Los tiempos del odio


parte: al bajarse del tram se había quedado quieta escuchando a Jan Lago



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Los tiempos del odio - Rosa Montero

parte: al bajarse del tram se había quedado quieta escuchando a Jan Lago.
Desazonante sujeto, turbador mensaje.
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Entró en la comisaría con los pensamientos revueltos. Preguntó por Kai, la
tecno colega y quizá amante de Lizard, y, por fortuna, estaba en la Brigada.
La inspectora salió enseguida.
—¿Qué ocurre?
—Te propongo un trato —dijo Bruna—. Creo que puedo darte
información, pero para eso tienes que compartir la tuya conmigo.
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Si Bruna había ido a la comisaría era porque ellos disponían de los
recursos necesarios para rastrear de manera instantánea y eficaz la chapa de
identidad de Nina. Y, en efecto, apenas tardaron dos minutos en encontrar
dónde se había utilizado por última vez: en el alquiler de un
microapartamento de la zona vieja de Madrid.
El operativo se montó de manera inmediata. Como subjefa del grupo
antiterrorista, Kai logró que se aceptara la presencia de Bruna, aunque la
obligaron a ponerse una coraza y le ordenaron mantenerse en todo momento
detrás del grupo de asalto. Eran seis: dos tecnos y cuatro humanos.
El edificio colmena estaba cerca de la plaza de Callao, en la zona de la
ciudad más destruida por las Guerras Robóticas. Un siglo antes había sido un
barrio céntrico, pero ahora era un oscuro laberinto de míseras construcciones
de realojo para los desplazados, viejas naves industriales y las colmenas más
baratas de Madrid. La que ellos buscaban estaba junto a un moyano, los
siniestros crematorios de androides. La oscura chimenea se elevaba en la
noche por encima de la irregular aglomeración de tejados, y de ella salía
ahora mismo un humo blanco. Bruna se estremeció: ahí o en un sitio parecido
acabaría ella. Tres años, tres meses y trece días.
Por no tener, la colmena no tenía ni siquiera puerta en el portal. Es decir,
sí la tuvo algún día, pero ahora estaba arrancada de sus goznes y apoyada
contra la pared. Por lo demás, el vestíbulo era como el de todos estos
edificios, enorme y con una treintena de ascensores, varios en funcionamiento
cuando entraron. Había gente esperando y, para ser casi las once de la noche,
bastante movimiento, lo normal teniendo en cuenta que entre los trece pisos
había mil trescientos microapartamentos, a cien por planta. Pero ese
movimiento de hormiguero se convirtió en una loca carrera en cuanto el
equipo de asalto apareció: los que bajaban en los ascensores volvieron a
cerrarlos y a subir, y los que estaban aguardando salieron disparados como
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pollos sin cabeza hacia cualquier lado. Los policías se dividieron: dos
quedaron abajo con los subfusiles de plasma armados, y los otros cuatro,
seguidos por Bruna, utilizaron las escaleras.
Era el número 551, en el quinto piso. Se trataba de una colmena bastante
antigua y eso se notaba en las puertas; las hojas, de mala calidad y poco
aguante, habían sido reforzadas por los inquilinos de diversas maneras con el
paso del tiempo. Algunos habían puesto una reja y otros, barras de acero o de
metacrileno. Las había con modernos sensores de movimiento pero también
con primitivas cadenas y candados, e incluso uno había colocado una parrilla
eléctrica con un letrero de «peligro, alto voltaje». La 551 era de las menos
fortificadas, apenas una línea de cerraduras de seguridad; se notaba que era un
microapartamento rotatorio, de los que sólo se alquilaban por pocos días.
No se oía nada. Asomaron por un instante la cara unos vecinos, se
aterraron, cerraron. Los policías se miraron, Kai hizo una señal con la cabeza
y empezó la vorágine. Dos disparos de plasma reventaron las cerraduras y en
cinco segundos estaban todos dentro: tomar un habitáculo que tan sólo medía
doce metros cuadrados era muy fácil. Los sentidos genéticamente potenciados
de Bruna, activados en el modo de máxima alerta, le permitieron observar la
escena del asalto con una calma espectral y con un detenimiento capaz de
ralentizar la noción del tiempo. Vio el microapartamento, compacto y
polivalente, más parecido a la cabina de las antiguas lanzaderas espaciales
que a una vivienda; y dentro de ese angosto espacio estaba incrustada Ángela,
como un mejillón en su concha, mirando una pantalla. Una mujer
insignificante y descolorida, más sorprendida que asustada, más desvalida que
violenta. No es ella, intuyó Husky, mientras sentía que le daba un vuelco el
corazón, no es ella la culpable.
En dos minutos la inquilina estaba asegurada con las esposas inhibidoras y
los policías habían verificado su identidad. Ángela permanecía muda,
estupefacta.
—¿Dónde está Lizard? —preguntó Kai.
—Nunununununununu… —se atrancó la pequeña mujer.
—¿Qué? ¡Contesta!
—Nununununca
quiso
verververme.
Ni
sisisisiquiera
quiso
cononononocerme. Lelele escribí, lelele llallallamé… —balbució Gayo.
—¿Dónde está?
—¡No lo sé!
