Los tiempos del odio



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Los tiempos del odio - Rosa Montero



Independiente, poco sociable, intuitiva y poderosa, la detective replicante
Bruna Husky sólo tiene un punto vulnerable: su gran corazón. Cuando el
inspector Lizard desaparece sin dejar rastro, la detective se lanza a una
búsqueda desesperada y contrarreloj del policía. Su investigación la lleva a
una colonia remota de Nuevos Antiguos, una secta que reniega de la
tecnología, así como a rastrear los orígenes de una oscura trama de poder que
se remonta al siglo
XVI
. Mientras tanto, la situación del mundo se hace más y
más convulsa, la crispación populista aumenta y la guerra civil parece
inevitable.
Bruna tendrá que hacer frente a su mayor temor, la muerte, en una historia
que es un certero y deslumbrante retrato de los tiempos en que vivimos.
Los tiempos del odio es una novela intensa y de acción trepidante, en la que
están presentes los grandes temas de Rosa Montero: el paso del tiempo, la
necesidad de los otros para que la vida merezca la pena, la pasión como
rebelión frente a la muerte, los excesos del poder y el horror de los dogmas.
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Rosa Montero
Los tiempos del odio
Bruna Husky - 3
ePub r1.0
Karras
20-02-2019
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Título original: Los tiempos del odio
Rosa Montero, 2018
Editor digital: Karras
ePub base r2.0
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Índice de contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
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Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Epílogo
Agradecimientos y algo más
Sobre la autora
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Para todos los hombres que he amado en mi vida,
incluso aquellos que no se lo merecieron.
Y para todos los hombres que me han amado en la vida,
incluso aquellos a quienes no merecí.
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Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga.
V
ICTOR
H
UGO
Yo estaba dispuesto a amar el mundo, pero nadie me
entendía, así que aprendí a odiar.
M
IJAÍL
L
ÉRMONTOV
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1
—Sin amor no merece la pena vivir.
Ángela había pronunciado las palabras en voz alta, como el juez que dicta
la sentencia definitiva sobre su propio destino.
Y a continuación se entregó al dolor de manera voluptuosa, casi suicida.
Al dolor y a la vergüenza. Porque, ¿qué era peor en un rechazo
sentimental, la pérdida del proyecto luminoso con el otro, o la tortura añadida
de sentir tu bochornosa falta de atractivo, tu inadecuación e insignificancia?
No había mayor humillación imaginable que el desdén o la indiferencia del
amado, que por añadidura reflejaban la indiferencia y el desdén del Universo
entero. Ángela tragó el buche de hiel de su último fracaso y tuvo la
certidumbre, una vez más, de que ella era incapaz de suscitar cariño. Y de que
el mundo la volvería a señalar con burla, como siempre.
Un cuchillo de pena.
Los pedazos de su corazón cayendo al suelo con tintineo de lata.
No, no había logrado que su amado la amara. Ni siquiera había
conseguido que la tomara en cuenta. Había hecho de nuevo el ridículo, y el
ahogo de su propia ignominia la dejó boqueando. No podía soportar pensar en
ello y, sin embargo, no podía apartarlo de su cabeza. El hermoso futuro que
había imaginado junto a su amado se estaba derrumbando en estos momentos
sobre ella con fragor de avalancha. Ángela contempló las paredes del cuarto
con estupor: ¿cómo era posible que los muros no temblaran, que no se rajaran
ante tal cataclismo? Se abrazó a sí misma, sintiéndose incapaz de seguir
adelante. ¿Qué iba a hacer ahora con sus días? ¿Cómo iba a aguantar la pena
de existir? ¿Y cómo lograría no despreciarse a sí misma?
Sin amor no merece la pena vivir, repitió, apoyando ambas manos sobre el
diminuto lavabo de vapor e inclinándose un poco más hacia el espejo. Se miró
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con desmayo: lívida, ceñuda. La ancha y combada frente parecía aún más
grande bajo la luz cenital. Arriba, cuatro pelos ralos de un tono indefinido que
dejaban entrever el cuero del cráneo. Abajo, una nariz pequeña, una boca
demasiado fina y siempre tenazmente apretada, una barbilla huidiza. Era fea.
Ya lo sabía. Era muy fea. Debía haberse operado, eso decían todos, y el
énfasis, incluso la irritación con que se lo decían era ya un insulto, como si
estuvieran enfadados por tener que mirarla. No entendían que Ángela
necesitaba que la quisieran a ella, a ella toda, a ella de verdad, no a los
mañosos retoques que pudieran hacerle en el rostro los cirujanos plásticos.
Necesitaba probarse que era digna de ser amada.
«Ángela, todo el mundo se opera, es lo normal», le había repetido una y
otra vez su primer terapeuta, un hombre joven que lucía una cara de lo más
vulgar, el típico trabajo básico y barato. «Operada, seguirías siendo tú;
simplemente llamarías menos la atención». No, no, qué va. Se equivocaba, en
eso y en tantas otras cosas. Ella siempre resultaría llamativa y chocante. Ella
era demasiado distinta. Se lo habían demostrado una y otra vez todas las
personas con las que se cruzaba. Desde la misma infancia, desde esa madre
tan guapa a la que horrorizó, y desde los compañeros de las instituciones por
las que fue rebotando, gente rechazada y jodida que, sin embargo, siempre
consiguió ponerse de acuerdo para rechazarla y joderla a ella. Incluso entre
los monstruos era el hazmerreír. Por lo tanto, ¿para qué camuflarse? Llevaba
intentando esconderse durante toda su vida y no le había servido de nada. Lo
único que de verdad podía salvarla era encontrar a alguien que la amara tal
cual era. ¿Resultaba tan difícil de entender? ¡Pero si el propio psicoguía lo
primero que quiso hacer fue mandarla al cirujano plástico! Tan inaceptable le
debía de parecer.
Sí, ella era un borrón en la escritura del mundo. Una anomalía. Y no
hubiera podido soportar tanta soledad si no hubiera sido por el dulce consuelo
de los números. ¡Eran tan bellos los números, tan fiables, tan ordenados, tan
generosos en su accesibilidad! Vivió con ellos y triunfó con ellos. Durante
varios años trabajó con sus fieles números a través de la Red, y la gente, que
no la conocía en persona, la admiraba. Así logró ser independiente, tener su
propia casa. Entonces apareció Ricardo, su vecino. Que la miraba sin mostrar
repugnancia. La miraba como si la viera. Cuando le conoció, Ángela sintió
que había llegado a un lugar que siempre creyó inalcanzable. Ángela pensó:
esto es el paraíso. Pero luego el vecino dejó de ser dulce y amable. Incluso
parecía tenerle miedo. Y hubo aquel problema con la policía. Lo de la policía
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fue muy duro, incluso brutal. Ricardo fue su primer fracaso. Y también el
comienzo de la búsqueda.
Sin amor no merece la pena vivir, murmuró una vez más con sus labios
resecos y erizados de pequeños pellejos. Llevaba dos días sin comer, sin
dormir, casi sin beber. Grandes círculos morados ensombrecían sus ojos. Dos
días sin tomar las medicinas. Se sentía febril y la vida era una llaga, puro
sufrimiento. Pero la alternativa era peor. Esa fría tersura terapéutica. Esa
calma artificial y embrutecedora que le metían en las venas. La paz del
cementerio. Forzarla a no ser ella. Vaciar su cabeza. Lo que los otros
llamaban curarse, para ella era borrarse.
Ángela era capaz de visualizar su propia mente. La veía como una
inmensa construcción geométrica, un poliedro con miles de caras de
fulgurantes colores que giraba a toda velocidad dentro de la oscuridad de su
cráneo. Y en cada ángulo había un número, un signo, una fórmula, por eso se
le daban tan bien las matemáticas, porque lo único que tenía que hacer era
contemplar su mente y las soluciones se encendían por sí solas. Todas las
combinaciones numéricas posibles estaban ahí: sólo bastaba con saber mirar.
Ángela sabía que no todo el mundo disponía de un poliedro chisporroteante
en la cabeza, y poder contar con esa belleza secreta era sin duda un refugio y
un consuelo. Pero había algo aún más importante para ella, había una energía
capaz de movilizar todo eso que Ricardo había puesto en marcha, y ese fuego
sagrado era el amor. Por eso Ángela no quería que la cambiaran. Porque ella
sabía que era fea, muy fea, pero su amor era hermoso. Lo mejor que ella tenía,
lo que la definía, era su pasión, que los terapeutas consideraban excesiva,
obsesiva y desenfrenada. Pero ¿acaso el verdadero amor no ha de rozar
siempre lo extremo, lo sublime, lo absoluto? El corazón de Ángela era un lago
de afecto profundo y luminoso que amenazaba con desbordarse. Tenía un
torrente de cariño para dar y nadie lo aceptaba. Qué desperdicio. ¿Moriría tal
vez sin haber podido entregar a nadie la nuez de amor puro y recóndito que
llevaba en el pecho? La amargura le revolvía las tripas igual que un veneno.
Sí, otro fracaso más. Ángela le había ofrecido a ese hombre cruel el delicado
tesoro de su corazón y él lo había rechazado. Ah, qué insoportable
humillación. El dolor la partía.
Chilló.
Chilló y chilló con toda la fuerza de sus pulmones, chilló como si la
estuvieran degollando. Sólo cerró la boca cuando agotó el aliento. Y luego se
asustó. Eran las doce de la noche y estaba en un microapartamento de doce
metros cuadrados que había alquilado en un edificio colmena. Era un lugar
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mísero de construcción barata, y decenas o quizá cientos de vecinos debían de
estar al alcance auditivo de su alarido; era posible que alguno se quejara, o
incluso que llamara a la policía. Ángela añadió un pellizco de terror a su
sufrimiento: qué estúpida, qué estúpida. Se quedó inmóvil, esperando alguna
reacción. Tictaquearon los minutos sin que ocurriera nada. Tragó saliva,
serenándose un poco. Lo bueno de los edificios colmena de las zonas
marginales de la ciudad era que, por lo general, nadie quería meterse en líos.
Aun así, tenía que ser más prudente.
Suspiró y abrió la mochila deportiva negra que contenía todas sus
pertenencias en este mundo. Apartó los fajos de gaias que había recuperado
de su escondite de emergencia en la consigna de la estación de trams y sacó lo
que había comprado en la todotienda de la esquina. Cogió uno de los objetos
y le dio un par de vueltas entre los dedos. Era un cúter básico, de los que
usaban los niños para las tareas escolares, pero serviría.
Se levantó la manga izquierda de la camisa y volvió a mirarse en el
espejo. Ahí, en el antebrazo, estaba el tatuaje con su nombre. Con el amado y
odiado nombre de él, los signos tan hincados en su piel como en su corazón,
diez letras fatídicas viéndose al revés en el reflejo. Un símbolo de la entrega
de Ángela, de su amor fiable y perdurable, convertido ahora en un estridente,
insoportable memento de su último fracaso.
Pulsó el cúter para sacar la cuchilla y acercó el filo al borde del tatuaje.
Sin temblar. Hundió un poco la punta en la carne y se detuvo; un hilillo de
sangre corrió alegremente brazo abajo. Apretó la hoja y comenzó a serrar, el
pulso firme, los dientes apretados. Sin soltar ni un gemido. Disfrutando del
momentáneo alivio de ser la dueña de su dolor. En el silencio se escuchaba el
tenue rasguido de la carne y ahora la sangre era un escándalo. Cortó y cortó
con cuidadoso mimo, intentando no torcerse. No era nada fácil, dado que no
disponía de otra mano con la que estirar la piel. Tardó varios minutos en
despegar la dermis y conseguir sacar la pieza entera. Depositó el despojo
sobre el lavabo, soltó el cúter y lavó la herida con un chorro de vapor.
Después cogió el espray coagulante y el parche desinfectante regenerador que
también había adquirido en la todotienda y se hizo una cura apresurada. Ya
con el brazo cubierto, agarró delicadamente el pingajo de carne y lo extendió
sobre la falsa porcelana de la pequeña pila. Lo observó con ojo crítico y
quedó bastante satisfecha: en el rectángulo de piel y sustancia se leía con
claridad el nombre de su amado. Podía haber usado una cuchilla láser, que
proporcionaba un corte más preciso, más fácil y más rápido, además de
cauterizar la herida al instante; pero hubiera sido mucho menos… auténtico.
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Arregló los bordes con el cúter para quitar las hilachas y luego lavó el retal
con delicadeza hasta limpiarlo bien de sangre. Tras secarlo meticulosamente,
lo envolvió en papel de seda rojo y lo metió en una cajita de cartón también
roja que ató con un primoroso lazo de satén morado. Pulsó su móvil y pidió
un robot mensajero Express. Ahora sólo faltaba enviarle el regalo. Ángela
levantó la cabeza y se miró en el espejo: tenía las mejillas empapadas de
lágrimas y sonreía.
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2
Bruna llevaba toda la noche sin dormir. Toda la noche en un
desasosegado, afilado insomnio, vigilando el sueño de Lizard. El inspector de
policía era una mole oscura que ocupaba gran parte de la enorme cama que
compartían en esa velada. Roncaba Paul Lizard de cuando en cuando, un
ruido sordo de motor al ralentí que tampoco le facilitaba el descanso a la
androide. Pero no era eso lo que la mantenía espabilada. Lo que le impedía
relajarse era la pena. O el miedo. O la rabia. O una mezcla de todo y algo
más. Era la angustia de sentir que Lizard se le escapaba. Un barrunto de
peligro y de dolor le oprimía el pecho. Se sentía desnuda, y no sólo
físicamente, como en efecto estaba. Tres años, tres meses y dieciséis días.
