Los tiempos del odio


parte de los invitados llevaba un lazo plateado en la solapa, el emblema de los



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Los tiempos del odio - Rosa Montero

parte de los invitados llevaba un lazo plateado en la solapa, el emblema de los
ciborgistas. Por encima de las cabezas de la gente volaban pequeñas bolas de
luz y sonido, como bellas luciérnagas cantarinas. «Por la derogación de la Ley
de Integridad Humana», proclamaban, con llamativos latidos de luz, las
grandes pancartas tridimensionales que flanqueaban el acto. Y también:
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«Nuestro cuerpo es sólo nuestro, no a la tiranía del Estado». En las banderolas
que rodeaban todo el recinto se leía «Transhuman», el nombre de la empresa
de recambios anatómicos artificiales que organizaba el evento. Era propiedad
de Jan Lago, por supuesto.
Había un debate social en marcha desde hacía décadas en torno a los
límites de la utilización de órganos e implantes robóticos en los seres
humanos. Hacía ya mucho que se ponían hígados, corazones, riñones y
pulmones artificiales, por supuesto, por no hablar de las prótesis de brazos y
piernas, que habían llegado a rozar la perfección. Sin embargo, los
experimentos sobre la sustitución robótica de partes del cerebro encendieron
las alarmas en los sectores más conservacionistas de la sociedad. ¿Hasta qué
punto un ser humano podía ser reemplazado por piezas artificiales sin perder
su humanidad esencial? ¿Era un problema de cantidad, del porcentaje de
sustitución del organismo, o más bien de calidad, es decir, de qué piezas
habían sido robotizadas? ¿Un corazón metálico te hacía menos humano que
una pierna de titanio? A fin de cuentas, en el corazón había neuronas. Y en el
sistema digestivo. Y en muchas otras partes del organismo.
Poco después de la Unificación de los EUT se promulgó una ley
restrictiva, la Ley de la Integridad Humana, que establecía una complicada
tabla de porcentajes de humanidad medidos en puntos Bío, dependiendo del
órgano a sustituir. En total un ser humano poseía mil Bíos, escrupulosamente
reflejados en su chapa civil, y la ley prohibía que se le cambiara más del
sesenta por ciento; esto es, la frontera estaba en poseer cuatrocientos puntos
naturales. La ley había sido muy criticada por todos los sectores; los más
inmovilistas la juzgaban excesivamente permisiva, un horror contra natura, y
los ciborgistas la consideraban despótica. Además, se daba una casi unánime
condena del oscurantismo de la ley y de su farragosa, arbitraria complejidad.
Las intervenciones en el cerebro, por ejemplo, estaban tuteladas, y para hacer
una sustitución o alteración parcial de algún elemento había que presentar una
petición que era resuelta por un comité de tres expertos de manera un tanto
caprichosa y sin un protocolo objetivo en el que apoyarse. Yiannis tuvo que
pedir permiso al comité para implantarse la válvula de feromonas en la
amígdala, por ejemplo. Le costó cincuenta y dos puntos Bío.
Ahora estaban sirviendo canapés de hormigas culonas colombianas fritas
con miel, una exquisitez crujiente y cara. Husky cogió un par pero Aznárez,
con destreza de malabarista, consiguió llenarse las dos manazas y vaciar la
bandeja: por lo menos el hecho de tener un camarero robot te evitaba las
miradas de censura. Eran ya las 19:25, el lugar estaba abarrotado y aún no
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había comenzado el acto. La angustia crecía en el estómago de Bruna como
una mala hierba, la angustia de la muerte y de la pena. Tres años, tres meses y
once días. Y sólo doce días para Lizard. Husky agarró una copa de vino
blanco de una bandeja que pasaba a su lado y, contra su costumbre, se bebió
la mitad de un solo trago. Miró a los invitados: había gente de toda clase,
muchos de ellos de apariencia humilde, seguramente atraídos por las
proclamas populistas de Lago. Pero los portadores del lazo plateado eran
todos patricios, tipos con dinero. Entre ellos había unas cuantas decenas de
chicos y chicas de unos treinta años, tan guapos, perfectos e imperturbables
que no engañaban a nadie. Sin duda eran robamantes, los robots eróticos. Los
de esa calidad tenían un precio fabuloso. Sí, desde luego: había mucho
potentado en esta sala.