Uno de sus brazos estaba vendado, sin duda el fragmento de piel había
sido arrancado de ahí. Pero en el otro brazo había más heridas. Feas cicatrices
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ya curadas. En una pequeña barra sobre la microscópica tina había dos
horrorosas bragas de mujer que parecían puestas a secar. Sobre una balda
lateral, otro portátil, además del que la mujer estaba usando. Husky echó un
vistazo a la pantalla que Ángela había estado leyendo. Era un texto de letra
apretada, un informe o quizá una novela: Cumbres borrascosas, Emily
Brontë. Ni idea. Le preguntaría al viejo Yiannis.
En ese momento uno de los policías humanos soltó un grito:
—¡Mirad!
Estaba contemplando algo en su móvil que enseguida pasó a proyectar en
modo holográfico. La imagen, a un tamaño de un metro por un metro,
mostraba a tres individuos con capucha roja. Uno de ellos hablaba con voz
distorsionada por un modulador:
—… Pero como sólo entendéis el lenguaje de la represión y de la fuerza,
utilizaremos vuestras mismas armas, y os demostraremos que somos mucho
más poderosos que vosotros.
En ese momento, los encapuchados se apartaron y dejaron ver, a sus
espaldas, una línea de hombres y mujeres de rodillas y con las manos sujetas a
la espalda, probablemente con un cepo electrónico. La cámara empezó a
enfocar sus rostros de uno en uno mientras la voz distorsionada seguía
hablando:
—Ésta es una guerra… La guerra contra el abuso y la explotación. Y la
vais a perder, porque la verdad está de nuestro lado.
En imagen se veía el rostro tenso y preocupado de una humana pelirroja
de unos cincuenta años. Desde detrás de ella aparecieron dos manos
enguantadas también de rojo; una sujetó y alzó la barbilla de la mujer, y la
otra empezó a cortarle el cuello con un cuchillo.
—¡¡¡Por todas las especies!!!
—¡¡¡Me cago en el puto orbe!!!
Un clamor de horror se alzó en el pequeño grupo que abarrotaba el
microapartamento, mientras la mano seguía cortando, demasiado lentamente,
con dificultades, y la víctima se retorcía y chillaba de modo insoportable,
hasta que el alarido se convirtió en un estertor gorgoteante. Chorros de sangre
tridimensionales parecieron caer sobre los pies de los policías y al fin la
pelirroja se derrumbó con la cabeza bamboleante, casi por completo
seccionada. Otro de los encapuchados se apresuró a agacharse sobre ella,
seguramente para terminar el trabajo. La cámara mostró de uno en uno a los
demás rehenes: rostros en shock, aterrorizados, ensombrecidos, enfurecidos,
derrotados. Quedaban trece.
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El primer individuo volvió a dirigirse a la audiencia:
—Exigimos que pongáis en libertad a todos los Ins que estén encarcelados
o detenidos en los EUT. Tenéis veinticuatro horas para hacerlo. Si no cumplís
esta petición, mañana degollaremos a otro más y añadiremos una nueva
demanda a la lista. La vida de vuestros perros será cada día más cara. Y para
cuando acabemos con todos ellos, ya tendremos otros prisioneros. Esto no ha
hecho más que empezar. ¡Por la libertad! ¡Por la igualdad! ¡Por la justicia!
¡Sangre por sangre! ¡Viva el EJI!
La imagen se apagó. Hubo un silencio aturdido, consternado. El silencio
global de un planeta herido.
El quinto por la derecha era Lizard.
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Los catorce rehenes habían sido secuestrados en diversos lugares de la
antigua Europa y todos formaban parte de los operativos contra el EJI: eran
policías o soldados. La mujer degollada, una irlandesa, era la única jueza de
instrucción del grupo, el puesto de responsabilidad más alto entre todos ellos.
Probablemente por eso tuvo la desgracia de ser la primera. De inmediato se
tomaron medidas en los EUT, se asignó escolta a los magistrados y a los
cargos políticos, se ordenó a los cuerpos de seguridad que activaran el
protocolo de riesgo en su nivel máximo. Sin embargo, en las primeras cuatro
horas tras la ejecución se constató la desaparición de al menos otros seis
agentes, tres en la zona americana y tres en Asia.
El mensaje de los terroristas se había difundido en todas las pantallas
públicas del mundo de manera simultánea. Se había colado en el sistema de
una manera que los expertos de la policía todavía no habían conseguido
entender y aún menos rastrear. Se trataba de una auténtica proeza tecnológica,
porque las pantallas públicas (que, pese a llamarse así, eran negocios privados
y cobraban por subir las imágenes) pertenecían a miles de empresas diferentes
en los EUT, de modo que el EJI había tenido que hackear todas ellas. Husky
había visto las imágenes decenas de veces, tantas que la carnicería llegó a
perder su sentido y se convirtió en algo banal; pero cada vez que pasaba por el
rostro sombrío de Lizard seguía experimentando el mismo pellizco. El estudio
de la longitud de los brazos de los tres encapuchados, comparada con la
medida aproximada de sus cabezas, mostraba que dos de ellos eran de tamaño
y envergadura más bien pequeños. Sobre todo el verdugo, a juzgar por sus
manos. Adolescentes, lo más probable. El fondo era una pared lisa de un
material metálico. Podría ser un laboratorio, una fábrica, un silo. La luz era
artificial. O bien se encontraban en un lugar totalmente cerrado, o bien en una
zona horaria en la que en ese momento era de noche. La rep sabía que la
escena se había emitido en directo y sin manipulaciones. Y también sabía el
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nombre de todos y cada uno de los condenados a muerte, además del
inspector. ¿Cuánto tiempo le quedaba a Paul? ¿Cuándo lo elegirían? Una vez,
en Potosí, durante sus dos años de milicia, en una época especialmente dura,
los mandos humanos del escuadrón, que estaban muy borrachos, se pusieron a
jugar a la ruleta rusa con sus pistolas de plasma. Eran tres, y uno de ellos, el
capitán, un malnacido psicópata. Hubo una primera ronda sin víctimas en la
que Bruna estuvo deseando todo el tiempo que fuera el capitán quien se
reventara la cabeza. Pero al final no pasó nada, porque alguien había avisado
a la teniente coronel y los tres acabaron en el calabozo. Ahora la muerte
danzaba otra vez en una ruleta rusa que nadie sabía cómo detener. Con suerte,
con muchísima suerte, disponía como mucho de trece días.