El inspector y la replicante llevaban poco más de un año de relación. Un
tiempo no exento de conflictos, de desencuentros, de idas y venidas. Pero
entre ellos siempre fluyó una atracción volcánica. Juntos eran un cataclismo
natural; sus pieles se derretían al rozarse y la sangre les ardía como la lava. La
androide nunca había experimentado nada semejante: no se acercaba a Lizard,
se zambullía en él. Y, por unos instantes, desaparecía. No más Bruna Husky,
la tecnohumana de combate. No más esa replicante condenada a una vida
cruelmente breve y a una muerte fija y ya programada. En el nido de los
brazos de Lizard, vientre contra vientre y pecho contra pecho,
machihembrados y convertidos en un único animal, ella era inmortal. La
única eternidad posible para Bruna era la carne.
Pero la noche anterior la poderosa magia no había funcionado. Esta vez la
rep se había arrimado a la espalda de Lizard; había comenzado a acariciar sus
musculosas nalgas, cúpulas perfectas; había refrotado con pedigüeño culebreo
su cuerpo desnudo contra la piel de él, cuando el inspector, sin siquiera
volverse, murmuró:
—Estoy agotado, Husky. Vamos a dormir.
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Husky. La llamaba por su apellido cuando quería mantenerla a distancia.
Estoy agotado, Husky, decía. Era la primera vez que dormían juntos sin hacer
el amor. ¿Era así como abarataban sus relaciones los humanos? ¿Empezaban
a no mirar del mismo modo a sus parejas, a crear rutinas de descuido, a
ofrecer impenetrables espaldas a sus amantes? ¿La carne como una muralla y
no como una promesa? Pero ella era replicante, maldita sea. Ella no tenía
tiempo que perder. No podía malbaratar un solo día, una sola hora. Por todas
las jodidas especies, ¡si ni siquiera vivían juntos! Si quedaban, tenía que ser
para darse por entero. Bruna no quería, no podía convertir el fuego de la
pasión en la polvorienta, descuidada costumbre de los humanos, que creían
tener tanto tiempo por delante que acababan dilapidándolo todo sin darse
cuenta.
Pensó en levantarse como un ladrón en la noche, sigilosa, y marcharse a
su apartamento. Cuando Paul se despertara, ella ya no estaría. Entonces la
echaría de menos. O quizá no. Suspiró, agobiada. El amor era un combate,
normalmente sin sangre; y ella tenía la sensación de estarlo perdiendo.
Intentó serenarse. Era verdad que Lizard estaba muy cansado. Era cierto
que todos llevaban una semana horrible. De pronto los Terroristas
Instantáneos, un confuso y poco peligroso grupo de activistas urbanos, habían
cambiado radicalmente de estrategia. Hasta entonces los Ins se habían
limitado a reventarse individualmente de cuando en cuando sin causar apenas
daños humanos: nada más que un muerto y tres heridos en los cinco años que
llevaban de actividad, descontando a los propios suicidas. Pero ahora, y en tan
sólo diez días, habían perpetrado un atentado masivo en Madrid y otro en
Nueva Valencia, con un resultado total de ciento veinticinco muertos y tres
centenares de heridos. Y esto sólo con respecto a la región española, porque
había habido otros ataques en diversos puntos de los Estados Unidos de la
Tierra: en Berlín, en Nueva Shanghái, en Bogotá… Tras la matanza de Berlín,
los Ins habían lanzado un comunicado en el que asumían la autoría de las
recientes masacres y declaraban que, puesto que el capitalismo mundial
seguía asesinando día tras día a miles de personas en el mundo con su
desigualdad criminal, ellos habían decidido redoblar su ofensiva y lanzar una
guerra frontal contra el sistema hasta conseguir que se derrumbara. Y añadían
que a partir de ahora se denominarían Ejército de la Justicia Instantánea, EJI
(o Instant Justice Army, IJA, en el inglés global). Todo ello expresado de una
manera mucho más ampulosa y rimbombante, desde luego.
Pero lo más preocupante era que el nuevo EJI disponía repentina y
enigmáticamente de unos medios materiales antes insospechados en los Ins:
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una infraestructura poderosa que les permitía pasar inadvertidos, dinero y tal
vez apoyo social para sostener todo eso y, por desgracia, un nuevo tipo de
explosivo indetectable por los métodos tradicionales y con una potencia de
destrucción aterradora. Tras la deflagración, la desconocida sustancia,
bautizada Inferno por la policía, provocaba un fuego voraz cuyas llamas
tenían la peculiaridad de avivarse tanto con el agua como con las espumas y
brumas ignífugas de los bomberos, ya fueran de base acuosa o anaeróbicas, lo
cual complicaba sobremanera las labores de extinción. Además el calor
alteraba los residuos del explosivo de tal modo que hasta el momento su
composición no había podido ser desentrañada por completo. «¡Es el fuego
griego!», había exclamado con horror Yiannis, el viejo archivero amigo de
Bruna; y es que, al parecer, los griegos de la Antigüedad poseían el
conocimiento de un arma así, un fuego inextinguible que había sido como la
bomba atómica de la época y cuyo secreto nunca fue descubierto.
Por añadidura, y esto era lo más raro, la mudanza de los Ins había pasado
por completo inadvertida para todos los servicios de información, tanto los
regionales como los globales. De hecho, era un grupo que apenas suponía una
amenaza y que estaba profusamente infiltrado por las fuerzas de seguridad.
Lizard, que dirigía las investigaciones del atentado de Madrid, fue a hablar
con Eñe, la responsable de inteligencia de la región hispana, y había
regresado con una información confidencial bastante chocante:
—Al parecer estaban tan seguros de su control sobre los Ins que, si no se
decidieron a detenerlos a todos fue porque consideraron que era mejor
disponer de un movimiento ya intervenido y de bajo impacto que pudiera
absorber a los individuos violentos antisistema…
—¿Cómo? ¿Me lo dices en serio? ¿Que podrían haber acabado con los Ins
hace tiempo pero no lo hicieron para poder proporcionar a los disidentes
radicales su pequeño parque de atracciones terrorista? —bufó Bruna.
Lizard se encogió de hombros:
—Eso dice Eñe. Puede ser una bravata. Es probable que hubieran sido
incapaces de desmantelarlos. Teniendo en cuenta que ni se han olido este
cambio brutal de estrategia, yo diría que no los controlaban una mierda.
Cierto. Todos los cuerpos de seguridad se habían lanzado a la caza de los
Ins en cuanto supieron que estaban relacionados con las masacres, pero no
consiguieron encontrar a ninguno. Los domicilios que tenían fichados estaban
vacíos, los terroristas bajo vigilancia parecieron evaporarse de repente y lo
único que el movimiento dejó atrás fueron los cadáveres de tres de los
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policías infiltrados, atados de pies y manos y degollados, en uno de los pisos
francos de la organización.
De manera que ahora estaban en la más completa oscuridad ante una
escalada de violencia. Pero eso no era causa suficiente para la aguda inquietud
que sentía Bruna. La tecnohumana había vivido crisis mayores. A decir
verdad, toda su corta existencia era una crisis. Como replicante de combate,
había tenido que pasar sus primeros dos años de servicio obligatorio en el
planeta minero de Potosí, en condiciones tan duras que el recuerdo estaba
difuminado por un velo de sangre. Luego, ya licenciada y convertida en
detective, se había visto envuelta en la conjura especista que intentó
exterminar a los replicantes y en las sucias guerras nacionalistas de los
confines, de modo que la androide estaba acostumbrada a la violencia y sabía
que el mundo era tan precario como feroz. En cualquier caso, nada era tan
feroz como su propio destino, esa condena a muerte irreversible que todos los
tecnohumanos padecían. Al ser clones madurados aceleradamente, los reps
tardaban catorce meses en gestarse; el término fabricarse, ofensivo y
despectivo, sólo lo utilizaban los supremacistas especistas. Cuando eran
activados tenían una edad física de veinticinco años; diez años más tarde, con
desquiciante puntualidad, un indeseado proceso degenerativo multiorgánico,
el Tumor Total Tecno, acababa con ellos en tan sólo semanas en medio de
terribles sufrimientos. Hoy, día 13 de febrero de 2110, a Bruna sólo le
quedaban tres años, tres meses y dieciséis días de vida. La androide no podía
evitar que la obsesiva cuenta atrás zumbara de manera constante en su cabeza,
como un parásito que hubiera logrado colonizar su cerebelo o un virus que la
hubiera infectado fatalmente. Bruna estaba enferma, enferma del miedo y de
la rabia de morir. Tres años, tres meses y dieciséis días.
O quizá no.
No era inevitable fallecer a los diez años. Cuando estalló la conjura
supremacista contra los reps, Bruna descubrió que en Cosmos, una de las dos
plataformas habitadas que orbitaban la Tierra, habían encontrado el secreto
para alargar la vida de los androides al menos veinte años más. Pero Cosmos
era una dictadura totalitaria que apenas si mantenía un simulacro de
relaciones con los EUA: estaban en plena Guerra Fría. Ah, qué indecible, qué
añadida tortura suponía saber que no estaba obligada a morir tan pronto y, aun
así, no poder escapar a ese destino. Como decía Myriam Chi, la antigua líder
del Movimiento Radical Replicante que fue asesinada durante la conjura, en
la Tierra no había voluntad para encontrar una cura al TTT. Los androides
morían a los diez años por la indiferencia de los humanos: aunque formaban
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el 15 % de la población mundial, sólo un 0,02 % del presupuesto de las
grandes farmacéuticas se destinaba al estudio del Tumor Total Tecno.
Tres años, tres meses y dieciséis días.
Pero, aun siendo todo esto angustioso, Bruna sabía que la verdadera
herida que la atormentaba hoy era el desapego que percibía en Paul. Le
inquietaba que Lizard le prestara tan poca atención, la enrabietaba que el
inspector no le hubiese pedido ayuda como detective («es terrorismo,
altamente confidencial, no puedo») y esos pensamientos llevaban días
impidiéndole dormir; más bien se desmayaba a golpe de vinos y a las dos
horas volvía a abrir los ojos. Claro que ella era una rep de combate, reforzada
genéticamente para tener más aguante. Por muy cansada que estuviera, quería
seguir visitando el íntimo refugio que formaban sus cuerpos al unirse. Ese
paraíso de la carne que era el único cielo que Bruna conocía, el único lugar en
el que se sentía a salvo de la persecutoria muerte y olvidaba recitar su cuenta
atrás.
Pero para Lizard no era tan importante, ése era el problema, pensó Bruna,
aún acodada sobre la cama, aún contemplando el macizo y confiado perfil del
hombre. Para el inspector ella no era tan importante, se dijo, o más bien se
rugió, porque advirtió que las palabras levantaban vendavales en su interior.
Una súbita sensación de extrema debilidad la dejó anonadada. Las emociones
debilitaban, la necesidad amorosa te lanza a los pies de los caballos, pensó
Husky, apretando los dientes hasta hacerlos chirriar. Qué insensatez la suya,
colocarse en ese lugar de indefensión. Ella pedigüeña, él indiferente. Eso era
lo que más la humillaba, su asquerosa y humana indiferencia.
Lizard abrió los ojos con un pequeño sobresalto, como si hubiera
percibido la soterrada furia de la rep, o quizá el chirrido de su dentadura. Se
giró con fatiga boca arriba y ahí se sobresaltó aún más, al descubrir a Bruna
junto a él, apoyada sobre su codo y escrutándolo sombría. La miró durante
unos segundos con cierta inquietud.
—Pareces una serpiente a punto de devorar a un ratón de campo —dijo al
fin.
Bruna no pudo evitar establecer una relación entre el comentario de
Lizard y las pupilas de los reps, que eran verticales como las de los reptiles o
los felinos, y se sintió ofendida.
—Muy ingenioso —dijo con acritud.
Una repentina, helada lucidez iluminó su mente y le hizo contemplar la
situación desde otro lado. Desde el extremo más opuesto del Universo. Pero
¿cómo era posible que se hubiera sentido tan enamorada de este tipo? Al final
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todos los humanos eran iguales. Cerrar, cortar, acabar, amputar. Todas las
defensas emocionales de Bruna se activaron. Ahora lo único que quería la
androide era marcharse cuanto antes a su casa.
—¿Sabes? Los depredadores tienen las pupilas verticales y las víctimas,
las pupilas redondas. Hablo en serio. Lo vi el otro día en un documental de
una pantalla pública. Pensé que te interesaría saberlo —insistió Lizard
mientras se levantaba.
Lo decía con naturalidad, sin la menor sombra de sorna, incluso
afectuosamente, pero a Husky se la estaban llevando los demonios. Una furia
roja crecía en su interior y amenazaba con alcanzar la boca y desbordarse en
palabras. Calló por el momento, con esfuerzo.
Lizard había ordenado a las pantallas poner los informativos de la 2 y
estaba dándose una apresurada ducha de vapor. Salió sin secarse, su rotundo y
musculoso cuerpo brillando de humedad. Bruna sintió el deseo irrefrenable de
salir huyendo.
—Me voy —declaró con demasiado énfasis.
—Espera, tómate un café por lo menos…
En ese momento sonó el timbre de la puerta. En pantalla apareció un robot
de mensajería. El inspector abrió, se identificó arrimando el microchip
hipodérmico de su chapa civil al ojo lector y el robot escupió en sus manos
una cápsula pequeña y ligera. Paul desenroscó el envase protector y luego
deshizo el bonito paquete de regalo.
—Pero ¡qué mierdas…!
No llegó a terminar la frase, tan atónito estaba: en sus manos, sobre un
lecho de delicado papel de seda, había un rectángulo de lo que parecía piel
humana con dos palabras tatuadas: «Paul Lizard».
Bruna observó el retal con estupefacta repugnancia. Abrió la boca para
compartir el sobrecogimiento con el inspector y mostrarle su apoyo, pero,
para su sorpresa, se escuchó gruñendo:
—La venganza de alguna amante dolida…
—¿Eso es lo único que se te ocurre decir? —contestó Paul, exasperado—.
Joder, es… siniestro. Y no tengo ni idea de lo que significa. En fin, ahora no
puedo ocuparme de esto… Me lo llevo para que lo analicen.
Envolvió de nuevo el despojo, lo metió en el envase de mensajería y lo
guardó, y a continuación salió disparado. Tan veloz que a Bruna no le dio
tiempo a decirle que en realidad era ella quien se iba. Así que, técnicamente,
fue Lizard quien la dejó.
