Los tiempos del odio



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Los tiempos del odio - Rosa Montero
Fraternitatis, publicado en 1614 y de autoría anónima, aunque algunos se lo
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atribuyen a un tal Johann Valentin Andreae. En fin, como eran una sociedad
secreta su historia está llena de brumas e imprecisiones, pero hay quien dice
que el origen es muy anterior a 1614, y que ya fueron rosacruces Dante y
Leonardo da Vinci y Lutero, y quizá Cristóbal Colón y desde luego el Greco,
porque un signo rosacruz típico es el señalamiento con el dedo al cielo o al
suelo, como hace el niño de El entierro del conde de Orgaz, que señala con
un índice al rosetón rosacruz y con el otro hacia sus pies. Otro signo esencial
consiste en una mano abierta apoyada sobre el pecho, como en el cuadro de El
caballero de la mano en el pecho. Y… y me he perdido. ¿Por dónde iba?
—Que fueron rosacruces Dante y Colón y… —dijo Gabi, tan diligente
como una alumna aplicada, para asombro de Husky.
—Ah, sí. Y se dice que también fueron rosacruces gente de la talla de
Descartes, Spinoza o el gran Isaac Newton. Que vosotras no sabéis quiénes
son, pero creedme que fueron unos genios. Mafia buena, os he dicho. Pero lo
fascinante es que me parece que he descubierto algo que no se conoce, y es la
escisión de una parte de los rosacruces en una mafia mala.
Calló y sonrió beatíficamente.
—Estupendo, magnífico, cuenta —le jaleó de manera rutinaria Husky
para que continuara. La rep conocía al archivero muy bien.
—Pues veréis… ¿Habéis oído hablar de la piedra filosofal?
Silencio.
—¿Ni eso? Por todas las especies… Pues era una sustancia mítica de la
alquimia que supuestamente podía convertir el plomo en oro. Todo el mundo
trataba de conseguirlo, pero los buenos alquimistas lo hacían no ya por el oro
y el poder, sino porque la piedra filosofal era la llave de la inmortalidad. ¿Os
dais cuenta? Suponía no sólo vencer a la muerte, sino dominar el mayor
misterio de la existencia. Un reto irresistible para las mentes más brillantes de
la época. Sin embargo, yo sostengo que en el siglo
XVI
unos cuantos
rosacruces aspiraron a convertir la orden en un instrumento de poder terrenal.
Que empezaron a interesarse más por el oro de la piedra filosofal que por la
eternidad.
Qué estúpidos, pensó Bruna. Qué miserables estúpidos. Tres años, tres
meses y cuatro días. Y quince noches de carnicería para Lizard.
—Yo recordaba vagamente haber leído algo en un documento antiguo
sobre la relación de Juanelo Turriano con Fúcar, el banquero de Carlos V y
Felipe II. Rebusqué por aquí y por allá y al cabo caí en la Real Biblioteca
escurialense y en la colección de manuscritos del conde duque de Olivares
que donó su sobrino, el marqués de Liche. Y ahí estaba. ¡Un códice increíble!
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Era un texto anónimo en latín titulado De avibus malum, «Sobre los malos
pájaros», y contaba una historia fascinante. Ya conocéis a la gran familia de
banqueros alemanes, los Fugger, castellanizados Fúcar, ¿no? Bueno, da igual,
el caso es que uno de la saga, Anton Fugger, nacido en 1493, fue el gran
prestamista del emperador Carlos I y de su hijo Felipe II. A mediados del
siglo
XVI
, este Anton era el hombre más rico de la Tierra, con una fortuna
calculada en más de cinco millones de florines. Pero con el hundimiento de la
economía de la Corona española en la bancarrota de 1557, Fugger perdió
cuatro millones de florines y entró en quiebra. Al parecer, Anton era rosacruz
y un hombre culto e inteligente, pero este tremendo revés le volvió medio
loco. Supongo que no podía soportar la vergüenza de haber llevado a la ruina
a un imperio familiar que se había forjado durante dos siglos. Acudió a sus
compañeros rosacruces buscando apoyo y venganza. Puesto que ni el
emperador más poderoso de la Tierra era fiable, decidió convertir la orden
secreta en el máximo poder terrenal. Gobernar el mundo desde las sombras.
Pero los rosacruces se negaron a secundarle en su proyecto, de manera que
Anton Fugger se marchó y montó su propia escisión rosacruciana.
—La mafia mala —dijo Bruna.
—Eso es. Y como símbolo, en vez de una rosa y una cruz, pensó en un
pájaro, porque las aves ven el mundo desde arriba, lo ven todo, pero si vuelan
lo suficientemente altas, pasan inadvertidas para quienes están atados a la
tierra y reptando como gusanos. Esta imagen es del autor del libro. O, bueno,
eso me ha traducido mi móvil del latín.
—A propósito… —dijo Aznárez—. ¿Sabéis que el vencejo vive
permanentemente en el aire? Come, duerme y copula volando. Sólo baja a
tierra para poner los huevos y criar a sus polluelos. Durante nueve meses
seguidos, vuela sin parar. Por las noches asciende a dos mil metros de altura,
y ahí dormita, sin dejar de aletear… Bueno, vale, no me miréis así. Supongo
que el manuscrito no hablará de vencejos, sino de Juanelo y su pájaro
mecánico…
—Exacto. Al parecer, Fugger se puso en contacto con otros hombres
poderosos para formar su secta, y contrató a Juanelo para que le fabricara un
pájaro mecánico asombroso que cautivara a sus nuevos socios. Ésos son los
planos que habéis visto, aunque no sé si el autómata se llegó a construir,
porque Fugger murió en 1560, apenas tres años después de la bancarrota. El
manuscrito no decía nada sobre eso. Está fechado en 1559. Tal vez lo
encargara escribir el propio Fugger, porque es muy laudatorio con el
banquero.
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Husky se quedó pensativa.
