Los tiempos del odio


partidas por una raya en lo alto del cráneo, les llegaban hasta casi las rodillas



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Los tiempos del odio - Rosa Montero

partidas por una raya en lo alto del cráneo, les llegaban hasta casi las rodillas.
Parecían unos extraños insectos peludos, libélulas con cabello en vez de alas.
—¿No queréis contarme lo que sabéis de vuestra amiga? Tenemos que
localizarla. Es por su bien —insistió la androide, cada vez con menos
convicción.
Ni un parpadeo en sus descoloridos ojos azules. Ni señal de haber sido tan
siquiera oída.
—Ya te he dicho que no hablan jamás —intervino la doctora Carlavilla—.
Sólo se comunican a través de la música, e incluso eso sólo lo hacen con muy
pocas personas. Ángela era una de ellas, mejor dicho, era la única que se
entendía de verdad con las Sarabia. Ellas tocaban y Ángela respondía por
medio del teclado de alguno de los pianos.
En la habitación de las hermanas, muy amplia pero sin ventanas, había
dos relucientes pianos de cola unidos y enfrentados el uno al otro, de manera
que las Sarabia podían mirarse a los ojos mientras interpretaban una pieza.
—Pero me has dicho que Ángela era matemática, no música.
Carlavilla enarcó las cejas y la miró, burlona.
—Por supuesto. Y la matemática es música, o más bien al revés. En la
antigua Grecia, la música era considerada la expresión artística de las
matemáticas… Y en la Edad Media la música formaba parte de las artes del
Quadrivium, junto con la aritmética, la geometría y la astronomía… O sea,
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formaba parte de las ciencias. «La música se ocupa de los números sonoros»,
dijo Zarlino, un compositor del siglo
XVI
… En fin, Ángela nunca estudió
música, pero no sólo posee oído absoluto, sino que además es capaz de tocar
cualquier serie de notas al piano con una facilidad inexplicable. Y así se
entendían… Las Sarabia interpretaban una melodía relacionada con la sección
áurea, por ejemplo, y Ángela respondía, digamos, con una secuencia
Fibonacci…
Bruna la miró con tal cara de estupor que la doctora se rió.
—Me refiero a que tocaban notas musicales ordenadas conforme a unos
patrones matemáticos… y eso es un lenguaje. Muy complicado, desde luego.
Ni yo era capaz de entenderlas, aunque también soy superdotada. A menudo,
Ángela nos servía de traductora de las hermanas.
—¿Y no hay ninguna otra manera de llegar a ellas? —preguntó la
androide con desaliento.
—Bueno, en ocasiones Nina y Nena han consentido en comunicarse con
nosotros por medio de un código muy simple: les preguntamos lo que
queremos saber en un formato binario, y ellas contestan con el acorde de
Tristán para decir que sí y con el acorde Prometeo para decir que no. Quiero
decir que responden con unos sonidos predeterminados —se apresuró a
explicar la doctora ante la expresión de la rep—. Pero desde que desapareció
Ángela se han negado incluso a eso. Están totalmente aisladas en su mundo.
Bruna las observó en silencio. Seguían sin moverse, imperturbables. Pero,
tras su aparente tranquilidad, la androide empezó a advertir pequeñas señales:
los nudillos de sus dedos entrelazados se veían blanquecinos por la tensión y
ambas permanecían arrimadas al muro, muy erguidas y pegadas a la pared, lo
más lejos posible de los visitantes, como ansiosas de huir de este cuarto
bonito y espacioso que, a pesar de todo, era una cárcel.
—Su madre murió cuando nacieron, quizá asesinada por el padre. Nunca
se llegó a saber. El tipo creía tener la fórmula para crear a un genio y quería
pasar a la historia por ello. Encerró a las niñas en un sótano sin ventanas,
completamente aisladas, y jamás les habló. Sólo disponían de dos pianos para
expresarse. Cuando las rescataron tenían catorce años. Consiguieron dominar
el alfabeto y llegar a entender el lenguaje, pero no pudieron aprender a
utilizarlo —dijo lenta y sombríamente la doctora.
Bruna se horrorizó: los humanos y sus ambiciones demenciales.
Sangrientas, crueles ansias de gloria.
—¿Y qué pasó con el padre?
Carlavilla suspiró.
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—Escapó. Nunca lo encontraron.
Por supuesto. Ni el mal tenía castigo ni el bien premio, rumió la androide,
que era una criatura proclive al pesimismo. Pobres Sarabia: continuaban
cogidas de la mano y habían empezado a temblar. Husky se sintió como una
torturadora.
—¿Qué les pasa?
—Siempre tienen miedo —contestó la doctora—. Sólo la música las
calma.
La androide sonrió.
—Pues les daremos música.
