Los tiempos del odio



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Los tiempos del odio - Rosa Montero
Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Trata de una sociedad represiva en la que
queman los libros y los opositores memorizan una obra cada uno para
salvarlas. Pero nosotros poseemos muchos libros, maravillosos libros de
papel, y nadie los quema. El problema lo tenemos con los datos, con el
conocimiento contemporáneo, porque no queremos usar el Archivo Central y
eso nos coloca en desventaja a la hora de acceder a informaciones que pueden
sernos útiles. Así que cada uno de nosotros se especializa en una materia o en
una parte de una materia y se aprende los datos de memoria. Todos juntos
somos como un ordenador humano. Yo estoy especializada en trivialidades.
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Por ejemplo: el diez por ciento de todas las especies animales en el mundo
son insectos parásitos.
Bruna la miró atónita. Y luego recuperó la sensatez de golpe:
—Van a matar a Paul. Quizá le degüellen dentro de cuatro horas. No
podemos perder tiempo con estas cosas.
—Por eso he venido. Mi hermano me mandó una carta. Una carta de papel
por medio de un robot mensajero. Es ésta.
Husky cogió la hoja con manos temblorosas. Era una cuartilla escrita a
mano:
Barri, no tengo casi tiempo, espero que sigas viviendo en el mismo sitio. Guárdame
estos documentos, son importantes. No me fío de mis compañeros. No hables con
nadie. Si algo me sucede, dáselos a Bruna Husky. No la llames. Vete a verla en
persona. Paul Lizard.
Y añadía la dirección de la androide. Bruna levantó la cabeza,
conmocionada: sólo confiaba en ella. En ella. Lizard.
—Hacía cuatro años que no hablábamos. Pero sí, sigo viviendo con la
Familia —dijo Barri, tendiéndole un par de hojas dobladas.
Husky desplegó la primera. Era una copia suprarrealista de un documento
de aspecto antiguo. El original debía de ser un pergamino y parecían los
planos para la construcción de un pájaro mecánico. El animal entero estaba
dibujado arriba a la izquierda: era un cuervo y mostraba la mitad del cuerpo
recubierto con plumas naturales y la otra mitad desnudo, enseñando su
armazón de madera y metal. Más abajo venían los diagramas de la
construcción y dibujos parciales: la bisagra de las alas, las patas, la cabeza
con ojos de cristal, el pico articulado y el mecanismo del interior del cuerpo,
hecho de madera y con ruedas dentadas, como las de un reloj. Se trataba de
una lámina muy bella.
La detective la dejó en el suelo y abrió la otra hoja. Era un folio de papel y
tenía anotados a mano, con letra de Lizard, los siguientes datos:
COGEIMEUTE100.3542709–35.789
KK6#555#UTTT++567((P//
17–111–233 SABUD
89–12–34 ORGGG
341–30–57 MIKIS
98–777–302 NEHHE
—¿Qué significa todo esto? —preguntó la detective.
—¿Y cómo diantres quieres que lo sepa? Esperaba que tú me lo dijeras.
Bruna dobló las hojas.
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—¿Me las puedo quedar?
—Puedes, pero yo también me quedo. Voy a ayudarte. Esta vez quiero
hacer algo por mi hermano. Siempre me sentí culpable por haberlo dejado con
mis padres.
¿Cómo demonios cree que puede ayudarme esta gorda excéntrica recién
aterrizada de su secta retrógrada?, pensó la detective. Pero no había tiempo
para discutir.
—Entonces ven conmigo. Vamos a preguntarle a un amigo.
—Muy bien. ¿Puedo dejar la bicicleta en el portal?
—¿Eh?
A Bruna casi se le había olvidado la existencia de las bicicletas. Las usaba
poca gente, eran grandes y engorrosas. Casi todo el mundo prefería las tablas
del Go o las cintas rodantes. Pero, claro, Aznárez tenía que tener bicicleta.
—Creo que será mejor que la subamos a casa —dijo Husky.
Y empezó a arrepentirse de haber aceptado su compañía.
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—Qué maravilla de manuscrito —se embelesó Yiannis, absorto en el
diagrama del pájaro—. Seguramente el original es vitela, el pergamino más
fino, confeccionado con piel de becerro recién nacido. Y el autómata es
hermoso… Por lo que aquí se ve, podía caminar, mover la cabeza y los ojos,
aletear, abrir el pico y seguramente también graznar… Pero lo más increíble
es que, si no me equivoco, y no, para qué falsas modestias, estoy seguro de
que no me equivoco, lo más increíble es que ésta es la firma del gran Juanelo
Turriano… ¡Es extraordinario! Si el original es auténtico, y eso creo, se trata
de un documento valiosísimo. ¡Nada más y nada menos que los planos de un
autómata desconocido de Juanelo! ¿Os dais cuenta de la enormidad?
Bruna y Barri miraron al archivero con esa expresión pétrea que suele
disfrazar la total ignorancia, pero el viejo estaba tan excitado que ni lo
advirtió.
—Mirad, aquí está la firma, justo debajo del dibujo del cuervo, en letra
pequeña y con una tinta roja que destaca muy poco de la vitela, una firma
incluso modesta, si se quiere, pero inequívoca: «Janello Turriano fecit…» y la
rúbrica, esta línea recta con un pequeño rizo hacia la derecha. Es él, sin duda.
—Y… ¿quién es ese tipo? —inquirió la detective al fin.
