Los tiempos del odio


parte de la manifestación. Había sido una ventaja que la consideraran



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Los tiempos del odio - Rosa Montero

parte de la manifestación. Había sido una ventaja que la consideraran
diferente: a veces el especismo ayudaba.
La androide sacudió hombros y cabeza para desbloquear la tensión
adrenalínica; luego se volvió y vio cómo los guardias apaleaban las espaldas
de la gente. Las pantallas públicas repetían infinitamente sobre su cabeza el
mensaje de Guang, imágenes de Ceres y los comentarios de los supuestos
expertos en torno a la crisis del planeta enano; en ninguna se veía nada
relativo a la subida del agua, a la manifestación, a la carga policial. Pobres
humanos, pensó Bruna; sobre todo, pobres humanos pobres. Al menos a los
replicantes no solía faltarles el trabajo, gracias a sus capacidades
genéticamente potenciadas. La mayoría no se hacían ricos: no tenían tiempo
para ello y había demasiada discriminación. Pero se ganaban la vida con
comodidad. Si Bruna hubiera elegido trabajar en el amplio sector de la
seguridad, su cuenta bancaria sería mucho más tranquilizadora; lo malo era
que esos empleos siempre le parecieron embrutecedores y tediosos. Aun así,
si en algún momento se veía de verdad sin recursos, la rep sabía que podía
conseguir un puesto de guardaespaldas o de vigilante. Los humanos, en
cambio, soportaban una tasa de desempleo del… ¿de cuánto era? La rep pulsó
su móvil: 46 % en los EUT, 33 % en la región de España. Y los
tecnohumanos, en cambio, observaba ahora en la pantalla, tenían pleno
empleo. A la androide le impresionaron estos datos; los especistas solían
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insistir en que los reps eran una competencia desleal para los humanos y en
que les robaban los trabajos, pero ella nunca se había parado a mirar los
porcentajes. Pensó en el barman de Crate, el de la crin de caballo; en sus
jornadas de horario monstruoso y ritmo agotador, y en el miedo que debía de
sentir para aceptar esas condiciones. Sí, les costaba ganar suficiente para
vivir, más aún si querían implantarse una crin a la última moda, y más aún si
querían ser como otros jóvenes más afortunados, si querían vivir al ritmo de
lo que dictaban las pantallas públicas. El barman la odiaba, por supuesto. Pero
los humanos los habían hecho así, maldita sea. Cómo se atrevían luego a
condenarlos. Tres años, tres meses y trece días.
Subió a su apartamento de muy malhumor, metió la tarjeta de agua en la
ranura e intentó relajarse envuelta en vapor ardiente. No la alivió nada y lo
puso helado. Tampoco. Salió del baño tensa como un muelle y acuciada por el
creciente deseo de tomarse una copa. ¡Por todas las malditas especies, si ni
siquiera había desayunado! En vez del vino sacó un cubilete de café, lo
sacudió para calentarlo y se lo bebió de un trago. El estómago gimió bajo esa
inundación abrasadora y amarga. Entró una llamada: era el tatuador
esencialista. La rep se cubrió con la toalla y contestó.
—Hola, mi Bruna. Hemos tenido suerte —sonrió Natvel.
Hoy estaba muy femenina, sus anchos rasgos suavizados por una dulzura
maternal. La detective se enderezó de golpe, toda oídos.
—Ángela Gayo. Se llama Ángela Gayo. Se tatuó hace exactamente
catorce días en un multiocio de Vallecas. Es una mujer de unos cuarenta años
y al tatuador le pareció bastante rara.
—¿Rara?
—Se pasó todo el rato hablando de Paul Lizard y de lo mucho que se
amaban.
Dolió. Le desesperó e indignó su propia fragilidad, pero eso no evitó que
siguiera doliendo.
—¿Es guapa?
Natvel sonrió de nuevo:
—El tatuador pensó que era una chiflada. Caucásica, pálida, ojerosa,
medio calva, pequeña y con una cabeza demasiado grande, poco memorable
fuera de eso.
No parecía una enemiga peligrosa, se dijo Bruna. Claro que, ¿en qué clase
de enemiga estaba pensando? Suspiró, dio las gracias a Natvel y, tras cortar,
se tomó otra taza de café y buscó el nombre de Ángela Gayo.
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En Madrid había once. Aunque podía haber venido de fuera. En la región
sumaban ciento tres. Decidió seguir primero la pista madrileña.
Entre los treinta y los cincuenta años: tres. Añadió Vallecas: ningún
resultado. Empezó a buscar a esas tres rastreando todos los listados públicos y
los no públicos de encriptado débil a los que podía tener acceso: plataformas
sociales, usuarios de tarjetas de agua, de bonos de transporte, del Archivo
Central… Encontró a dos de las Ángelas: treinta y pocos años, aspecto muy
joven, una de ellas mulata, la otra alta y fuerte. No casaban con la
descripción. La tercera mujer se resistía a aparecer, pero al fin la descubrió en
el listado de clientes del segundo seguro médico que investigó. Su rostro
miraba a cámara con expresión de pena o quizá de miedo. Una frente muy
grande y abombada parecía aplastar el resto de sus rasgos insignificantes.
Tenía algo borroso en la cara, algo informe que resultaba turbador. El corazón
se le aceleró: podía ser ella.
El encriptado de su historial de salud era demasiado fuerte para poder
romperlo, pero sí pudo entrar en la zona administrativa de la empresa médica.
Desde hacía dos años no había habido ningún servicio, ninguna incidencia.
Era un seguro caro y bueno, pero había algo raro: antes se veían bastantes
consultas médicas, pagos parciales de medicamentos y alguna prueba
diagnóstica, todo registrado así, sin especificar. La última actividad, de enero
de 2108, había sido un traslado en ambulancia… a CRGM, callejón de los
Sintientes, s/n, Vallecas. Sin aliento, buscó CRGM: Centro de Rehabilitación
de Grandes Mentes. Una residencia psiquiátrica del Estado. Un proyecto

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