—¿Y por qué tenía Paul los planos de un bicharraco mecánico que mandó
construir un banquero quebrado hace más de cinco siglos? —preguntó Barri.
—Porque los malos pájaros siguen existiendo. Porque esa sociedad
secreta que aspira al poder terrenal todavía funciona. Espero que no vuelen
tan bien y tan alto como los vencejos —dijo lentamente la rep—. Es una
buena pista, Yiannis. Ahora sólo nos falta encontrarlos.
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Tampoco murió Lizard la noche del martes, de modo que el corazón de
Bruna retomó la regularidad de su latido para intentar aprovechar las
siguientes veinticuatro horas de gracia. Tampoco estalló la anunciada guerra,
más allá de escaramuzas aisladas entre grupos opuestos demasiado
efervescentes. Tampoco Kai, con la que se reunieron en el bar de Oli tras la
degollina para intercambiar información, supo o quiso contarles nada
importante. Tampoco Husky fue capaz de solventar sus dudas y sospechas, o
quizá paranoias, sobre la fiabilidad de Aznárez y de la inspectora rep. Volvió
con Barri a casa arrastrando los pies, física y emocionalmente exhausta, pero
mientras la hermana de Lizard se acostó de inmediato y empezó a roncar
como una máquina, la rep se sintió atrapada en uno de esos estados de
agotamiento y sobreexcitación nerviosa tan extremos que ni siquiera podía
relajarse, y mucho menos pensar en dormir.
De modo que se acercó a la mesa del puzle e intentó vaciar la cabeza y
concentrarse en los perfiles de las pequeñas piezas troqueladas y en los juegos
de luces y de sombras de la imagen. Quedaba poco por completar y cerca de
la isla vacía del centro había una bella galaxia cuyo resplandor se alargaba
hacia el agujero. Piensa sólo en esto, se ordenó la rep. Sólo en esto. Con un
amplio movimiento de la mano esparció sobre el tablero los fragmentos que
aún no había colocado, y luego entornó los ojos y analizó sus oscuras
superficies hasta encontrar los trazos luminosos que buscaba. Sí. Esa pieza era
la continuación de la galaxia. Encajó el pedazo en su lugar y experimentó un
levísimo consuelo. Miró las demás piezas: bordes ondulados, sinuosos,
lobulados, rara vez rectilíneos. Piensa sólo en esto. Sólo en esto. Su cabeza
fue visualizando a toda velocidad las múltiples combinaciones de los perfiles.
Probó y desechó, probó y colocó. Veinte minutos más tarde, con un leve
empujón de su dedo índice, metió el último pedazo del rompecabezas en su
apretado hueco. Contempló la imagen, que ahora podía ver entera por primera
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vez. Se trataba, como ya suponía, de una panorámica del espacio
intergaláctico, con sus explosiones de llameante luz entre tinieblas. Recordó
el paisaje de sobrehumana belleza en el que había estado flotando poco antes
y se emocionó, aunque no era el mismo cielo que ella había visto junto a la
plataforma orbital. Entonces enfocó el móvil al chip informativo del puzle
para saber qué zona del firmamento estaba mirando y la respuesta la dejó
anonadada. ¡No era el cosmos! Era una fotografía de las sinapsis neuronales:
esos fogonazos se encontraban en el interior de nuestro cerebro. Bruna
resopló; el pequeño alivio que había experimentado al resolver el puzle se
estaba disipando como un rizo de humo. Pero ¿cómo iba a localizar a Paul si
hasta confundía la vastedad del Universo con un mísero pegote de neuronas
encerradas en un pequeño cráneo? Se sintió tan inútil y tan estúpida que dudó
que su propia mente albergara ni un solo relámpago.
Con todo, el disciplinado y rutinario ejercicio de completar el puzle había
conseguido relajarla un poco, así que se arrastró hasta su cama y se dejó caer,
y el mundo se apagó antes de que su cabeza se posara en la almohada.
Durmió como una piedra. Cuando el holograma de Yiannis irrumpió en su
casa a las ocho de la mañana del miércoles 26 de febrero (tres años, tres
meses y tres días, y catorce noches para Lizard), a la androide le costó un
esfuerzo casi sobrehumano regresar de la nada.
—¿Qué… qué ocurre? —balbució, contemplando los grandes aspavientos
del archivero.
—Ángela. Ángela se ha ido. Nunca sale de casa. Le da miedo salir. Y esta
mañana, cuando me he levantado, se había ido.
—¿Y?
—¡Y Gabi me ha dicho que Ángela le ha dicho que se iba a hacer un
tatuaje!
—¿Y? —repitió Bruna, embotada.
—Pero ¿es que no tienes sangre en las venas? Ya sabes lo que hace con
los tatuajes. Esa pobre chica está fatal. Está bajo nuestro cuidado y te ha dado
todo su dinero, ¿no eres capaz de preocuparte por ella?
Bruna no tenía espacio en el pecho para preocuparse de nada más, pero
resopló y levantó su cuerpo de plomo de la cama. Es decir, del sofá de la sala,
porque en un momento de estupidez y nocturnidad le había cedido su
habitación a la corpulenta Aznárez. El archivero se dio púdicamente la vuelta.
Bruna siempre dormía desnuda.
—Está bien, está bien —gruñó la rep dirigiéndose a la zona de la cocina.
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Sacó un café instantáneo, lo agitó para que se calentara y se lo bebió de un
doloroso trago. Seguía siendo igual de repugnante. Luego se sirvió una copa
de vino blanco. La noche anterior estaba tan cansada que ni lo había probado
y sintió que el día empezaba tan mal que se lo merecía. Se sentó en el sofá a
paladearlo. Odiaba beber el vino deprisa.
—Pero ¿qué estás haciendo que no sales ya a…? Oh, por todos los santos,
¿es que no vas a vestirte jamás? —gruñó Yiannis, volviéndose otra vez de
espaldas.
Bruna sonrió y bebió otro sorbo. Le divertían los púdicos melindres del
archivero.