—Ya nos hablamos —farfulló el hombre a la carrera.
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Y desapareció.
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3
La inmensa Oli se acercó con la botella de vino en la mano y le rellenó el
vaso sin siquiera haberlo pedido. A veces era un asco que te conocieran así de
bien, se dijo Bruna.
—¿Qué es de Lizard? —preguntó mientras le ponía una tapa de aceitunas.
—No tengo la menor idea —respondió la rep con excesiva rudeza.
Oli le lanzó una ojeada inquisitiva y rápida.
—Hoy le he visto en las pantallas públicas…
—¿Ah, sí? —se interesó Bruna a su pesar.
—Sí, pero no era de hoy. Estaban repitiendo algo grabado hace unos días.
Sale todo el rato con lo de los jodidos Ins.
—EJI. Ahora son el EJI, ya sabes.
—Ya. Los mismos soplapollas de siempre pero más cabrones. Y con
ayuda. A ése es al que hay que buscar. Al cabrón nuevo que los está
ayudando. O utilizando.
Dicho lo cual, giró dificultosamente sobre sí misma y se alejó con
majestuosa lentitud. A Bruna siempre le fascinaba observar sus casi
imposibles desplazamientos a lo largo del angosto espacio que había tras la
barra. Era como un buque de gran tonelaje atravesando una esclusa
demasiado estrecha. La negra Oli era tan increíblemente gruesa, tan
paquiderma, en fin, que bien podía ser una mutante: quizá se hubiera quedado
así tras un mal salto de teleportación. Pero cualquiera se atrevía a preguntarle
nada. ¿Tendría razón en lo del nuevo cabrón que utilizaba a los Ins? Podía
ser. Oli era tan sabia como un buda.
—Hola, Bruna, ¿qué tal? ¿Dónde has dejado a Paul?
La detective dio un respingo y descubrió con horror que el viejo Yiannis
acababa de dejarse caer en el taburete contiguo, con sus cuatro pelos
alborotados y su patética cara de arrugado mandril.
Éste sería peor. Éste no pararía de preguntar.
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—No sé. Andará por ahí salvando el mundo. Me pillas yéndome —dijo la
rep mientras se ponía de pie de un salto y salía huyendo, dejando al archivero
con la palabra en la boca. Ya camino de la salida, levantó la voz y el brazo—:
¡Apúntalo en la cuenta, Oli!
Bum, retumbó la puerta al cerrarse detrás de ella. El silencio de la noche y
la soledad de la calle fueron un alivio tras el bullicioso ambiente del bar,
siempre demasiado ruidoso por lo pequeño. Bruna advirtió que, con las prisas,
había salido con la copa en la mano. Si la veía un PAC la multarían, pero el
bar se encontraba en un callejón poco transitado y era cerca de la una de la
madrugada. Así que se recostó en la pared, disfrutando del ligero frescor de la
madrugada, un humilde remedo del invierno, y dio un trago a su vino.
No veía a Lizard desde la mañana del día anterior. Desde que el inspector
recibió aquel regalo grotesco, el pingajo de carne con su nombre tatuado.
Bruna había tomado la decisión de no ponerse en contacto con él, de no
llamarlo, de hacerle sentir su lejanía. Pero no había podido demostrarle su
frialdad, porque no había vuelto a saber de Paul. Claro que tampoco había
transcurrido tanto tiempo. Ni siquiera cuarenta y ocho horas, aunque se
cumplirían muy pronto. En otras ocasiones habían pasado muchos más días
sin hablarse. Y aun así… Esta vez lo estaba llevando mal, muy mal. ¿Cómo
era posible? Cada día más débil. Y más furiosa.
—¡Ahhhhhh! —exclamó, frustrada.
Apuró la bebida de un trago y luego estuvo a punto de estrellar la copa
contra el suelo, pero se acordó de Oli y, refrenándose, la depositó
cuidadosamente en un extremo del dintel. Mientras se enderezaba, tomó una
decisión: se metería un caramelo y se iría a la cama con alguien. El
tratamiento habitual contra las tonterías.
Lo más fácil sería acercarse al Oooops para conseguir la oxitocina. Era un
garito impresentable frecuentado casi en exclusiva por humanos vipis y
probablemente por algún que otro especista, pero los camellos solían tener
buen material (camellos de ricos, ya se sabía) y estaba a tan sólo un par de
calles de distancia.
Recordó que era viernes al comprobar lo llenísimo que se encontraba el
local. Caminó entre los cuerpos sudorosos como si avanzara por una piscina
caliente, estirando el cuello para mirar por encima de las cabezas. Localizó al
camello que conocía en su sitio de siempre, junto a los servicios, por si tenía
que deshacerse del material; adquirió un caramelo de los azules, lo sacó del
blíster y se lo metió debajo de la lengua. Un minuto después, su cuerpo se
encendió y tomó el mando. Bendito cuerpo capaz de amordazar la mente. Con
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la piel ardiendo, Bruna bebió, bailó, se refrotó y mordió, presa de un hambre
feroz pero feliz y fácil de saciar, una simple, indiscriminada hambre de
cuerpo ajeno, de una unión tan sinuosa y tan casual como la de los gusanos.
El mundo era sencillo y dentro de su cabeza flotaba una niebla tibia y
húmeda.
De pronto la niebla empezó a disiparse. Mmm. Vaya, una bajada rápida,
pensó la androide, parpadeando. Entre los jirones de bruma vio a un humano
bajito junto a ella. Estaba desnudo. Y la miraba con fijeza.
—No me hagas daño, por favor… —imploró.
—¿Yo? ¿Te he hecho algo? —farfulló Bruna, asombrada, con la boca
pastosa.
—¡No me hagas daño!
Debía de tener unos cuarenta años y no era tan bajito. Estaba en cuclillas,
encogido sobre sí mismo, mirándola y temblando.
En torno a ellos, advirtió Husky mientras recuperaba los datos poco a
poco, se fue materializando la sala de un apartamento moderno y sin duda
mucho más caro que el suyo. Y ella también estaba desnuda. De pie junto a
él.
—¿Es tu casa?
—Sí, tecnohumana —farfulló respetuosamente el hombre con un hilo de
voz.
Bruna sacudió la cabeza con desaliento. El cerebro se movió de un lugar
para otro dentro de su cráneo. No creía haberle hecho daño: los replicantes de
combate tenían un mecanismo extra de control que funcionaba de manera
automática. Pero en cualquier caso el tipo estaba aterrado. Empezó a buscar
su ropa con la mirada.
—Oye, no sé qué ha pasado, supongo que nada, pero no tengas miedo que
ya me voy.
—¡No no no no! —gimió el humano.
—¡Tranquilo, te digo que me voy! —repitió, irritada. Ya había localizado
su mono de neoprex.
—No… no te vayas, por favor. A mí… a mí me gusta…
¡Ah! ¿Así que era de ésos? Bruna sabía que había humanos a los que les
gustaban las reps de combate justamente porque les daban miedo, porque se
sentían inermes ante ellas, pero nunca había tenido relaciones con uno de esos
tipos y no sentía ninguna necesidad de adquirir semejante experiencia. Intentó
verse desde fuera: alta, mucho más alta que él, con los músculos marcándose
bajo la piel, la cabeza rapada, las pupilas verticales y la línea negra del tatuaje
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que ahora, desnuda como estaba, se le veía entera, recorriendo todo su cuerpo.
Sí, tenía que reconocer que su aspecto podía ser amedrentante. El humano la
observaba sin pestañear, casi sin respirar, de la misma manera que un ratón de
campo observaría a la cobra que iba a devorarlo. Como hubiera dicho el
maldito Lizard. Oh, por el gran Morlay, gimió Bruna para sí: no se sentía
capaz de irse a casa sola, en la abrupta bajada de esa porquería de caramelo.
Pupilas rasgadas de depredador, redondas pupilas de presa. Intentó recuperar
la fiebre de la piel, pero apenas si se le puso carne de gallina.
—Espera. Espera —ordenó, extendiendo una imperativa mano delante de
ella.
Y, pulsando furiosamente el móvil, pidió a un Servicio Express que le
trajeran cuanto antes una buena botella de vino blanco.
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4
Bruna despertó en brazos de su vieja amiga la resaca y con la agotada
sensación de haberse acabado de acostar, cosa que debía de ser verdad. Antes
de abrir los ojos, mientras las sienes le martilleaban, la androide calculó que
llevaba por lo menos un mes enhebrando excesos. Demasiadas copas de vino
noche tras noche. Dolor de cabeza y arrepentimiento cada mañana. Pero el
arrepentimiento de hoy era descomunal, se dijo, estremecida, mientras iba
rememorando lo que recordaba de la víspera. Que era poco y ya era
demasiado. Qué estupidez haber tomado la oxitocina. Por no mencionar la
botella de blanco.
—Debo de ser la única rep de combate con sentimiento de culpa —gruñó
sin despegar los párpados.
Aunque los tecnos de cálculo e incluso los de exploración podían poseer
personalidades más complejas, en los de combate predominaba la simpleza.
No convenía que tuvieran problemas de conciencia: el arrepentimiento se
avenía mal con la eficacia bélica. Pero ella, claro, ella de entre todos los
tecnohumanos de la Tierra, había tenido la mala suerte de contar con un
memorista como Pablo Nopal.
Todos los reps sabían que las reminiscencias de su infancia y de su
primera juventud, hasta el momento de su activación a los veinticinco años,
eran memorias implantadas, pero los estudios habían demostrado que tener
recuerdos, incluso conociendo su falsedad, contribuía a la estabilidad
emocional de los androides. De modo que los reps venían con una mema
artificial de serie, y la carrera de memorista se había convertido en una pingüe
salida para los escritores, sobre todo para los más mediocres. El problema era
que Pablo Nopal, el memorista de Bruna, no era en absoluto mediocre. Era un
tipo retorcido, probablemente malvado, puede que incluso un asesino, pero
era un buen novelista y un hombre singular. Husky visualizó a Nopal contra
el telón rojizo de sus párpados cerrados: elegante, atractivo, esquinado,
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oscuro. Las memorias artificiales de los tecnohumanos constaban tan sólo de
quinientas escenas y eran de una convencionalidad plana y tediosa, vaporosos
relatos de familias felices, fiestas de cumpleaños, perros saltarines. Sin
embargo, Nopal había hecho con Bruna algo totalmente ilegal y terrorífico: le
había escrito una mema atormentada y larguísima con varios miles de
escenas. Aún peor: le había dado a Husky sus propios recuerdos. Y la vida de
Nopal había sido atroz: padres asesinados, maltrato en el centro de acogida de
menores, abusos del tío carnal que después lo adoptó. Cuando Bruna se enteró
de que arrastraba el pasado de Nopal a sus espaldas, comprendió por qué ella
siempre se había sentido diferente, un monstruo entre los monstruos.
—Todo ese dolor que me has dado, ¿para qué? —le gritó un día la rep a
su memorista, desesperada.
—Posees muchas más escenas que los demás tecnos. Eres mucho más
compleja. Conoces la melancolía y la nostalgia. Y la emoción de una música
hermosa, de una palabra o un cuadro. Quiero decir que también te he dado la
belleza, Bruna. Y la belleza es la única eternidad posible —contestó Nopal.
¿Tendría razón? Husky se preguntó, como había hecho en otras ocasiones,
si hubiera preferido poseer una mema más simple. Respiró hondo, sintiendo
cómo la jaqueca golpeaba sus sienes y la congoja su pecho. Apretó los dientes
hasta que le dolieron. Hubiera preferido no ser rep. Hubiera preferido no
morir. Tres años, tres meses y catorce días.
Se levantó de la cama experimentando el vago y tonto deseo de prenderle
fuego al edificio. En una esquina del cuarto, intentando pasar inadvertido,
Bartolo roía pacientemente uno de sus juguetes mientras la observaba
cauteloso. Bartolo había aprendido a intuir sus estados de humor y a adivinar
cuándo la resaca la estaba matando: no era un bicho tan idiota, después de
todo. La androide miró a la mascota alienígena con el ceño fruncido y el
tragón se apresuró a farfullar:
—¡Bartolo tranquilo! ¡Bartolo no dar lata!
Tenía un aspecto muy gracioso, con sus grandes narizotas, su pescuezo
alargado y los pelánganos rojizos e hirsutos coronando su cabeza como una
cresta. No era de extrañar que el pequeño mamífero doméstico omaá se
hubiera puesto de moda en la Tierra, aunque en ocasiones podía ser un
fastidio. Como el bubi tenía una voracidad caprina y legendaria, y si sentía
hambre, cosa habitual, era capaz de devorar un zapato, un pantalón, el
plástico de los superconductores o lo que fuera (de ahí su sobrenombre de
tragón), la androide le había comprado en el centro veterinario una bolsa de
juguetes confeccionados con recia piel sintética de búfalo, unos objetos
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durísimos que al bubi le encantaban y que se tomaba su tiempo en roer, y
había acordado más o menos con el bicho que, si se veía en una necesidad
masticatoria, cogiera un juguete y no otra cosa. Verlo ahora ahí con su cara de
susto y el aro de piel artificial bien agarrado entre sus deditos oscuros amansó
un poco la ferocidad de Bruna. Sonrió la androide, o al menos relajó la
apretada boca, y la expresión del tragón se iluminó de alivio.
—¡Bartolo bueno, Bartolo bonito! —dijo con embeleso.
—Sí, sí, vale, vale. Muy bueno y muy bonito —gruñó la androide.
Husky tenía algunas cosas que hacer. Pequeñas obligaciones que la
salvaban de la pasividad más destructiva, del deseo de meterse en la cama y
no salir hasta que la atrapara el TTT, la muerte que le iba creciendo dentro del
pecho desde que los ingenieros la crearon. Total, para qué. Para qué tanta
emoción, tanta tensión, tanto moverse en la vida de un lado para otro, tanto
anhelar, tanto desesperar. Para qué el deseo, el dolor y la nostalgia que le
había proporcionado Nopal, si todo se iba a acabar dentro de nada.
