Los tiempos del odio



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Los tiempos del odio - Rosa Montero
revolucionario e innovador para acoger, cuidar, recuperar, desarrollar e
insertar socialmente a personas con capacidades excepcionales que padecen
algún tipo de trastorno psíquico, decía la página de la institución. Y también:
Como se ha demostrado hace ya muchos años, un elevado porcentaje de las
mentes más brillantes sufren alguna anomalía genética o neurológica que
puede afectar al correcto funcionamiento de sus cerebros. La creatividad
parece ser de algún modo hija de lo que nuestros antepasados llamaban
erróneamente locura: Mozart, Goya, Schumann, Beethoven, Leonardo da
Vinci, Virginia Woolf, Galia Lalanda o Miguel Ángel, entre muchos otros,
conocieron el lado oscuro de su genialidad. CRGM aspira a iluminar esas
sombras. Bruna sintió una excitación casi dolorosa, por lo aguda. Te he
pillado, pensó. Te he pillado. Se puso unos recios pantalones y una camiseta
de sus tiempos de milicia y salió zumbando.
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Descendió del tram a trescientos veintiún metros de su destino, según le
informó su móvil. Vallecas era una zona residencial de gente muy rica.
Décadas atrás había sido un tradicional barrio proletario, pero su cercanía al
nuevo centro urbano había atraído a los especuladores inmobiliarios, que, tras
desalojar a los antiguos vecinos y empujarlos hacia el extrarradio, habían
derruido los viejos edificios y construido grandes torres rutilantes de
apartamentos de lujo con jardines aéreos y guardias privados las veinticuatro
horas. Por aquí no se veían muchos reps, aparte de los matones de los
portales, que, como de costumbre, eran en un noventa por ciento tecnos de
combate. Tampoco circulaba mucha gente por las calles y, lo que era aún más
notable, apenas había pantallas públicas, un oasis acústico en medio del
incesante parloteo que inundaba Madrid. El silencio y los amplios espacios
eran prerrogativas de los poderosos, se dijo Husky con acritud.
La entrada del callejón de los Sintientes estaba adornada por una gran
estatua de Koko, la famosa gorila que, cien años atrás, antes de que los
grandes primates fueran incluidos en el Género Homo, dominó el lenguaje de
signos y se convirtió en una heroína para su especie. Husky rodeó el
monumento y se adentró en el callejón, que en realidad no era más que un
pequeño pasaje ajardinado entre dos torres. Albergaba un único edificio, uno
de los pocos que habían sobrevivido a la piqueta de los especuladores. Era
una estructura octogonal de ocho plantas, un típico ejemplo del estilo
geómetra que tan de moda estuvo a mediados del siglo
XXI
. Su brillante
superficie de vidrio cromático, ahora oscurecida para filtrar la luz del ardiente
sol de la mañana, semejaba azabache. Tras un momento de duda, Bruna se
dirigió hacia lo que parecía ser la puerta, aunque en los edificios geómetras
nunca se sabía, y, para su alivio, cuando se acercó a la pared vidriada, uno de
los cientos de triángulos que formaban el gran octógono se abrió
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automáticamente, dejando expedita la entrada a un vestíbulo que recordaba
más al de un hotel de cinco estrellas que a un centro médico.
—Buenos días. Vengo a visitar a una de sus pacientes —dijo Bruna al
chico que estaba en recepción, intentando sonar lo más natural posible pese a
su envergadura, su tatuaje y sus ojos de cobra.
El humano la miró de arriba abajo mientras Husky se arrepentía de
haberse vestido con un ropaje militar tan agresivo.
—No todos nuestros huéspedes pueden ser visitados, y además necesitaré
consultar con el supervisor de día y ahora está ocupado —dijo, reticente y
claramente dispuesto a seguir amontonando dificultades.
—Bueno, no me importa esperar a que se desocupe… —contemporizó la
detective con su mejor sonrisa—. Se trata de Ángela Gayo.
El nombre de la mujer tuvo el efecto fulminante de un conjuro. El
recepcionista se demudó y saltó de su silla como sacudido por un calambre.
—¡Espera aquí! —ordenó, antes de desaparecer corriendo por una puerta.
Bruna estaba considerando la posibilidad de colarse en el edificio cuando
el joven regresó acompañado de una mujer madura que tenía implantado un
tercer ojo, ese visor prodigioso que al parecer era un potentísimo microscopio
y también un instrumento de análisis por medio de rayos infrarrojos,
ultravioletas, gann y T; además, el cacharro almacenaba y comparaba los
datos obtenidos a una velocidad petafulminante y los resultados podían
proyectarse a voluntad directamente sobre el nervio óptico. Era un artefacto
carísimo y sólo lo usaban los investigadores más relevantes. Se había
convertido en una especie de marca visible de la excelencia científica.
—Soy la doctora Carlavilla, directora del CRGM. ¿Quién eres y por qué
quieres ver a Ángela?
Su tono era perentorio. El tercer ojo llevaba una cubierta protectora
semiorgánica, una membrana opalina que parecía palpitar y estremecerse en
mitad de su frente. Resultaba bastante perturbador. La androide decidió ser
sincera:
—Soy Bruna Husky, detective privada. Estoy investigando la
desaparición de un policía. Hace dos días recibió un paquete anónimo que
contenía un rectángulo de piel humana que llevaba tatuado su propio nombre.
El nombre de Paul Lizard, así se llama. Y creemos que el pedazo de piel
pertenece a Ángela Gayo.
A la rep le pareció que el plural de creemos le conferiría más autoridad.
La doctora cerró por un instante sus tres ojos, o al menos el tercero también
pareció opacarse durante medio segundo. Luego suspiró.
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—Creo que será mejor que hablemos con calma. Ven a mi despacho.
La androide siguió a la mujer hasta una habitación de mediano tamaño
amueblada con dos cómodos sofás blancos, una mesa de trabajo con su silla y
un muro cubierto de archivadores. Enfrente, un enorme triángulo de cristal se
abría sobre el jardín. Hubiera sido un espacio sobrio y agradable de no ser por
el espantoso color rosa chillón con que estaban pintadas las paredes y el
techo.
—Es relajante —dijo la doctora con sequedad.
—¿Perdón?
—La pintura rosa. Se ha demostrado que calma, tranquiliza y reduce la
agresividad de las personas. Quizá las haga sentirse transportadas al útero
materno. Y ahora cuéntame todo lo que sabes, por favor.
No era mucho, de manera que Bruna acabó enseguida. Por supuesto, no
dijo nada de sus pesquisas sobre los padres de Lizard ni del supuesto centro
cultural llamado Mosca. Tras escuchar su relato, Carlavilla permaneció unos
segundos callada y pensativa; en la membrana de su frente se agitaban sutiles
sombras, como diminutas nubes atravesando un cielo lechoso.
—Ángela Gayo no está aquí —dijo al fin—. Se fugó hace cuatro días.
Llevaba dos años con nosotros y creíamos que estaba más o menos
estabilizada. Nos engañó. Es muy inteligente, cosa normal en este lugar.
Tiene una mente matemática prodigiosa y es un genio de la computación. Así
consiguió huir, alterando, aún no sabemos bien cómo, todos los códigos de
seguridad del edificio y desbloqueando las puertas. Unos días antes había
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