Un puñado de aerobolas se concentró sobre el escenario, iluminándolo, y
las demás se atenuaron, bajando también el volumen de la música hasta
extinguirla. En la pared del fondo se encendió el nombre de la empresa
anfitriona junto con su logo, un corazón metálico que palpitaba de la manera
en que lo hacían esos artefactos, con un subir y bajar de émbolos. Un hombre
de unos cuarenta años, alto y atlético, apareció bajo los focos. Una sonrisa
rutilante, una cara bien operada. Derrochaba simpatía profesional y
prepotencia.
—¡Hola a todos! Bienvenidos a la fiesta de la libertad. ¡Cuánto me alegra
ver a tantos amigos! Soy Janhache Lago, consejero delegado de Transhuman.
Y sí, sí, ya sé que muchos de vosotros habéis venido para ver a mi padre, Jan
Lago, que ahora está en la boca de todos, y con razón, porque puede ser el
único que nos salve en estos momentos de extrema inquietud…
Un estallido de aplausos cortó sus palabras. Janhache agitó las manos en
el aire por delante de él pidiendo calma:
—Tranquilos. Tranquilos. Lo veréis, pero más tarde. Antes tenemos que
hablar de algo muy importante, de algo que en realidad también tiene mucha
relación con esta crisis. Porque estamos en manos de un Gobierno de ineptos.
De un Gobierno despótico, que nos arrebata nuestros derechos individuales;
y, al mismo tiempo, de un Gobierno encerrado en sí mismo, cobarde e
ignorante, incapaz de plantarle cara al enemigo y de defendernos.
Más aplausos.
—Luego mi padre os hablará más sobre esto, pero ahora nosotros vamos a
centrarnos en el motivo que nos ha reunido hoy aquí: la derogación de la
infame Ley de Integridad Humana. ¿Quiénes son esos ineptos para decidir
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sobre mi vida, sobre mi carne, sobre algo tan íntimo como mis riñones? ¡Eso
es inadmisible! ¡Eso es tiranía! ¡Mi cuerpo es mío!
Clamor. Qué pena, pensó Bruna, que la justa indignación que tremolaba
en las palabras de Janhache estuviera ensombrecida por el interés económico
de la empresa Transhuman, que, naturalmente, sería la primera beneficiada
por la desaparición de la ley.
—A lo largo de la Historia, el progreso siempre ha tenido que luchar
contra la cerrazón y los prejuicios, contra el abuso de poder y contra los
déspotas. Somos el futuro, amigos, y venceremos. Mirad…
Una extraña luz lechosa y rosada cayó desde las alturas sobre los
presentes dejando a la vista, en una transparencia brillante y fantasmal, todas
las prótesis, todos los implantes.
—Es un escáner de rayos T integrados, inocuo, por supuesto. Registra
tanto las aleaciones metálicas como los biopolímeros —explicó el hijo de
Lago.
El efecto era sobrecogedor. La práctica totalidad de los presentes
mostraban trabajos de sustitución. Los más humildes apenas enseñaban una
oreja o un diente, pero muchos otros, sobre todo los portadores del lazo
plateado, tenían hechos trabajos importantes. Piernas, hombros, fragmentos
de cráneo, ojos biónicos, mandíbulas, tramos de la columna vertebral,
pulmones que se esponjaban, corazones que latían, diminutos huesecillos de
las manos, el enorme laberinto de algún intestino… Todos los componentes
artificiales emitían un fulgor rosado que los hacía perfectamente visibles.
Distribuidos entre los invitados humanos, los robamantes parecían islas de
cegadora luz: eran tan luminosos que resultaban molestos para la vista.
También estaba encendido su propio implante, advirtió Husky, esa prótesis
biónica y casi perfecta que sustituía el brazo que se tuvo que amputar. La rep
se lo quedó mirando, fascinada: un sedoso resplandor evidenciaba, bajo la piel
artificial, el intrincado laberinto metálico. Abrió y cerró su mano izquierda, y
todo aquello se movió suavemente. Husky le lanzó una ojeada a Barri
Aznárez: no tenía ni un solo añadido artificial. Ni siquiera una muela. Debía
de ser la única en toda la sala.