—Ahora voy, Yiannis. Quédate tranquilo. Pregúntale a la rusa si sabe a
qué tienda de tatuajes ha ido.
La figura flotante del viejo desapareció. Un instante de calma. El hombre
regresó caminando prudentemente de espaldas.
—Que no sabe.
—Está bien. Puedes dejarlo en mis manos, Yiannis. Te prometo que voy a
buscarla.
El archivero cortó la llamada y Bruna apuró la copa con una calma que
nacía de su agotamiento, porque en su interior continuaba tensa como un
muelle, obsesionada por la horrible urgencia del tiempo que se acababa.
Después se dio una ducha de vapor y entró en su cuarto a vestirse. Aznárez
estaba extendida sobre la cama. Más que encontrarse echada, parecía haber
colonizado la superficie del mueble. Su cuerpo grande y sólido se
desparramaba en todas las direcciones. Bruna se la quedó observando: rolliza
pero atractiva. Sexualmente apetecible. Una versión femenina de Lizard.
—¿Qué miras? —gruñó Barri sin cambiar de posición.
—Así que estás despierta.
—Despierta pero reventada. ¿A dónde vamos?
Aznárez se sentó en la cama. También ella dormía desnuda. Redondos
pechos potentes. Como la mayoría de la población, Bruna era más o menos
bisexual. A la rep le gustaban más los hombres, pero no despreciaba una
buena compañía femenina. Suspiró y abrió el armario.
—He pensado que nos podíamos acercar por el Mosca para ver si andan
por allí esos chicos que sospecho que son Ins, pero primero tengo que ir a
buscar a Ángela. No tardo nada. Vístete y desayuna y, si quieres, nos vemos
en casa de Yiannis en un rato.
Había buscado en el móvil las tatooshops más cercanas y había dos más o
menos a la misma distancia pero en direcciones opuestas, a unos diez minutos
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de cinta rodante cada una. En su anuncio, la que aparecía en segundo lugar
mostraba la imagen de un tatuaje con letras, así que decidió empezar por ésa
porque sospechaba las intenciones de Ángela. En el camino, Husky volvió a
constatar el enrarecimiento de la situación. Las pantallas públicas vomitaban
un incansable aluvión de noticias alarmantes, con imágenes de
enfrentamientos callejeros, trams descarrilados y coches ardiendo. En un
momento determinado, vio en las pantallas cómo una turba callejera asaltaba
un supermercado, y casualmente estaba sucediendo eso mismo, en la realidad,
en un comercio próximo a la cinta rodante por la que circulaba Bruna:
producía una extraña, irreal sensación contemplar los saqueos en estéreo. Los
periodistas no dejaban de denunciar el desabastecimiento de las tiendas de
alimentación. La gente se pertrechaba y preparaba para lo que venía. Sí, el
aire pesaba toneladas sobre los hombros.
Con todo, la mayoría de los locales comerciales permanecían abiertos, con
esa tenacidad de hormiga de los humanos para intentar seguir manteniendo la
normalidad, sobre todo cuando esa normalidad les afectaba las ganancias.
Incluso un negocio tan incongruente en estos momentos como una tatooshop
continuaba ofreciendo sus servicios. Bruna entró en la tienda y vio que en la
antesala había un hombre de mediana edad esperando turno: hasta se le
acumulaba la clientela. Husky cruzó en dos zancadas el pequeño y cutre
recibidor y abrió la puerta tras la cual se escuchaba el sutil pitido de la aguja
láser. Y allí estaba Ángela, en efecto, ofreciendo uno de sus escuálidos
hombros a la tatuadora, una humana de unos cincuenta años con el labio de
abajo atravesado por una ristra de anillas.
—¡Para!
—¿Qué pasa? ¿Quién coño eres? —bufó la mujer.
Una tipa dura que no se arrugaba ante un rep de combate.
—Es… es ella —balbució Ángela—. Ella es Bruna Husky…
Eso desconcertó un momento a la mujer anillada. Y también a la androide,
que entonces entendió súbitamente lo que no había querido reconocerse hasta
ese momento. Se aproximó a Gayo y vio en efecto una B mayúscula
perfectamente dibujada en lo alto del hombro.
—Pero ¡qué estás haciendo, estás loca!
—Se está tatuando tu nombre —dijo la mujer con una voz neutra que no
consiguió esconder por completo la curiosidad que la situación le producía.
Husky se volvió hacia la anillada:
—Mira, no puedes hacerlo, fíjate en todas estas cicatrices espantosas, son
mutilaciones, se escribe los nombres de gente que ella cree amar, y luego,
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como todo es imaginario, un puro delirio, se corta ella misma el pedazo de
carne…
—¡Por los malditos dioses del Universo! ¿De verdad que hace eso? Ya me
extrañaban esas heridas… —se admiró la mujer, bajando la pistola tatuadora.
—Así que no puedes ponerle mi nombre, bórrale la B.
—Yo no borro tatuajes, ¿tú quién te crees que soy? —se picó la anillada.
—Pues escribe otra cosa, Ballenas Azules, Bella Vida Mía, yo qué sé, lo
que te parezca…
Estaban hablando de Ángela como si no estuviera presente, como si no
fuera capaz de dirigir su propia vida, que era lo que desde luego Bruna
opinaba sobre ella. Entonces la rep escuchó un pequeño sorbido y miró hacia
abajo: Gayo estaba llorando. Lenta, suavemente, sin ningún aspaviento, sin
esfuerzo, como si las dos hileras de lágrimas que atravesaban sus mejillas
grisáceas fueran un fluido constante que produjeran sus ojos, riachuelos del
rostro. Su expresión de tristeza era tal que la androide quedó sobrecogida.
—Sé que piensas que soy un loca. Locos, nos dicen. Nos encierran en
habitaciones blancas, nos medican, nos temen, nos desprecian, nos ignoran.
