Ladislau Dowbor La era del capital improductivo



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La desigualdad creciente

La violencia contra el planeta no se limita al plano ambiental. En el plano social, según el Banco Mundial, la pobreza disminuyó en cerca de mil millones de personas durante las últimas décadas, lo que representa un gran avance, a pesar de que el criterio de 1,90 dólares por día sea absurdamente bajo. De estos mil millones, 700 millones son chinos3. Es un progreso, sin duda. En su conjunto, sin embargo, la realidad es que no estamos enfrentando el desafío del desarrollo equilibrado e inclusivo. Y mucho menos la desigualdad. El propio Foro Económico Mundial resaltó, en el 2017, que “durante los últimos años emergió un consenso mundial sobre la necesidad de realizar un abordaje socialmente más inclusivo al tratar la generación de crecimiento económico. Sin embargo, el crecimiento inclusivo y el desarrollo continúan siendo tan sólo una esperanza. No se ha planteado ningún cuadro de referencia (framework) para guiar las políticas y la práctica.” (WEF, 2017, p.v). Aquí, más allá de la constatación obvia de que vivimos un crecimiento que reproduce la exclusión, tenemos también la constatación más grave de la ausencia de un sistema de gobernanza adecuado.

No hay ninguna razón objetiva que justifique los dramas sociales que vive el mundo. Si redondeáramos el volumen del PIB mundial en 80 billones de dólares, llegamos a un producto per capita medio de 11.000 dólares. Esto representa 3.600 dólares por mes y familia de cuatro personas, cerca de 11.000 reales por mes. Es ésta también la situación en Brasil, que está exactamente en la media mundial en términos de renta. No hay razón objetiva para la gigantesca miseria en que viven miles de millones de personas, a no ser, justamente, por el hecho de que “no ha aparecido ningún cuadro de referencia para guiar las políticas y las prácticas”: el sistema está desgobernado, o mejor, mal gobernado y no hay perspectivas en el horizonte.

Realmente, la desigualdad alcanza niveles obscenos. Cuando ocho individuos son dueños de más riqueza que la mitad de la población mundial, mientras que 800 millones de personas pasan hambre, francamente, pensar que el sistema está funcionando es prueba de una ceguera mental avanzada. ¿Esas ochos familias dueñas de fortunas produjeron todo eso? ¿O sencillamente montaron un sistema de apropiación de riqueza por medio de ‘papeles’? ¿Cómo es eso posible? Son dueños de papeles financieros que rinden beneficios.

La neblina que esconde los mecanismos más recientes de agravamiento de la desigualdad se ha venido disipando en las últimas décadas. A partir de los años 1980 el capitalismo entró en una fase de dominación por parte de los intermediarios financieros sobre los procesos productivos -ahora es el rabo el que mueve al perro (the tail wags the dog), de acuerdo con la expresión usada por los estadounidenses – y así se profundiza la desigualdad. Pero solamente a partir de la crisis del 2008, con el impacto del pánico, se fueron realizando investigaciones sobre los nuevos mecanismos de ganancia especulativa y de creación de desigualdad.

Un amplio estudio del Banco Mundial, Voices of the Poor, ayudó bastante a demostrar que básicamente quien nace pobre se mantiene pobre y que quien se enriquece es porque ya nació bien. Es la llamada trampa de la pobreza, a poverty trap, también llamada pobreza estructural: la pobreza realmente existente sencillamente bloquea las oportunidades para liberarse de la misma. ¿Cómo estudia una criatura en una casa sin electricidad? ¿Cómo se guardan las medicinas o los alimentos? Con Amartya Sen, llegamos a entender la pobreza como la falta de libertad para escoger la vida que se quiere llevar, como la privación de opciones. El excelente La Hora de la Igualdad de la CEPAL mostró que América Latina y el Caribe alcanzaron un grado de desigualdad que exige que nuestras estrategias de desarrollo se centren en esta cuestión. Mencionamos tan solo algunas investigaciones básicas.

El retroceso en los Estados Unidos es particularmente preocupante y explica, sin dudas, transformaciones políticas recientes. Un texto corto y de excepcional cualidad ofrece datos chocantes: “Nuestros datos muestran que la mitad de la franja inferior de distribución de renta en los Estados Unidos fue completamente excluida del crecimiento económico desde los años 1970. De 1980 a 2014 la renta media nacional por adulto creció un 61% en los Estados Unidos. Sin embargo, la renta media, antes de tributar, del 50% con menor renta individual (individual income earners) se estancó en cerca de 16.000 dólares por adulto, ajustados a la inflación. En contraste, la renta se disparó (skyrocketed) en la cima de la distribución de renta, subiendo un 121% para el 10% de esa población, un 205% para el 1% en la cima, y todavía un 636% para el 0,001% de esa cima”. Particularmente importante, la investigación muestra que el aumento de la riqueza en la cima se debe esencialmente a los réditos de inversiones financieras, especulativas, capital improductivo. Las implicaciones políticas no se les escapan a los autores: “Una economía que deja de asegurar crecimiento para la mitad de su población en el período de una generación entera producirá necesariamente descontento con el status quo y un rechazo de las políticas del establishment.”4