Yiannis la contempló con una delectación profesoral que Bruna le conocía
bien. Iba a impartir una clase magistral. Desde que le despidieron del Archivo
Central cuando la crisis especista, sus arrebatos didácticos habían empeorado.
—Pues veréis. Juanelo nació en Cremona, en Italia, en 1500. Vino a la
corte española de Carlos V en 1530 y el emperador le nombró Relojero de la
Corte. Fabricó para Carlos V dos famosos relojes astronómicos, pero además
era un magnífico matemático que participó en la elaboración del calendario
gregoriano y, por añadidura, un portentoso ingeniero que construyó el
llamado Artificio de Juanelo, una enorme máquina hidráulica capaz de subir
diecisiete mil litros de agua al día hasta el Alcázar de Toledo, salvando un
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desnivel de más de cien metros. Por cierto que el pobre hombre se arruinó con
ese trabajo prodigioso, porque ni la ciudad ni el rey Felipe II le pagaron lo
acordado. Murió en 1585 en la indigencia. Bueno, acabo de revisar
ligeramente las fechas en mi móvil para citarlas correctamente, pero en fin…
—concluyó con falso tono de modestia.
—Ya. ¿Y qué tiene todo eso que ver con el pájaro mecánico? —barbotó la
impaciente Husky.
—Tranquilidad, ya voy, ya voy. Colmar los insondables agujeros de la
incultura lleva su tiempo… Es que Juanelo era un increíble constructor de
autómatas. En el Museo de Historia del Arte de Viena se conserva una de sus
creaciones, una dama de la corte con laúd, que mide lo que una marioneta y
toca música. Pero su obra más famosa fue el Hombre de Palo, que tenía
tamaño humano y recorría las calles de Toledo pidiendo limosna… Lo
construyó cuando estaba en la ruina, en parte para sacar dinero con el que
vivir y en parte para afrentar al rey Felipe II, que no le pagaba… La
Inquisición lo consideró diabólico y cuentan que mandó destruirlo a pedradas,
es decir, lapidado… Pues bien, resulta que Juanelo era íntimo amigo del
Greco, y parece ser que en su conocidísimo cuadro El entierro del conde de
Orgaz… ¿Sabéis quién era el Greco? ¿Un pintor griego muy célebre de la
corte española en el siglo
XVI
? Bueno, da lo mismo. Este famoso Greco tiene
un cuadro magistral titulado El entierro del conde de Orgaz en el que algunos
dicen que hace referencia al Hombre de Palo. En primer lugar, por un
pequeño retablo que hay en la parte baja del cuadro, en donde se representa la
lapidación de san Esteban; pero sobre todo por el extraño monje de hábito gris
y de perfil algo envarado que está a la izquierda del lienzo, en primer
término… Si uno se fija bien, su rostro no parece realmente de carne, incluso
en el color. Además, a su lado está un niño que mira al espectador; tiene en el
bolsillo un pañuelo con la firma del Greco y la fecha 1578, que no fue cuando
se hizo el cuadro pero sí quizá cuando Felipe II se negó a pagar a Juanelo, y
señala con su dedo un bordado de la casulla del cura que podría interpretarse
como el símbolo de una moneda de oro, es decir, de la deuda… Debo deciros,
sin embargo, que mucha gente considera que todo esto que os acabo de
contar, incluso la existencia del Hombre de Palo, es pura leyenda. La fecha
del pañuelo del niño, por ejemplo, siempre se ha interpretado oficialmente
como la fecha del nacimiento del hijo del Greco, a quien se supone que la
figura representa… Pero a mí me parece que el cuadro del Greco está lleno de
signos e indicios muy enigmáticos y, la verdad, pienso que el Hombre de Palo
sí existió. También se creyó durante siglos que era leyenda otro famoso
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autómata de Juanelo, un san Diego compuesto por más de mil piezas, hasta
que lo encontraron en Ginebra en 1977. Hoy lo tiene el Instituto Smithsonian
de Washington y es prodigioso: camina en varias direcciones, mueve la
cabeza, la boca, los ojos, blande un crucifijo y se da golpes de pecho… Sigue
funcionando, tantos siglos después. Así que, ¿por qué no creer en todo lo
demás?
Bruna miró la hora: las 20:05. Gimió interiormente: se quedaban sin
tiempo. Un velo de sangre le nubló los ojos.
—Vale, todo eso está muy bien, pero ¿qué hacemos con ello? ¿De qué nos
sirve? ¿Por qué lo tenía Lizard? Van a matarlo, Yiannis.
Al archivero se le apagó la expresión de golpe, como si acabara de salir de
un ensueño. Se atusó los escasos cabellos, preocupado.
—Sí… Claro…
—Intenta obtener toda la información posible de ese pájaro, Yiannis.
Intenta descubrir si Juanelo lo hizo por su cuenta o si fue un encargo, y, si es
así, para quién lo hizo… Y dónde está. Eso sería formidable. Saber dónde está
—dijo la detective.
—Si es que llegó a construirlo. Pero sí. Me pondré a ello.
—¿Y las cifras y letras de la otra hoja? —preguntó Barri.
—Ni idea. Esperad…
Copió los datos en el buscador general del Archivo Central y, tras un
minuto de demora, la pantalla habló: «No hay coincidencias».
—Bueno, no te preocupes, esto no quiere decir nada, es el nivel más
elemental. También me pondré a ello.
Un escalofrío recorrió la espalda de Husky. Una sensación sutil pero
molesta. Se volvió con brusquedad: ahí estaba esa mujer extraña, Ángela, con
su pelo ralo y su abombada frente, mirándola sin siquiera parpadear.