Como si llamarnos locos fuera una categoría taxonómica. Como si nos
dijeran: coleópteros, crustáceos. Bichos raros definidos por nuestra locura. Y
no es así. No es así. Somos muchas más cosas. Somos seres que sufren.
Somos humanos. Tú deberías saber de eso, Bruna.
La detective nunca había oído hablar a Ángela con voz tan serena, tan
segura, con una argumentación tan construida, tan poderosa. Y sin un solo
tartamudeo. Parecía otra persona. Claro que llevaba varios días tomándose las
medicinas,
reflexionó.
Yiannis
se
encargaba
de
suministrárselas
meticulosamente.
—Nací en una Zona Tres y no conocí a mi padre. Supongo que salió
huyendo de mi madre. Era guapa, muy guapa, por eso le horroricé desde el
principio. Y era estúpida, ésa es mi venganza. Bebía demasiado, tomaba
fresas. Fue dependienta, camarera, limpió casas. Estuvimos muchas veces a
punto de caer en una Zona Cero por no poder pagar los derechos del aire.
Entonces uno de sus amantes la invitó un fin de semana a un hedoné. Y se
jodió la vida.
—Ufff, kafí, kafí, agujeros de muerte —gruñó la tatuadora, tocándose
repetidas veces la frente con tres dedos, como hacían los alienígenas balabíes
para ahuyentar la mala suerte.
Husky conocía bien la devastación que producían los hedonés, esos
infectos locales de droga electrónica. Estaban basados en unos experimentos
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que se habían hecho en la Universidad de Canadá alrededor de 1950; le
colocaron electrodos a una rata en una zona concreta del cerebro que es donde
reside el centro del placer, y luego la metieron en una caja con una palanca
que activaba el electrodo y que ella misma podía pulsar. El animal llegó a
pulsar siete mil veces la palanca en una hora. Pusieron electrodos en más
roedores: no bebían, no comían, las madres abandonaban a sus hijos, los
machos ignoraban a las hembras en celo. Sólo apretaban y apretaban la
palanca hasta morir. Los hedonés habían aparecido a finales del siglo
XXI
,
cuando se desarrolló la nanotecnología de implantes cerebrales automáticos.
Eran tan fáciles y seguros de insertar que cualquier idiota podía dispararse un
nanoelectrodo en el cerebro a través de las fosas nasales. En el hedoné te
daban la pistola sembradora ya calibrada y dirigida al lugar exacto. Una vez
insertado el electrodo en su sitio, te quedabas tumbado en alguna de las literas
del local y apretabas el botón que activaba la descarga cuantas veces
quisieras. Cada veinticuatro horas los vigilantes te desconectaban, te
cambiaban los pañales, te aseaban de manera somera, saneaban tu piel con
rayos D para evitar escaras. La alimentación e hidratación se hacía por vía
parenteral. Se pagaba por días y el precio era altísimo. Cuando te echaban,
castraban el nanoelectrodo para que no pudieras utilizarlo en otro lado. Pero
la gente se quedaba tan colgada que muchos se freían el cerebro metiéndose
cables por la nariz o las orejas para intentar activarlos. Sí, Bruna había visto
perderse a mucha gente en esos mataderos. En Madrid estaban prohibidos.
—Después de eso mi madre se prostituyó, robó, hizo de todo intentando
reunir dinero para regresar al hedoné. Cuando fue detenida por uno de sus
delitos, los servicios sociales me encontraron. Yo tenía diez años y me había
pasado todo ese tiempo encerrada en casa. Ya estaba volando, para entonces.
Digo, mentalmente. Ya era rara. Me llevaron a una institución, luego a otra,
luego empecé a ganar mucho dinero con mi capacidad tecnológica y me
dejaron tener por un tiempo mi propia casa, aunque tutelada por un psiquiatra.
Así estuve viviendo varios años. Pero después empecé con esto —se acarició
con delicadeza una de sus mutilaciones— y me volvieron a ingresar, esta vez
en el CRGM, el sitio de donde me escapé. Pensaréis que, cuando los servicios
sociales me encontraron, fue un alivio para mí, tras haber vivido en ese
abandono. Pero no. Yo sabía que iba a ser difícil encontrar a alguien que me
amara. ¡Si ni siquiera mi madre me había querido! Y así fue.
—¿Y qué pasó con tu madre? —preguntó Bruna.
—No sé. No volví a saber de ella nunca más.
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—Seguro que ha reventado hace mucho. ¿Una hedodicta? Muerta y
podrida desde hace años —dijo la tatuadora con el tono de quien está
consolando a alguien. Y quizá tuviera razón y la consolase.
—Yo también estaría muerta y podrida si no fuera por ellos.
—¿Por quiénes?
—Por los números. Cuando todo se hunde, yo me retiro dentro de mi
cabeza. Filas ordenadas, cristalinas, perfectas. Delicadas relaciones
numéricas, tan sutiles y resistentes como un hilo de araña. Ellos son mi única
familia. ¿Sabéis que hay números amigos? ¡Son tan bellos! Cuando un
número es amigo de otro, es porque todas las cifras por las que es divisible, al
sumarlas, dan el otro número. ¿Os dais cuenta? Por ejemplo: el número 220 es
divisible por 1, 2, 4, 5, 10, 11, 20, 22, 44, 55 y 110. Pues bien, si sumas todos
esos divisores da 284, que a su vez es divisible por 1, 2, 4, 71 y 142. Y si
sumas estas cifras, ¿qué aparece? ¡El 220 otra vez! Hacen tan buena pareja y
son tan hermosos, los dos de color magenta, con el mismo brillo, idéntico
matiz… Luego también están los números perfectos, que son aquellos que, al
sumar sus propios divisores, salen ellos mismos. Por ejemplo, el 6, que es
divisible por 1, 2 y 3. Pues bien, resulta que 1 más 2 y más 3 son 6. Que es de
color de plata. Los números perfectos son magníficos, sublimes, son el eje del
mundo, el orden oculto de las cosas, los dioses del universo matemático. Me
sobrecogen por su redonda y exacta omnipotencia, pero yo prefiero los
números amigos. ¿No es maravillosa esa conjunción, esa ligazón tan íntima,
tan esencial y estructural de las dos cifras? Unidas para siempre, la una el
espejo de la otra. Exactas pero distintas. Distintas pero en el fondo idénticas.