El escáner se apagó y el baile de espectros terminó de manera abrupta. Se
miraron los unos a los otros, un poco turbados, como quien ha visto desnudo
al vecino por accidente. Una pequeña explosión sobresaltó a la audiencia, que
volvió a fijar su atención en el escenario. Había sido una bomba de humo, y
entre los jirones de niebla anaranjada apareció junto a Janhache un personaje
singular. Iba desnudo y descalzo, salvo por unos pantalones cortos azul
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brillante. Su tórax era de carne, aunque tenía una ventana transparente sobre
el pecho izquierdo que dejaba atisbar el ritmo poderoso de su corazón
artificial. El resto del cuerpo era metálico, resplandeciente y bruñido, con
intrincados dibujos ornamentales realizados con un damasquinado de oro. De
cada uno de sus brazos salían dos antebrazos con sus correspondientes manos
articuladas, y los pies, que reproducían anatómicamente el miembro humano,
estaban además provistos de ruedas retráctiles. Pero lo más llamativo era el
rostro, que combinaba partes orgánicas y robóticas. Húmedos ojos humanos
brillaban con furia en sus cuencas de acero, y al despegar los labios de titanio
asomaba burlona una lengua carnosa.
—¿Qué demonios es eso? —susurró Barri, estupefacta.
—Un ciborrad. Un cíborg radical. Son unos chiflados. Me asombra que
Janhache lo haya traído, porque están totalmente prohibidos, por supuesto. O
sea, son ilegales —explicó Husky.
El ciborrad se paseaba provocativamente por el escenario, levantado con
gesto desdeñoso y triunfal sus cuatro manos con el signo de la victoria y
agitando la roja y húmeda lengua en el aire como un poseso. Resultaba un
poco aterrador. Una nueva bomba de humo ocultó su figura; cuando la
neblina artificial se disipó, el ciborrad había desaparecido. La irrupción del
activista apenas había durado un minuto. El público aulló y rompió en
aplausos, como quien celebra un truco de magia. Cuando la ovación amainó,
el sonriente Janhache tomó de nuevo la palabra:
—Amigos, ya lo habéis comprobado, somos los ciudadanos del futuro. No
somos humanos, ¡somos transhumanos!
Un rugido recorrió la audiencia y luego, seguramente orquestados,
empezaron los gritos. «No somos humanos, ¡somos transhumanos!», repetía
la gente; y también: «¡Mi cuerpo es mío!». Janhache dejó que el personal
chillara un rato y después volvió a pedir calma abanicando el aire con las
palmas de sus huesudas manos.
—Nadie nos va a poner límites a lo que queramos hacer con nuestros
cuerpos y nuestras vidas. Y para ello, lo primero que tenemos que lograr es
derogar la ley. Hemos creado un movimiento social, una plataforma cíborg a
la que os invito a sumaros. Tenemos un programa de acciones estratégicas
para conseguir nuestro objetivo, pero de ello os va a hablar mi padre. Con
todos vosotros ¡Jan Lago!
El personal aulló de regocijo y expectativa, pero la alegría se marchitó con
rapidez cuando el magnate apareció en el escenario, sí, pero en holografía.
Algunos silbaron mostrando su desagrado.
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—Amigos, sé que queríais verme en persona, y a mí también me hubiera
gustado compartir esta fiesta con vosotros, pero en estos momentos no es
prudente, ni para mí, pero tampoco para vosotros, os lo aseguro, no es
prudente, repito, que yo me deje ver en carne y hueso en ningún lugar… —
empezó a decir Lago, vestido con un traje de una pieza morado y con un
elegante pañuelo naranja anudado al cuello.
De pronto el mundo reventó con un ruido ensordecedor, un estruendo
brutal que golpeaba el tímpano. Humo, alaridos de dolor, chillidos de pánico.