Fuente: Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, Distributional National 5

La concentración de renta es absolutamente escandalosa y nos obliga a enfrentar tanto el problema ético de la injusticia y de los dramas de miles de millones de personas, como también el problema económico, porque excluimos a personas que podrían estar viviendo mejor, contribuyendo de formas más amplia con su capacidad productiva y con su demanda, dinamizando la economía. No habrá tranquilidad en el planeta mientras que la economía se organice en función de ⅓ de la población mundial. ¿Hasta cuándo culparemos a los propios pobres de su pobreza, de la pretendida falta de esfuerzo o iniciativa, sugiriendo indirectamente que la riqueza de los ricos resulta de su dedicación y méritos? La desigualdad es fruto de un sistema institucional cuya dinámica estructural tiene que ser revertida. Los ricos, por su parte, tienen una impresionante propensión a creer que son ricos por sus propias cualidades excepcionales. No faltan discursos económicos para loar esa sabiduría.

Hoy, hay estudios que permiten entender la desigualdad de manera mucho más sistémica. Sobre la desigualdad de renta – el dinero que entra en nuestro bolsillo para el gasto privado – tenemos todas las informaciones necesarias. Sabemos, incluso, que Brasil se sitúa entre los diez países más desiguales del planeta. Pero las familias también dependen del patrimonio acumulado, como la casa y equipamientos domésticos, que se califican como riqueza o patrimonio. Igualmente importante es el salario indirecto, constituido por el acceso a políticas públicas como salud, educación, seguridad, además de las infraestructuras, como calles asfaltadas o iluminación pública: un canadiense puede tener un salario menor que un estadounidense, pero tiene acceso universal gratuito a bienes y servicios públicos que compensan sobradamente la diferencia. Finalmente, las familias dependen del acceso a los bienes comunes, como playas abiertas, aire limpio, ríos no contaminados y otros. El acceso equilibrado a los diversos factores de bienestar es esencial para generar una gobernanza que tenga sentido y que asegure una vida digna6.

La desigualdad en términos de riqueza o patrimonio ha sido ampliamente divulgada, en particular después de la crisis del 2008. Se trata del patrimonio doméstico líquido (net household wealth), que presenta una desigualdad radicalmente mayor que el acceso a la renta. La lógica es simple: quien recibe un salario medio o bajo paga comida y transporte, quien tiene una renta alta compra casas para alquilar, acciones y otras inversiones financieras que rinden beneficios. Esto lleva a un proceso de acumulación de fortuna, todavía mayor cuando pasa de padres para hijos, creando castas de ricos. Un ejemplo sencillo ayuda a entender el proceso de enriquecimiento acumulativo: un multimillonario que invierte mil millones de dólares a un tipo módico del 5% al año está aumentando su riqueza en 137.000 dólares por día. No se gasta en consumo esta cantidad de rédito. Reinvertidos, los 137.000 crearán una fortuna todavía mayor. Es un flujo permanente de derechos sobre la producción de los otros, recibido sin sacarse las manos de los bolsillos7.

Lo que se ha medido, tradicionalmente, es la desigualdad de renta, por medio del coeficiente de Gini. Cuanto más elevado, mayor la desigualdad. Para hacerse una idea de la dimensión, el coeficiente de desigualdad de renta está en la franja del 0,25 en Suecia, 0,45 en los Estados Unidos, 0,50 en Brasil y cerca del 0,60 en África del Sur, hasta hace todavía poco sometida al régimen del apartheid. Pero la desigualdad de riqueza es incomparablemente mayor, llegando al nivel escandaloso del 0,80, una desigualdad espantosa. Los datos que siguen forman parte de la investigación del grupo financiero suizo Crédit Suisse, institución nada sospechosa de antipatía hacia los ricos.



Fuente: La Pirámide de la Riqueza Global - James Davies, Rodrigo Lluberas e Anthony Shorrocks, Crédit Suisse Global Wealth Databook 2016. Disponible en: https://goo.gl/NBgokb8 8

La lectura de la pirámide es simple. En la cima, los adultos que tienen más de un millón de dólares son 33 millones de personas, el equivalente al 0,7% del total de los adultos en el planeta. Sumando la riqueza de que disponen, son 116,6 billones de dólares, lo que representa el 45,6% de los 256 billones de la riqueza considerada. Es importante recordar que las grandes fortunas de esta parte alta de la pirámide no son exactamente de productores, sino de gente que maneja papeles financieros, flujos de información o intermediación de commodities. La cima de la pirámide es especialmente interesante, compuesta por los llamados ultraricos (ultra high net worth individuals). Si ampliamos el 0,7% de los más ricos hasta el 1%, constatamos que este 1% tiene más riqueza que el 99% restante del planeta. Hay que dejar constancia de que una parte importante de las grandes fortunas no aparecen porque están en paraísos fiscales, como destaca James Henry, del Tax Jutice Network9.