Y su relación jamás puede romperse. Los números amigos están destinados
los unos para los otros. Son pulsaciones, vibraciones, sonidos del Universo
que se crearon juntos. Ésa es para mí la representación exacta del amor. Ése
es el amor que yo quiero. Mi número amigo. Un día comprendí que tenía que
existir en algún lado. Y me lancé a buscarlo. Ese amor que, cuando llegue, se
revelará como mi única manera posible de vivir. Eternos para siempre en
nuestro lazo indestructible. ¿Eres tú, mi Bruna? ¿Eres mi otra cifra?
Noooooo, estuvo a punto de gritar Husky, horrorizada por la vertiginosa
necesidad de Ángela, por su amor absoluto tan perfecto y helado. Un hielo
que abrasaba. Y al mismo tiempo, la rep se sentía extrañamente conmovida y
reflejada en las palabras de la mujer. ¿No buscaban todas las criaturas lo
mismo? ¿Los humanos, los tecnohumanos, seguramente también, a su modo,
los alienígenas y los primates, e incluso Bartolo? Un amor sin sombras, sin
barreras, una complicidad total, la entrega hasta el abismo. Pensó en Lizard,
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en la difícil relación que mantenía con él, en su pasión entrecortada de lava y
de hierro, y Bruna tuvo que confesarse que abrigaba la loca ambición de que
Lizard fuera esa cifra exacta destinada a combinar para siempre con ella.
Catorce noches letales para Paul, tres años, tres meses y tres días para ella. A
eso se reducía hoy su eternidad.
—No, Ángela, no soy yo. Estoy segura, lo sé. No te tatúes mi nombre, por
favor. No te hagas más daño —dijo suavemente.
El rostro de Gayo, que la excitación del relato había iluminado, se nubló
como si lo hubieran cubierto con un velo.
—Claro. Por supuesto. Soy tan fea. Un monstruo.
—No es eso —protestó la detective.
No era eso. Sí era eso. También. Además.
—Claro. Además soy tan rara —añadió Ángela, como si hubiera
escuchado los pensamientos de la rep—. Por eso no he querido nunca
hacerme la cirugía estética. Porque así puedo fingir que me rechazan por mi
exterior, no por la persona que soy, yo toda entera…
Nadie supo qué decir, así que sobre ellas cayó uno de esos pequeños
silencios que parecen tener presencia propia. Luego Gayo sonrió de medio
lado con su gesto tímido de siempre, y añadió:
—Buebuebuebueno, y también hay otra rarararazón para no operarme: no
he querido cambiar mi físico para que memememe pueda reconocer mi
número amigo.
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31
Cuando Bruna llegó con Ángela a casa del archivero, la mujer se había
tatuado en el hombro el nombre de Bertha Kopp, la formidable matemática
alemana cuyos cálculos habían sido esenciales para el descubrimiento de la
luz densa, capaz de transportar cien mil veces más información y de manera
cien mil veces más estable que la luz láser, y gracias a la cual en 2073 se
teleportó a la profesora Darling Oumou Koité desde Mali hasta Encelado, una
de las lunas de Saturno. Fue la primera vez que se logró tepear a un humano
al espacio exterior, y fue gracias a Kopp. Tras informarse por medio de su
móvil de que la matemática había muerto en 2104, a Bruna le pareció muy
acertado que Ángela se inscribiera su nombre sobre la piel.
—Yiannis, hay saqueos en los supermercados, ¿tienes suficiente comida,
tienes agua? —preguntó la rep al llegar.
—Sí, sí, ya lo he visto en las noticias. Y no, no tengo provisiones. Lo
siento, no me he dado cuenta, no he pensado en ello. Además de investigar lo
de Lizard, he estado trabajando mucho en el volcado de memorias. En la
empresa nos están metiendo prisa. Y es fascinante.
—Ya me lo contaste, lo de las bases de sílice…
—Bueno, de la parte tecnológica dura yo no me encargo, eso lo llevan
otros. Yo me ocupo de extraer las memorias, de saber qué recuerdos hay que
tomar y de qué manera, de organizar esos fragmentos de información, de
equilibrarlos… Para ello uso algoritmos y Ángela me ha estado ayudando. Lo
que estamos intentando hacer no es guardar paquetes de memorias en un
archivo exterior, eso ya se ha hecho, sino llegar a volcar en las bases de sílice
una personalidad entera, una vida entera. Pero, claro, ¿dónde reside la
identidad? En la memoria, sí, pero también en los entresijos de la memoria.
En las cosas que no sabemos que sabemos. En nuestra biografía sentimental y
sensorial. En…
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—Yiannis, es posible que dentro de diez horas le corten el cuello a Lizard.
No hay tiempo para esto.
—Ah, sí. Perdón. Perdón. Es que… ayuda a sobrellevar la angustia,
¿sabes? Trabajar en algo que te emociona ayuda.
Como los números luminosos y perfectos de Ángela, pensó la rep. Una
eficaz ortopedia para vivir. Ella no tenía nada semejante. Sí, a veces le
absorbía su trabajo, sus investigaciones, se concentraba en ellas, le alegraba
descubrir lo oculto y terminar con éxito un trabajo. Pero nunca estaba
implicada por completo. Nunca era capaz de olvidar que iba a morir. Salvo
cuando Lizard la penetraba y la rep dejaba por un instante de estar sola, carne
en la carne, pieles indistinguibles una de otra, confusión de alientos, una
plenitud sin oquedades.
Y a falta de Lizard, alcohol y drogas para embotar el filo del dolor. El
sinsentido de su vida. Patalear diez años bajo el breve rayo de luz de la
existencia para no llegar a ningún lugar: tanta agitación y tanto sufrimiento
para nada. Y, aun así, no había más remedio que seguir luchando.