Desagradable.
—Vaya. Eres tú. ¿Qué pasa?
—Tententengo algo. Alalalalgo que te puede intererereresar.
Le temblaba la voz. Parecía muy nerviosa. Inspiró profundamente y luego
soltó con seguridad y sin tropiezos:
—Ya sabes que hay miles de empresas privadas en todos los EUT que
gestionan las páginas públicas. Pero si vas subiendo de nivel y vas mirando
los grupos en los que están integradas, las firmas asociadas y los consejos de
administración, resulta que, poquito a poco, va sucediendo esto…
Gayo había proyectado la imagen desde su móvil y ahora todos podían ver
cómo las largas columnas con los nombres de las sociedades se iban uniendo
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y fundiendo y haciéndose cada vez más cortas, hasta que al final sólo quedó
media docena de empresas.
—Estas cinco de aquí son las únicas totalmente independientes y son
pequeñísimas. Están en zonas remotas. Pero ésta, Paseris, es un grupo
empresarial inmenso con intereses diversos: farmacéuticas, transportes,
electrónica y más cosas, no he tenido tiempo para verlo todo. Ahora bien, lo
más importante es que Paseris está relacionada, ya sea por compartir
accionistas o consejeros de administración como por medio de filiales, con
todas las empresas de las pantallas públicas del mundo.
—¿Cómo? No entiendo… —dijo Aznárez.
—Quiero decir que cada una de esos miles de empresas gestoras remiten
de algún modo a Paseris. Y ahora viene lo más grande: resulta que el soporte
operativo de todas las pantallas públicas del mundo, a excepción de esas cinco
diminutas, lo suministra Paseris. Así que basta con romper su seguridad.
Todavía no sé cómo lo han hecho, pero el caso es que no tienen que invadir
miles de sistemas, como creíamos, sino sólo uno. Así es mucho más fácil.
Además…
Una explosión cortó sus palabras. El estruendo había sonado en el exterior
pero muy cerca, y ahora se oía un griterío. Los cuatro se abalanzaron al
balcón. Estaban en el piso tercero de un edificio de más de doscientos
cincuenta años de antigüedad y el mirador, dotado de una vieja baranda de
hierro, ofrecía un espacio muy angosto. Ahí se apretujaron Yiannis, Bruna,
Berri y Ángela, y descubrieron que la calle estaba llena de gente que parecía
furiosa. Sonó otro estallido: era un petardo. Pancartas tridimensionales
temblaban por encima de las cabezas en color rojo fuego: pedían la dimisión
de Guang y de Chem Conés, el presidente regional de España, y sus nombres
aparecían envueltos en llamas virtuales. «Políticos cobardes, la cosa está que
arde», coreaban; y también: «Sois más que incompetentes, sois unos asesinos
indecentes».
En ese momento aparecieron la rusa y su amiga Emma y todos tuvieron
que apretarse aún más contra la barandilla para hacerles sitio. ¿Será seguro
este viejo balcón o nos precipitaremos todos al vacío?, se inquietó Husky.
Tenía a alguien tan pegado a la espalda que casi le era difícil respirar; miró
por encima de su hombro y vio que era Ángela. ¿De verdad necesita estar
adherida a mí de esa manera?, se irritó la androide; y de un caderazo la
desplazó hacia atrás unos centímetros.
«Si mueren nuestros chicos os haremos añicos», rugía la muchedumbre. A
la derecha se oyó una nueva explosión y una cinta rodante empezó a arder.
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Aunque esta manifestación era mucho más violenta que la organizada contra
la subida del agua, los PAC de asalto se mantenían a un centenar de metros de
distancia, en formación pero relajados, y no se les veía muy dispuestos a
intervenir. De pronto todas las pantallas públicas se sincronizaron y apareció
de nuevo Jan Lago. Hoy llevaba una chaqueta verde de cuello duro y alto que
guardaba cierta semejanza con una casaca militar.
—¡Amigos! Sé que estáis tan desolados como yo. Dentro de un par de
horas, esos terroristas anticapitalistas amparados por el Estado comunista de
Cosmos, porque a mí no me cabe la menor duda de que están actuando
conjuntamente, esos miserables, en fin, asesinarán con toda seguridad a otro
de nuestros muchachos, a otra de nuestras muchachas, a los guerreros, a los
mártires de nuestra civilización y de nuestro modo de vida.
La masa aulló.
—¿Y qué hacen mientras tanto aquellas personas encargadas de
defendernos? Os lo voy a decir. No hacen
NADA
. ¡No hacen
NADA
!
«¡Asesinooooos!», clamaba la gente.
—Ni en el frente de Ceres, en donde todo sigue congelado, ni contra estos
terroristas que no son más que un puñado de fanáticos asesinos adolescentes
pero que han puesto en jaque a la Humanidad. ¿Y por qué pasa eso? Pues
porque hace mucho que esta sociedad ha perdido los valores que siempre la
vertebraron. Porque hemos roto con nuestra tradición. Porque no sabemos
quiénes somos. ¿Somos androides, somos alienígenas, somos mutantes? ¡No,
señor! ¡Somos humanos! ¡Humanos! Y tenemos que recuperar el orgullo del
largo legado de nuestra Humanidad.
De nuevo el discurso especista y supremacista, se enfureció Husky; en
todas las crisis, independientemente de la causa que las originara, terminaban
pagando los reps.
—¡Hoy amplío mi oferta de ayuda a estos dirigentes ineptos y corruptos!