Bruna advirtió, aturdida, que estaba contemplando el suelo: había caído de
rodillas, le zumbaban los oídos, le ardía la garganta. Esto no había sido una
bomba de atrezo, como las de antes. Un barullo de gente se agitaba y retorcía
a su alrededor. Se puso en pie de un salto, algo mareada. Respiró hondo, muy
quieta, mientras hacía un rápido chequeo de su estado. Tosió otra vez, ese
maldito humo. Pero se encontraba bien, operativa. Las sirenas de alarma
sonaban escandalosas. Desde su altura, contempló la sala, iluminada por las
luces rojas de emergencia. Apenas había transcurrido un minuto desde la
deflagración. Unos metros hacia la derecha estaba sin lugar a dudas el punto
cero, los chillidos, los gemidos, los cuerpos retorcidos por el suelo. Por el
resto del local la mayoría de la gente huía sin saber a dónde, corrían
desquiciados en todas direcciones, tropezando los unos con los otros. Y en el
escenario, una batalla campal. Un grupo de encapuchados forcejeaba con
Janhache y sus guardaespaldas.
La adrenaliza galvanizó el cuerpo de Husky. Lamentó no haber traído la
pistola, pero no la hubieran dejado entrar con ella en el museo. Con tres
empujones y cuatro saltos alcanzó la tarima y se subió de un brinco. Mientras
aterrizaba, vio cómo uno de los terroristas le disparaba a un rep de combate
que sin duda era uno de los escoltas de Lago: el tecno se desplomó con un
agujero de diez centímetros en el pecho que le atravesaba de parte a parte. Era
el maldito plasma negro, capaz de horadar una plancha de acero de un metro
de espesor. Bruna se lanzó hacia el encapuchado, que intentó revolverse y
apuntarla con el subfusil. Pero no fue lo suficientemente rápido: la androide le
cogió la cabeza con ambas manos y le rompió el cuello. Dejó caer el cuerpo al
suelo mientras se volvía instintivamente como un gato, pero un fuerte golpe
sobre la oreja izquierda la postró de rodillas. Con los ojos nublados, vio cómo
el asaltante soltaba la barra con la que le había golpeado y se lanzaba a coger
el subfusil del terrorista que ella había matado. Husky intentó ponerse en pie
pero no pudo. Estaba atontada, rozando el desmayo. El encapuchado pegó el
cañón del arma a la frente de Bruna.
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—Adiós, gilipollas —dijo el hombre.
En ese momento, una patada lateral le arrancó el fusil de las manos, y una
mole de carne se abalanzó sobre él y lo machacó. El terrorista era grande y
fuerte e intentó resistirse, pero su antagonista era más ágil y sabía pelear
mucho mejor. Una llave, tres puñetazos, una patada a los genitales, dos
codazos y un golpe final en el cuello. El tipo se desplomó. Barri Aznárez
resopló y se pasó los dedos por la alborotada masa de sus rizos para atusarlos.
—Si no llego a venir contigo estás frita. Vaya mierda de rep de combate
que eres —gruñó mientras ayudaba a la asombrada Bruna a ponerse en pie—.
¿Tienes por lo menos la justificación de que te ha roto la cabeza? —ironizó
mientras intentaba escudriñarle el golpe.
—Déjame —dijo la androide, dándole un manotazo; tenía una brecha y
sangraba, pero ya empezaba a sentirse mejor—. ¿Y Janhache?
—Se lo han llevado.
Tirados sobre el escenario, tres terroristas y cuatro tecnos del servicio de
seguridad. Se acercaron a verificar su estado. Los androides habían fallecido.
Arrancaron las capuchas de los terroristas: los dos más jóvenes, quizá
diecisiete o dieciocho años, también estaban muertos. Uno era una chica: fue
a ella a quien Bruna había partido el cuello. Una maldita adolescente. Husky
no había tenido más remedio y además la rep había sido diseñada para ser así
de rápida y de letal, pero no pudo evitar esa especie de malestar, esa opresión
en el pecho que ya había sentido en otras ocasiones semejantes y que se
parecía bastante al dolor. El tercer terrorista, con quien la hermana de Lizard
había luchado, aún estaba vivo, aunque inconsciente, y debía de rondar los
veinticinco años. Las luces generales se encendieron y entraron al trote, muy
nerviosos, un tropel de policías de asalto.
—¡Manos arriba! ¡Manos arriba todo el mundo! ¡De rodillas con las
manos arriba!