Con autorización del juez, que había aplicado la ley antiterrorista, le
habían inyectado zenthotal a Ángela Gayo. Lo que declaró la detenida bajo
los efectos de la droga de la verdad había sido exactamente lo mismo que
había dicho en la colmena cuando la detuvieron, y todo era consistente con
los datos que tenían sobre ella. Increíblemente, el envío del pingajo de carne y
la desaparición de Paul no guardaban ninguna relación y habían sido una
simple coincidencia. Hablaron con la doctora Carlavilla, a la que despertaron,
y ella corroboró una vez más sus suposiciones:
—Por supuesto que Gayo no ha hecho nada, ya se lo dije a Husky. Lleva
dos años internada en nuestro centro. Y no es la primera vez que se ha
mutilado. Por desgracia para Ángela, todo empezó cuando un vecino fue
amable con ella. No estaba acostumbrada a ser tratada con simpatía y se
desequilibró. Se enamoró de él. Le aterrorizó. A partir de entonces empezó a
arrancarse la piel.
Le habían contado cinco cicatrices más, en los brazos, los antebrazos, los
muslos. Pobre idiota. ¡Si ni siquiera había visto en persona a Lizard!
Ángela había usado como identificación una chapa civil que no era la
suya, lo cual era un delito. En algún momento habría juicio y multa, pero por
ahora Kai le pidió a Bruna que devolviera a Ángela al CRGM, mientras ellos
se encargaban de seguir investigando. Aunque la detective estaba segura de
que no tenían ni puñetera idea de por dónde tirar.
—Cógete un taxi y pásanos el recibo luego.
Cuánta generosidad, bufó la rep. Saliendo de comisaría sacó dos cafés del
expendedor y tendió uno a Ángela.
—Nonononono. Gragracias. Nononono tomamos.
Bruna supuso que el plural era una referencia a la comunidad de chiflados
en la que vivía. La androide sacudió los dos cubiletes para calentar el brebaje
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y se los bebió uno tras otro. Su estómago gimió: cayó en la cuenta de que
llevaba veinte horas sin comer ni dormir. Eran las seis y media de la mañana
y empezaba a amanecer. Tres años, tres meses y doce días.
Cuando entraron en el taxi, la rep se recostó y cerró los ojos. Quizá
lograra echar una cabezada mientras llegaban a Vallecas. Después no tendría
tiempo.
—Yo puepuepuepuedo… —susurró Gayo a su lado.
Bruna no hizo caso. Dormir. Dormir.
—Yo puedo. Creo que puedo. Sé que puedo. ¡Yo puedo descubrir la
manera en que entraron en las pantallas públicas! —dijo de un tirón.
Por el gran Morlay.
—Ángela, eso es lo que están buscando ahora mismo todos los expertos
de computación de los EUT. ¿Tú te crees más lista? —gruñó la androide,
arrancada a su pesar de su grata somnolencia.
—Yoyoyoyoyo soy una dededede esos experperpertos. Antes
trababababajaba cococomo infoinfoinformática. Yo puepuepuedo rastrearlos.
No memememe lleves al centro, por favor. Puepuedo ayudarte.
La frente abombada, los ojos demasiado separados, el escaso pelo
clareando sobre su cráneo. Parecía un bebé anormalmente grande y viejo.
Pero estaba en el Centro de Rehabilitación de Grandes Mentes. ¿Y no había
dicho la doctora algo parecido sobre ella? Bruna llamó a Carlavilla; sí, en
efecto, corroboró la doctora del tercer ojo: Gayo era un genio informático; sí,
por supuesto que podría ayudar a rastrear al EJI, tan bien o mejor que el
mejor.
Convencer a la doctora de que dejara provisionalmente a Gayo bajo su
tutela fue bastante más difícil. La propia Ángela tuvo que pedírselo con
conmovedora elocuencia tartamuda y prometerle a cambio que tomaría todas
las medicinas y que hablaría dos veces al día con ella a través del móvil.
Bruna tuvo que firmar electrónicamente un documento en el que se
responsabilizaba de la mujer, pero en cuanto el taxi las dejó frente a su portal,
la rep arrastró a Gayo hasta el piso del archivero, a dos minutos de distancia,
para que él la cuidara. Pobre Yiannis: le iba llenando la casa y la vida con
todas las criaturas de las que ella se hacía cargo de forma irreflexiva.