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Le costó convencer a Mirari y a Maio para que vinieran al CRGM, y no
porque se negaran a ayudarla, sino porque tenían una función a las nueve de
la noche y eran las 17:30 de la tarde. Pese a su maltrecha economía, Husky les
ofreció un taxi de ida y vuelta: no podía perder ni un instante en su
desesperada búsqueda de Lizard. Mirari era una falsificadora veterana y hábil:
Husky había utilizado sus servicios en más de una ocasión. Pero en su vida
legal, Mirari trabajaba como violinista en el Atom, un circo de ínfima
categoría. También allí trabajaba Maio, que era un bicho, uno de los pocos
alienígenas que vivían en la Tierra. Estaba exiliado del planeta Omaá y era
ambalo, es decir, virtuoso del amb, una especie de flauta de su cultura. Bruna
había conocido a Maio en su propia cama, cuando se despertó junto a él tras
una noche loca de oxitocina y niebla. Aún recordaba su sobresalto y su
desasosiego ante la idea de haber hecho el amor con un ser tan ajeno y tan
traslúcido, pero Maio era un buen tipo y además, como le dijo Oli, «¿quién no
se ha acostado alguna vez con un marciano?». Después de aquello, Mirari y él
habían intimado de forma sorprendente hasta convertirse en pareja; el bicho
se incorporó a la plantilla de músicos del Atom, y desde entonces el circo
estaba teniendo mucho más éxito. Un ambalo era una delicada rareza que todo
el mundo deseaba ver.
Llegaron a las 18:00 en punto causando la sensación habitual. El chico de
recepción se quedó sin habla y enseguida se formó un corrillo de enfermeros
y personal administrativo en torno al enorme Maio y a sus brazos
tornasolados y medio transparentes. El resto del cuerpo, gracias a todas las
especies, lo llevaba cubierto con una camiseta y unos pantalones negros, con
lo cual se ahorraron ver todos esos intríngulis palpitantes y rosados que tenía
por ahí dentro.
Los condujeron de inmediato a la habitación de las Sarabia, que seguían
adosadas a la pared como moscas rubias. Nadie dijo nada, porque había un
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lenguaje mucho más poderoso. Mirari se pasó los cinco primeros minutos
apretando y calibrando los tornillos de su brazo biónico con un pequeño
destornillador, y luego sacó parsimoniosa su violín del estuche, un Steiner
austriaco del siglo
XVII
. Tenía un violín magnífico y una prótesis metálica
cochambrosa y casi tan antigua como el instrumento. Había perdido el brazo
en un salto de teleportación y por eso ahora completaba sus ingresos
falsificando identidades para pagarse algún día un carísimo brazo de primera
clase. Como el que Bruna tenía: indetectable hasta por ella misma, se dijo la
androide, abriendo y cerrando con orgánica suavidad su mano izquierda,
totalmente mimetizada con la carne real gracias a los tejidos artificiales
cultivados en laboratorio. Era tan perfecto que la rep hasta solía olvidar que se
había tenido que amputar ella misma el antebrazo unos meses antes para
salvar la vida. Fue un momento atroz y dolió mucho.
Maio también había sacado su amb, una especie de vara de madera o de
algo parecido a la madera con estrías a todo lo largo. Se la colocó en los
labios: la soplaba transversalmente, como las armónicas. La violinista y él ni
siquiera tuvieron que mirarse: de pronto la música empezó a brotar de una
manera al principio casi inaudible, como una vibración de las propias
vísceras, como un temblor ligerísimo del mundo. Era el amb, con su sonido
líquido y sensual, unas notas inefables que más que escucharse te atravesaban
la piel.
Entonces Nina y Nena se transformaron. Se despegaron del muro y
parecieron encarnarse. Antes eran espíritus y ahora regresaban a la vida: los
ojos se les fueron llenando de expresión y los cuerpos, de autonomía y
decisión. A los seis o siete minutos de estar tocando la violinista y el ambalo,
las Sarabia corrieron al unísono, excitadas como niñas, a las butacas de sus
pianos. Sostuvieron un instante las manos en el aire, cuatro estrellas blancas
ansiosas de volar, y luego, con perfecta simetría, cayeron a la vez sobre los
teclados.
Y el tiempo se detuvo.
Los cuatro tocaron, improvisando pero perfectamente conectados, la
música más hermosa que Bruna jamás había escuchado. Algo que ya no era
música, sino el ritmo mismo de la vida, el susurro tenaz del Universo.
Tocaron y tocaron mientras Carlavilla y Husky, las únicas personas presentes,
se olvidaban de respirar y de su propio nombre. Hasta que, de repente, el
brazo de la violinista se trabó; un chirrido cortó ese fluir sublime y la ley de la
gravedad funcionó de nuevo. El tiempo reapareció y, con él, la muerte. Tres
años, tres meses y trece días.
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—Maldita sea… —susurró Mirari, echando la cabeza hacia atrás. Y luego
añadió—: Pero no importa.
La violinista estaba llorando, advirtió la androide con sorpresa: ¡la dura y
estoica Mirari! Entonces se dio cuenta de que también lloraban las Sarabia y
Carlavilla. Por el gran Morlay, ¡ella misma tenía las mejillas mojadas! ¿Y era
una lágrima omaá eso que brillaba en la mirada de Maio?