Estoy dispuesto a costear un ejército, un cuerpo militar profesional y
eficiente, un ejército de humanos terrícolas capaces de luchar por nuestros
intereses. El tiempo se acaba: les aconsejo que acepten mi propuesta, porque
si no, habrá que buscar otras soluciones. Si el sistema no nos defiende,
tendremos que defendernos nosotros del sistema.
Ésas fueron las últimas palabras del millonario. La retransmisión terminó
y el gentío prorrumpió en aplausos.
—¡Qué suerte, qué suerte, Lago nos hará fuertes! —gritó alguien con un
potenciador de voz.
Y todos los presentes se pusieron a corear la frase enfervorizados.
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—Éseseste es uuuuuno de ellos —susurró Ángela, de nuevo pegada a la
espalda de la rep como una segunda piel.
—¿Qué?
—Ese homhomhomhombre, ese Lago quequeque acaba dededede
hablar… Es uno de los conconconsejeros de administración de Paseris.
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Tanto el Gobierno Regional como el Global intentaron eclipsar la emisión
pirata del EJI, pero no lo consiguieron. A las 23:00 UTC+1, los terroristas
volvieron a tomar las pantallas públicas de todo el planeta, declamaron su
pomposo mensaje de amenaza y degollaron a un policía muy joven que
sollozaba aterrado como un niño. Fue espantoso. Por último, los
encapuchados añadieron una nueva petición a sus exigencias: derogación
inmediata de las tasas energéticas que impedían que la gente sin recursos
viviera en las zonas menos contaminadas.
—Ésa es una buena reclamación —gruñó Yiannis.
Bruna le miró atónita:
—No lo dirás en serio…
—Sí, o sea, no, no estoy a favor de los Ins, pero lo que están pidiendo es
en sí mismo muy justo y muy necesario, ya sabes que esas tasas son un
engaño, cuando se prohibió cobrar por el uso del aire las empresas energéticas
se inventaron esto como sustitución, son unos cerdos. Pero no me mires así,
estoy completamente en contra de los terroristas… Ahora bien, te digo que si
empiezan a plantear cuestiones de este tipo, puede que acaben por hacerse
populares.
Husky frunció el ceño, recordando la furia de la salvaje Gabi tras la
detención de la polilla. Rumió en silencio las palabras del archivero: el
espectáculo de la ejecución había sido demoledor y espeluznante, pero tal vez
Yiannis tuviera razón y los Ins terminaran conquistando apoyos. Los
humanos, eso había aprendido Bruna en su breve vida, eran especialistas en el
arte de deshumanizar a otros humanos. Pronto la mitad de los terrícolas serían
capaces de asistir en directo a las degollinas de los terroristas sin parpadear.
Doce días como mucho para Lizard. Qué larga le parecía ahora a la
detective su propia condena de tres años, tres meses y ya once días: era la una
de la madrugada del martes 18 de febrero. Bruna se estremeció: había podido
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ver al inspector durante unos segundos. Le pareció que tenía una herida junto
a una ceja, y luego, al repasar y ampliar las imágenes, verificó que en efecto
se trataba de una pequeña brecha con un sucio encaje de sangre seca. Lo
habían golpeado; quizá intentó escapar.
Bruna se levantó de la silla y caminó hasta el ventanal. La noche era más
silenciosa que de costumbre: la ciudad, atemorizada por la situación, se
enroscaba sobre sí misma. En las pantallas públicas vio reflejarse, diez veces
repetidas, las caras descompuestas y llorosas de los padres del joven guardia
asesinado. Un sonoro ronquido llegó desde el dormitorio; era la hermana de
Lizard, a la que había prestado su lecho cuando las dos regresaron a casa de
Bruna. La calma genéticamente reforzada de la androide le permitía seguir
razonando, seguir trabajando y no ponerse a aullar de dolor como esos pobres
padres, pero aun así, Husky sentía la angustia como una cuerda de nudos que
estuviera apretándole el estómago. Se acercó a la mesa del puzle e intentó
vaciar la cabeza y concentrarse en los perfiles de las pequeñas piezas
troqueladas y en los juegos de luces y de sombras de la imagen. Trató de
completar siquiera un fragmento más, pero a los cinco minutos se rindió sin
haber logrado nada.
—¡No puedo ni pensar! —se desesperó en voz alta.
Ansió beber una copa de vino; en lugar de eso, agitó su enésimo cubilete
de café y se lo tragó. Un robot mensajero acababa de traerle una docena de
cafés instantáneos. Regresó a su asiento ante la pantalla principal y siguió
brujuleando por la Red. Había buscado información sobre el asalto al Mosca y
no había encontrado nada en los medios oficiales, pero sí furiosas y
llameantes protestas en los foros alternativos. Además de llevarse a la chica
de la Zona Cero, los azules habían detenido al joven de la falda escocesa, lo
reconoció enseguida en las imágenes por los llamativos clavos de sus
mejillas. Era una información decepcionante, porque Husky abrigaba la
esperanza de que hubieran capturado al muchacho de las orejas prominentes,
al supuesto Ins, si es que ese orejudo que atisbó de refilón en el centro
cultural era de verdad el adolescente desaparecido.
Pensó por un instante en llamar a Kai para preguntarle si había novedades,
pero juzgó más prudente no hacerlo: Lizard había dicho que no se fiaba de sus
compañeros. ¿Ni siquiera de la inspectora rep?, se preguntó con un leve aleteo
de esperanza. Tras unos segundos de indecisión sobre qué hacer, comenzó a
buscar información sobre Jan Lago.