Se arrodillaron con resignación junto a los muertos. En la sala seguía
reinando la más completa confusión: cuerpos ennegrecidos y desmembrados,
heridos gimiendo, gente llorando. Cerca del escenario había una mujer
madura llena de cortes; entre sus brazos sostenía, con amoroso y sollozante
mimo, la desbaratada chatarra de un robamante reventado por la explosión. El
suelo estaba lleno de sangre y en los charcos flotaban, arrancados por la onda
expansiva, magullados capullos de las flores exóticas que adornaban el local,
como lotos sobre un lago decorativo. Qué mundo tan loco, pensó Husky.
—La molécula de clorofila está compuesta por ciento treinta y seis átomos
de hidrógeno, carbono, oxígeno y nitrógeno alrededor de un anillo central, y
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en el centro del anillo hay un átomo de magnesio. Pues bien, si cambias ese
átomo de magnesio por un átomo de hierro, tendrás una molécula de
hemoglobina. La sangre humana y la savia de las plantas son casi iguales —
dijo lentamente Aznárez.
Bruna la miró aturdida y atónita.
—¿Qué quieres? Ya te dije que estoy especializada en trivialidades —se
disculpó la hermana de Lizard.
Un par de policías estaba subiendo al escenario.
—¿Dónde has aprendido a pelear así? —susurró la detective.
Barri sonrió:
—Aún te quedan por descubrir muchas cosas. Así que ya lo sabes, Husky.
Iremos juntas.
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Bruna y Barri fueron de buen grado a la comisaría para declarar sobre el
atentado. Estaban todavía allí cuando se produjo el tercer comunicado del EJI.
Tal y como había dicho Kai, los técnicos de Paseris habían conseguido
blindar el acceso a las pantallas públicas y los terroristas no pudieron emitir
su macabro espectáculo por todo el planeta. Husky y la hermana de Lizard lo
vieron en directo, sin embargo, en la línea especial de la policía. Degollaron a
un hombretón que babeaba de terror y, entremezclado con el sentimiento de
espanto y compasión, la rep no pudo evitar el salvaje júbilo de que no fuera
Paul. Los Ins añadieron una nueva demanda: rebaja inmediata del precio del
agua a la veinteava parte. Malditos fueran. Hasta a ella le regocijaba la idea
de jeringar al consorcio acuífero. El EJI poseía un magnífico instinto
propagandístico.
—Deberías ir a que te miren esa brecha en la cabeza… —gruñó la
inspectora.
—No hace falta. Estoy bien —contestó Husky, apretando un cojín de frío
contra su dolorido cráneo e intentando que no se le notara demasiado la brutal
jaqueca que padecía.
Las noticias del asalto a Transhuman y del secuestro del hijo del magnate
habían causado una profunda impresión en todo el planeta. En diversas zonas
de los EUT, en Alemania, en Nueva Zelanda, en India, habían aparecido otros
potentados que, siguiendo el ejemplo de Lago, compraron espacios de las
pantallas públicas regionales y se ofrecieron a pagar ejércitos privados para
defender al pueblo, según proclamaban con inflamada retórica. Los
ciudadanos de la zona española se habían lanzado a las calles esperando un
mensaje de Jan Lago, pero lo único que pudieron ver fueron los resúmenes,
sin imágenes, de la tercera comunicación de los terroristas. Se facilitó el
nombre del ejecutado y se informó escuetamente de la nueva petición. Todo
esto ocupó apenas medio minuto, pero a continuación los periodistas
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emplearon otros diez minutos en enfatizar la potente ingeniería que había
logrado interceptar al EJI e impedir que penetrara en las pantallas públicas. La
gente, desconcertada, siguió en las aceras, esperando la aparición de Lago
mientras la cifra de muertos del museo aumentaba progresivamente: ya iban
por 56, incluyendo al Ins suicida que había hecho estallar la bomba; además
había 144 heridos, algunos en estado crítico. Sin embargo, las horas pasaban y
el millonario callaba.
—Hoy me parece que no va a salir —dijo Kai—. Ha pagado un espacio de
emisión como en los días pasados, pero dudo que lo use. Está destrozado.