Mientras Yiannis, ayudado por un entusiasmado Bartolo, cocinaba un
copioso desayuno para todos, Bruna fue a su casa, en donde recogió las
medicinas de Gayo, que Carlavilla acababa de mandar con un robot
mensajero, y su pequeña pistola de plasma, que guardaba escondida detrás del
horno. Cuando volvió con los demás, Ángela ya había montado su centro de
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trabajo con la pantalla principal de Yiannis y los dos portátiles que la mujer se
había llevado al microapartamento (en uno de ellos la pillaron leyendo esa
cosa, ¿cómo se llamaba? ¿Picos Tormentosos?).
—Me tomará algún tiempo —dijo Gayo con perfecta dicción, lanzando a
la rep una mirada seria e intensa.
—Ya supongo.
Bruna estaba devorando los huevos, el arroz y las algas fritas que había
preparado el archivero. ¿Y si los rehenes se encontraran en Cosmos? ¿Y si,
como decía aquel general especista en televisión, la Tierra Flotante estuviera
ayudando a los EJI? Al parecer, según contaban los pocos terrícolas que
habían estado en Cosmos, el lugar era fundamentalmente así, un laberinto de
paredes metálicas. Y desde luego proporcionaría a los terroristas un cobijo
perfecto.
Una repentina sensación de incomodidad hizo que Husky levantara la
vista. Ángela seguía con los ojos clavados en ella. Absortos, ardientes.
—¿Qué miras? —se irritó.
—Ah, yoyoyoyo… nonononono. Es que… eres muy guaguaguapa —dijo
con timidez.
—¡Una belleza! Y sobre todo muy simpática —se burló Gabi mientras
salía de la cocina.
Enseguida escucharon un retumbante portazo: la rusa, con su delicadeza
habitual, camino del colegio.
—Ha mejorado mucho —parloteó alegremente Yiannis con expresión
desorbitada: la angustiosa situación debía de tenerle la bomba de endorfinas a
pleno rendimiento—. Gabi, digo, ¡ha mejorado muchísimo! Fíjate, ya no
tengo que obligarla a ir a clase.
Husky no contestó; estaba mirando en su móvil información cruzada
sobre EJI y Cosmos. Algunos periodistas sostenían que en la Tierra Flotante
había un campo de entrenamiento para los terroristas en donde recibían
formación militar. Y que eran los científicos cósmicos quienes habían
sintetizado el nuevo explosivo Inferno. Pero todo parecían ser suposiciones
sin ninguna base documental. Ah, si pudiera teleportarse a Cosmos… Pero no
podía. La Tierra Flotante tenía un escudo impenetrable para los saltos TP.
Bruna había estado dos veces en Labari, disfrazada e ilegalmente (en las
Tierras Flotantes no estaban permitidos los androides), pero nunca había
visitado Cosmos. Podría pedirle una identidad falsa a Mirari e intentar entrar
en la plataforma orbital con alguna excusa, pero la crisis de Ceres había hecho
prácticamente imposible el acceso. El ascensor espacial, que era el transporte
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oficial entre la Tierra y Cosmos, estaba momentáneamente cancelado. Había
algunas astronaves diplomáticas y otras de carga, pero esa vía era aún más
impenetrable. Lizard podía estar atrapado ahí arriba, justo encima de su
cabeza, y Bruna no era capaz de llegar hasta él. Qué insoportable frustración.
Tictaqueaban las horas y el día iba creciendo, camino de la siguiente
ejecución. La detective se habría dejado caer en la cama, se habría echado a
dormir durante tres años, tres meses y doce días, hasta fundir la pequeña
muerte del sueño con la muerte inacabable y verdadera, pero no tenía tiempo.
Así que, tras torturar su estómago con otros dos cubiletes de café, decidió
darse una vuelta por el Mosca.
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Bruna sólo había encontrado un local público llamado Mosca, y, a juzgar
por lo que le había dicho la adolescente de las trenzas, estaba casi segura de
que se refería a éste. Mosca, Movimiento Social Comunal Autogestionario,
rezaban los anuncios; era un centro cultural que estaba en Getafe, que antaño
fue un pueblo y ahora formaba parte de los suburbios de Madrid. En cualquier
caso quedaba bastante lejos, y mientras la rep iba cambiando de cintas
rodantes y de trams tuvo que soportar el diluvio atronador de las pantallas.
Habían localizado a casi todos los familiares de los rehenes y ahora se les
podía ver en los diversos canales implorando entre lágrimas a la presidenta
Guang que pusieran en libertad a los presos Ins. Estos patéticos mensajes se
alternaban con las noticias de la crisis de Ceres: al parecer los ejércitos
seguían vigilándose estrechamente, el uno enfrente del otro, sin que la
situación avanzara hacia ningún lado. Pero la guerra no declarada en el campo
de batalla parecía estarse librando entre los comentaristas, que se insultaban
con una agresividad inusitada. Unos sostenían que la presidenta Guang debía
dimitir por su catastrófica y cobarde gestión de la crisis y otros respondían
que era un genio de la diplomacia y que, fuera de los focos, estaba llevando a
cabo una inteligente y eficaz ofensiva política; también había un porcentaje
minoritario pero no despreciable de los charlatanes que se referían
laudatoriamente a Jan Lago y aconsejaban aceptar la ayuda del magnate. Lo
cual daba pie para volver a ver a Lago, con sus arqueadas cejas de tinta china,
repitiendo mil veces su oferta de la noche anterior.