—Iré a comprar provisiones —dijo Bruna.
—Voy contigo —dijo Gabi—. Nunca traes las cosas que me gustan.
—Y yo voy con ella —añadió Emma, cuya constante presencia empezaba
a resultarle irritante a la rep.
—Ni hablar. Ahora mismo las calles no son un lugar seguro para las
niñas.
—Yo no soy una niña. Y he vivido sola siendo más pequeña en calles
mucho peores —se indignó la rusa, mientras Emma, a su lado, cabeceaba su
asentimiento.
—Sí. Lo sé. Tienes razón. Pero hoy no sales. ¿Me acompañas, Aznárez?
—zanjó la rep.
La pequeña todotienda de la esquina estaba reventada, las baldas
derribadas, las mercancías no comestibles pisoteadas y esparcidas por el
suelo. No había nadie. Husky pensó por un instante en el matrimonio que la
regentaba: eran dos hombres de mediana edad que habían nacido en una Zona
Cero africana y que habían conseguido escalar hasta la Zona Uno de Madrid.
—Espero que Abdou y Koffi tengan un buen seguro —dijo la rep.
—Espera mejor que sigan vivos —replicó Barri—. Mira.
En las pantallas públicas estaban pasando las imágenes de una de las
algaradas callejeras. Una turba de saqueadores linchaba a tres guardias
privados. Todos ellos eran reps, por supuesto. La escena resultaba
escalofriante. Los tres habían fallecido, informaba el periodista. Cómo no, se
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dijo Husky con amargura. Porque además un tecno de combate no podía dejar
de combatir… Estaba programado para seguir peleando hasta la muerte.
Había un viejo debate entre los humanos que de cuando en cuando se
recrudecía, avivado por los supremacistas. Algunos individuos proponían
castrar a los reps de combate tras sus dos años de servicio militar, esto es,
neutralizarles el refuerzo hormonal de la violencia. La idea no había
prosperado hasta el momento porque esos androides resultaban después muy
útiles como policías, guardaespaldas y fuerzas de seguridad privadas (aunque
los partidarios de la castración sostenían que estaban quitando trabajo a los
humanos). Sin embargo, cada vez que había una crisis de violencia y los
tecnos de combate eran enviados los primeros al matadero, ni una sola voz se
levantaba pidiendo que rebajaran su agresividad. Esa misma agresividad que
ahora inundaba a Bruna de una furia venenosa y turbia. Uno no se podía fiar
jamás de los humanos.
El supermercado estaba protegido por un cordón de soldados del ejército
de los EUT. Todos androides menos los mandos. Dentro, una ansiosa
muchedumbre se lo llevaba todo, hormigas enloquecidas de un hormiguero
que alguien ha hostigado. Bruna cargó la tarjeta de agua de Yiannis y la suya
y luego compraron cuanto pudieron encontrar: paquetes de algas liofilizadas,
fruta deshidratada, bandejas de pasta de medusa con sabores diversos. E
incluso una tableta de chocolate que había pasado inadvertida al quedar
atrapada entre dos estanterías vacías. Para Gabi, pensó la rep en un repentino
momento de debilidad afectiva.
Pero cuando llegaron a casa de Yiannis, las niñas no estaban.
—¡Se han ido! ¡Se han ido! No pudimos detenerlas. ¡Estas chicas son
ingobernables! ¡No sé ni a dónde han ido! ¡Oh, Dios mío, las pueden matar!
¡O algo peor!
El archivero se retorcía las manos en pleno ataque de angustia, nimbado
por la deslucida corona de sus pelos de punta.
—Calma, calma, la cosa no está tan mal. Y además me parece que las dos
saben moverse por lugares difíciles —intentó tranquilizarle la rep. Pero por
dentro estaba muy irritada—. Nosotras nos vamos a pasar por el Mosca. Si al
volver no han regresado, las iré a buscar.
Tendió la tableta de chocolate al bubi, que se abalanzó sobre ella como si
se estuviera muriendo de inanición. Se comió la tercera parte de un bocado
con envoltura y todo, y sus ásperos y rojizos pelánganos también se le
pusieron de punta, pero de placer.
—Bartolo feliz tan rico rico —dijo con la boca llena.
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El archivero rió y juntó las manos con expresión satisfecha.
—Qué gracioso es este bicho. Voy a guardar la compra y prepararé un té
para cuando volváis. Seguro que ya habrán venido las niñas para entonces.
Ya le había entrado en funcionamiento la bomba de endorfinas, suspiró
Husky. Qué extraña era la vida y qué tenaz, cómo se abrían las rutinas paso a
través de las dificultades y las crisis, al igual que el agua siempre encontraba
un resquicio para seguir corriendo. En apenas siete horas podrían cortarle el
cuello a Paul y quizá antes mutilarle y torturarle, y ellas habían estado
comprando chocolate en un supermercado. En cualquier momento podía
estallar un enfrentamiento bélico feroz, pero al archivero se le activaba igual
su bomba de endorfinas, el tragón se relamía los labios tragando algo, Gabi se
comportaba como la salvaje que siempre era. Tiempo atrás Yiannis le había
contado que en los breves momentos de calma entre los bombardeos de las
Guerras Robóticas, las calles se llenaban de vendedores ambulantes voceando
su mercancía, de parejas besándose y niños jugando: «Yo creo que las guerras
las ganan esas poblaciones que no se rinden. Que insisten en seguir
manteniendo la cotidianidad frente al horror», había comentado el archivero.
La vida era tan resistente y tenaz como una rata.
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32
Lo peor era tener que disimular. Fingir con Aznárez una confianza que no
tenía. El encuentro del día anterior con la inspectora Kai en el bar de Oli
había sido muy tenso. Tras explicarle lo que había sucedido en Cosmos,
Husky remachó:
—Me estaban esperando, Kai. Alguien tuvo que pasarles el dato.