Creo que se culpa de lo que le ha sucedido a Janhache. Por lo visto tenía
noticias de que querían secuestrarlo. Iban a por él, por eso el EJI utilizó un
explosivo convencional y no el maldito Inferno, querían tener la situación
bajo control para poder llevárselo. Gracias a eso no ha habido más muertos.
—Y, cuando vieron que Lago no estaba, cogieron al hijo —remató
Aznárez.
Bruna había presentado a Barri a la inspectora, pero no le había contado
nada sobre los documentos de Lizard y mucho menos aún sobre el proyectado
viaje a Cosmos. La detective estaba al borde de sus fuerzas: el dolor de
cabeza la estaba matando. Aznárez quería que un médico le curara la brecha,
pero la rep se negó a ir. No veía el momento de regresar a casa y dispararse
una de sus preciadas dosis subcutáneas de paramorfina: si no recordaba mal,
aún le quedaban cinco. Necesitaba reponerse, descansar, comer. Y prepararse.
Había vuelto a ver por un instante el rostro de Paul; en sus comunicados, los
Ins se encargaban de enfocar y enseñar uno por uno a todos sus rehenes, para
torturar a los familiares y aumentar el impacto aterrador de su amenaza. El
inspector seguía manteniendo su habitual expresión de piedra. A Barri, en
cambio, se le crispó el rostro cuando vio a su hermano. En eso no se parecían.
Tres largos días hasta llegar arriba. Tres muertos más de la ruleta rusa hasta
poder rescatarlo. Si es que estaba allí. Pero tenía que estarlo. Era su única
esperanza.
—¿Podemos irnos ya, Kai?
—Sí, podéis. Pero no os vayáis muy lejos.
Sólo a la estratosfera, pensó Husky, levantándose de un salto y
reprimiendo un gemido: demasiada rapidez para su machucado cráneo. En ese
momento entró como una tromba en el despacho un policía joven y agitado.
—Está muerto, inspectora —dijo—. No ha sido culpa mía, era
indistinguible de la piel, no he podido hacer nada…
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El tercer terrorista, el hombre al que Aznárez había noqueado, se había
suicidado con un parche venenoso.
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22
Ángela había insistido hasta el agotamiento en acompañarlas al acto de
adquisición de la aeronave y, dado que el dinero era todo suyo, había que
reconocer que tenía cierto derecho a ello. Pero Husky se negó en redondo:
—Es por tu bien, Gayo. No puedo implicarte en esto de ninguna manera.
Lo sensato es que te quedes al margen. Además, no tienes chapa falsa. Sería
un suicidio, ¿no lo entiendes?
Lo más fastidioso, pensó Husky, era que a la mujer no parecía importarle
nada suicidarse por ella. Oh, sí, le estaba muy agradecida a Ángela por su
generosidad, pero su personalidad era irritante. Y, como además la rep se
sentía culpable por no tenerle más afecto, la irritación subía por momentos.
La violinista Mirari había conseguido proporcionar a Bruna y Aznárez dos
chapas civiles falsas con sus dos móviles correspondientes en un tiempo
récord. Llegó con el material a casa de la androide a las 10:15, ojerosa y sin
dormir.
—Me ha ayudado Maio, si no, no hubiera podido. Y, la verdad, tengo
miedo de haberme dejado algún cabo suelto. No se puede trabajar bien con
estas prisas.
La rep le había pedido una identidad masculina y ahora era Segundo
Reyes, de origen hispano-filipino, un transportista y piloto de astronaves con
un par de pequeños delitos en su juventud (hurtos, venta de caramelos y otras
drogas blandas) que le habían llevado a la cárcel durante breve tiempo. Ahora
estaba rehabilitado, trabajaba oficialmente de mano de obra eventual, y tenía
un contrato intermitente con Cosmos de operario de refuerzo. En cuanto a
Barri, era Virginia de la Cruz, mecánica de profesión, pareja de hecho de
Segundo desde hacía una década y compañera de trabajo. También contratada
de cuando en cuando por Cosmos.