El edificio que albergaba el Mosca era cochambroso y raro. Parecía un
enorme almacén circular y la parte superior, que sobresalía de la fachada,
estaba apuntalada. El centro cultural sólo ocupaba una cuarta parte del anillo;
Husky le dio la vuelta entera y vio que también había una tienda de muebles
de segunda mano, un taller de reparación de robots domésticos, una guardería
y un restaurante de comida rápida que se llamaba Plaza de Toros. De manera
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que el edificio, dedujo, había sido una plaza de toros, cosa que indicaba la
antigüedad de la construcción, porque hacía ya más de ochenta años que las
corridas de toros estaban prohibidas.
El Mosca tenía la puerta abierta y un montón de carteles electrónicos
parpadeando en la fachada: «Somos muchos, no estás solo», «Atrévete a
cambiar el mundo», «Guang estinka», «Entra y únete», «Policía rakataka»…
La gente salía y entraba, en su mayoría adolescentes ataviados con los
uniformes de guerra suburbiales, colores chillones, ropas cosidas con grapas,
trenzas tiesas, botas con la punta metálica. Husky se acercó con toda
naturalidad y accedió al recinto; dentro había un vestíbulo bastante amplio,
sillones destripados con gente sentada, una barra de algo parecido a un bar,
corrillos de personas charlando. Media docena de puertas se abrían en las
paredes: Sala 1, Sala 2, Biblioteca, Auditorio…
—¿Qué haces aquí?
Bruna miró hacia abajo. Era un chico de unos veinte años, fuerte y grande,
y aun así la rep le sacaba media cabeza. Llevaba una falda escocesa que
dejaba al aire sus robustas piernas peludas. Tenía las mejillas taladradas por
dos líneas de clavos. No le quedaban bien. Una pena. Era bastante guapo.
—Estoy entrando y uniéndome —contestó la rep.
—¿Te quieres hacer la graciosa, muñeca?
—¿Es por eso por lo que me has parado? ¿Porque soy una rep? ¿Una
muñeca?
Husky le vio titubear y remachó:
—¿O sea que también vosotros sois de ésos?
El chico sacó pecho:
—No tenemos nada contra los tecnos. Pero tú eres de combate. Sois todos
de la bofia.
—Yo no.
—¿No eres poli?
—No.
—¿Y a qué vienes?
—A ver. A conocer. A informarme. Como todos.
El chico la miró durante unos instantes, caviloso y cejijunto, y luego
cabeceó dejándola pasar. Ni siquiera le había leído la chapa de identidad. Y
no la había cacheado. Claro que Bruna tampoco le hubiera dejado hacerlo:
llevaba la pistola de plasma bajo la axila. En fin, eran unos pardillos, unos
inocentes. En realidad eran buena gente estos pequeños matones suburbiales.
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Así que Husky siguió adelante. Deambuló por el vestíbulo sin que nadie le
prestara mucha atención. Se acercó a la barra; vendían bocadillos de pollo,
jamón y tortilla. Compró uno de jamón y le dio un mordisco: el pan parecía
de goma y el relleno podía ganar fácilmente el primer premio al sucedáneo de
medusa más repugnante del año. Tragó con dificultades el bocado y arrojó el
resto a la papelera. Su vecina de barra se lanzó a recogerlo. Con el bocadillo
en la mano, la chica miró a Bruna escandalizada:
—Qué desperdicio… Cómo puedes…
Comenzó a devorarlo con fruición. Parecía una niña, no más de catorce
años, aunque era tan bajita y esmirriada que quizá aparentara menos de los
que en verdad tenía. Llevaba las uñas rotas y sucias, y su anticuada túnica
tampoco era un prodigio de limpieza. Los zapatos, enormes y pesados, debía
de haberlos heredado o quizá comprado de segunda mano en alguna ganga.
Seguro que los pies no le llegaban ni a la mitad de la suela.
—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó Bruna.
La chica negó con la cabeza mientras masticaba. Luego tragó y dijo:
—Sólo llevo un par de días. Me gusta.
—¿Y qué se hace aquí?
—De todo. Dan clases. Te ayudan. Son buena gente. Y son artistas.
Pintan, hacen teatro. Y muchas cosas. Ahora hay un espectáculo —añadió,
señalando hacia la puerta que ponía «Auditorio»—. Puedes entrar, es gratis.
En efecto, se escuchaba el retumbar de algo que provenía de allí, así que
la rep decidió asomarse. Abrió la puerta con cuidado y se encontró en la parte
de atrás de una gran sala con gradas. Al fondo estaba el escenario, iluminado
y ocupado por tres muchachos que tocaban kangas, las tabletas musicales.
—«Si te dicen que es por tu bien, ¡no te lo creas!» —cantaban los chicos a
voz en grito.
Y las tabletas repetían, distorsionando el sonido, poniéndole ecos,
convirtiendo la frase en una cascada atronadora:
—«¡
NO TE LO CREAS! ¡NO TE LO CREAS
!».
—«Sólo quieren multiplicar por cien ¡los ges que se llevan!» —seguían
berreando los artistas.
—«¡
LOS GES QUE SE LLEVAN! ¡LOS GES QUE SE LLEVAN
!».
