la hipocondriasis y la clorosis; en tercer lugar los “spasmi” 

o espasmos, esto es, movimientos irregulares de los músculos, entre 

los que se encontraban el tétanos, las convulsiones, corea, rafania, 

epilepsia, palpitaciones, asma, disnea, pertusis, pirosis, cólicos, 

cólera, diarrea, diabetes, histeria e hidrofobia; y finalmente las 

“vesaniae”, un trastorno de las funciones de las facultades mentales 

de juicio, sin fiebre ni somnolencia, donde se ubican la amentia, la 

melancolía, la manía y la onirodinia.

Como puede observarse, bajo la denominación de “neurosis” aparece 

una gran diversidad de cuadros, algunos de los cuales en la actualidad 

sería discutible que se rotulen de esta manera. De todos modos, tal 

distinción tuvo un gran impacto en la medicina de la época, e incluso 

en  uno de los médicos que más influencia tuvo en el desarrollo de 

las disciplinas psicológico-psiquiátricas, como Philippe Pinel (1745-

1826).


Sin embargo, esta acepción del término neurosis no se mantuvo intacta 

a lo largo de los siglos que suponen su existencia. Por ejemplo, Étienne 

Georget (1795-1828) las redefinió como enfermedades crónicas e 

intermitentes, sin lesión anatómica post-mortem, no necesariamente 

peligrosas, pero que ocasionaban excesivo sufrimiento en quienes 

las padecían. Según este autor las neurosis podían incluir dolores 

de cabeza frecuentes, locura, hipocondría, catalepsia, corea, histeria, 

palpitaciones nerviosas, asma, gastralgia y neuralgias (Georget, 1840, 

citado en Beer, 1996). Beer (1996) señala que, dada la predominancia 

del método anatomo-clínico en la medicina del siglo XIX, se  propició 

la profundización de esta distinción entre enfermedades funcionales 

y aquellas con cierta base anatómica, lo cual ubicaba a las neurosis 

más en el campo de la neurología que en la psiquiatría. De todas 

maneras, la discusión en torno a la localización anatómica o no de 

ciertas enfermedades “neuróticas” es un tópico que siguió vigente, 

incluso hasta nuestros días.

De todas maneras, la cualidad de  “funcional” no resulta útil para 

delimitar un grupo más o menos circunscripto de enfermedades, 

dado que, como señala Køppe (2009), existen diferentes maneras de 

utilizar tal término. Por ejemplo, uno de los usos más comunes durante 

el siglo XIX suponía que para que una enfermedad sea considerada 

funcional no debía haber evidencia de explicación anatómica o 

fisiológica. Desde esta perspectiva las neurosis serían entidades 

transitorias, las cuales que perderán su cualidad de neurosis en el 

momento en que se encuentre su explicación somática. Otra postura 

pone en primer plano la oposición anatomía-fisiología, análogo a la 

relación estructura-proceso, remitiendo el carácter de funcional a 

este último término. De manera contradictoria, lo funcional también 

puede significar relativo a lo fisiológico, esto es, a cierto carácter físico 

del cuadro, en oposición, quizá, a las cualidades predominantemente 

psicológicas o cognitivas de otros cuadros. Finalmente, el autor ubica 

una cuarta acepción del término, caracterizándolo como un concepto 

genérico –comodín- que implicaría una referencia difusa al sistema 

nervioso.

Así pues, teniendo en cuenta que el carácter de “funcional” 

sirvió de fundamento para la descripción de las neurosis como 

entidades nosológicas más o menos delimitadas, y descartando la 

homogeneidad o simplicidad semántica de tal variable, Køppe (2009) 

sostiene que las neurosis deben considerarse meramente como un 

término clasificatorio, dado que pueden rastrearse una gran variación 

de definiciones entre los psiquiatras y neurólogos del siglo XIX, lo que 

dificulta la delimitación de un síntoma central para tal concepto.

