Los tiempos del odio



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Los tiempos del odio - Rosa Montero
fabo. Que había teatro y musik y eso. Me invitó a ir. Pero no fui.
—¿Sabes dónde era?
La chica frunció el ceño.
—Mmmm, digo que no… Pero el loco se llamaba Mosca, me acuerdo
porque me dio la risa, no sé.
En ese justo instante, las claraboyas cambiaron su diseño y por encima de
sus cabezas pareció estallar una tormenta pavorosa. Cegadores relámpagos
virtuales encendieron las sombras y los truenos rodaron por el techo mientras
los chicos aplaudían y daban grititos. Una excitación sorprendente, dado que
bastaba con salir a la calle para asistir a un espectáculo climatológico mucho
más dramático. Lo que le había contado la chica sonaba prometedor, pero la
androide ya había vivido demasiadas decepciones profesionales como para
dejarse llevar por el entusiasmo. Seguro que al final, como sucedía la mayoría
de las veces, la pista terminaría por diluirse en nada. Aun así, buscaría ese
Mosca, por si acaso.
—¿Sabes qué? —suspiró Bruna—. A mí tampoco me importaría que
cambiaran algunas leyes.
Y volvió a sorprenderse de sentir cierta empatía con esa extraña
adolescente humana que hablaba casi tan raro como un balabí. Era la maldita
debilidad que le producía la ausencia de Paul.
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Se despertó sobresaltada, con la sensación de que se desplomaba en un
abismo. El martillo de la resaca machacó su cabeza con el redoble habitual.
Sin abrir los ojos, Bruna buscó a tientas en la estantería junto a la cama la tira
de Algicid, sacó dos comprimidos y los masticó: tenía la garganta tan seca
que se veía incapaz de tragarlos. Cuando había regresado la noche anterior de
Crate, cerca de las cinco de la madrugada, se había puesto a beber en vez de
dormir. Había veces que se sentía tan agotada, no sólo de fatiga sino de vivir,
que necesitaba adormecer la cabeza, entumecer el miedo. El vino blanco
como amigable alternativa a un disparo de plasma en la sien. Tres años, tres
meses y trece días. De todas formas, tal vez fuera cierto que los
tecnohumanos no podían suicidarse. Y por eso ella se tenía que matar a
pequeños plazos.
Esperó en la cama, con los ojos cerrados, mientras el Algicid se abría
camino a través de la maraña del dolor. Ordenó a la pantalla que se activara y
escuchó las noticias sin mirar. La presidenta Guang había dado horas antes un
mensaje oficial: los EUT consideraban que la toma de Ceres era un acto hostil
e ilegal y exigían a Cosmos que retirara sus tropas en el plazo de doce horas o
que se atuviera a las consecuencias. Los comentaristas debatían
interminablemente sobre qué quería decir atenerse a las consecuencias. Los
más ácidos denunciaban que esa falta de precisión en la amenaza demostraba
la debilidad de los EUT y del Gobierno Guang; los más oficialistas sostenían
que era un silencio estratégico para no alertar sobre cuáles iban a ser las
represalias. En cualquier caso, el plazo terminaba a las 20:00 horas. Otro
bonito día por delante, pensó Husky.
La jaqueca empezaba a amortiguarse, aunque el cansancio seguía siendo
infinito. Pero eran más de las once de la mañana y ya había perdido
demasiado tiempo. Se levantó con un gruñido y se dirigió directa a la ducha.
No le quedaba vapor. Bufó, exasperada, y decidió usar agua, sólo medio
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minuto, aunque fuera una ruina. Pero tampoco quedaba agua. Incrédula,
comprobó que tenía la tarjeta agotada. Cuando algo salía mal, después todo
solía estropearse en cascada. Tendría que bajar al supermercado si quería
ducharse.
Se echó por encima una túnica corta que sólo estaba medio sucia y salió a
la calle. Camino del súper se topó con una manifestación; había bastante
gente y parecía furiosa. Bruna cruzó el río de personas sin prestar mucha
atención: en Madrid siempre había alguien que se manifestaba por algo. Entró
en la tienda maldiciendo el afán de control del consorcio acuífero, que
impedía poder recargar desde la Red; metió la tarjeta en el expendedor de
agua y marcó en su móvil «99 ges», el coste del bono más pequeño. La
máquina rechazó la operación.
—El precio del bono A-1 es de ciento noventa y ocho gaias, ¡muchas
gracias! —gorjeó el estúpido aparato con vocecita entusiasta.
—¿Cómo? ¿Ciento noventa y ocho? ¡Pero eso es el doble! —barbotó
Bruna.
—Las tarifas del servicio de agua han subido un cien por cien a partir del
16 de febrero de 2110, ¡muchas gracias!
—Eso no puede ser, eso es ilegal…
—Decreto administrativo regional ES-2110/2713E, ¡muchas gracias! —
contestó la máquina, impertérrita, con inagotable alegría.