Husky avanzó por el pasillo lateral para tener una visión completa del
graderío. Cabrían unas cien personas y ahora mismo estaba medio lleno de un
público fundamentalmente juvenil que seguía el ritmo del grupo con los pies
y coreaba el estribillo.
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De pronto la espalda de Bruna se tensó y todo su cuerpo se puso en alerta
antes incluso de ser consciente del porqué. Pero ahí estaba. Sí, ahí estaba. En
un extremo de la segunda fila, justo al otro lado. Uno de los chicos
desaparecidos. Era el de las orejas de soplillo. Lo miró absorta, sin siquiera
parpadear, intentando asegurarse: la sala estaba a oscuras y sólo lo había visto
en una foto tridimensional. Pero tenía que ser él, esas orejas resultaban
inconfundibles. Y un momento, un momento: ¿quién se encontraba a su lado?
En el asiento contiguo, riendo y aplaudiendo a la banda, estaba el hombre-
caballo, el barman del Crate con la crin implantada a la moda balabí.
En ese momento una chica irrumpió en la sala:
—¡Los azules! ¡Nos asaltan los azules!
Su grito cortó la actuación y puso en pie al auditorio entero. Bruna salió
corriendo por delante de todos y se topó con una tensa escena en el vestíbulo:
una docena de policías fiscales, los temibles azules, habían entrado en el local
y estaban desplegados en posición de defensa, armados con subfusiles de
plasma y protegidos con esas corazas metalizadas azul brillante que les hacían
parecer escarabajos. Uno de los azules sujetaba por el antebrazo a la
adolescente de los zapatos grandes con la que Husky había estado hablando.
La niña se retorcía, lloraba y casi colgaba en vilo atrapada por la zarpa del
policía.
—… Y ha sido identificada como ilegal, por lo que se procede a su
retirada —decía el azul—. Cualquier intento de impedir el cumplimiento de la
Ley será considerado un delito.
Así que era una polilla, se dijo Bruna, sin mostrar mucha sorpresa: por eso
no hablaba con el argot de los suburbios. Debía de haber llegado hacía poco
de alguna Zona Cero, los rincones más contaminados del planeta. Si no tenía
antecedentes, la deportarían. La segunda vez, multa, o trabajos forzados hasta
poder pagarla; a la tercera incursión ilegal en un sector limpio se acababa en
la cárcel.
Detrás de la rep se apretaban las personas que habían salido del auditorio.
Unidas a las que se encontraban en el vestíbulo y a las que habían acudido
desde otros rincones del Mosca, sumaban más de un centenar. En el tenso
silencio alguien gritó:
—¡Rakataka!
E inmediatamente toda la gente empezó a corear con ritmo amenazante y
atronador:
—Po-li-cí-a ra-ka-ta-ka, po-li-cí-a ra-ka-ta-ka.
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Los azules parecían tensos, pese a toda su parafernalia de armas y
armaduras. Habían apostado guardias en la puerta para mantener la retirada
expedita, pero debía de haber otra salida del Mosca porque una veintena de
jóvenes se habían concentrado fuera, ante la entrada.

¡PO-LI-CÍ-A RA-KA-TA-KA!
El chico de la falda escocesa y los clavos en las mejillas se acercó al azul
que sujetaba a la niña y empezó a decirle algo que la rep no oyó. Y de pronto,
sin venir a cuento, porque la actitud del chico no parecía agresiva, otro agente
le reventó la cara con la culata del subfusil. El joven se derrumbó como un
robot desenchufado con el rostro lleno de sangre. Y ése fue el comienzo de la
batalla.
Con un aullido único de furia, la masa de moscas se abalanzó sobre los
policías, que empezaron a disparar con cargas Beta, supuestamente
aturdidoras, pero que en alguna ocasión habían resultado fatales. Bruna
alcanzó la puerta en dos zancadas, un cabezazo y tres sopapos
indiscriminados: ésta no era su guerra y además no podía permitirse que la
detuvieran, sobre todo con una pistola sin papeles. Estaba a punto de salir
cuando vio a una niña aferrándose a la pierna de un azul. Y no era cualquier
niña. Era la rusa.
—¡Gabi!
Y a su lado, Emma, su amiguita, con las mejillas cenicientas ahora
arreboladas por la adrenalina.
—¡Bruna, ayúdanos! —chilló la rusa sin soltar la pantorrilla del azul, que
estaba forcejeando con otro mosca.
Y eso hizo la androide. Desenganchó a Gabi de un tirón, la sujetó bajo el
brazo derecho y, agarrando a Emma con el otro, se abrió camino hasta el
exterior con un par de puntapiés y se alejó corriendo del edificio.
Pero ésa no debía de ser la ayuda que reclamaba la rusa, porque la
pequeña salvaje se iba retorciendo y pataleaba y juraba en su idioma e
intentaba golpear a la androide con sus puños. Emma, en cambio, iba
tranquila, inerte y entregada, como los cachorros de perro cuando sus madres
los trasladan por el cogote.
—¡Déjame, déjame, idiota, déjame! —berreaba Gabi.
Bruna siguió corriendo mientras la gente se apartaba con temor a su paso:
era una androide de combate con dos niñas humanas bajo los brazos, una de
ellas muy poco conforme con la situación. Alguien acabaría avisando a la
policía. De modo que la detective torció por una calle secundaria y poco
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transitada y se detuvo. En ese momento sintió un agudísimo dolor en el
antebrazo derecho: la rusa le había clavado los dientes.