No obstante, más allá de estas cuestiones, lo central es que el estudio 

de las neurosis fue expandiéndose cada vez más en el campo de la 

medicina occidental, ocupando un lugar cada vez más importante en 

la disciplina psiquiátrica. El pasaje de la neurología a la psiquiatría 

fue acompañado por un cambio en la concepción de la neurosis 

como una enfermedad grave de los nervios, a ser consideradas como 

trastornos psiquiátricos menos severos (Køppe, 2009). Aún así, tal 

distinción también es relativa.

 Ansiedad y neurosis

En el vasto terreno nosológico que integra la primera definición de las 

neurosis se nos hace complejo establecer algún tipo de fundamento 

que justifique la asociación específica entre tal categoría con la 

ansiedad y la angustia, que es lo que nos interesa. Sin embargo, es a 

partir de finales del siglo XIX cuando la historia comienza a hacerse 

más definida en relación a la neurosis como representante arcaica 

de los actuales trastornos mentales y, en especial de la vertiente 

patológica de la ansiedad y la angustia.

De todas maneras, tanto en lo que hace a los antecedentes de la 

categoría ideada por Cullen –en especial los que se refieren a las 

obras de Thomas Willis y Sydenham (3)- así como desde sus primeros 

esbozos como tal –y a pesar de no circunscribirse únicamente a 

este tipo de trastornos-, se encontraban bajo el ala de las neurosis 

cuadros tales como la histeria, la hipocondría y la melancolía, a la vez 

que referencias a síntomas incluidos en conceptualizaciones actuales 

de la ansiedad como disnea, dispepsia o palpitaciones. Por ende, nos 

encontramos con un término que, llegado el caso, y a pesar de su 

heterogeneidad, guarda una relativamente cercana correspondencia 

con lo que consideramos hoy por hoy trastornos mentales y, en 

especial con el espectro ansiedad-depresión.

Así, por ejemplo, el médico francés Paul Briquet (1796-1881) definía 

a la histeria como una neurosis del encéfalo, cuya sintomatología 



259

podía incluir constricción epigástrica, opresión torácica palpitaciones, 

sofocación, mareos y agitación (Briquet, 1859, citado en Conti 

& Stagnaro, 2007). Esto es, manifestaciones que nos refieren a 

aquellas atribuibles a la ansiedad o a la angustia, como previamente 

señalamos en el punto anterior. Por su parte, Jean-Marie Charcot 

(1825-1893), hace referencia a la neurastenia histérica masculina, 

la cual ejemplifica a partir de un caso clínico de un sujeto que refiere 

síntomas tales como sensación de ahogo, tinitus, palpitaciones, 

tambaleos, alteraciones visuales y sensación de desmayo (Charcot, 

1888-1889, citado en Conti & Stagnaro, 2007).

Es necesario destacar, además, la referencia que encontramos a 

tal asociación en la obra de Freud. En muchos de sus trabajos se 

evidencia una estrecha relación entre la sintomatología ansiosa y el 

concepto de neurosis. Sin ir más lejos, desde sus primeras obras este 

autor se refiere a distintos cuadros, la histeria, la neurosis obsesiva, 

la histeria de angustia, la neurosis de angustia y la neurastenia, 

los cuales agrupa en las categorías de de neurosis actuales y 

psiconeurosis. Según Vallejo Ruiloba & Gastó Ferrer (2000), la obra 

freudiana resulta novedosa y revolucionara por agregar una variable 

simbólica a la concepción de la neurosis, así como también por darle 

un sustento teórico unificador para su explicación etiopatogénica.

La “neurosis de ansiedad” o “neurosis de angustia” –cuya 

descripción más célebre fue realizada por Freud a finales del siglo 

XIX- fue, hasta la década de 1980, el diagnóstico por excelencia en 

torno a la ansiedad. Sin embargo, la generalidad y poca especificidad 

del término “neurosis”, sumado a los desarrollos en torno a las bases 

biológicas, psicológicas y sociales de la ansiedad –que privilegiaban 

una clasificación más descriptiva que conceptual para las 

investigaciones- hicieron que este término sea finalmente removido 

de la tercera edición del manual diagnóstico de la Asociación 

Psiquiátrica Americana (APA, 1980), así como también de sus 

posteriores ediciones. Sin embargo, como veremos posteriormente, 

en los trastornos neuróticos siguen siendo una categoría actual 

y válida e íntimamente relacionada con la ansiedad y las fobias 

según la décima edición de la Clasificación Internacional de las 

Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2010 

– CIE-10). Asimismo, en nuestro medio local, la amplia aceptación y 

difusión del psicoanálisis hizo de “las neurosis” uno de los conceptos 

más utilizados tanto en el campo específico de las disciplinas “psi”, 

como en el contexto cotidiano.