Una furia negra empezó a inundar a la rep y el deseo de aporrear el
expendedor le acalambró las manos con un hormigueo nervioso. Pateó el
suelo unas cuantas veces y logró controlarse: ya había dañado una máquina
pública con anterioridad y tuvo que acudir a media docena de sesiones con un
psicoguía como castigo. Reflexionó sombría durante unos segundos sobre la
posibilidad de pasarse a las Frescas, unas repugnantes esponjas empapadas de
una sustancia química con las que la gente se lavaba el cuerpo, en vez de usar
vapor. Salían mucho más baratas, pero eran asquerosas. Y Husky se había
jurado no volver a tocarlas tras los dos años que tuvo que utilizar unas
esponjas semejantes (la marca blanca del ejército) durante su milicia en el
árido planeta minero de Potosí. Derrotada, la rep suspiró, marcó «198 ges» en
su móvil y cargó la tarjeta.
—¡Disfruta de tu agua! ¡Muchas gracias!
Cuando salió a la calle cayó en la cuenta de que la manifestación era
justamente por eso, por la escandalosa subida del servicio. El siniestro general
derechista al que entrevistaba Ovejero debía de tener razón cuando hablaba de
que se estaba acabando el agua potable. Las desalinizadoras eran muy caras,
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gastaban demasiada energía y no producían lo suficiente; sólo servían para
que los grandes consorcios acuíferos se hicieran de oro. Le pareció escuchar a
Yiannis: «¿Cómo es posible que el aire y el agua sean explotados por
empresas privadas? ¿Cómo hemos llegado a esta barbarie?». A Bruna, sin
embargo, le resultaba bastante normal; había sido así desde que nació. Es
decir, desde que la habían activado a los veinticinco años. Y las supuestas
injusticias sociales de las que se quejaban los humanos siempre le habían
parecido una bagatela comparadas con la suprema, obscena injusticia de haber
sido creada, en origen y antes de las guerras rep que los liberaron, como una
mano de obra esclava. De haber sido manipulada, alterada genéticamente para
aumentar su rendimiento comercial y condenada a esta breve vida de
mariposa y a una muerte cruel a fecha fija que equivalía a una ejecución.
Malditos fueran para siempre los humanos y malditas todas sus melindrosas,
plañideras reivindicaciones.
Observó a los airados manifestantes que llenaban la calle mientras se abría
paso dificultosamente a través de ellos camino de su casa. Agitaban pancartas
holográficas y llevaban amplificadores de voz con los que atronaban contra el
presidente regional, Chem Conés, y contra AcuoSA, la empresa proveedora.
Hombres, mujeres, niños. Todos humanos, desde luego. La mayoría con ese
aspecto áspero y básico de la gente de economía tan precaria que corría el
riesgo de tener que mudarse a una zona de aire menos limpio: ropa chillona
de mala calidad, trabajos estéticos burdos y repetitivos. Media manifestación
con el mismo modelo de nariz. No, Bruna nunca había sentido una especial
empatía con las reivindicaciones de los humanos, pero lo cierto era que, desde
que había rescatado a la niña rusa de una Zona Cero, las fronteras que
dividían el planeta en sectores más o menos contaminados le parecían más
incomprensibles, y las violentas desigualdades que existían en los EUT se le
estaban haciendo cada día más irritantes. Meses atrás, el Tribunal
Constitucional había prohibido cobrar por el aire, pero las empresas
energéticas consiguieron eludir la sentencia creando unas tasas de potencia
territorial que eran exactamente iguales a lo que la gente pagaba antes para
poder vivir en una zona de aire más o menos puro. Las nuevas tasas también
habían sido denunciadas como abusivas, pero llevaría su tiempo conseguir
derribarlas y entonces a los poderosos se les ocurriría cualquier otra artimaña,
rumió con amargura Bruna, que era mucho menos optimista que el cabeza
loca de Yiannis. Las malditas fronteras no acabarían nunca. Al menos, no
acabarían en su corto futuro. Tres años, tres meses y trece días.
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En ese momento hubo una vibración en la masa, un griterío distinto que se
originó a su derecha y empezó a esparcirse como un fuego. La rep pudo ver
por encima de las cabezas de la gente que los PAC estaban cargando. Eran las
fuerzas de choque y venían con armadura completa; la multitud empezó a
empujar y a correr en un atolondrado e instantáneo caos. Bruna tuvo también
que empujar para salvaguardar su espacio personal, pero siguió caminando
con el mismo paso, una roca ante la que se partían las aguas de los
manifestantes en su huida. Ahora se acercaba a ella la línea de los PAC con su
aspecto de astronautas blindados repartiendo porrazos, y la androide se puso
en alerta: fría, tranquila y preparada, dispuesta a contestar a la violencia con
violencia, aunque desde luego no fuera lo más sensato por su parte. Pero no
podía evitarlo, maldita sea: le enfurecía el abuso de poder, la envenenaba el
rencor. Y estaba hecha para pelear. Así que siguió caminando sin alterar su
rumbo, toda ella convertida en un arma; pero cuando la línea de PAC llegó a
su altura, también la soslayaron como si no la vieran, también la rodearon
como el agua a la roca. Sin duda no querían tenérselas que ver con una
replicante de combate y, además, probablemente dedujeran que no formaba
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