El autoerigido salvador de la crisis era un rico de segunda generación; su
padre, Dom Lago, había sido un científico brillante y construyó un imperio
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dentro de la industria farmacéutica: fueron sus laboratorios los que
descubrieron y comercializaron el Nemeprot, el medicamento que acabó con
el alzhéimer, cosa que le hizo multimillonario. El patriarca había muerto
décadas atrás, cerca de los cien años; Jan Lago tenía ochenta y nueve, aunque
tan bien operados que no los aparentaba en absoluto. Era un hombre
reservado y enigmático que no concedía entrevistas y apenas se dejaba ver en
público, una inaccesibilidad que favorecía la difusión de rumores en torno a
su persona. Cada uno de los negocios de Lago estaba dirigido por uno de sus
hijos; asombrosamente, tenía alrededor de una veintena, y la leyenda sostenía
que todos ellos habían sido gestados por fecundación in vitro con madres de
alquiler y sin contacto sexual con el magnate. Los hijos eran todos varones,
cosa extraordinaria y desde luego muy sospechosa, porque la Ley no permitía
la selección de sexo salvo en el caso de una enfermedad hereditaria asociada a
los cromosomas de género. Al parecer, cada vástago se llamaba como el
padre pero con el añadido consecutivo de una de las letras del alfabeto: Janá,
Janbé, Jancé y así sucesivamente. Vaya mentecato, pensó Husky, mientras le
echaba un vistazo rápido a las empresas. De pronto tuvo que reprimir una
súbita arcada: ¡era el propietario de TriTon, el laboratorio de gestación de
tecnohumanos que la había creado! La detective tragó con esfuerzo el buche
de saliva acre que le llenaba la boca: ella era un producto de los negocios de
Lago, ella era parte de sus pingües ganancias. Bueno, ella y las otras once
Huskys, porque de cada clon se sacaban doce copias. Recordó con nostalgia a
Clara, su hermana genética, muerta violentamente pocos meses atrás, y un
alfiler de pena le arañó el corazón.
Respiró hondo para intentar sobreponerse al vértigo y el asco y siguió
investigando los negocios del magnate. Varios laboratorios farmacéuticos, por
supuesto; industrias aeroespaciales y armamentísticas; energía solar y
mareomotriz; robótica anatómica… No figuraba ninguna firma de pantallas
públicas.
En ese momento entró una llamada en su móvil: era Kai.
—¿En qué andas, Husky? —le espetó la tecno nada más descolgar.
—Son las dos de la madrugada. Estoy durmiendo.
—¿Siempre duermes así, vestida y sentada en una silla?
—Vale. Intento encontrar alguna pista. Sin suerte hasta ahora —contestó
Bruna, cautelosa—. ¿Y vosotros?
—Básicamente igual. Y dime, ¿qué hacías esta tarde en el Mosca?
La detective se puso en alerta:
—¿Quién te ha dicho que he estado en el… en ese sitio que dices?
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—Ya ves, soy una jodida adivina. No me hagas perder el tiempo, Husky,
estás en las imágenes que tomaron los azules del operativo.
—Ah. Ya. ¿Me estás interrogando oficialmente?
—Más bien amistosamente. Y en realidad te hago un favor diciéndote que
sales en el operativo.
¿De verdad era un favor? ¿Qué buscaba Kai? ¿Sería de ella de quien
desconfiaba Lizard? Todos los timbres de alarma de la paranoia de Bruna se
dispararon. La detective ya había sufrido en el pasado la traición de un
androide, a quien Cosmos logró comprar proporcionándole una tecnología
que le permitió triplicar su tiempo de vida. Salvarse de la temprana y terrible
muerte de los reps era una convincente razón para corromperse.
—Mmmm… Pensé que el Mosca, al ser un centro de reunión de la
juventud radical, podría tener alguna relación con los Ins. Palos de ciego, no
sé bien por dónde tirar. Hasta ahora no he encontrado nada —dijo Bruna con
cautela.
Se preguntó si en la grabación se la vería salir corriendo con dos niñas
agarradas bajo los brazos. Había sido una coincidencia, pero resultaría muy
sospechosa.
—Ya. No está mal pensado, en realidad. Lo de vigilar el Mosca.
—Bueno, la verdad es que no me dio tiempo a vigilar nada. Enseguida
vinieron los azules y lo jodieron todo.
—Así es la policía fiscal. Se creen los reyes. ¿Y las niñas? Una es tu rusa,
¿no?
Pues sí. La habían visto.
—Fue una sorpresa para mí. No tenía ni idea de que estuvieran allí. Una
es Gabi, sí. Y la otra, una compañera del colegio. Tonterías que hacen los
humanos inmaduros, ya sabes.
—Pues a lo mejor más que vigilar el Mosca tendrías que vigilar a esas
niñas. A mí me parecen bastante radicales.
—Por todas las especies, ¡tienen once años!
—Los humanos poseen la capacidad de ser unos mierdas a cualquier edad.
Bruna sintió cierta incomodidad ante la acritud de las palabras de Kai,
aunque hasta hace muy poco hubiera compartido por completo esa frase. Pero
ahora la rep advertía que algo se estaba moviendo en su interior. Tal vez fuera
por su relación con Lizard e incluso por la cercanía de la salvaje Gabi.
Resopló, decidida a cambiar de tema, y sobre la marcha se le ocurrió lanzar
un globo sonda:
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—Por cierto, este Jan Lago que está tan empeñado en salvarnos la vida me
parece bastante sospechoso. ¿Sabes que está relacionado con decenas de
empresas de pantallas públicas?