La policía la miró con el ceño fruncido:
—¿Es una acusación?
—Tú sabrás a quién se lo has contado.
—A nadie.
—Pues peor me lo pones.
—¿Y vosotras? ¿A quién se lo habéis contado vosotras?
—Está el vendedor de la nave, que no sabía mi verdadera identidad ni mis
intenciones. Y está Mirari, pero pongo la mano en el fuego por ella.
—¿Nadie más?
—Nadie.
Bueno, también lo sabían Yiannis y Ángela y quizá las niñas y hasta el
bubi, pero Husky se negó a permitir que su paranoia llegara a enfangarle
incluso eso. Kai se mordió el labio inferior, pensativa. Era guapa, la maldita.
—Es muy preocupante, desde luego —dijo la policía—. También pueden
habernos seguido, haber puesto escuchas, quién sabe. Tal vez tengamos un
hyperdron flotando sobre nuestras cabezas.
—Pero ¿existen? —preguntó Husky.
Se decía que había unos sofisticadísimos aparatos de espionaje, unos
drones diminutos provistos de cámaras y micrófonos de un alcance y una
potencia inimaginables. Estas pequeñas máquinas eran activadas con el ADN
de un individuo, y entonces el dron se enlazaba con esa persona y la seguía
constantemente a tal altura que era indetectable, grabando sus conversaciones
y marcando su posición por infrarrojos incluso a través de los tejados de las
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casas. Un juguete muy peligroso, de ser cierto. Pero la rep siempre había
creído que era una leyenda urbana.
Kai esbozó una seca sonrisa.
—Tú mira para arriba, a lo mejor lo ves brillar. Un puntito al sol. Y de
cuando en cuando mira también para abajo. A Aznárez, por ejemplo —dijo la
policía, encarándose con Barri—. No hay nada tuyo en ningún lado. ¿Por qué
me voy a creer que eres hermana de Lizard?
—A mí tampoco me gustas, Kai —dijo Aznárez con la misma cachazuda
calma que el inspector. Sí, tenía que ser su hermana. O quizá no.
—O tú misma, Bruna. Sabemos que en Cosmos han encontrado una
tecnología capaz de hacernos vivir más años, capaz de salvarnos del maldito
TTT. ¿Te venderías por eso, Husky? Es una buena razón para corromperse,
¿no? Incluso para traicionar a tu amigo Lizard…
—Te digo lo mismo, Kai.
—En fin, me doy por invitada —dijo la policía, levantándose del taburete
—. Ya hablaremos.
Y no habían vuelto a comunicarse desde entonces.
Husky no se fiaba de nadie, por eso prefería estar siempre con Barri, para
tenerla vigilada. Ahora quería acercarse al Mosca, desde luego, pero antes
quería pasarse por la discoteca para menores de Conde Peñalver, Crate, a ver
si podía hablar con el barman de la crin de caballo. No se lo había dicho a
Aznárez para que no pudiera avisarle, en el caso de que ella fuera el topo.
Cuando se lo comunicó, casi entrando ya en la discoteca, la hermana de
Lizard no mostró ninguna intranquilidad.
Encontró en la puerta al mismo rep de combate que días antes y esta vez
el trámite fue rápido: le soltó de primeras los cincuenta ges. Seguía tirando de
lo que quedaba del dinero de Ángela y le mandó un breve agradecimiento
mental.
El local estaba mucho más vacío que la primera noche, quizá por la
inestabilidad de la situación política y seguramente también por la hora, las
cuatro de la tarde. Se acercaron a la barra principal; la atendía una joven negra
muy delgada, de huesos puntiagudos y piel casi azulada. Parecía un espectro.
—Estamos buscando al otro barman, al chico que lleva el pelo con la crin
de caballo a la moda balabí…
—Fer. Se ha ido —dijo la chica.
—¿Se ha ido a casa? ¿Se ha ido de vacaciones? —dijo Husky con cierta
impaciencia.
—Se ha volado. Lo ha dejado. Se despidió.
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—¿Cuándo?
—Hace una semana. De zas y ya.
—¿Sabes dónde vive?
—Ni clu. Si le ves, dile que a ver cuándo me paga los sesenta ges que me
debe. Es un gilicán. Por mí puede morirse, pero que antes me pague.
Dejando amigos, el muchacho, pensó mientras salían. Ya le caía menos
bien.
El Mosca seguía exactamente igual que diez días antes, con las mismas
pancartas tridimensionales colgadas sobre la puerta, más el añadido de una
foto hiperrealista del chico de la falda escocesa y las mejillas taladradas por
clavos: «Libertad para David», llameaba un mensaje luminoso sobre el
retrato. Al parecer seguía encarcelado desde entonces.
Aquí también había mucha menos gente que la vez anterior, y Husky
imaginó a todos los moscas distribuidos en comandos de ataque y creando el
caos en la ciudad. Se lo debían de estar pasando en grande.
También había otra diferencia, y era la tensión que se percibía en el
ambiente. La vez pasada sintió que el Mosca era un lugar abierto. Ahora, en
cambio, todo el mundo las miraba, y no amablemente. Sin duda destacaban
demasiado, una rep de combate, que ellos asociaban a la policía, y una
gigantona robusta, mucho mayor que ellos y con expresión de piedra. Ahora
eran claramente el enemigo. Y es que, en los diez días transcurridos desde su
primera visita al centro, el mundo se había llenado de enemistades, cada vez
más enconadas, más virulentas. Siempre sucedía eso cuando el odio triunfaba.
La quincena de chicos y chicas que estaban en el vestíbulo habían dejado
de hacer lo que estuvieran haciendo y ahora sólo contemplaban fijamente a
las intrusas. Formaron instintivamente una especie de amplio círculo
alrededor de Bruna y Barri, y cinco o seis de ellos, los más fuertes, claramente
del servicio de seguridad, se descolgaron de la cintura largas varas metálicas.