—¡Maldita seas, Gabi!
Soltó a Emma, agarró la mandíbula de la rusa con la mano izquierda y
apretó hasta obligarla a abrir la boca. Un reguero de sangre corrió
alegremente piel abajo. No era la primera vez que Gabi la mordía.
Depositó a la niña en el suelo, sujetándola con firmeza por un brazo.
—¿Por qué has hecho esto?
—Traidora.
—Eres una bestia.
—Y tú eres como ellos. Renegada.
—¿Cómo que ellos?
Gabi frunció el ceño y apretó los labios. Estaba furiosa, pero ya no se
peleaba. Había abandonado la batalla, cosa rara en ella.
—Vámonos a casa —dijo la vocecita juiciosa de Emma, que no se había
movido de donde la androide la había dejado.
—Sí. Será lo mejor —gruñó Husky.
Subieron a una cinta rodante, taciturnas. La herida latía dolorosamente y
sangraba aún, y Husky no llevaba nada en la mochila para curarla.
—No me puedo creer que me hayas hecho esto. Eres una salvaje.
—Está bien, lo siento —susurró la rusa.
Bruna la miró, sorprendida.
—Es que fue tan triste —intervino Emma—. La pobre polilla. Era como
nosotras. Casi de nuestra edad. ¿Qué culpa tiene ella de haber nacido en una
zona tan contaminada que se va a morir cuarenta años antes que los que viven
aquí? Y ya ves, no puede salir de ahí porque no tiene dinero. Mientras que
aquí, en la zona más limpia, viven tan felices los que la envenenan. No es
justo, ¿no? A Gabi le duelen estas cosas porque las ha vivido. Por eso perdió
los nervios y te atacó.
La rusa levantó la cabeza y miró a la rep. Su rostro se crispó:
—Ya sé que no debí morderte, pero te odio. Te odio.
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17
—Está peor que nunca. Más violenta y más insoportable —se quejó
Husky mientras Yiannis le desinfectaba el mordisco y se lo cubría con un
parche regenerador.
—Nooo, Bruna, es que está entrando en la adolescencia, ¿sabes? Los
humanos somos así. Tú… bueno, tú no lo sabes, claro, pero en esas edades,
pues…
—Ya. Soy una jodida rep, un monstruo de laboratorio. Qué voy a saber de
la verdadera vida —dijo con amargura la detective—. Pues te aseguro que tu
Gabi es un monstruo aún mayor.
Tres años, tres meses y doce días. Aunque ahora tenía un nuevo cómputo
atroz con el que obsesionarse: trece días. Trece días como mucho hasta la
muerte de Paul.
—No te pongas así, Bruna. No he dicho que seas un monstruo. Y la niña
tampoco lo es. Y además no es mi Gabi: ¡tú fuiste quien la acogiste! Me la
trajiste tú…
—Sí. Ya lo sé. No me lo recuerdes.
La rep estaba tan cansada que no sabía ni lo que decía. Pero no podía
perder tiempo: eran las cuatro y media de la tarde. Si los terroristas volvían a
conectar a las once de la noche, sólo quedaban seis horas y media hasta la
siguiente ejecución.
—¿Y Ángela?
—Ha estado trabajando, pero ahora se ha echado a dormir. Me ha dicho
que la despierte a las seis. No ha conseguido nada todavía —dijo Yiannis.
Bruna gruñó, desesperada y furiosa.
—Lo van a matar. Lo van a matar. Nunca pensé que fuera a morir antes
que yo —susurró, enterrando la cabeza entre las manos.
El archivero se puso a caminar muy agitado junto a ella, tres pasos en una
dirección y tres de vuelta, con la bomba de endorfinas a toda máquina.
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—Pues precisamente, precisamente, para animarte, te lo digo para
animarte… ¿Sabes en lo que he estado trabajando últimamente? Pues verás,
hay un nuevo sistema de vertido de memorias en unas bases de sílice… Las
mismas bases que se usan para vuestras memorias artificiales, pero en
MemoLab han conseguido superponerlas unas a otras de tal modo que ahora
tienen una capacidad de almacenaje prácticamente ilimitada. Y entonces se
han puesto en contacto conmigo para ver si… Como yo soy archivero… para
que colabore con ellos en el vertido de memorias reales, no las que escribe un
memorista sino…
—Yiannis, todo eso me importa una mierda ahora mismo, ¿por qué se te
ocurre que podría animarme?
El viejo se detuvo en seco y la miró con sorprendida cara de loco:
—Bueno, bueno, o sea… No sé, a lo mejor algún día conseguimos volcar
toda tu memoria real, todo lo que tú eres en otro cuerpo… A lo mejor
conseguimos que no tengas que morir en tu TTT…
Si hubiera tenido fuerzas, la rep habría soltado una carcajada. Pero no
tenía energías para reír y tampoco para soportar los delirios del archivero. Se
sintió sideralmente lejos de todos, de esa niña repugnante, de la chiflada de
Ángela que se echaba tan tranquila a dormir, del estúpido y viejo Yiannis,
siempre con sus proyectos imposibles. Ah, qué detestables le parecieron.
Bruna sintió reverdecer su antigua y feroz misantropía y disfrutó con ello. El
odio era un alivio.