—Sí, claro. Y hay algo peor que eso, y es el megagrupo Paseris, al que
también pertenece. Es Paseris quien gestiona todas las pantallas de los EUT.
Hemos hablado con Lago. Es un tipo muy vidrioso pero nos está ayudando
mucho. Ha conseguido que los técnicos de Paseris cierren la brecha por la que
se colaban los Ins. Hemos bloqueado al EJI. Recibiremos su próximo
mensaje, pero no saldrá en las pantallas públicas y la gente no lo verá
directamente.
Eso daría un respiro a los Estados Unidos de la Tierra y a su Gobierno,
pensó la rep. Pero ella necesitaba ver las imágenes en directo.
—Yo tengo que poder verlo, Kai…
La inspectora asintió vagamente. Su rostro fino y delicado se
ensombreció.
—Lo entiendo… Veré qué puedo hacer.
—También me gustaría hablar con Lago —añadió Husky.
—¿Por qué? ¿Sabes algo que no me has dicho?
La detective recapacitó un instante. No, sobre el magnate no tenía ninguna
información. Sólo borrosas intuiciones y una inmediata antipatía.
—No. No sé nada de él. Pero me intriga —contestó con enfática
autenticidad.
—Es un mal bicho, seguro. Es el propietario de TriTon.
Las dos se miraron a los ojos durante unas décimas de segundo. Fue un
silencio intenso y cómplice.
—Pues no sé si podrás verle, pero mañana por la tarde, es decir, hoy ya,
dentro de unas horas, lanza una campaña procíborgs en el Museo de Nuevas
Tecnologías de Madrid. Es a las 19:00. Y es un acto público. Supongo que te
dejarán pasar.
—Gracias, Kai.
—Espero poder darte yo también las gracias en algún momento. Si vas a
lo de Lago y te enteras de algo, cuéntamelo.
Cortó abruptamente, sin despedirse. Dos segundos después, un alegre
Bartolo se abalanzó sobre Bruna dispuesto a abrazarla y atravesó el cuerpo de
la androide limpiamente.
—¡Ohhhhhhh! —gimió el bubi, apareciendo al otro lado de la rep con un
gesto de desolado estupor.
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El pobre tragón no conseguía entender el misterio de las comunicaciones
holográficas. El archivero, que era quien había realizado la llamada, cogió a
Bartolo en brazos.
—Hola, Yiannis, ¿qué pasa?
—Creo que sé… bueno, que sabemos… Me ha ayudado mucho Ángela.
Creo que sabemos qué significan las letras y las cifras.
El corazón se le detuvo entre dos latidos.
—¿Qué?
Gayo apareció por una de las esquinas de la holografía. Su extraño y
torturado rostro resultaba aún más inquietante al no poder verse el resto del
cuerpo y quedar reducido a una cabeza flotante. La mujer miró a Bruna con la
misma fijeza de siempre.
—Verás… —dijo el archivero, carraspeando de la pura emoción y
pulsando su móvil para proyectar en el aire las hileras de cifras y letras
recogidas en el documento de Lizard—. Lo más importante es la primera
línea, la más larga. COGEIMEUTE100.3542709-35.789. Son las coordenadas
de un lugar en el espacio. Las letras significan: Coordenadas Orbitales
Geoestacionarias Inteligencia Militar Estados Unidos de la Tierra Este. Es
decir, son mediciones hechas por la inteligencia militar de los EUT de un
objeto en órbita geoestacionaria, o sea, que no se mueve con respecto a la
Tierra. Y las cifras a continuación nos indican que está a 100.3542709 grados
de longitud este y a 35.789 kilómetros de altura. Como sabes, la altura no se
suele dar en las órbitas geoestacionarias, así que demuestra una precisión
locativa sumamente fina. Las coordenadas están escritas de una manera
inhabitual, con la letra E descolocada y sin añadir la K a los kilómetros,
seguramente para que el significado de la anotación pasara inadvertido y para
que, si lo introduces en el buscador, como yo hice, no saliera nada.
Naturalmente, no hace falta dar la latitud, porque al ser una órbita
geoestacionaria, la latitud siempre es cero. Y ese lugar…
—… Está en Cosmos… —susurró Husky.
—Exacto. Esas coordenadas señalan un punto preciso de Cosmos. En
concreto, uno de los nodos exteriores.
La estructura de la plataforma orbital Cosmos era una red de triángulos
equiláteros cuyos vértices eran esferas o nodos habitables comunicados entre
sí por medio de tubos. Estos triángulos se unían para formar tetraedros y los
tetraedros se combinaban hasta componer una enorme pirámide de esferas y
tubos que parecía flotar en el espacio.
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—En cuanto a las otras cinco líneas —prosiguió el archivero—, son un
acceso a Ultratumba, ya sabes, la zona más oculta de la Red oculta.
Comunicaciones venenosas, blindadas e ilegales.
Sí, Husky sabía. Los gobiernos llevaban décadas intentando controlar ese
infierno electrónico sin ningún éxito, lo que le llevaba a sospechar a la
recelosa detective que en realidad no querían controlarlo.
—La línea de arriba, KK6#555#UTTT++567((P//, es uno de los portales
de Ultratumba. Hay decenas, aunque los cambian a menudo, y además no
basta con tener la dirección de acceso, sino que debes poseer las contraseñas
adecuadas.
—Dinos que las otras líneas son las contraseñas… —susurró una voz
junto al oído de Bruna.