Algo caliente y peludo se agarró a su pierna derecha. Bruna miró hacia
abajo y ahí estaba el tragón, abrazado a su pantorrilla de pies y manos y
contemplándola sin pestañear con esa transida expresión de amor que, la
detective lo sabía muy bien, significaba que el bubi quería desayunar.
Sí, Husky tenía algunas cosas que hacer. Prepararle la comida a ese
animal tonto que, aunque resultara difícil de creer, en una ocasión le había
salvado la vida a la detective. Y trabajar un poco en los dos casos que tenía.
Eran más bien tediosos, pero le pagaban las cuentas. Entre otras cosas, Bruna
Husky no podía meterse en la cama a esperar el fin porque mucho antes de
que éste llegara ya la habrían desahuciado y echado del apartamento por falta
de pago. En este mundo, hasta para autodestruirse con estilo hacía falta
dinero. Así era el capitalismo criminal, como decían los Instantáneos del EJI.
De modo que Husky se duchó con vapor, anotó mentalmente que tendría que
comprarse una nueva tarjeta de agua en el súper, preparó el desayuno para el
bubi, se tomó un café y un Algicid contra la resaca, y se vistió con una
camiseta y un mono ligeros pero térmicos: a mediados de febrero ya hacía
bastante calor, pero podía refrescar inopinadamente. Y todo lo hizo despacio,
muy despacio, con ese cansancio que no viene del cuerpo, sino de las pocas
ganas de vivir. De no acabar de encontrarle sentido a seguir moviéndote.
De pie en medio de la sala, habló con una de sus clientas por la pantalla
principal. El caso estaba prácticamente cerrado: Husky había reunido pruebas
suficientes para demostrar que había sido acosada por la empresa de Turismo
Húmedo para la que trabajaba. Que sus jefes le habían hecho la vida
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imposible, intentando que fuera ella quien se despidiera. Su clienta, una
humana de unos cuarenta y cinco años, estaba en Nueva Venecia, a punto de
conducir a un grupo de turistas en un tour submarino por la antigua Venecia,
hoy sumergida. Soltó un pequeño chillido de felicidad cuando supo que Bruna
había conseguido pruebas concluyentes y batió palmas como una niña. Estos
humanos son siempre asquerosamente emocionales, se dijo la detective.
Bueno, no todos: Lizard era tan reservado y rocoso como un rep. Tal vez
fuera porque había sido educado por una androide desde los ocho hasta los
quince años.
El otro caso era más desagradable y lo llevaba menos avanzado. Era el
típico asunto de celos; humana de setenta y siete años casada desde hacía dos
décadas con humana de treinta y ocho años a la que había mantenido y
pagado la carrera de pianista. Ahora la joven era una estrella en alza mientras
la mayor se sentía vieja y desplazada, vieja e iniciando el progresivo exilio de
la vida que la edad imponía (por lo menos de eso se salvaban los reps). Creía
que la pianista la engañaba con otra persona, y quizá fuera así; pero, por otro
lado, Bruna pensaba: qué más da. ¿No podéis seguir amándoos sin hurgar en
esos pliegues ocultos hasta convertirlos en heridas sangrantes? Veinte años
conviviendo con alguien. Qué esplendor, qué envidia, pensaba la rep. Ella
sólo pudo disfrutar dos años de Merlín, su amado Merlín, antes de que el TTT
lo deshiciera.
—Sin amor no merece la pena vivir —le había dicho la esposa de la
pianista con la voz quebrada por las lágrimas.
Y Bruna había pensado: pero vivir sin amor es vivir sin miedo.
Así que la detective tenía esas pequeñas ocupaciones de las que hacerse
cargo. Y también tendría que intentar conseguir más clientes. Quizá pudiera
anunciarse en las pantallas públicas, aunque salían muy caras; o podía ir a
ofrecer sus servicios a algunas empresas tecnológicas, se le daba bien rastrear
delitos de espionaje industrial. En ese momento, Bartolo dio un respingo y la
miró con cara de susto; y, al mismo tiempo, Bruna sintió algo raro; quizá sus
oídos mejorados genéticamente captaron un ruido; o quizá la nexina, una
enzima empática experimental que habían probado con su generación de
tecnohumanos, le permitió percibir a otros seres. El caso es que el cuerpo de
la rep se puso en alerta antes de que la información llegara a registrarse en su
cerebro. No dio tiempo a ello: la puerta del apartamento se abrió con
estruendo y de pronto la rep se encontró rodeada de policías. Cinco humanos
y una androide de combate. Todos con traje de asalto y armados. Una calma
fría bajó por la columna vertebral de Bruna como un dedo de hielo: en casos
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así, eran de agradecer los refuerzos hormonales que le habían dado sus
anónimos ingenieros. Ahora la androide sentía la cabeza limpia, rápida, tan
serena como el ojo de un huracán y tan luminosa como un relámpago.
—Vaya. Qué sorpresa. Otra forma de entrar es llamar a la puerta —dijo
con sardónica tranquilidad.
—¡Silencio! ¡Las manos arriba y no te muevas! —chilló, evidentemente
tenso, un humano hasta las trancas de adrenalina que la apuntaba con un fusil
de plasma.
Bruna obedeció; soltó al bubi, que se había refugiado de un brinco en su
pecho, y alzó los brazos. Bartolo siguió aferrado como un mono al tronco de
la androide, un manojo de pelos temblorosos.
—Eres Bruna Husky, ¿verdad? —dijo con eficiente serenidad la rep.
Qué alivio. Esto era otra cosa. A la policía tecnohumana también se le
había activado el hipercontrol.
—En efecto. ¿Y vosotros estáis aquí por…?
Nadie contestó. La androide se acercó a comprobar la chapa civil que
colgaba del cuello de Bruna; como la mayoría de los tecnos de combate,
llevaba la chapa física y visible, al estilo retro, en vez de hipodérmica. Otro
policía se puso a revisar el apartamento de la detective. Acabó enseguida,
porque sólo disponía de dos ambientes y el baño.
—Nadie —dijo innecesariamente al reincorporarse a la formación.
—¿Cuándo viste por última vez al inspector Lizard y dónde? —preguntó,
más tranquilo, el humano que había hablado primero.
Pese a su reforzada calma, Husky sintió una especie de descarga eléctrica
en la nuca. Rompió a sudar.
—¿Lizard? ¿Qué ha pasado?
—¿Cuándo lo viste por última vez?
—Hace dos días. El jueves por la mañana. En su casa. ¿Qué sucede?
—Ha desaparecido. El inspector Lizard ha desaparecido —dijo la rep—.
No se sabe nada de él justamente desde la mañana del jueves. Hace ya más de
cincuenta horas.
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5
—Ese jueves, después de dejarme, Paul pasó por la Brigada un momento
y luego volvió a irse. Su ausencia no preocupó porque solía estar mucho
tiempo fuera. Suponen que se encontraba siguiendo alguna pista, pero nadie
parece saber a dónde iba. Ya sabes lo reservado que es. Las alarmas saltaron
al día siguiente, o sea, ayer, cuando no llegó a la reunión que él mismo había
convocado. Le llamaron pero no contestaba. Intentaron rastrear el móvil, pero
su señal ha desaparecido por completo. No existe. No está. Así que fueron a
su apartamento y, como no abría, entraron por la fuerza. No había nadie. En
los protocolos de seguridad de la casa vieron que yo tenía una autorización
doméstica y también que había estado con él la noche del miércoles, por eso
vinieron a buscarme. Bueno, por eso y porque supongo que en la Brigada
deben de saber que Lizard y yo nos vemos… de cuando en cuando.
La angustia era un zumbido sordo. Un temblor constante de sus vísceras
por debajo de la calma profesional a la que Husky quería aferrarse. Lizard
desaparecido. Que hubieran borrado la señal de su móvil era malo. Muy malo.
Su amigo Yiannis la miraba descompuesto y retorciéndose literalmente las
manos, y su miedo evidente tampoco la ayudaba.
—Madre mía, Bruna, madre mía… ¿Qué crees que le puede haber
pasado? —gimió el viejo archivero.
Que el tarado psicópata que le mandó el retal de piel lo haya degollado.
Que los tarados psicópatas de los Ins cuyo atentado estaba investigando lo
hayan hecho volar por los aires. Que cualquier otro tarado psicópata lo haya
cortado en pedacitos. Por un instante imaginó el corpachón del inspector,
ensangrentado y sin vida, tirado en cualquier callejón inmundo como una res
sacrificada.
—¡No lo sé! —contestó de malos modos. Y, tras hacer un esfuerzo para
controlarse, añadió—:… Todavía. No lo sé todavía…
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Bruna había venido a ver al archivero para traerle a Bartolo: iba a
concentrar todas sus energías en la búsqueda de Lizard y no podía atender al
tragón. Pobre Yiannis, se dijo la androide con una punzada de contrito afecto:
siempre acababa haciéndose cargo de las responsabilidades de la rep. El
archivero había terminado por adoptar a Gabi, la niña rusa que Husky rescató
de una Zona Cero, y Bartolo probablemente pasaba más tiempo en casa de
Yiannis que con ella. Sobre todo la adopción de la rusa había sido heroica,
porque la niña era feroz. Demasiada energía y demasiada malicia para un
hombre de más de setenta años.
—¿Qué tal está Gabi? —preguntó la rep con un vago sentimiento de
culpabilidad.
El archivero sonrió feliz y sus chupadas mejillas se llenaron de chocantes
arrugas. Parecía la cara de un mono o una imagen sacada de un documental
antropológico. La manía que Yiannis le tenía a la cirugía estética hacía que
fuera uno de los pocos viejos no operados de la Tierra.
—¡Muy bien! Mucho más civilizada, más centrada. ¡Esta semana no la
han expulsado de clase! Increíble, ¿no? Estoy contentísimo.
Y, en efecto, de pronto el rostro de mandril del archivero irradiaba una
felicidad jovial y luminosa. Ya se le ha activado la bomba, se dijo la rep con
cierto fastidio. Al inestable Yiannis, propenso a súbitos ataques de
melancolía, le habían implantado una bomba de endorfinas junto a la
amígdala cerebral, el último grito en la terapia contra la depresión, y cuando
su equilibrio psíquico se desplomaba, la bomba entraba en funcionamiento.
En esta ocasión la angustia por la desaparición de Lizard había debido de
activar el artilugio. A saber si lo que le había contado de Gabi era cierto:
cuando estaba sumido en la química beatitud del implante, el archivero era
poco fiable.
—¡Y lo más increíble de todo es que incluso tiene una amiga! Justamente
está aquí ahora. Están en su habitación. ¿Quieres entrar a saludarla?
No, no quería. Bruna nunca se había llevado bien con los niños; la
desasosegaban, la turbaban, la obligaban a pensar en esa etapa vital que la
androide sólo conocía por los recuerdos falsos que le había implantado su
memorista. Los niños le producían siempre un poco de asco, una vaga
sensación de náusea. Además, lo único en lo que ahora podía pensar era en
buscar a Lizard.
—No, mejor no.
—¡Espera, se me ha ocurrido una idea buenísima! Justamente estaba
pensando en prepararles algo de comer a las niñas. ¿Por qué no te hago
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también algo a ti? Te lo tomas y luego te vas. Estoy seguro de que no te
cuidas nada —gorjeó Yiannis en pleno paroxismo de diligencia feliz.
Las palabras del archivero hicieron que Bruna se diera cuenta del hambre
que tenía. Un agujero en el estómago. Había estado horas declarando en la
Brigada, eran más de las tres de la tarde y aún no había tomado nada aparte
del café matinal. Y sí, debía alimentarse. Los tecnos de combate sabían muy
bien que, en situaciones de crisis, había que comer y dormir siempre que
hubiera ocasión de hacerlo. Mantener bien atendido el cuerpo podía salvarte
la vida.
—De acuerdo. Muchas gracias.
Yiannis trotó alegremente en dirección a la cocina, seguido con
entusiasmo por Bartolo. La casa del archivero era un piso viejo, interior,
oscuro y lleno de recovecos en el que la cocina ocupaba toda una habitación,
a la manera de las antiguas viviendas. Tras un instante de duda, Bruna se
dirigió al cuarto de Gabi. Tocó con los nudillos en la puerta cerrada y escuchó
cómo se apagaba el murmullo de la conversación al otro lado de la hoja.
Esperó unos segundos y volvió a tocar. Nada. Irritada, la rep accionó el
picaporte y abrió; ella misma se había encargado meses antes de quitar el
cerrojo para que la rusa no pudiera atrincherarse. Se quedó parada en el quicio
de la puerta; Gabi, sentada junto a una niña sobre la cama con las piernas
cruzadas, la miraba severa.
—No te he dicho que entraras —gruñó la rusa.
—Ése es el problema, que no me has dicho nada.
—No se debe entrar en la habitación de alguien si no te dan permiso, eres
una maleducada —insistió la salvaje.
—La maleducada eres tú que ni siquiera contestas.
—Bueno, Gabi, no te pongas así, no pasa nada, ¿verdad? —dijo
ansiosamente la otra niña—. Tú debes de ser Bruna, ¿no?
La rep la miró; era una pizca de persona, toda piernas y brazos
delgadísimos. Tenía la piel de una blancura insana, casi traslúcida, los ojos
redondos y azules, el pelo castaño muy corto. Se la veía muy frágil al lado de
la recia Gabi.
—Sí, soy Bruna. ¿Y tú eres…?
—Soy Emma —dijo la chica, sonriendo con timidez.
Dientecillos grises. Su familia debía de tener un seguro médico muy
pobre.
—Es mi amiga —dijo Gabi con una altivez no exenta de orgullo.
—Qué bien. Sí. Ya me había dicho Yiannis.
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Se contemplaron las tres con cautelosa desconfianza durante unos
segundos.
—Lizard ha desaparecido —soltó Bruna de golpe.
Y de inmediato se preguntó: por qué. Por qué se lo he dicho.
—Quieres decir que te ha dejado —dijo la rusa, desdeñosa.