 Antecedentes de los diagnósticos actuales

De todas maneras, la heterogeneidad sintomática de las descripciones 

de estos cuadros, sumado tanto a las limitaciones como a los avances 

en relación a los métodos e instrumentos diagnósticos, permitió que 

sea posible rastrear los antecedentes de la ansiedad en el seno de 

una gran diversidad de disciplinas biomédicas. En efecto, tal como 

lo plantea Berrios (2008), antes de formar parte de un concepto más 

o menos unitario, los síntomas de ansiedad aparecían en áreas tan 

disímiles como la cardiovascular, gastrointestinal, del oído interno, 

o neurológica, lo que puede evidenciarse en el hecho de que hasta 

finales del siglo XIX los trabajos en relación a ella se encontraban 

en  revistas médicas, y no específicamente psiquiátricas (pp. 330). 

Pasaremos a continuación a puntualizar algunos de los cuadros que 

pueden funcionar como antecedentes de los trastornos de ansiedad 

tal como los conocemos en la actualidad.

Delirio emotivo (délire emotif): Bénedict-Augustin Morel (1809-1873) 

describió, a finales del siglo un cuadro denominado “delirio emotivo”. 

Las causas de tal condición se relacionan con una posible fragilidad 

funcional del “sistema nervioso ganglionar visceral”, disfunción que 

se acompaña de síntomas de ansiedad, obsesiones y fobias y de 

alteraciones cutáneas, gastrointestinales y cardiovasculares (Berrios, 

2008).

Neuropatía cerebro-cardíaca: La neuropatía cerebro-cardíaca 



propuesta por Krishaber en 1873 refería a una inestabilidad 

patológica de los vasos sanguíneos que producía síntomas como 

vértigo, aturdimiento, palpitaciones, tinnitus, temblores, náuseas, 

síntomas gastrointestinales diversos, fotofobia y alteraciones en la 

concentración (Berrios, 2008). 

Agorafobia: En el año 1871 Carl Otto Westphal (1833-1890) publica 

un artículo en el que introduce el término “agorafobia” y realiza una 

primera descripción de este tipo de cuadros a partir de la observación 

de tres casos clínicos. La sintomatología que señalaba Wetsphal 

consistía en mareos, ansiedad, palpitaciones y temblores, siendo 

la ansiedad el factor central para la conceptualización del cuadro. 

Su contemporáneo, V. Benedikt había descripto un cuadro similar un 

año antes, al cual denominó Platzschwindel, aunque, a diferencia de 

Westphal, ubicó a los mareos como síntoma principal (Gelder, 1982). 

Asimismo, pocos años después, el psiquiatra francés Legrand du 

Saulle distingue el vértigo objetivo de un trastorno al que denomina 

peur des espaces, señalando que en realidad el término agorafobia 

es limitado por no dar cuenta de que el trastorno puede aparecer no 

sólo en espacios abiertos, sino también en calles, teatros y medios de 

transporte públicos (Berrios, 2008; Trotter, 2004). En la actualidad, la 

agorafobia se encuentra incluida dentro del sistema clasificatorio de 

las enfermedades mentales (DSM-IV TR y CIE-10, formando parte del 

capítulo de los trastornos de ansiedad.