La rep se sobresaltó: se había olvidado de la hermana de Lizard. No la
había sentido levantarse de la cama ni llegar a la sala. Barri estaba de pie
detrás de ella.
—Lo son, pero… Mirad, ¿veis este espacio resaltado?
Yiannis había pulsado su ordenador y ante él flotaba la página de acceso a
Ultratumba. Una pantalla totalmente vacía salvo por un recuadro en blanco.
—Aquí hay que poner la primera línea, 17-111-233 SABUD… Y como
veis, se abre otra pantalla igual. Metes en el nuevo recuadro la contraseña
siguiente, 89-12-34 ORGGG… Y luego 341-30-57 MIKIS… Y, por último,
98-777-302 NEHHE… Y mirad lo que aparece.
Unas enormes letras rojas centelleantes cruzaron la pantalla: «Acceso
caducado».
—Oh. Vaya —se decepcionó Bruna.
—Sí, una pena. Pero Ángela ha logrado entrar de manera remota en el
ordenador de Lizard y rescató la última imagen que vio el inspector tras
utilizar esas contraseñas. Es ésta…
Era una foto fija y de no muy buena calidad. Una decena de figuras
encapuchadas de rojo, provistas con lo que parecían ser subfusiles del letal y
prohibido plasma negro, se guarecían detrás de un muro bajo. Frente a ellos,
al otro lado del parapeto, un robot con una pistola. Al fondo, de pie, otras dos
personas con capucha contemplaban la escena.
—Parece… parece un campo de entrenamiento militar… —dijo Bruna,
sintiendo que se le erizaban los vellos de la espalda.
—Eso creemos.
—Es decir… un campo de entrenamiento de los Ins en Cosmos… En ese
nodo de Cosmos que las coordenadas señalan.
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—Eso pensamos.
Husky observó con absorta atención la fotografía: tanto el suelo como la
pared del fondo eran casi con toda seguridad de aleaciones metálicas.
Semejante al entorno que se adivinaba en las conexiones de los EJI. En esta
imagen el material tenía una tonalidad más clara, pero podría tratarse de una
simple diferencia de iluminación. Era muy posible que los rehenes también
estuvieran allí, en la Tierra Flotante. Las manos le dolieron y se dio cuenta de
que tenía los puños apretados y se estaba clavando las uñas en la palma.
—Tengo que ir a Cosmos. Inmediatamente.
—Tenemos —gruñó Aznárez—. Voy contigo.
—Imposible. La crisis de Ceres ha interrumpido las comunicaciones. El
ascensor espacial de Cosmos está sin funcionar desde la invasión del planeta
enano —dijo Yiannis.
—Pero no puede ser… Seguro que hay otras maneras de llegar.
¿Astronaves?
—Sí, los embajadores de Cosmos usan astronaves de valija diplomática,
pero como comprenderás, no vas a poder utilizar ese medio…
—Mmmm… Esperad un momento.
Husky llamó a Mirari. Tardó en contestar y, cuando apareció, su rostro
lucía una enmarañada corona de cabellos blancos y una expresión de
adormilado malhumor.
—Mirari, perdona por la hora, necesito hablar contigo por medio de una
comunicación blindada.
La mujer frunció el ceño y cortó. Antes de un minuto volvió a encenderse
su cara.
—He activado un doble distorsionador. Creo que estamos más o menos
seguras. Por lo menos durante unos minutos. ¿Qué pasa?
Bruna le hizo un rápido resumen.
—¿Se te ocurre de qué manera puedo llegar a Cosmos? —preguntó al fin.
—Podemos. Yo también voy —insistió Barri.
Husky reprimió con dificultad su irritación: no iba a cargar de ninguna
manera con la rémora de esa gorda anticuada, ignorante y fuera de forma.
—Bueno, están los perlas… —dijo Mirari, pensativa—. Aunque son
bastante desagradables.
—¿Perlas?
—Sí, la gente que comercia con productos ilegales… Llevan a Cosmos
mercancías por encima del cupo y libres de las tasas con que los EUT las
gravan…
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—Estraperlo. Eso se llama estraperlo —dijo Yiannis.
—Pues eso. Lo que yo digo. Los perlas.
Las Tierras Flotantes poseían una casi total autonomía energética y
alimentaria, pero aun así necesitaban algunas materias básicas, como
superenzimas o tierras raras, que los EUT les vendían a un coste muy elevado.
Gracias a estos bienes florecía el mercado negro.
—¿Podrías ponerme en contacto con ellos? ¿Me llevarían en uno de sus
viajes?
—Nos llevarían —remachó Barri, tenaz como una termita.
—Cállate, Aznárez —gruñó Husky.
—Conozco a un par de ellos. Les preguntaré. La buena noticia es que son
tipos sin escrúpulos y de una codicia insaciable. Viven para hacer caja y
serían capaces de vender a sus propios hijos, así que si les ofreces un trato
atractivo, lo aceptarán. Pero la mala noticia es que te va a costar carísimo. No
creo que puedas pagarlo.
Husky sintió que se ensombrecía el mundo, como si alguien hubiera
atenuado la luz. Cierto. No tenía dinero.
—Po… podemos hipotecar mi casa —dijo el archivero.
La rep lo miró con afecto:
—Gracias, Yiannis. Pero tardarían en darte la hipoteca, si es que te la
dan…
—Y no creo que fuera suficiente —remachó Mirari.
La creciente negrura atenazó la garganta de Bruna. Le costaba respirar.
—Yoyoyoyo puepuepuedo pagarles… —susurró Ángela con voz fina.