La rep bufó:
—¡No! Quiero decir que ha desaparecido. Hace dos días que nadie lo ha
visto. Y su móvil tampoco es rastreable.
Gabi arrugó el ceño:
—Ah… lo siento… ¿Crees que está en peligro?
Barruntos de sangre y muerte. Tres años, tres meses y catorce días.
—Estoy… estoy segura de que sí.
La rusa bajó la cabeza con una expresión de genuino pesar. Pero
enseguida la volvió a levantar, desafiante:
—Pues lo siento, pero eso le pasa por hacer lo que hace. Por perseguir a
los Ins. Por estar de parte de los malos.
Bruna la miró atónita:
—¿Qué malos?
—Los que cobran por el aire limpio. Los que no curan a los niños si no
tienen dinero. Todos los malos.
—Pero ¿dónde has oído eso?
—No lo he oído, estúpida. Lo he vivido.
Las palabras de la rusa estallaron en la cabeza de Bruna y la dejaron sin
respuesta. Desde luego. Desde luego que lo había vivido. Gabi se había criado
en una Zona Cero, es decir, en uno de los rincones más contaminados del
planeta. Había recibido unas dosis tan altas de radiactividad en su infancia
que habría muerto en meses si Bruna no hubiera conseguido para ella un
seguro médico de primera categoría. Y, por añadidura, la exploración médica
había descubierto que había sido violada poco tiempo atrás. Bruna no había
hablado nunca con Gabi de eso. Pero sí, sin duda la niña tenía razón. A sus
diez u once años (no sabían con exactitud su fecha de nacimiento) la pequeña
rusa ya había vivido demasiado. La detective se sintió ridícula: sus palabras
habían sido muy torpes. Pero lo que había originado su pregunta había sido la
sorpresa de oír a Gabi expresarse así. La niña nunca se había referido antes a
las circunstancias de su pasado, nunca se había quejado ni había mencionado
ningún detalle de su vida. En fin, era evidente que se estaba haciendo mayor.
La pequeña salvaje estaba madurando.
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—Gabi ha tenido experiencias muy duras —dijo Emma, rompiendo el
incómodo silencio con su vocecita juiciosa.
Bruna la miró con gratitud.
—Sí. Es verdad. Lo sé bien, Gabi. Mi pregunta te habrá parecido estúpida
y lo es, pero… Lo que quería decir es… Claro que está mal lo del aire y lo de
los seguros médicos y ya sabes que Yiannis pretende montar un movimiento
ciudadano para luchar contra todo eso, pero… No puedes estar de acuerdo
con que alguien ponga una bomba y destroce a doscientas personas, entre
ellas niños como tú…
La rusa apretó los puños. Su cara cetrina y redonda de achinados ojos
tártaros se crispó:
—Pues me dan mucha pena, pero es como una guerra. En todas las
guerras hay sangre.
—Pero no es bueno, Gabi. Eso tampoco es bueno. Sangre por sangre no,
por favor. Es mucho sufrimiento —intervino de nuevo Emma tímidamente.
Bruna la observó con atención: esa chica también debía de conocer lo que
era el dolor. Vivían en un mundo miserable que robaba la infancia de los
niños y los convertía a los once años en adultos mutilados. Gabi miró a su
amiga, hizo ademán de contestar y luego cambió de idea y se calló. Alzó los
hombros como dándose por vencida y le dedicó a Emma una sonrisa tan llena
de cariño que conmovió a la rep. La salvaje Gabi.
—¡Bueno! ¿Y os conocéis desde hace mucho? —preguntó.
Las chicas sonrieron.
—Bueno, no sé, cinco días o así. Pero somos íntimas —contestó Emma.
En eso seguían siendo niñas.
—Es mi primera amiga —susurró Gabi con un gesto casi feroz.
—Y también la primera mía —se enorgulleció la otra.
—Vaya, pues me alegro. Es bueno tener amigos… me parece —dijo
Bruna, algo dudosa.
—Sin amor no merece la pena vivir —declaró Emma muy seria.
Y en ese preciso momento irrumpió Yiannis en el cuarto con una bandeja
entre las manos y un grito promisorio:
—¡Bocadillos de queso fundido, piñones y algas fritas para todos!
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6
Esa mañana en la Brigada, después de contar todo lo que sabía, de
confirmar que el retal de carne que estaba en el laboratorio era el mismo que
había recibido el inspector el jueves antes de desaparecer y de conseguir que
el seguro de la policía se hiciera cargo de arreglarle la cerradura que le habían
reventado con el ariete neumático, Bruna habló con los técnicos forenses. Era
piel humana, en efecto, y pertenecía a una mujer en torno a los cuarenta. Su
ADN no estaba registrado. El fragmento había sido lavado, lo cual dificultó el
análisis, pero aun así era seguro que la mujer estaba viva cuando sufrió la
mutilación; que la carnicería había sucedido en las veinticuatro horas
anteriores; y que, como no parecía haber trazas de sedantes ni anestésicos, se
diría que le arrancaron la piel sin ningún paliativo para el dolor. Lo cual había
hecho pensar a los investigadores que podría tratarse de otra víctima, de
alguien quizá muy cercano al inspector, y que, al mandarle el despojo, le
estaban enviando un mensaje que tal vez hubiera provocado que el policía
hiciera algo que le puso en peligro. ¿Estaba segura de que el inspector Lizard
no había dado muestras de reconocer el macabro regalo? Sí, Bruna estaba
completamente segura. Ella sabía bien cómo era Paul, respondió muy seria.
Pero ahora no lo tenía tan claro. ¿De verdad lo sabía? Bruna suspiró con
desasosiego. ¿Y si no era así? Puede que se estuviera confundiendo. Esto es,
quizá Paul la hubiera engañado cuando recibió la caja. El inspector y su rostro
de piedra. Al principio la rep incluso había pensado, aunque no se lo dijo a
nadie, que la piel podía ser de la madre de Lizard. Los padres de Lizard eran
un enigma. Lo único que sabía Bruna, lo único que le había contado el
inspector, era que, cuando éste tenía ocho años, sus padres habían sido
detenidos y condenados a prisión por un delito que la rep ignoraba. Una
vecina replicante le acogió y crió hasta morir de su TTT, cosa que sucedió
cuando Lizard tenía quince años. Por lo visto el inspector no había vuelto a
contactar con sus padres ni sabía nada de ellos, ni siquiera si estaban vivos.
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Claro que todo esto podía ser falso, o incluso podía ser una de esas medio
mentiras que, Bruna se había dado cuenta, los humanos solían contarse a sí
mismos. Según los técnicos, la mujer torturada tenía unos cuarenta años y,
dado que Paul había cumplido ya los cuarenta y tres, no podía ser su madre.
¿Una hermana, quizá? Nunca le dijo que tuviera hermanos. Claro que nunca
le dijo gran cosa. Por otra parte, los del laboratorio también podían estar
equivocados, así que Bruna decidió mentalmente que seguiría la pista de los
padres, por si acaso.
Sin embargo, lo primero que iba a hacer era ir a ver a Natvel, el tatuador
esencialista que ya la había ayudado en el caso de los tatuajes de poder
labáricos. La secta a la que Natvel pertenecía era de origen maorí; aseguraban
ser capaces de atrapar el aliento vital de las personas por medio de su tatuaje
esencial, de una forma grabada en la piel que las representaba. A Bruna le
reventaban todos esos cuentos esotéricos, sus pomposas jerigonzas y sus
remilgos: por ejemplo, el esencialista estaba totalmente en contra de los
tatuajes de láser y le horrorizaba la línea que Husky llevaba en el cuerpo.
Pero, pese a esto, Natvel le caía bien, y desde luego conocía su oficio. Quizá
pudiera decirle algo del pingajo de carne. Del atroz retal marcado con el
nombre del inspector.
Lizard desaparecido, Lizard quizá muerto. La angustia aleteaba dentro de
la jaula del pecho de la rep como un murciélago atrapado en una habitación.
Tres semanas atrás, un atardecer especialmente sereno, antes de que
comenzara la escalada de violencia de los Ins, hicieron el amor en el sofá del
policía y al terminar, de manera natural, Bruna se acomodó sobre las rodillas
de él. Había sido un cambio de posición en realidad pequeño, pero allí estaban
los dos, en la divina calma de los cuerpos saciados y agradecidos, Lizard
repantingado en el sofá y Husky, tan grande ella, sentada en el regazo del
inspector y apoyada en su carnoso pecho como una niña. Y así se sintió la
androide de pronto, se sintió la niña que nunca fue, experimentó una debilidad
y un deseo de protección que jamás se había permitido. El olor embriagante
de Paul, su carne musculosa y tibia, los fuertes brazos que la anclaban al
mundo. El sol se ponía en una esquina de la ventana y las sombras se iban
espesando en la habitación como un humo nocturno. Algo se fundió en lo más
recóndito del cerebro de Bruna, un cristal de hielo.
—Me da miedo lo que queda por venir —susurró.
El final de su corta vida, el doloroso y terrible TTT. Pero también: la
decadencia de su relación con Lizard, el desapego, la probable ruptura. Todo
se acababa, todo se perdía.
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—Ojalá me muriera ahora mismo. Aquí, entre tus brazos —añadió con
voz ronca.
Esa frase arruinó el momento, la tarde, la vida. Nada más decirlo, a Bruna
le entró el pánico. Había sido demasiado sincera, había mostrado demasiado
claramente su necesidad de él. La rep no sólo sintió cómo su cuerpo se iba
poniendo rígido, sino también cómo se envaraba el cuerpo de Paul con
simetría perfecta.
Y ahí se estropeó su relación.
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7
Bruna entró a paso de marcha en el Mercado de Salud, el centro comercial
especializado en medicinas alternativas en donde estaba la tienda del tatuador
(o de la tatuadora: la rep no había conseguido deducir su sexo) y se dirigió al
pequeño local esencialista. Empujó la puerta: estaba vacío, como siempre.
¿Cómo demonios se mantendría Natvel económicamente? La detective jamás
había coincidido allí con ningún cliente y a ella nunca le había cobrado. Este
pensamiento dejó a la rep algo turbada: ¿el negocio sería una tapadera de
algún otro interés? ¿Drogas? ¿Espionaje?
—Hola, Bruna, cuánto tiempo…
Natvel acababa de salir de la trastienda, baja y redonda, con su gran
cabeza lunar y el cuerpo informe embutido en una túnica. Su voz era
melodiosamente femenina, lo mismo que sus rasgos. Pero Bruna sabía que
dentro de dos minutos su aspecto podría ser inconfundiblemente masculino.
Natvel no era andrógino, sino polimorfo. Su sexualidad estaba en constante
cambio, en una resbaladiza alternancia de apariencias. Sí, seguro que Natvel
era un mutante, seguro que esa falta de fijación del género era un desorden
producido por los saltos de la teleportación.
—Sí, estuve muy liada. ¿Qué tal va el negocio?
—Muy bien, como siempre —respondió la tatuadora con placidez de
matrona—. ¿En qué puedo ayudarte?
Bruna activó la interfaz holográfica de su móvil y proyectó en el aire una
imagen tridimensional del fragmento de piel: en el laboratorio habían
consentido que lo filmase. Natvel le lanzó una ojeada desdeñosa.
—Hay maneras menos bárbaras de borrarse un tatuaje. ¿Cuánto mide?
—Está a tamaño real. Sólo sabemos que es de una mujer de quizá
cuarenta años, que le han cortado la carne estando consciente y que la
despellejaron hace tres días. Cualquier cosa que me puedas decir, por mínima
que sea, me vendrá muy bien.
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—Mmmmmm… aumenta la imagen todo lo que puedas sin perder nitidez,
por favor.
Bruna agrandó tres veces la holografía. Natvel fue a la trastienda y volvió
con un pequeño tubo metálico negro que adaptó a su ojo.
—Es una antigua lupa de relojero… La compré en un anticuario… Mejor
que los visores electrónicos modernos… —murmuró mientras se acercaba al
holograma.
Ahora el esencialista tenía un aspecto totalmente viril. Incluso los nudillos
de sus manos rechonchas parecían haberse agrandado. Estudió la imagen con
atención durante algunos minutos.
—Bueno… Desde luego es una porquería de tatuaje. Realizado con láser,
por supuesto. Los contornos no son limpios y el relleno de tinta tiene
pequeños fallos, lo que indica que la máquina es de mala calidad o que el
tatuador es pésimo o ambas cosas. Yo diría que está dibujado muy deprisa;
probablemente no sea de un estudio profesional, sino de uno de esos
tenderetes de tatuajes rápidos que hay en los centros comerciales o en los
multiocios. Y lo más importante: aunque en apariencia el láser cicatriza
instantáneamente, queda una microhuella en la piel, un pequeño hundimiento
de la dermis que no se normaliza hasta pasadas un par de semanas. Yo diría
que el tatuaje se hizo como mucho diez días antes de que lo arrancaran.
Levantó la cabeza, se quitó la lupa y sonrió.
—Déjame una copia del holograma. Si quieres, pregunto. Tengo
contactos. Si se lo tatuaron en Madrid, podemos encontrarlo: si lo han hecho
en los últimos diez días, se acordarán. Pero, claro, puede venir de cualquier
lado.
—¿Las tintas y las técnicas son iguales en todas partes?
—Oh, sí. Este tipo de trabajo tan convencional y básico sí. Ya sabes, los
efectos de la globalización… Menos en las Tierras Flotantes, claro… Ni los
tatuajes de poder labáricos ni los punteados de los cósmicos son así.
No, claro, rumió Bruna. Menos en las plataformas artificiales que
orbitaban el planeta. El Reino de Labari y la República Democrática del
Cosmos, dos mundos terribles, tiránicos, fanáticos. Dos enemigos de los EUT
que acechaban a la Tierra desde el cielo.