Neurastenia: George Beard, médico y cirujano estadounidense 

introdujo, en 1879, el término neurastenia para designar un estado 

crónico de agotamiento físico y mental, acompañado por síntomas 

vagos y generalizados de disconfort y disfunciones corporales.  Tal 

estado se caracterizaba por presentar síntomas como presión 

torácica, miedos inexplicables, vértigo, escalofríos, temblores y 

hormigueos (Beard, 1881; Costa Pereira, 2002). Las causas de la 

neurastenia se relacionaban con una predisposición constitucional 

(debilidad nerviosa), a la vez que se enfatizaba en la influencia de 

la sociedad moderna en la génesis de esta enfermedad, dadas 

la exigencias que le imprime ésta al sistema nervioso (Beard, 

1881). Pese a su limitada inserción en los manuales diagnósticos 

norteamericanos -únicamente fue incluido como diagnóstico en 

la segunda edición del DSM-, éste fue un concepto extensamente 

difundido en la cultura psiquiátrica mundial, que ha alcanzado una 

gran adherencia incluso en contextos diversos a los de su origen, 

como China y Japón (Kleinman, 1986; Kitanshi & Kondo, 1994). La 

categoría de neurastenia fue adoptada por Charcot e incluida, junto 

con la histeria, en el grupo de las “grandes neurosis” (Conti & Stagnaro, 

2007). Años después fue discutida por Sigmund Freud en uno de 

sus más célebres y tempranos trabajos, particularmente en relación 

a sus especificaciones etiológicas y su distinción de otro grupo de 

trastornos, como es la neurosis de angustia. De todas maneras, como 

veremos más adelante, en la actualidad los sistemas diagnósticos 

operativos de la psiquiatría occidental no incluyen a la neurastenia 

como una categoría diagnóstica. Ello, empero, no significa que haya 

desaparecido como concepto psicológico-psiquiátrico; de hecho, en 

la actualidad se lo asocia, por ejemplo, con el síndrome de fatiga 

crónica o la fibromialgia.




260

Corazón irritable – Astenia neurocirculatoria: El surgimiento de este 

síndrome se relaciona con dos grandes eventos. Por un lado, un 

escenario bélico –la Guerra Civil Norteamericana-, situación que fue 

el contexto de aparición de síndromes con estas características. Por 

otro lado, a un descubrimiento ha habrá de revolucionar la biomedicina 

de la época: el estetoscopio (Kugelmann, 2009). Este instrumento, al 

ampliar el rango perceptivo sobre el cuerpo, permitió realizar nuevas 

conceptualizaciones diagnósticas, en especial aquellas referentes 

al plano cardíaco. Asimismo, la medicina de los tiempos de guerra 

también veía amplificada la variedad de sintomatología, así como 

también el número de pacientes.

La primera descripción del Síndrome del Corazón Irritable fue 

realizada en los Estados Unidos por Alfred Stillé (1813-1900) en 1863, 

el cual era caracterizado como “un estado de agotamiento extremo, 

especialmente cuando era producido por esfuerzos musculares 

prolongados y violentos” (1863, citado en Kugelmann, 2009, la 

traducción es nuestra), coherente con el trabajo y las acciones 

propias de los campos de batalla. Asimismo, H. Hartsthorne (1823-

1897) también había hecho referencia en el mismo año a un cuadro 

caracterizado por el “agotamiento muscular del corazón” (Paul, 

1987). Pocos años después, en Gran Bretaña, WC Maclean publica 

en la British Medical Journal un artículo en el que se refiere a las 

enfermedades cardíacas del ejército británico. Pese a no hacer una 

descripción sistemática de la sintomatología de estas enfermedades 

y asociar su etiología a una hipertrofia cardíaca, también hace 

referencia al papel del agotamiento físico en el desarrollo de tales 

enfermedades (Paul, 1987).

De todas maneras, el referente más notorio de este trastorno es 

Jacob Mendez Da Costa (1833-1900), quien en el año 1871 publicó 

un célebre artículo en la American Journal of Medical Sciences sobre 

una enfermedad cardíaca muy común entre los soldados a la cual 

denominó “corazón irritable” (irritable heart). Entre los síntomas más 

destacados de este síndrome se encuentran las palpitaciones, el dolor 

cardíaco, el aumento del ritmo cardíaco, la respiración entrecortada y 

la opresión sobre el esfuerzo; asimismo también se incluían síntomas 

“nerviosos” tales como dolores de cabeza, mareos, agitación durante 

el sueño y pesadillas (Da Costa, 1871, citado en Kugelmann, 2009). 