Todas las miradas se concentraron en ella.
—¿Tú?
La mujer carraspeó:
—Soy ririririca. Tengo dididinero. Además, está enen efectivo, quiero
decir, son ges en billetes. Te daré lo que necesites, Bruna.
A medida que hablaba, Gayo iba ganando seguridad y elevando el tono de
voz. La tecno la miró, atónita, y recordó que la doctora del CRGM había
comentado que Ángela era una profesional muy cotizada. Husky sintió un
pellizco de culpabilidad: no había tratado nada bien a esa chiflada.
—Muchas gracias, Ángela —dijo, genuinamente agradecida—. Pero ya
has visto lo que dice Mirari, saldrá muy caro.
—Puedo hacerme cargo. De verdad que tengo mucho dinero. Siempre me
han pagado muy bien. Soy buena en mi trabajo —dijo.
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Y una chispa de orgullo embelleció por un instante sus insulsos y
demasiado separados ojos. Cuando se sentía segura de sí misma no
tartamudeaba. Qué raros eran siempre los humanos, pensó Husky.
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20
—Te digo que voy a ir contigo —se sulfuró Aznárez.
—Y yo te digo que no. Es un viaje muy peligroso y no puedo perder
tiempo ni energías cuidando de ti —barbotó Husky.
Discutían en voz baja para no ser oídas, pero la rabia temblaba en sus
palabras. Mirari había hablado con un perla al que llamaban Jaco y habían
llegado a un acuerdo. La violinista había preparado una vaga y poco creíble
excusa para justificar su petición, pero el tipo no quiso ni enterarse de para
qué necesitaban ir a Cosmos. Tampoco consintió en llevar a Bruna: le parecía
demasiado arriesgado. Sin embargo, estaba dispuesto a venderle la
microlanzadera. Era un cacharro muy viejo y llevaba tiempo queriendo
cambiarlo, era algo que sabía todo el mundo. La venta se haría de manera
legal, dejando rastro. Si la androide tenía problemas en la Tierra Flotante, él
simplemente le habría vendido la astronave. Lo que luego hiciera con ella la
rep no era de su incumbencia. El precio oficial por el vehículo sería de
doscientos mil ges. Pero en realidad tendría que darle medio millón. Ángela
escuchó imperturbable esta cifra mareante.
—Lololo tengo. Puedo pagarlo.
Bruna había acompañado a primera hora de la tarde a Gayo a una cripta
bancaria, de donde la mujer había sacado una bolsa de tela engomada llena de
fajos de las famosas lenguas, los billetes rojos de quinientos ges. El medio
millón apenas pesaba un kilo; en la caja sólo quedaban cincuenta mil gaias
más, y la pequeña mujer también las cogió:
—Por si acacacacaso…
La rep se sentía tan llena de gratitud con la increíble generosidad de
Ángela que ya no le molestaba tanto su mirada fija y su arrobado silencio. La
compra de la nave se realizaría al día siguiente, miércoles 19, a las 11:00.
Bruna quería partir hacia la Tierra Flotante esa misma tarde; el viaje hasta
Cosmos duraba tres interminables días (tres degollados más, tres angustiosas
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posibilidades de que fuera Lizard) y necesitaba llegar, encontrar a Paul y salir
de allí antes de que la venta quedara anotada en el Registro Global de
Vehículos Espaciales y de que, a continuación, Jaco informara a Cosmos para
que revocaran la licencia del viejo aparato. Oficialmente, los perlas volaban
registrados como mano de obra técnica de la plataforma. La androide sólo
dispondría de una semana, como mucho. Mejor contar sólo con seis días, para
mantenerse dentro de la franja de seguridad.
La jornada siguiente iba a ser muy dura y Bruna estaba agotada. Sabía que
debía dormir, pero una corazonada la estaba llevando ahora, en compañía de
la terca hermana de Lizard (esa tozudez era de familia, desde luego), al
Museo de las Nuevas Tecnologías para asistir al acto de Jan Lago. En esos
momentos estaban llegando a su destino. El museo apareció ante ellas; era un
rutilante e inmenso cubo de acero pulido que parecía macizo, porque no
mostraba ninguna abertura. La rep saltó de la cinta rodante seguida por la
enfurecida Barri, que aún insistía en la discusión.
—Chisss… Calla, ahora no —siseó la rep, imperativa.
Faltaban veinte minutos para las 19:00 y ante la puerta ya se agolpaba un
numeroso grupo de personas. La repentina fama de Jan Lago era un imán para
las multitudes. Tuvieron que hacer cola para entrar y, mientras esperaban, a
Bruna le llamó la atención una de las pintadas que cubrían la cercana parada
del tram. «Los caperucitos rojos justicieros», decían unas letras fluorescentes
color fucsia, y al lado estaba el torpe dibujo, también en tinta fucsia, de una
caperuza. La androide se inquietó: ya lo había dicho Yiannis, podían acabar
convertidos en héroes.
Pasaron los arcos detectores y entraron en el inmenso atrio del edificio.
Quince plantas se asomaban a un patio central que ascendía hasta la
techumbre de cristal del museo. Además, Bruna sabía que las paredes
metálicas, en apariencia fijas, podían deslizarse, dejando a la vista u
ocultando grandes ventanales de vidrio de caprichosa distribución. Ahora el
cubo se encontraba tan cerrado como una caja fuerte, salvo por el techo
transparente.
El atrio estaba adornado con plantas y flores de exótica exuberancia. Los
robots camareros pasaban con bebidas, diligentes y silenciosos, y una buena
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