Husky se había pasado un buen rato camuflando su condición de rep,
porque los tecnohumanos no eran admitidos en las Tierras Flotantes. Ocultó
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su tatuaje con dermosilicona, tapó sus pupilas de gato con lentillas negras y se
cubrió la cabeza rapada con una peluca que imitaba un cráneo con cabello
injertado pero medio ralo, como si le hubieran hecho un trabajo barato de
repoblación capilar que se hubiera ido deteriorando con el tiempo. Además,
reforzó su mandíbula y sus pómulos para hacerlos más masculinos, se dibujó
el tatuaje de un par de cruces en las mejillas y aplicó sobre sus ojos unos
espesos párpados orientales. Luego se colgó de las orejas dos ristras de
pequeñas cruces de madera y se puso un traje sintético barato naranja chillón.
Tenía un aspecto espantoso. En cuanto a Aznárez, sólo consintió en cambiar
sus viejos tejidos de algodón por un vestido igual de tieso y de sintético que el
de la rep, pero de color lila.
—No tengo que desfigurar mi cara. ¡Estoy desde los trece años con los
Nuevos Antiguos! No hay fotos mías en la Red. Nadie podría identificarme.
Eso sí, le costó un buen rato habituarse al móvil: llevaba sin usar uno
desde su adolescencia.
Cogieron un taxi para llegar a tiempo al Centro de Registro Notarial y
lograron ser puntuales, pero, para desesperación de la rep, el perla no
apareció hasta las 11:20. Entró en la sala de espera dando saltitos de pájaro.
No era muy alto, pero su delgadez era tan excesiva que aparentaba mayor
estatura. Sus hombros tenían la anchura de su cabeza, que era la única parte
de su organismo de tamaño normal, y de ahí para abajo todo el cuerpo era un
hilo. Parecía un insecto palo.
—¿Traéis el dinero? —dijo, por todo saludo, con un vozarrón de barítono
totalmente incongruente con su falta de enjundia.
—Yo también me alegro de verte, Jaco —respondió Mirari, que había
venido para servir de introductora—. Tu pregunta ofende.
—Bah, no seas tiquismiquis, Mirari. Ya me conoces. Vamos a la venta.
—Un momento —dijo Bruna, bajando el tono de voz para sonar más viril
—. ¿Tiene combustible, tiene carga?
Jaco había acordado dejar el vehículo listo para volar y con una partida de
las mercancías que solía llevar a Cosmos. Esa sería su entrada a la Tierra
Flotante.
—Claro, Crucecitas —dijo el bicho palo con tono de sorna—. Las baterías
de positrones están al máximo y lleváis dos contenedores de pienso vegetal.
Además, hay comida y agua, y también he remendado el condón de la nave.
—¿El condón? —dijo Husky en la más completa inopia.
Jaco la miró con súbita desconfianza.
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—Para la basura espacial, Segundo —intervino Aznárez. Y luego se
dirigió al hombre y añadió a modo de explicación—: Es que nosotros lo
llamamos la capucha.
El perla se relajó.
—Bueno, pues eso. El condón para la trash. Pero vamos al busines que no
quiero que me vean mucho con vosotros. No sé qué tramáis, pero no es nada
bueno.
Se levantaron, pulsaron el botón petitorio para conseguir una sala y
escogieron la más pequeña y barata de las que estaban libres. Era una
habitación de cuatro por cuatro metros con una especie de armario en una
esquina.
—Lo primero es lo primero —dijo Jaco, y se metió en el armario.
Husky le siguió y cerró la puerta detrás de ella. Era un cubículo
insonorizado y muy angosto. Menos mal que el bicho palo no abultaba nada.
—Aquí tienes el resto —dijo la rep, dándole la bolsa engomada.
El perla la cogió sin decir palabra, sacó los trescientos mil ges del dinero
negro y se puso a contarlos con calma. Luego los guardó de nuevo en el saco.
—Oki.
Salieron del cubículo y se dirigieron a la consola notarial. Aquí había
cámaras, micrófonos, todo se registraba minuciosamente. El armario, en
cambio, era un punto ciego. Activaron la consola, dijeron a qué venían,
pasaron sus chapas civiles por el lector para identificarse, firmaron
digitalmente el acuerdo y Bruna pagó la transacción introduciendo las lenguas
por la ranura correspondiente.
—Doy fe de que el 19 de febrero de 2110 a las 12:01 UTC+1, la aeronave

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