Los policías le dijeron que habían peinado todos los hospitales y los
centros asistenciales buscando a alguien con una herida compatible con la
mutilación del rectángulo de piel y no habían encontrado nada, así que Bruna
se sintió liberada de hacer esas pesquisas. En cambio dedicó el resto de la
tarde a rastrear a los padres de Lizard. Desenredar las huellas documentales,
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brujuleando por soportes colaterales como las noticias, las pantallas públicas,
las redes sociales o las fotos del colegio, y entrar legal o ilegalmente en los
archivos burocráticos oficiales, era un trabajo que a la rep se le daba bastante
bien, aunque le resultaba tedioso. Sin embargo, en esta ocasión fue una labor
fascinante, porque para encontrar a los padres tuvo que remontarse por la vida
de Paul. Y así, descubrió que, tras la muerte de la androide que lo cuidó, el
adolescente fue a parar a un orfanato. Que un año más tarde, a los dieciséis,
consiguió una beca para ingresar, también interno, en la Academia Armada
Politécnica, la más prestigiosa escuela para aquellos que querían hacer carrera
en el ejército o en los cuerpos de seguridad (quizá optara por la Academia
para escapar del orfanato, pensó Bruna); y que a los dieciocho, cuando llegó a
la mayoría de edad, se cambió legalmente el nombre. Lizard era el apellido de
la tecnohumana que lo crió. Antes el inspector se llamaba Paul Aznárez.
Indagó y cribó en los Aznárez de la época y pronto dio con lo que estaba
buscando. Un matrimonio apellidado así había sido detenido tras cometer
decenas de delitos. Haciéndose pasar por asistentes sociales, funcionarios del
ayuntamiento o cualquier otra excusa, entraban en las casas de los ancianos
solos y les robaban, o bien en una distracción de la víctima, o bien, si se veían
obligados, utilizando la fuerza. Un hombre centenario murió de un ataque
cardiaco y otros dos sufrieron diversas heridas. La rep consiguió entrar en las
actas del juicio y así supo que los padres eran unos mierdas que, mientras
trabajaban, dejaban al niño encerrado en el cuarto de algún mísero hotel de
carretera y pagaban a la persona de recepción para que no entrara nadie en la
habitación mientras ellos no estaban. Cuando fueron detenidos no hablaron de
su hijo hasta el cuarto día, porque no querían que la policía descubriera las
pruebas condenatorias que guardaban en el hotel: documentación falsa, el
botín de otros robos. Encontraron a Paul, a ese niño de ocho años aún
apellidado Aznárez, encerrado y muerto de miedo, tras haberse pasado más de
tres días sin comer y sin atreverse a llamar a nadie, cosa que tenía prohibida.
Fueron condenados a veinte años de cárcel por fraude, robo, asalto con
lesiones y homicidio con agravante, así como por dejación de responsabilidad
paterna y maltrato infantil. Al parecer, la tecno Lizard no era una vecina,
como Paul decía, sino una rep de cálculo que trabajaba como secretaria del
juzgado y que consiguió la tutela del niño.
A continuación, Bruna había entrado en la página de la prisión de Soto del
Real, en donde cumplieron condena los Aznárez, y, utilizando su licencia de
detective, había hecho una petición formal sobre el historial de esos reclusos.
En dos horas le contestaron que el hombre había cumplido diecisiete años de
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cárcel y había sido puesto en libertad en mayo de 2093 por buen
comportamiento. En Soto del Real ignoraban su paradero actual y aunque lo
conocieran no estarían autorizados a comunicarlo. En cuanto a la mujer, había
fallecido en el hospital de la prisión el 27 de octubre de 2088 a consecuencia
de un ictus.
No se podía decir que Bruna tuviera muchas esperanzas puestas en la pista
de la madre, pero en cualquier caso esto cerraba esa vía por completo. Aun
así, movida por otro tipo de curiosidad, volvió a entrar en el archivo de Soto
del Real y, utilizando el número de registro que le habían proporcionado en la
respuesta y un programa por supuesto ilegal de infiltración, pudo acceder
directamente a la documentación de Óscar Aznárez. No había nada
interesante; incidencias registradas durante la vida del recluso, pormenores
médicos. Pero había una foto y una dirección electrónica. La detective probó
la dirección y en tres o cuatro pasos llegó a una página de la ubicua red social
Mund-o. Ahí estaba Óscar Aznárez en la actualidad. Unos setenta años, muy
parecido a Lizard, sólo que con ese gesto un poco rígido y forzado de los
estiramientos faciales baratos. Vivía en Sevilla. Un lugar bastante económico,
por lo tórrido. No debía de andar muy bien de dinero.
Salió de Mund-o sintiéndose un poco culpable, un poco sucia. Si era
cierto lo que Lizard le había dicho, ahora ella sabía más que él sobre sus
padres. Sabía cosas que el inspector no había querido conocer. Se levantó,
desasosegada, y se sirvió una generosa copa de vino blanco. Luego lo pensó
mejor y devolvió la mitad del vino a la botella: tenía que mantener la cabeza
clara, tenía que encontrar el rastro de Lizard.
—Casa, enciende luces.
Ya había atardecido. Desde el jueves por la mañana hasta ahora, sábado
por la noche, habían transcurrido cerca de sesenta horas. Según las
estadísticas, si no se encontraba a un desaparecido antes de las setenta y dos
horas, el índice de supervivencia se desplomaba. ¿Habría conseguido la
policía alguna noticia? Les había pedido que la avisaran, les había ofrecido
trabajar juntos y, aunque no habían dicho que no, tampoco parecían muy
abiertos a colaborar ni a compartir información. Impaciente, llamó a la
Brigada. En pantalla apareció la rep de combate que había venido a su casa.
La inspectora Kai. Subjefa del grupo antiterrorista que dirigía Lizard. Una
tecnohumana especialmente atractiva, de nariz fina y sensible, cuello de cisne,
pómulos eslavos. Rostro de delicada bailarina y musculoso cuerpo de pantera.
¿Y por qué Lizard no le había hablado nunca de ella? ¿Por qué no le había
dicho que su segunda en el mando era una rep? Una extraña inquietud empezó
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a apelotonarse en su estómago, como las bolas de pelo que se tragaban los
gatos y que podían llegar a ser mortales.
—Hola. ¿Hay alguna novedad? ¿Se sabe algo de Lizard?
La inspectora negó con la cabeza, sombría.
—¿Y tú? ¿Has recordado o descubierto algo? —preguntó.
—Tampoco —dijo Bruna.
Y era técnicamente cierto.
—¿De verdad no tenéis ninguna idea de lo que Lizard se traía entre
manos, de a dónde iba cuando salió de ahí? —se exasperó Bruna.
—No sabemos. Suponemos que era algo relacionado con el atentado del
EJI, por supuesto, pero estamos totalmente a oscuras. Los Ins que teníamos
bajo vigilancia se han esfumado sin dejar rastro.
—¿Y no me puedes dar la lista de esos Ins que habéis perdido? —insistió
la detective sin poder evitar cierto sarcasmo.
—Por supuesto que no. Estamos hablando de terrorismo. Es una
información confidencial.
—¡Por el gran Morlay! Es una estupidez. Eso es lo que es. Yo podría
ayudar —se desesperó Bruna.
—Pues así son las cosas —dijo la rep. Luego añadió con cierta simpatía
—: Lo siento.
Y cortó.
Ya sé lo que es, se dijo Husky mientras contemplaba sin ver el anuncio
automático que había ocupado la pantalla, unos pequeños robots comestibles
que cantaban y daban saltitos por la mesa hasta conseguir que los niños
reacios al desayuno se los zamparan. Sí, la rep ya sabía lo que era esa madeja
de angustia que le estragaba el estómago: una bola de celos.
En ese momento comenzaron a sonar las alarmas de alerta climática; el
ordenador se sintonizó solo en el canal de emergencia y apareció el
meteorólogo habitual. Su nombre era Paco Lapesa, pero todo el mundo le
llamaba Apocalipsis porque siempre anunciaba catástrofes.
—Previsión de tornados múltiples acompañados de tormenta ciclónica en
la comunidad de Madrid en las próximas ocho horas. Fiabilidad de la
predicción, 99,3 %. Éste es un mapa tridimensional de las posibles
trayectorias. Como siempre, amigos, mantened la calma y, en caso de duda,
ya sabéis, acudid al meteorrefugio más cercano.
El calentamiento global había provocado un caos meteorológico. Además
de la subida del nivel del mar y del asfixiante aumento de la temperatura,
feroces sequías se alternaban con diluvios bíblicos e inundaciones, con
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huracanes, tornados y granizadas que abrían brechas en las cabezas más
duras. Por no hablar de las crisis polares, súbitas inversiones climáticas que
desplomaban los termómetros a –15º o –20º durante varios días. Bruna
estudió el mapa ciclónico; por el momento, su casa no estaba en la trayectoria,
y la de Yiannis, que vivía a dos minutos, tampoco. También se salvaba la de
Lizard.
Paul, Paul, dónde estás, qué te ha sucedido. Un golpe de pena le cortó el
aliento.
Se levantó, angustiada, y se sirvió una nueva copa de vino, esta vez bien
colmada. Debía comer algo o se emborracharía. Agarró de la cocina unas
barritas de proteína prensada con sabor a pollo. Estaban hechas con medusa,
por supuesto, como casi todos los alimentos industriales, que aprovechaban la
plaga de cnidarias que había arrasado los océanos, pero tenían un razonable
gusto a pollo. Aunque de pronto Bruna cayó en la cuenta de que ella no había
probado jamás un verdadero pollo, o sea que, ¿cómo demonios podía juzgar?
Las estaba comparando con el gusto medio de los productos de pollo
sucedáneo, pero bien podría saber a dinosaurio.
Se volvió a dejar caer ante la pantalla royendo una barrita y pasó un buen
rato navegando para recopilar los datos de todos los Ins muertos en la región
española desde que comenzaron a inmolarse unos cinco años atrás. Encontró
67, algo más de una docena por año; 41 hombres, 26 mujeres. En la totalidad
de los Estados Unidos de la Tierra, en el mismo tiempo, 2.038. Todos
humanos, por supuesto. Como le había dicho meses atrás Carnal, una
inquietante rep de cálculo, era posible que los androides tuvieran implantado
un chip que les impedía suicidarse, un seguro de los fabricantes para no
perder sus caros productos. Se trataba de una idea insoportable, venenosa: si
era cierta, pensó Bruna, demostraría la completa falta de respeto, la
manipulación a la que los sometían los humanos, al robarles la mayor libertad
a la que podía aspirar un ser vivo, que era la de gobernar su propia muerte.
Tres años, tres meses y catorce días.
Sintió náuseas.
Se tragó de golpe el resto de la copa. El vino ardió en su estómago y
apaciguó poco a poco su malestar. Tres años. Tres meses. Y catorce días.
Como, en efecto, se trataba de información terrorista clasificada, las
herramientas ilegales que poseía Bruna para reventar los cifrados sencillos no
le servían, y no había suficientes datos en la documentación disponible,
aquella que había salido en los medios de comunicación, para saber a ciencia
cierta el origen de todos los suicidas, su clase social, su educación o sus
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circunstancias personales. Sin embargo, Husky advirtió muy pronto un hecho
notable: los terroristas siempre habían sido jóvenes; todos ellos, salvo dos,
estaban por debajo de los veinticinco años. Pero la edad había ido bajando
progresivamente, y en los últimos meses eran jovencísimos: dieciocho,
diecisiete. Menores.
Súbitamente el viejo archivero se materializó a su lado. Bruna dio un
respingo:
—¡Por todas las malditas especies, Yiannis, podrías llamar como todo el
mundo!
El archivero era la única persona que tenía autorización para realizar
holollamadas, un permiso doméstico del que a todas luces abusaba. Husky
había amenazado muchas veces con revocarle la autorización, pero la
posibilidad le ponía a Yiannis tan contrito que nunca tuvo el valor de hacerlo.
Ahora el hombre, o su holografía, flotaba en el aire junto a ella. Parecía muy
excitado.
—¡Pon el informativo!
—Pantalla, noticias —ordenó la detective.
Inmediatamente apareció la imagen de Enrique Ovejero, con su pelo rubio
implantado y su sonrisa de silicona, todo tan falso como él mismo. Era un
presentador deshonesto y sensacionalista al que Bruna detestaba. Yiannis
estaba viendo el mismo programa, sentado en el aire junto a la detective, con
la mirada fija en el rincón en donde debía de estar la pantalla en su casa.
—¿Y cómo van a responder los EUT a este desafío? Porque es un acto
claramente hostil, casi podríamos tomarlo por una declaración de guerra…
—Ciertamente, Ovejero, tienes toda la razón, varias guerras del siglo
XX
y
del
XXI
empezaron por cosas semejantes e incluso me atrevería a decir que
menores, éste es un acto flagrante de invasión de nuestro territorio. Porque,
aunque Ceres esté en el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter, pertenece
a los Estados Unidos de la Tierra.
Quien hablaba, según decía un cartel, era el general retirado Tomás Lino.
Bruna no le conocía. Seguramente sería tan derechista, belicista y especista
como Ovejero.
—Y además ese planeta enano es muy importante, ¿no es así, mi general?
Dispone de agua tanto congelada como líquida, y de los hidrocarburos
esenciales para la creación de vida…
—Por supuesto, y su distancia del Sol hace que sea el candidato más
idóneo, quizá el único de nuestro sistema, para ser colonizado, sobre todo
después de los problemas insalvables encontrados en Marte. Y no nos
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engañemos, la Humanidad va a necesitar irse a otro planeta en un futuro muy
próximo. Ya sé que es un tema políticamente incorrecto, pero es así. El
calentamiento global sigue su curso, nos estamos quedando literalmente sin
agua y dentro de muy poco esta vieja Tierra será inhabitable para nosotros.
Nadie lo quiere decir a las claras, pero es así.
—Desde luego, mi general, a ti no te pueden acusar de tener pelos en la
lengua…
—Me acusan de otras cosas, ya lo sabes. De catastrofismo, de
extremismo, de agitador social…
—Hombre, un poco catastrófico sí que suenas, pero, claro, es que lo que
dices parece muy posible, y desde aquí invito al Gobierno, tanto al regional
como al global, para que vengan a explicarnos si eso no es así. Pero dime,
Lino: ¿y por qué Cosmos ha decidido tomar Ceres ahora? Ellos ya tienen su
plataforma artificial…
—Pero no caben, Ovejero. No disponemos de datos fiables de Cosmos, es
un sistema muy cerrado, pero sin duda padecen una superpoblación feroz.
