Los tiempos del odio


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Los tiempos del odio - Rosa Montero

participado con otros internos en una salida programada; los llevaron a un
multiocio cercano y se tatuó el nombre de Paul Lizard en un descuido de los
monitores. El inspector Lizard salía mucho en las pantallas en esos momentos
con motivo del atentado de Madrid y Ángela se obsesionó con él. Estaba todo
el día pendiente de los informativos para verle. Creía haberse enamorado.
—¿Y no se te ocurrió que había que avisarle? ¿No se te ocurrió llamar a la
policía? —se crispó Husky.
La cubierta protectora del ojo implantado se descorrió. Abierto era aún
mucho más inquietante. Una pupila ciega que lo veía todo.
—Dio la casualidad de que yo me encontraba en Canberra en un congreso.
Regresé después de que Ángela se fuera. Y no, de todas maneras no hubiera
avisado al inspector. No era la primera vez que hacía algo así y no suponía
ningún peligro para nadie. Pero de haber estado yo aquí quizá no se habría
fugado, porque el tatuaje era una clara señal de recaída y habríamos tomado
medidas especiales.
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—¿Que no suponía ningún peligro, dices? Lizard ha desaparecido.
—Dudo mucho que su desaparición sea por culpa de ella.
—¿Eso piensas? ¿No te parece una coincidencia demasiado increíble?
Como sabes, Lizard dirige el grupo antiterrorista encargado de investigar el
atentado. ¿Y si Ángela está compinchada con el EJI?
—Imposible. Ángela no puede tener nada que ver con los Ins porque lleva
dos años encerrada aquí. Ni siquiera la visitaba nadie, porque carece de
familia. No tenía contactos con el exterior.
Bruna frunció el ceño. Estaba frustrada e irritada, pero no ardía de furia,
como hubiera sido lo normal en ella. Suspiró y se recostó en el confortable
sillón. El verdor que se veía a través del ventanal combinaba bien con el rosa
intenso de las paredes. Quizá fuera verdad. Quizá, después de todo, ese color
propiciara el sosiego. Pero no a ella. A ella no. Bruna no había nacido de
mujer. No guardaba ninguna memoria de esa protectora, carnosa caverna
maternal. Tres años, tres meses y trece días. La conocida serpiente de la rabia
volvió a levantar la cabeza en su interior.
—Han desaparecido los dos a la vez. No me puedo creer que sea casual. Y
dado que en este centro parece haber bastante descontrol, no sé cómo puedes
asegurar que no ha tenido contactos con el exterior.
Lo dijo despectiva y cruelmente, con deseo de herir, pero la doctora
permaneció impasible, sus tres ojos fijos y quietos sobre la detective. Bruna
suspiró.
—Necesito que me des todos los datos que sepas de Ángela Gayo. Tengo
que encontrarla.
—Yo también quiero encontrarla. Fuimos a su casa, posee un pequeño
piso en propiedad, había ganado bastante dinero antes de ser internada: como
te dije, posee un dominio absoluto de la tecnología computacional. Pero no ha
aparecido por allí. No sabemos dónde está.
—¿Y aquí no tenía amigos? ¿Compañeros del centro con quienes pudiera
haberse confiado?
La doctora hizo un extraño gesto con la boca, algo a medio camino entre
una sonrisa y un mohín severo.
—A decir verdad, sí. Era inseparable de dos hermanas gemelas que son
unas pianistas extraordinarias.
—Quiero verlas, quiero hablar con ellas —exigió Husky.
Ahora la sonrisa de la doctora era evidente:
—Oh, sí. Desde luego puedes verlas. Lo que no tengo tan claro es lo de
hablar.
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Bruna resopló, exasperada. El silencio pesaba sobre sus cabezas como una
manta mojada. Las hermanas Sarabia, Nina y Nena, la miraban con ojos
redondos y plácidos, tan vacuos como los de las terneras. Estaban de pie,
agarradas de la mano como niñas modosas, aunque debían de tener unos
sesenta años. Sin operar. Eran palidísimas, casi transparentes, de rasgos
borrosos, muy delgadas y con el esqueleto lleno de esquinas. Unas túnicas
blancas y flotantes las desdibujaban aún más. Las lacias melenas rubias,
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