El resto fue relativamente sencillo. Mirari propuso a Nina y Nena
distribuir las letras del alfabeto en las notas de cuatro octavas, empezando por
la más aguda del piano, y las hermanas contestaron a todas las preguntas con
amabilidad y diligencia. Apreciaban mucho a Ángela y ella deseaba ser libre,
por eso la ayudaron. Ellas, en cambio, no querían abandonar su precioso
cuarto sin ventanas; eran felices aquí, con sus pianos. No sabían dónde estaba
la fugitiva, pero Nina le había cambiado a Ángela su chapa de identidad. Aquí
ella no la necesitaba y Ángela quería pasar inadvertida. Y, por favor,
¿volverían la violinista y el ambalo alguna otra vez para tocar con ellas?
Mirari y Maio se lo prometieron.
Bruna aprovechó el taxi de regreso de sus amigos y desde el circo se
dirigió en un tram a la comisaría. Las pantallas públicas estaban escupiendo
furiosas y confusas noticias, más estruendosas y aturdidoras que nunca. El
plazo de la presidenta Guang se había cumplido, tropas de los EUT se habían
teleportado a Ceres, algunos hablaban de enfrentamientos en el planeta enano,
otros de una tensa calma de los dos ejércitos frente a frente, nadie sabía a
ciencia cierta cuál era la situación real. De pronto, cuando Bruna ya estaba
llegando a su parada, todas las pantallas se apagaron. Volvieron a encenderse
a los treinta segundos; los periodistas, histéricos, chillaban que estaban
emitiendo por la vía de emergencia. Al parecer había habido un atentado en el
nodo principal de la empresa de pantallas. ¡Con muertos!, aullaban los
comentaristas, ¡un atentado Ins! Bruna resopló: los medios de comunicación
siempre triplicaban su dramatismo cuando ellos eran las víctimas.
Entonces apareció ese tipo. Edad indefinida y un aspecto extraño. Las
cejas demasiado altas, curvadas y finas como un dibujo de tinta, le daban una
apariencia de perpetua sorpresa, o tal vez de burla. Vestía por completo de
negro, con un jersey de cuello vuelto hasta la barbilla, y su cabello, negro y
cortado a cepillo, se pegaba a su cráneo como un guante. Había algo afectado
y artificioso en él. De repente se había materializado en todas las pantallas.
—Buenas noches, amigos. Me llamo Jan Lago y, como vosotros, soy un
ciudadano de los EUT muy preocupado por la situación de nuestro mundo.
Estoy seguro de compartir también con vosotros la certidumbre de
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encontrarnos en el momento más crítico que ha vivido hasta ahora nuestro
joven Estado Unificado, así como la desconfianza ante unos dirigentes que no
sólo no parecen estar a la altura de las circunstancias, sino que se diría que
nos están llevando a la catástrofe. La falta de autoridad moral y real del
Gobierno de la señora Guang ha hecho que unos terroristas que hasta ayer no
eran más que un grupúsculo residual se hayan convertido en una grave
amenaza, y nuestra debilidad es tan notoria que Cosmos, uno de los mundos
flotantes, ¡una plataforma orbital, apenas un puñado de chatarra en el
espacio!, se ha atrevido a humillar a la Tierra. ¡Nada más y nada menos que a
la Tierra!
Nada más y nada menos que a la Tierra. Eso mismo había dicho el general
Lino en aquella entrevista con Ovejero. Todos apelaban a los mismos bajos
instintos, pensó Bruna.
—¡Tenemos que dar una respuesta firme, una respuesta unida, una
respuesta a la altura de nuestra historia! Y tenemos que imponer el orden en
nuestras calles, en nuestras ciudades. ¡Ni un muerto más por el terror! ¡Basta
de indefensión! Amigos, sé que compartís conmigo todas estas inquietudes.
Soy igual que vosotros, exactamente igual, salvo en un detalle. Yo tengo
dinero. Tengo mucho dinero. Tanto como para haber pagado estos minutos de
las pantallas públicas, que os aseguro que, en esta ventana de máxima
audiencia, son carísimos. Y si estoy haciendo esto, si estoy saliendo del
confort de mi vida privada y de la absorbente dirección de mis empresas,
porque os diré que todo mi dinero me lo he ganado yo, desde el primer hasta
el último ge. Y si he abandonado mi vida de ciudadano anónimo, repito, que
es la que de verdad me gusta, es por sentido de la responsabilidad,
responsabilidad con la sociedad, con vosotros, conmigo mismo, con el
mundo, ¡con nuestros hijos! Nuestra nación se hunde, pero yo sé cómo
salvarnos. Tengo varias ideas, presidenta Guang, y hoy expondré la primera:
ofrezco comprar Ceres. Yo me encargaré de la defensa del planeta enano y lo
conservaré para el uso de los ciudadanos de la Tierra. Quién sabe, tal vez con
el dinero de la venta nuestro patético Estado en bancarrota pueda pagar una
policía lo suficientemente profesional como para desmantelar al EJI. Buenas
noches, amigos. Y hasta muy pronto.
Las pantallas recuperaron su guirigay habitual. Husky miró alrededor:
todo el mundo había estado prendido del discurso. Igual que ella, por otra
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