Algo cálido y áspero le rozó la pierna. Echó un vistazo y se topó con la
mirada embelesada del tragón, que se había abrazado a su pantorrilla.
—Bruna buena. Bartolo pena —dijo el bubi con conmovedora expresión
de tristeza, tan feo y narigudo, tan barrigón.
Y a continuación empezó a besuquearle la pierna y a dejarle un reguero de
babas sobre la piel.
Estúpido animal, se dijo Bruna, luchando contra sus sentimientos, contra
la blanda tibieza que iba descongelando el carámbano de rabia de su pecho.
Pero al fin no tuvo más remedio que claudicar y fue una derrota en toda regla:
cogió en brazos al tragón y hundió la cara en su cuello peludo. Tenía un olor
acre y reconocible, el tranquilizador olor de la manada. Nunca se había
permitido una debilidad así: abrazar a Bartolo. No se reconocía, ¿qué le
estaba pasando? El bicho permanecía muy quieto, probablemente en éxtasis.
Al cabo de un par de minutos, Husky carraspeó y lo depositó con suavidad en
el suelo.
—Creo que voy a dormir un par de horas. Así no sirvo de nada —dijo.
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Y era cierto. Ahora lo veía clarísimo. Tenía que descansar un poco.
Cinco minutos después estaba entrando por la puerta de su departamento.
La cama estaba sin hacer, la casa sucia, olía a sábanas sudadas y a cerrado.
Ordenó a la consola que activara la ventilación, que oscureciera los cristales y
que la despertara a las 18:40. Después dejó la pistola en la mesilla y se
desplomó sobre el colchón.
Un instante de negrura más tarde la despertó el timbre de la puerta. Husky
salió de los abismos del sueño con un esfuerzo sobrehumano. Se levantó
como una autómata y comprobó que estaba a punto de sonar la alarma: habían
pasado las dos horas en un suspiro. Estaba aturdida, abotargada; jirones de
niebla ralentizaban sus pensamientos. Volvieron a llamar. La consola
mostraba a una mujer gruesa con el pelo rizado. La rep desanduvo sus pasos
y, regresando a la cama, cogió su pistola. Abrió manteniéndola empuñada,
medio oculta tras su muslo.
—Eres Bruna Husky —dijo la mujer; era una constatación, no una
pregunta.
—Mmmm… ¿Y tú…?
—Soy Barri Aznárez —soltó muy segura, como si con eso estuviera dicho
todo.
Husky la miró con suspicacia. La melena, corta y castaña, estaba
entreverada de canas, cosa poco habitual. Era alta para ser humana, quizá
1,80, y desde luego estaba excedida de peso. Grande y redonda, con un rostro
vagamente familiar. Sin operar, unos cincuenta años.
—¿Y? —preguntó la detective de malos modos.
Y de pronto un rayo de reconocimiento atravesó su entumecida cabeza.
Aznárez. Y esa cara. No era posible.
—Eres… eres… —tartamudeó, incrédula aún.
—Soy la hermana de Paul. La hermana de Lizard.
—Paul no tiene hermanos —respondió Husky, sin estar muy segura de sus
propias palabras: ese rostro carnoso, esas mejillas, los ojos color caramelo
velados por los pesados párpados. Se parecían mucho.
—Claro que sí. Paul me tiene a mí. Soy su hermana mayor.
—He investigado su pasado. Cuando detuvieron a sus padres no había
nadie más.
—¿Vamos a seguir hablando en la puerta, o puedo entrar?
La rep frunció el ceño:
—Te voy a cachear.
—Está bien.
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La gorda estaba dura como una piedra. Tenía mucha más carne que
Lizard, pero igual de apretada. Y no llevaba armas. Tampoco móvil. ¿Cómo
era posible? ¿Por qué demonios no llevaba el ordenador móvil en su brazo?
Husky se irguió y dejó pasar a la mujer. La recién llegada se dejó caer con
toda naturalidad en uno de los incómodos y feos sillones de piel aditiva, una
barata impresión en 3D que era parte de la dotación del apartamento
amueblado.
—Tengo cuarenta y nueve años, seis más que mi hermano. Cuando
detuvieron a nuestros padres, yo llevaba ya un año fuera de casa. Me escapé a
los trece. Debo decir que fue muy fácil. Ni siquiera me buscaron esos
bastardos.
Vestía unos pantalones vaqueros reventones y una camisa también
vaquera tan arrugada como si fuera de verdadero algodón. Todo muy retro.
Va para largo, pensó la detective; y, con un suspiro, se sentó en otro de los
sillones.
—Pero no lo hubiera conseguido de no ser por la Familia. Ellos me
acogieron, me criaron. Me dieron amor y me enseñaron.
—¿Qué familia?
—Bueno, la gente suele decir que somos una secta. Y lo dicen de forma
despectiva. Pero cuando todo se hunda, sólo nosotros sabremos cómo
sobrevivir.
—¿Y sois…?
—Los Nuevos Antiguos.
Vaya. Por eso los vaqueros, las canas, el rostro sin operar, la extravagante
ausencia de móvil. Los Nuevos Antiguos era un movimiento de gente
retrógrada que vivía de la manera más natural y menos tecnológica posible.
—¿No sois vosotros los que os aprendéis libros de memoria? —preguntó
Bruna: recordaba vagamente algo que le había dicho Yiannis.
—Noooo, eso es un mito que viene de una novela famosa en el siglo
XX
,

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