Además, no te quepa duda de que quieren conquistar la Tierra. Esos
comunistas siempre quisieron acabar con el mundo libre.
—Y entonces, mi general, ¿tú qué crees que va a hacer la presidenta
Guang?
—Yo sé lo que debería hacer: contestar con la fuerza a este acto de fuerza.
Mandar al ejército inmediatamente, desde luego. ¡Nosotros somos la Tierra,
maldita sea, nada más y nada menos que la Tierra! ¡Un respeto! Pero no creo
que haga nada de esto. Es el gobierno global más débil y pasivo que jamás
hemos tenido. ¡Pero si la presidenta ni siquiera ha comentado todavía la
invasión del planeta!
—De hecho, lo que resulta increíble es que no hubiera nadie en Ceres, que
los EUT no tuvieran allí una base del ejército para defender la soberanía del
lugar.
—Bueno, ya sabes, Ovejero, la cantinela de siempre, que si la crisis
económica, que si los recortes… ¡A esto llevan los recortes en Defensa,
señora Guang! ¡A esto llevan! —clamó Lino señalando a cámara con un
índice acusador.
—A que un puñado de soldados de la República de Cosmos se teleporten
al planeta Ceres, aprovechando además la ofensiva de los Ins… ¿Estará
relacionada una cosa con la otra? Comparten la misma ideología…
—Sólo te voy a decir algo, Ovejero: Cosmos sostiene económica y
estratégicamente al EJI, de eso estoy seguro.
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—Pues hasta aquí nuestro programa especial sobre la crisis de Ceres.
Muchas gracias, mi general, por tus siempre interesantes y valientes palabras.
Y ya sabéis, reitero mi invitación para que un portavoz del Gobierno regional
o global, o mejor de ambos, por qué no, acuda a este programa a explicarnos
algunas de las muchas y legítimas dudas y preocupaciones que todos tenemos.
El guante queda lanzado.
—Lo que faltaba —masculló Bruna.
No sabía cómo podría afectar esta nueva información a la situación de
Lizard, pero la rep se sentía como si la estuvieran enterrando viva. Las piedras
se iban acumulando sobre ella.
—¿Tú crees lo que dice ese tipo, que Cosmos está detrás de los
terroristas? —preguntó Yiannis.
—No sé. Cada vez entiendo menos este mundo —dijo lúgubremente la
androide.
Los ventanales del apartamento crujieron de repente y un súbito fragor
sobresaltó a la detective: una lluvia torrencial redoblaba en los cristales.
—La maldita tormenta ciclónica… —murmuró, y le echó un vistazo al
mapa de los tornados: seguían sin estar cerca.
Suspiró un poco inquieta, mientras el viento racheado pateaba con furia
las ventanas. No se lo había confesado nunca a nadie, pero el descomunal
poder de la Naturaleza la amedrentaba. Su edificio de apartamentos era de los
nuevos, construido después de la Unificación, supuestamente ignífugo,
antisísmico, antitornados y antihuracanes, pero aun así no se sentía del todo
segura. Claro que, ¿quién podía sentirse seguro en este mundo tan lleno de
odio y de muerte? Tres años, tres meses y catorce días. No, trece días. Eran
las doce y cinco de la noche.
—Pues a mí me parece que podría ser. Acuérdate de que Cosmos estaba
detrás de la conspiración especista… —estaba diciendo el archivero.
—Son niños, Yiannis —dijo Bruna.
—¿Quiénes?
—Los Ins.
—Sí, tienes razón. Creo recordar que siempre han sido muy jóvenes.
—En la región española, todos, menos dos, menores de veinticinco años.
Pero es que en los últimos meses ha bajado la edad. Ahora tienen dieciocho,
diecisiete.
—Mmmmmm… No me extraña. Ya sabes que la madurez cerebral no se
alcanza hasta los veinticinco años.
—No. No lo sabía —gruñó la tecno.
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¿Por qué mierdas iba a saberlo? Eran zonas de la vida ajenas a ella.
—Pues sí. El cerebro no concluye su proceso de mielinización hasta esa
edad y eso hace que no funcione correctamente.
Entonces, ¿era por eso por lo que los tecnohumanos se activaban a los
veinticinco años? Todo parecía estar pensado hasta el más mínimo detalle
para potenciar el rendimiento del producto, se dijo la detective con amargura.
—Y si a la inmadurez fisiológica añades la carencia de valores, la falta de
esperanza, el desarraigo social y familiar, pues ya tienes la cosecha perfecta
de mentecatos a los que lavar la cabeza fácilmente —peroró Yiannis con aire
profesoral.
Oh, sí sí. El famoso y tedioso tema de la crisis de valores, al que el viejo
archivero era tan aficionado. Por alguna razón que a Bruna se le escapaba, a
Yiannis le escandalizaba especialmente que los adolescentes fueran tan
ingobernables y tan salvajes que existiera un toque de queda para ellos.
Ningún menor de dieciocho años podía estar en la calle desde las diez de la
noche hasta las seis de la mañana, salvo que estuviera acompañado por una
persona mayor de treinta años. Y pese a ello había manadas de vándalos
catorceañeros por todas partes, asaltando viandantes para adquirir droga o
pegando a sus padres para lograr salir. Claro que también ellos solían ser
zurrados a menudo; se había creado una Secretaría de Estado de Protección al
Menor, por la alta incidencia de maltrato infantil. No se podía decir que la
relación entre los adultos y los niños fuera fácil. Pero todo eso a Bruna le
parecía normal. Los adolescentes solían ser unas fieras. No había más que ver
a Gabi.
Se despidió de Yiannis y se levantó a servirse otra copa. Las rachas de
lluvia parecían arrojar guijarros contra las ventanas. Desasosegada, la rep se
acercó al tablero en donde tenía su puzle a medio montar. Siempre hacía
rompecabezas ciegos, sin imagen previa, con centenares de piezas. Los más
difíciles. Casi imposibles de resolver, salvo para individuos con el sentido
espacial reforzado, como ella, dado que los reps de combate tenían que saber
levantar mapas tridimensionales en la cabeza. Este rompecabezas iba bastante
avanzado, apenas faltaba por rellenar una cuarta parte del tablero, y la rep ya
sabía que se trataba de una foto del espacio. Había bastantes zonas oscuras
intercaladas con los estallidos de luz y las hebras incandescentes de las
estrellas y las nebulosas. Claro que en el agujero aún por cubrir tal vez
hubiera algún objeto, por ejemplo, una astronave, recortado contra el fondo
intergaláctico. La rep contempló el puzle con ojos entornados. Había una
pieza negra ya colocada que tenía una forma peculiar y además estaba
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atravesada por una fina línea luminosa. Buscó entre los recortes troquelados
esa misma forma, la continuación de esa misma línea. El segundo fragmento
que probó encajó a la perfección. Había atinado.
Tuvo una idea.
Regresó a la pantalla y entró en la página policial de avisos de personas
desaparecidas. Si las fuerzas de seguridad habían perdido el rastro de los Ins
que vigilaban, eso quería decir que los terroristas habían desaparecido de sus
hogares, de su entorno. Alguien los estaría buscando. Alguien podría haber
denunciado su ausencia. Sobre todo si se trataba de menores. Era probable
que esos padres no supieran en qué andaba metido su hijo.
Husky se topó con miles de avisos, pero restringió la búsqueda a menores
de dieciocho años desaparecidos en el último mes. En la región española
había 240. Resopló con desaliento y afinó la búsqueda a los últimos ocho
días, justamente desde la víspera del atentado de Madrid: si se hubieran
esfumado antes, habrían alarmado a la policía. Ahora se habían reducido a 71.
La mayoría no debían de ser Ins: en la región hispana desaparecían en total,
contando también a los adultos, una media de 24 personas al día, 720 al mes.
Miró las cifras de los menores perdidos el día anterior a la masacre: 17. El
doble que los demás días del mes. Restringió la búsqueda a la comunidad de
Madrid: seis varones y dos hembras entre los tres y los diecisiete años. Se
quedó sólo con los de diecisiete: eran cuatro, todos chicos. Parecían tan
jóvenes y tan inocentes en sus fotos tridimensionales. Contempló sus rasgos
con detenimiento y estudió sus fichas: estaba segura de que por lo menos
alguno de ellos era un Ins. Pero ¿cómo saberlo, cómo localizarlos? ¿Y qué
podrían tener que ver con el pingajo de carne tatuada? ¿O quizá se tratara de
dos cosas sin relación? No, no podía ser. Bruna no creía en las coincidencias.
Copió las fotos de los adolescentes y las pasó por su analizador de
imágenes. Fue estudiando milímetro a milímetro sus rostros: una cirugía
estética de nariz, un peeling de acné… Y uno de ellos, con unas enormes y
despegadas orejas aún sin operar, lo que indicaba que debía de ser muy pobre.
Pero un momento. Un momento. El del peeling llevaba en el cuello el
sello de un garito. Uno de esos tampones de pintura fluorescente que ponían a
modo de entrada en los locales de moda. Hizo que el analizador copiara y
completara el sello y que después buscara en línea una imagen semejante. En
dos minutos tenía la respuesta: Crate. Además de ser la forma en que se
llamaban los adolescentes de modo amistoso —una crate, un crate—,
también era una discoteca para menores en la calle del Conde de Peñalver.
Bruna miró la hora: las dos y cuarto de la madrugada. Una vez había ido a un
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garito semejante buscando a la hija de un cliente y sabía que por las noches
estaban abarrotados de chicos que pasaban allí dentro el toque de queda. Miró
el mapa de la emergencia climática y vio que Crate no se encontraba en la
línea de peligro. Suspiró: se sentía agotada, pero no tenía tiempo que perder.
Estudió la ruta más segura para llegar allí, se echó por encima una capa
impermeable y salió de casa.
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No se veía ni un coche, los trams nocturnos no circulaban a causa de la
emergencia climática y el metro estaba cerrado en previsión de inundaciones.
Las cintas rodantes sí seguían funcionando, vacías y bamboleadas por el
viento, llenando la noche de chirridos mecánicos, como grandes grillos en la
tempestad. Había muy poca gente, toda presurosa y encogida sobre sí misma,
braceando contra la tormenta; al pasar junto a ella, siempre a prudente
distancia, la atisbaban con tanto disimulo como temor. La rep echó a trotar;
finas agujas de fría lluvia le pinchaban la cara. Un coche de los PAC, la
Policía Autónoma Contratada, se emparejó con Bruna y, bajando las
ventanillas, la miraron con gesto retador. La androide se detuvo y se volvió
hacia ellos. Eran dos humanas y un humano, tan jóvenes como solían ser los
PAC, un servicio de seguridad privado mediocre y barato que pagaba el
Gobierno Regional. La detective inspiró hondo y se estiró, consciente de su
altura, casi un metro noventa, y de la fuerza que irradiaba su cuerpo atlético y
ágil (se había comprobado que una estructura ligera de músculos largos era
más eficaz para el combate que un corpachón macizo). La capucha de la capa
se le había caído al correr y ahora la lluvia resbalaba por su cabeza redonda y
rasurada. La luz de las farolas brillaba en sus ojos de pupila vertical y
permitía ver la sombría línea de su tatuaje, una raya negra que cruzaba su
cráneo pelado para bajar luego por la frente, atravesar los párpados del ojo
izquierdo, descender por la mejilla y el cuello y perderse debajo de la ropa.
En realidad la línea seguía por el pequeño seno izquierdo de Bruna, las
costillas y el vientre, bajaba por la pierna, daba la vuelta al pie y volvía a
ascender pierna arriba, nalga, espalda y cogote, hasta alcanzar el cráneo
nuevamente. Era un tatuaje que parecía un tajo, que seccionaba un tercio del
cuerpo de la androide. «Esa línea te está partiendo», le había dicho la
esencialista Natvel con desagrado cuando se conocieron. Pero a Bruna le
gustaba. Se lo había hecho en el planeta minero Potosí, durante los años de
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milicia. Casi todos los androides de combate estaban tatuados. Y esa raya
oscura, Husky lo sabía, aumentaba el miedo que los humanos le tenían. Eso
también le gustaba: puesto que no la amaban, le parecía justo que la temieran.
Así que Bruna se estiró y miró a los PAC con ojos fieros, disfrutando de
la impresión que provocaba: los reps de combate iban envueltos en un aura de
energía animal y de peligro. Los PAC intentaron sostenerle el reto y la
mirada, intentaron seguir haciéndose los gallitos, pero Husky les vio perder
convicción por momentos. Ya no les divertía su bravata.
—Ten cuidado, chica grande —gruñó una de las humanas—. La noche
está difícil.
—Lo sé. Lo tengo.
Cerraron las ventanillas y salieron zumbando. Bruna reanudó su trote
regular en dirección a Conde de Peñalver, aunque de cuando en cuando las
bruscas ráfagas de viento la hacían tambalearse un poco. Todas las pantallas
públicas estaban conectadas a la emergencia: era un alivio no tener que
soportar la habitual avalancha de necedades que emitían. Ahora, en cambio,
las pantallas no sólo mostraban los planos tridimensionales de la crisis
climática, sino que iban marcando, con un código de colores rojo y verde, qué
direcciones eran seguras o inseguras de tomar. La rep se dejó guiar por esas
boyas luminosas urbanas, que la obligaron a dar un par de rodeos en su ruta
hacia Crate. En un determinado momento vio a su izquierda el camino de
destrucción que había dejado un tornado. Las potentes luces de los equipos de
salvamento iluminaban fantasmagóricamente una línea de edificios en pie con
los cristales rotos, seguramente construcciones modernas resistentes,
entreverados con agujeros de ruinas y detritus, casas antiguas arrasadas hasta
los cimientos. Parecía la boca desdentada de un viejo de la Zona Cero. Un
poco más adelante, también a la izquierda, pudo ver a lo lejos un tornado,
quizá el culpable de los anteriores destrozos, un sobrecogedor gigante que
hundía su cabeza en el oscuro cielo, un enfurecido, imparable monstruo
huracanado. Las pantallas que apuntaban en esa dirección lanzaban cegadores
destellos rojos y emitían la señal de alarma, cada vez más audible a medida
que te acercabas al peligro.