Las causas podían encontrarse, en principio, en el sobreesfuerzo 

del corazón, los cuales podían estar relacionados con cuestiones 

emocionales, tensiones, shocks emocionales, excesos en el comer y 

el beber, abuso de sustancias (café, té, tabaco) o trastornos sexuales 

(Da Costa, 1874, citado en Kugelmann, 2009). En definitiva, el 

corazón irritable –también llamado “Síndrome de Da Costa- es “parte 

de una cadena causal que puede ir desde el exceso de las campañas 

militares o del sobretrabajo en la industria y el comercio hasta 

enfermedades orgánicas del corazón, particularmente enfermedad 

valvular” (Kugelmann, 2009: 95).

Décadas después, durante la Primera Guerra Mundial, Lewis 

distinguió entre los soldados el síndrome del esfuerzo, un trastorno 

funcional del corazón que constaba de síntomas tales como fatiga, 

dolor en el pecho, mareos, dolores de cabeza, palpitaciones y 

dificultades respiratorias, de las cardiopatías que constaban de una 

base fisiológica o anatómica determinada. En posteriores trabajos 

tal denominación fue modificada, adoptándose el término astenia 

neurocirculatoria, dado que se evitaba así una referencia concreta 

a las cardiopatías reales, o bien al miedo de padecerlas (Hinton & 

Hinton, 2009). En la actualidad, el Corazón irritable, el Síndrome 

de Da Costa, el Corazón de soldado, el Síndrome del esfuerzo, la 

Astenia neurocirculatoria se los considera, en su conjunto, como los 

antecedentes más evidentes de las categorías de Trastorno de Pánico 

y Trastorno por Estrés Postraumático de las clasificaciones actuales.

 Palabras finales

En resumen, es evidente que el concepto de neurosis -como también 

las entidades mórbidas a las cuales se asocia- ha podido abarcar 

una gran diversidad de campos dentro de la biomedicina, a la vez 

que ha generado distintas especulaciones en torno a su posible 

explicación, los aspectos implicados en sus causas, como así 

también las posibles estrategias terapéuticas que podrían ser útiles 

a la hora de pensar un tratamiento. A su vez, hemos podido observar 

cómo, a pesar de que desde mediados del siglo XX las neurosis –y 

su heredera por excelencia, la ansiedad- han sido objeto de estudio 

casi exclusivo de la psiquiatría y la psicología, su modo de expresión 

fundamentalmente somática las hacían parte de ramas biomédicas 

tales como la neurología o la cardiología.

Esta característica de diversidad sintomática de estos cuadros 

mórbidos no sólo ha impactado en lo que hace a las disciplinas 

biomédicas que la han tomado como objeto de estudio, sino también 

en las opciones terapéuticas que se promueven para su tratamiento, 

ya sean éstas propuestas por la medicina oficial o por aquellas que no 

entran dentro de esta categoría (entre las cuales se incluyen terapias 

alternativas, religiosas, o cualquier modalidad de autotratamiento).

Notas

(1) Thomas Sydenham (1624-1689) fue uno de los médicos más reconocidos 



de la Inglaterra del siglo XVII. Es considerado como uno de los precursores 

de los sistemas diagnósticos actuales, dado que propuso que las 

clasificaciones mórbidas no se basen en teorías especulativas, sino más bien 

en descripciones clínicas precisas. Tomó como modelo las clasificaciones 

botánicas, sosteniendo que debe tenerse en cuenta el mismo nivel de detalle. 

Asimismo, fue uno de los precursores en lo que hace a relacionar diagnóstico 

y pronóstico de las enfermedades (Balint et al, 2006).

(2) De todas maneras, la denominación “enfermedades nerviosas”, a 

pesar de la aparición del concepto de neurosis, siguió utilizándose hasta la 

actualidad. El taxón “nervios” es una categoría que aún sigue vigente y que, 

de hecho, ha generado discusiones en torno a su relación con los trastornos 

de ansiedad según el DSM.IV.

(3) Thomas Willis, sobre las afecciones histéricas e hipocontríacas (1676) 

y Thomas Sydenham sobre el pool histero-hipocondríaco (1682) (Vallejo 

Ruiloba & Gastó Ferrer, 2000)

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