Con la ayuda inestimable de Aznárez, cuya capacidad ya conocía, Husky
estaba segura de vencerlos. Pero no tenía el menor deseo de luchar con ellos.
—Bueno, tíos, ¿qué pasa? Calma. Estamos buscando a Fer, ya sabéis, el
de la crin de caballo. No queremos líos, crates —dijo la androide con
repentina inspiración.
—Yo no soy tu crate, muñeca —contestó una de las chicas que blandía
una barra de hierro, chaparra y fuerte como una boxeadora olímpica—. ¿Para
qué lo lukeas?
Bruna suspiró.
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—Tengo un amigo que está en peligro. Lo van a matar. Y creo que Fer
puede darme información para salvarlo.
Sonó sincera. Lo era. La boxeadora de la barra de hierro dudó. Bruna
volvió a pensar que estos bárbaros suburbiales eran buena gente.
—Dejadles pasar —dijo una voz a sus espaldas.
Se volvieron: era el barman, que acababa de aparecer por una de las
puertas del vestíbulo. Hubo de inmediato una distensión general, hasta el
punto de que Husky se asombró de que los chavales no se sacudieran, como
hacían los perros para relajarse tras una subida de adrenalina. La rep y
Aznárez cruzaron el vestíbulo y se acercaron al hombre.
—A ti te conozco —dijo Fer con el mismo gesto desabrido y antipático de
siempre—. Viniste al Crate.
—Exacto.
—Está bien. Seguidme.
Y eso hicieron, seguirle a buen paso por estrechos pasillos y subir tras él
por roñosas escaleras metálicas.
—Tenemos las oficinas arriba. Estaremos más tranquilos. Ahora soy el
encargado de actividades del Mosca. He dejado el maldito Crate. Cobro lo
mismo, una miseria, pero aquí soy útil —dijo, abriendo con llave lo que
parecía la puerta de un despacho y franqueándola sin volverse, su crin
ondeando a cada paso.
Qué locuaz está este tipo hoy, con lo que costaba arrancarle las palabras el
otro día, pensó Husky entrando detrás de él. Y en ese momento sintió un
pinchazo en el cuello y el mundo se apagó a su alrededor.
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33
Lo primero fue el oído. Un rumor de voces irreconocibles, como ecos de
ondas sonoras bajo el agua. Luego notó partes de su cuerpo. La frente
apoyada contra algo duro. Las rodillas también. Los brazos molestaban, sobre
todo el izquierdo. El cuello en tensión. La cabeza ladeada. El pecho aplastado,
las caderas torcidas. Estaba recuperando todo el cuerpo y su carne pesaba. Sí,
cómo pesaba. Estaba boca abajo, tirada en el suelo, y tenía los brazos sujetos
a la espalda. Atados quizá por las muñecas. Volvió a escuchar el murmullo de
voces, cada vez más claras. Aunque aún no entendía. Intentó mover
ligeramente un pie. No lo consiguió. Sus miembros parecían de cemento.
Eran las pesadas piernas de un elefante. Probó a abrir los párpados. Costó,
pero lo hizo. Un suelo de vulgar thermovinilo gris. ¿Dónde había visto un
suelo semejante? ¿Qué le había sucedido? El cuello dolía. Eso era: un
pinchazo y la nada. ¿Dónde estaba? Le pareció recordar, ante sus ojos, la
ondulación de una crin hirsuta. El barman. Iba detrás del barman. Que se
llamaba Fer. Estaba en el Mosca.
Y Aznárez iba con ella. Barrió con la mirada alrededor todo lo que pudo y
alcanzó a ver unas piernas rollizas y embutidas en los horribles vaqueros de la
hermana de Lizard. Estaba allí, tumbada en el suelo como ella.
—Pero escucha un momento, yo creo que ella no pinta nada con los otros
rehenes. Husky vale, es detective y ha estado hurgando y combatiéndonos.
Pero ¿la gorda? Los rehenes son todos de los cuerpos de seguridad o del
aparato represor del Estado, la gente comprende que son el enemigo. Pero la
gorda no es nadie. Llevarla con los demás no favorece nuestra imagen. Mejor
nos libramos de ella aquí.
Bruna estaba recuperando sus facultades rápidamente. Dedujo que se
encontraba aún en la oficina del Mosca y vio que quien hablaba era el
barman, que estaba sentado ante una pantalla y de espaldas a ella. No oyó la
voz de quien le respondía: Fer debía de estar usando audífonos.
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—Ya lo sé, ya lo sé… Yo creo que te equivocas, pero… Está bien, tú
sabrás, tú mandas… No, tienen por lo menos para una hora más de sueño.
Envíanos gente para el transporte, los chicos que quedan por aquí no saben
nada… Sí, descuida. Está todo preparado para el gran día. El viernes los
lanzaremos a todos a la calle… De acuerdo. Hablamos. Suerte.
—Sangre por sangre, Fer —dijo una voz aflautada.
Había otra persona en la habitación. Bruna torció la cabeza unos
centímetros, pero seguía sin estar en su campo visual y no quería moverse
mucho, no deseaba delatar que estaba despierta. Sin duda al drogarla habían
cometido un error de principiantes: para tumbar a un rep de combate era
necesario duplicar las dosis efectivas con los humanos. Husky volvió a
intentar mover un pie, y esta vez el cuerpo respondió. También se movieron
sus dedos, entumecidos y atados a la espalda. Pegó un tironcito: parecía una
traba muy segura. Palpó con discreción y dedujo que eran unas bridas
metálicas. No se iba a librar de ellas fácilmente.
—Estamos haciendo historia, crate. Estamos haciendo la revolución —
volvió a decir la voz de pito con un trémolo nervioso—. Estoy muy
emocionado.
—Sí. A ver qué tal nos sale… —contestó el barman con cierta frialdad—.
Ha habido muchas revoluciones en el pasado y muchos revolucionarios
terminaron en el patíbulo.

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