¿Habría muerto alguien? Seguro que por lo menos habría heridos, pensó
Bruna. Por no hablar de las pérdidas materiales: tanta gente sin techo, sobre
todo los más pobres, que eran los que ocupaban la mayoría de los edificios
viejos. Y, sin embargo, la vida seguía. Qué extraordinarios eran todos los
seres sintientes, es decir, los humanos, tecnos, alienígenas, primates y
cetáceos, todas esas criaturas con suficiente inteligencia como para tener
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noción de los peligros y de su propio fin. Llevaban décadas viviendo en el
borde mismo de la catástrofe; la Tierra había atravesado colosales hambrunas
y matanzas que redujeron la población a cuatro mil millones; seguían
atrapados en el progresivo deterioro del calentamiento global; un ejército de
locos terroristas se dedicaba a inmolarse y a reventar inocentes; la República
de Cosmos había invadido Ceres y podría desatarse una guerra mundial; las
anomalías meteorológicas acumulaban catástrofe tras catástrofe… Pero Bruna
estaba segura de que Crate estaría a reventar de jóvenes que sólo querían
divertirse. Chicos y chicas bailando, bebiendo, riendo, follando en los retretes.
«Hubo un barco muy famoso a principios del siglo
XX
, el más grande del
mundo en ese momento, lo llamaron Titanic, así de pretenciosos eran, y en el
primer viaje inaugural chocó contra un iceberg y se hundió en menos de tres
horas», le había contado Yiannis. «Murieron más de mil quinientas personas,
pero lo que te quería contar es que la orquesta estuvo tocando hasta el final.
Con sus pajaritas puestas. Así somos los humanos: nos dedicamos a tocar y a
bailar aunque nos encontremos a las puertas del Apocalipsis. No sé bien si es
heroico o estúpido».
Las botas de Bruna golpeaban rítmicamente contra la acera. La rep notó
las losetas de policemento bajo las suelas, y más abajo le pareció percibir la
cama de guijarros, y más abajo aún, arena, piedras, roca, la masa candente de
la Tierra, el planeta entero girando lentamente bajo sus pies, una bola
habitada por un hervor de miles de millones de sintientes, todos empeñados
en seguir sintiendo. La vida se aferraba a la vida, la vida se adaptaba a todo
con tal de perpetuarse. Lo había visto Bruna una y otra vez durante la milicia:
regresaban a los barracones después de luchar, de matar y morir, y se ponían a
jugar al yong, ese tonto entretenimiento casi infantil, con alegre ligereza, sin
pensar que quizá en unas pocas horas tendrían que regresar al infierno. Los
sintientes se olvidaban de la muerte y del dolor para poder vivir. Menos ella.
Bruna no podía. Tres años, tres meses y trece días.
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9
Crate estaba en lo que parecía ser una moderna torre de oficinas. A su
lado había una discoteca para adultos bastante conocida, Quantum, grande y
ostentosa, profusamente iluminada con cañones de luz, que ocupaba la casi
totalidad de la planta baja. La entrada a Crate era estrecha y modesta y había
que descender unos escalones. Tenía un aire un poco clandestino y desde
luego mísero. Bruna empujó la puerta: en el pequeño vestíbulo, un rep de
combate vigilaba el acceso con los brazos cruzados sobre el pecho y una
amenazadora porra eléctrica colgada del cinto.
—¿A dónde vas? —le dijo, helador—. Es un local de menores. Adultos
prohibidos.
¿Tendría autorización para llevar esa arma? Ya había habido algún muerto
a consecuencia de las descargas.
—Soy detective —contestó Husky, enseñando su licencia—. Estoy
buscando a unos adolescentes desaparecidos. Uno de ellos venía por aquí, hay
una imagen en la que lleva vuestro sello de entrada. Sólo quería darme una
vuelta y hablar un poco con los habituales, a ver si le conocen y saben algo…
—Sí… el chico ese. La policía también preguntó por él hace unos días.
No sabemos nada.
¿La policía? Por todas las malditas especies: Bruna creía estar avanzando
por terreno virgen y los investigadores ya habían estado ahí, al parecer sin
ningún resultado. Aunque, por otra parte, eso demostraba que, en efecto, el
chico del peeling debía de ser uno de los terroristas sospechosos
desaparecidos. Husky se irritó: habría podido ahorrar bastante tiempo si le
hubieran dado la lista.
—¿Es éste? —dijo Bruna, mostrando la holofoto del menor en su móvil.
—Ese mismo. A mí no me suena. A nadie del personal nos suena.
—Bueno… Aun así, me gustaría pasar y hablar con los otros chicos. Seré
discreta.
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—¿Discreta tú? —rió sardónicamente el portero—. ¿Una rep de combate
pelada y tatuada? Ja. Además, dame una razón por la que deba dejarte pasar.
Husky suspiró, hurgó en su mochila y sacó un billete de cincuenta gaias.
—Vale. Es una buena razón —dijo el rep—. Pasa y no la líes.
Del pequeño vestíbulo salía otro tramo de escaleras: el local era
subterráneo. Por lo menos estarían a salvo de los tornados. Cuando llegó
abajo le sorprendió lo grande que era. Tenía dos barras, dos zonas de baile
equipadas con Soundtarget, la tecnología que minimizaba el sonido cuando te
alejabas de la pista, y falsos tragaluces en el techo que dejaban ver un
brillante cielo azul por el que se desplazaban perezosas nubes. Había
muchísima gente, pero era un sitio tan enorme que no se veía abarrotado.
Algunos chicos estaban echados en los sofás, en apariencia dormidos; quizá
los atrapó el toque de queda sin darse cuenta, o tal vez unos hermanos
mayores más noctámbulos los habían arrastrado hasta allí. Cruzó el local en
dirección a la barra más cercana; la mitad de los adolescentes daban grititos
de sorpresa, o de excitación, o de tonta fanfarronería, al ver pasar junto a ellos
a una androide de combate que les sacaba a todos dos cabezas; la otra mitad
no parecían ni verla, así de colgados estaban. Los locales de menores tenían
prohibido vender alcohol, pero había bastantes chicos que apestaban a trago
barato y muchos más que sin duda se habían metido algo sintético, caramelos
seguro, a juzgar por el desaforado refrote de los cuerpos de unas cuantas
parejas (la mezcla de la oxitocina del caramelo con las feromonas de la
adolescencia era fulminante), pero quizá también hielo o fresa, drogas
mayores y jodidas.
Se acercó al tipo que atendía la atestada barra. Humano, unos treinta años,
con el pelo recortado en una cresta e implantes capilares que la prolongaban a
lo largo del cuello como si se tratara de la crin de un caballo, una tradición de
los alienígenas balabíes que se había puesto de moda. Estaba llenando media
docena de vasos altos con un líquido ambarino y vagamente luminoso y miró
a la androide de reojo, se diría que no muy contento de su presencia.
—Hola, me llamo Bruna Husky, soy detective. Estoy buscando a un
menor desaparecido…
El humano apretó los labios sin dejar de trabajar. Ahora adornaba las
copas con gajos de frutas. Sus movimientos eran rápidos y exactos.
—Es éste. ¿Te suena de algo?
El barman echó un brevísimo vistazo al móvil de Husky.
—No.
—Casi no has mirado.
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—Me lo sé de memoria. Ya me lo enseñó la policía. No lo he visto en mi
vida.
—¿Y alguno de éstos? —insistió la rep, mostrándole las fotos de los otros
tres muchachos.
El tipo volvió a lanzar una breve ojeada.
—Que no. Ninguno —repitió, sacudiendo vigorosamente la crin en una
vehemente negación.
—Vale. Sólo una cosa más: de estos chicos que hay por aquí hoy, ¿hay
alguno que sea habitual?
El barman sirvió las seis copas luminosas, cobró y se puso con otra
comanda.
—Ni idea —gruñó, atareado, sin alzar la cabeza.
—No es que seas muy colaborador…
El hombre se detuvo y la miró de frente por primera vez:
—¡Y yo qué sé, tía! ¡Vienen miles cada semana! ¡Me paso doce horas al
día detrás de esta barra y lo único que veo son los malditos vasos! —gritó,
exasperado.
Y luego siguió a lo suyo con el ceño fruncido, rezongando para sí:
«Colaborador… colaborador…».
Para su sorpresa, a Bruna no le irritó el exabrupto del hombre-caballo. En
realidad, casi le cayó simpático. Una blandura de carácter que demostraba lo
mal que estaba, se dijo la rep con ánimo sombrío. La desaparición de Lizard
la había puesto demasiado sentimental y los sentimientos la debilitaban.
Cruzó la sala, dubitativa, mirando a los chicos. Sudaban, saltaban, reían,
discutían, chillaban, contemplaban la nada con ojos vidriosos, bailaban, se
metían la lengua hasta el esófago los unos a los otros, dormitaban, hablaban a
gritos, bebían y algunos lloraban. Un puñado convulso de humanos con el
cerebro sin madurar entregados al fango de sus emociones.
Algo se aferró de golpe a su cintura y Bruna estuvo a punto de responder
automáticamente con un rodillazo. Se contuvo en el último instante: era una
adolescente pequeña y morena. Se había abrazado a las caderas de la rep y la
miraba desde ahí abajo con expresión embelesada.
—Qué… qué… qué guapa eresssss, crate… —balbució.
Apestaba a alcohol. No debía de tener más de quince años. Ropas
chillonas y baratas, pelo recortado con grandes trasquilones a la moda de los
adolescentes de extrarradio.
—Quiero serrrrr tu love… ¿Quieres… quieres ser… tu love? No, mi, mi
love
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—Venga, no sabes lo que dices, suelta…
Husky intentó aflojar sus brazos con suavidad, pero en cuanto conseguía
apartarla un poco, la chica volvía a lanzarse sobre ella con desquiciado
ímpetu. Empezaron a sonar risitas alrededor. Iba a tener que ser más
contundente.
—¡Nooooo, nooooo, no me dejes, crate, por favor, no me dejes! —
lloriqueaba la chica.
Entonces apareció una muchacha de la misma edad con la cabeza llena de
trencitas de colores y agarró a la morena por los hombros:
—¡Elena! ¿Qué haces? Mírame. Soy yo. Te estaba lukeando
La otra la contempló con expresión beoda:
—Ah, tú… sí… Me he per-perdido… —farfulló.
—Suelta a la muñeca. Suéltala —le ordenó la nueva.
—¿Muñeca? —se mosqueó Bruna.
La chica recién llegada levantó las manos en son de paz:
—Bueno, crate, perdona, nosotros os decimos muñeca y muñeco pero sin
guerra, ¿eh? Sin mala intención. ¡Dale ya, Elena! Suelta a la tecno.
Con expresión confusa, Elena dejó libre a la rep.
—Está borrachísima —dijo Bruna.
Una obviedad innecesaria.
—Han sido unos gilicanes que traían buzo —dijo la de las trencitas, muy
enfadada, mientras ayudaba a su amiga a sentarse en un sofá.
—¿Buzo?
—Bebida. Aguardiente. No sé. Algo fuerte…
Se la veía verdaderamente irritada. La punta de sus trenzas vibraba de
furia. Por su aspecto y sus ropas, también ella hubiera podido pertenecer a
alguna de las bandas de adolescentes furiosos suburbiales. Pero parecía una
chica sensata y desde luego estaba sobria.
—Oye, perdona. Siento la rajada
—No importa —dijo la rep.
Miraron a Elena: nada más sentarse se había quedado dormida. Uno de
esos sueños fulminantes que son como desmayos y que Bruna conocía
demasiado bien.
—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó la rep.
La chica se encogió de hombros.
—Puf… Cuando tengo ges, porque es un picotazo. Pero el loco es fabo,
no sé, buena musik, buenos crates. Claro, también hay algunos gilicanes
como esos de hoy.
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—Mira, soy detective y estoy buscando a un chico que ha desaparecido y
que al parecer venía por aquí. ¿Le conoces? —dijo la rep, mostrándole el
móvil.
La adolescente contempló la foto con atención.
—No. Digo que no —contestó al fin.
Bruna abrió entonces la página con los otros avisos.
—¿Y estos tres?
La chica de las trencitas se tomó un buen tiempo.
—Ellos no —dijo al fin—. Pero ésta sí.
Y señaló a una de las dos chicas. Tenía quince años y la rep no la había
tenido en cuenta por la edad.
Bruna sintió el estremecimiento de excitación del cazador que ve cómo se
agitan los matorrales. Pero enseguida se dijo: será una coincidencia, todos los
días desaparece casi una decena de menores y por este local deben de pasar
muchísimos.
—¿Estás segura?
—Total. Era una crate muy faba. No sé. Cerebrito. Hablábamos mucho.
—¿Por qué lo dices en pasado?
—Puf… Ya no viene.
—¿Y de qué hablabais?
La de las trencitas volvió a encogerse de hombros.
—De todo. Qué íbamos a hacer de grones.
—¿Grones?
—De mayores.
—¿Y ella qué iba a hacer?
—Iba a estudiar Derecho. No sé. Quería cambiar las leyes.
—¿Por qué?
La chica la miró, incrédula.
—¿Por qué? Porque todo estinka… El mundo estinka, la gente es buitre,
sin ges estás muerto. Todo apesta. La vida no es justa, crate.
—¿De eso hablabais?
—Bueno. De eso y otras cosas. No sé.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste?
Volvió a encogerse de hombros:
—Hace mucho que no asoma. No sé. Digo que dos meses. ¡Ah, sí! Contó
que no tenía tiempo. Que iba con unos crates a hacer cosas.
—¿Qué cosas?
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—Era como un loco cultural. Un centro de esos. No sé. Dijo que era muy

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