Oxfam resume la situación heredada y en fase de agravamiento: “Aunque los líderes mundiales se han comprometido a alcanzar el objetivo global de reducir la desigualdad, el foso entre los ricos y la otra parte de la humanidad aumentó. Esa situación no se puede mantener. Como afirmó el presidente Obama, en su discurso de despedida en la Asamblea General de la ONU, en septiembre del 2016: “un mundo en el cual el 1% de la humanidad controla una riqueza equivalente a la de los demás 99% nunca será estable”. Sin embargo, la crisis de la desigualdad global sigue inalterable:

- Desde el 2015, el 1% más rico tenía más riqueza que el resto del planeta.

- Actualmente, ocho individuos tienen la misma riqueza que la mitad más pobre del mundo.

- A lo largo de los próximos 20 años, 500 personas dejarán más de 2,1 billones de dólares a sus herederos – una suma mayor que el PIB de la India, que tiene 1.200 millones de habitantes.

- La renta del 10% má pobre aumentó cerca de 65 dólares entre 1988 y 2011, mientras que la del 1% más rico aumentó cerca de 11.800 dólares, o sea, 182 veces más. (Oxfam, 2016, p.2).

La concentración de renta y de riqueza en el planeta alcanzó niveles absolutamente obscenos10. La financiarización de los procesos económicos hace décadas que se alimenta de la apropiación de los beneficios de productividad, esencialmente posibilitados por la revolución tecnológica, de forma radicalmente desequilibrada. El mecanismo es descrito de forma particularmente competente por Gar Alperovitz y Lew Daly, en el pequeño libro Apropiação Indébita: Como os Ricos Estão Tomando a Nossa Herança Comum. Los autores recuerdan que si no fuese por las tecnologías desarrolladas durante y después de la II Guerra Mundial, como el computador, el transistor y otras innovaciones, Bill Gates todavía estaría jugando con tubos catódicos en su garaje. Los avances tecnológicos son planetarios y de la sociedad en general, pero la apropiación es concentrada. Los autores desarrollan el concepto de “renta no merecida”11.

Esta concentración no se debe tan solo a la especulación financiera, pero su contribución es dominante. Además de eso, es absurdo desviar el capital de las prioridades planetarias obvias. Intentando entender las dimensiones de la crisis del 2008, el semanario inglés The Economist publica una cifra impresionante sobre el excedente social, esencialmente creado por los avances tecnológicos en el área productiva, pero apropiado por el sector calificado como “industria de servicios financieros”. “La industria de servicios financieros está condenada a sufrir una contracción terrible. En América, su participación en los beneficios corporativos totales subió de un 10% en los inicios de los años 1980 al 40% en el momento más alto en el 2007”12.

Se genera una separación entre los que crean innovaciones tecnológicas y producen bienes y servicios socialmente útiles – los ingenieros del proceso, digamos- y el sistema de intermediarios financieros que se apropian del excedente y deforman la orientación del conjunto. Los ingenieros del proceso crean importantes avances tecnológicos, pero su utilización y comercialización pertenecen a los departamentos de finanzas, de marketing y de asuntos jurídicos que dominan en las empresas, y por encima de ellos los accionistas y los grupos financieros que los controlan. Es un sistema que creó un profundo desnivel entre quien contribuye productivamente para la sociedad y quien es remunerado.

Cuando juntamos los dos gráficos – el del New Scientist sobre las megatrends históricas en el área ambiental y el de la pirámide del informe de Oxfam- llegamos a una conclusión bastante obvia: estamos destruyendo el planeta solamente para el beneficio de, cuando mucho, un ⅓ de la población mundial, y muy particularmente para el beneficio del 1%. Éstos son los datos básicos que orientan nuestras acciones futuras: hay que invertir la marcha hacia la destrucción del planeta e invertir el proceso acumulativo de creación de desigualdad. En esta perspectiva, tenemos, justamente, que reorientar la distribución de los recursos financieros.

La verdad es que no hemos medido la calidad de la asignación de los recursos. Nuestra principal medida de progreso, el PIB, no mide ni el desastre ambiental ni el drama social. No contabiliza lo que se produce, ni a quien va destinado el producto, ni la reducción del capital natural del planeta, además de contabilizar como positiva la contaminación que exige grandes programas de recuperación. En realidad, el PIB muestra solamente la media nacional de intensidad de uso de la máquina productiva13.

Un sistema en el que el eje de motivación se limita al beneficio, sin precisar si tiene impactos ambientales y sociales, se ve preso de su propia lógica. Empuja a ganarlo todo con la extracción máxima de recursos naturales y la externalización de costes, y a no ganar nada con la producción de bienes y servicios para quienes tienen poca capacidad adquisitiva. La motivación del lucro a corto plazo actúa tanto contra la sostenibilidad como contra el desarrollo inclusivo. La deformación es sistémica. Es el propio concepto de gobernanza corporativa el que tiene que repensarse. Las reglas del juego tienen que cambiar. No se aguanta ya más la creencia en que si cada uno busca sus propias ventajas individuales el resultado será el mejor posible. No podemos esquivar la necesidad de rescatar la gobernanza del sistema. Y el lapso de tiempo con el que contamos para hacerlo es cada vez más corto.






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