Ladislau Dowbor La era del capital improductivo



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Las inversiones públicas

Veamos el cuarto mecanismo del engranaje: la tasa Selic, que incide en la deuda pública. El mecanismo es simple. En 1996, para compensar las pérdidas que los bancos sufrieron con la quiebra de la hiperinflación, el gobierno creó un mecanismo de financiación de la deuda pública con tipos de interés elevados. Mis ahorros, por ejemplo, estaban en el banco, y rendían muy poco. Pero el banco, al mismo tiempo, invertía ese dinero en títulos de deuda pública que rendían como media, en la fase del gobierno de Fernando Henrique Cardoso (FHC), entre el 25% y el 30%, llegando a un máximo del 46%. La justificación era que había que tranquilizar a “los mercados”, o sea, a los grandes intermediarios financieros, nacionales o internacionales. Ser de “confianza” para la finanza internacional y las agencias de calificación del riesgo devino una cuestión más importante que ser de confianza para la población.

Para pagar a esos intermediarios, el gobierno necesitó aumentar los impuestos, y la carga tributaria, tal y como vimos, que subió cinco puntos porcentuales todavía en los años 1990. En la fase actual, en 2016, con un tipo de interés Selic del 13%, el gobierno transfiere una gran parte de nuestros impuestos a los bancos. Es una tasa menor que la vigente en la fase FHC, pero incide sobre un volumen mayor de deuda. El mecanismo es sencillo. Yo que soy ahorrador, de un bolsillo pongo mi ahorro en un banco que me remunera de forma simbólica, y del otro bolsillo saco el 13% para dárselo al gobierno, que lo transfiere al banco. En otros términos: pago al banco por medio de los impuestos para que él se lucre con el dinero de mi ahorro. Es importante recordar que los títulos de deuda pública pagan entre un 0,5% y el 1% al año en la mayoría de los países del mundo.

Brasil tiene un PIB del orden de 6 billones, lo que significa que cada vez que se drenan 60.000 millones de las actividades productivas en favor de la especulación, es el 1% del PIB lo que se pierde. Si el gasto con la deuda pública llega al 8,5% del PIB, como fue el caso en el 2015, hablamos de cerca de 500.000 millones de reales de nuestros impuestos transferidos esencialmente a los grupos financieros. De esta manera se esteriliza una parte muy significativa de la capacidad del gobierno para financiar infraestructuras y políticas sociales. Además, la elevada Selic desanima la inversión productiva en las empresas, ya que es más fácil, como hemos visto, tener ganancias con los títulos de deuda pública. Y para los bancos y otros intermediarios es más simple ganar con la deuda que fomentando la economía buscando buenos proyectos productivos, un trabajo que les exigiría identificar a clientes y proyectos, analizar y seguir las líneas de crédito, o sea, hacer los deberes de casa, usar nuestros ahorros para fomentar la economía. Los grandes lucros extraídos de la economía real a través de la intermediación financiera terminan contaminando al conjunto de los agentes económicos. El grafico que sigue, del cual me informó António Correia de Lacerda, explica muy bien de donde viene el “agujero”:



Fuente: António Correia de Lacerda, Elaboración y Pronóstico (p), en base a datos del Banco Central de Brasil - Brasil: gastos en intereses (en miles de millones de reales) 88

El cuento de la ama de casa, relatado y repetido constantemente a la población, explica que el gobierno tiene que comportarse como la ama de casa, que solamente gasta lo que tiene. Pero el gobierno no gasta más de lo que tiene en políticas públicas, se lo gasta en pagar intereses. El nuevo gobierno empezó a reducir políticas públicas, o sea, inversiones y políticas sociales, pero no la transferencia de dinero a los bancos. La PEC 241 y la EC 95/2016 traban los gastos en políticas públicas, pero no los gastos en intereses de la deuda. Así, el golpe solamente reforzó la sangría.

En términos de impacto económico, las inversiones públicas son esenciales para dinamizar cualquier economía moderna. Los dos grandes ejes de dinamización en la esfera pública son las inversiones en infraestructuras, como transportes, energía, telecomunicaciones, agua y saneamiento básico; y las políticas sociales, como salud, educación, cultura, ocio, deportes, habitación, seguridad y otras actividades que constituyen esencialmente inversión en las personas y ampliación del consumo colectivo. Al desviar una gran parte de los recursos públicos de inversión hacia la remuneración de los intermediarios financieros y los rentistas en general se trabó el cuarto motor de la economía.

En términos políticos, este mecanismo perverso se hizo explosivo, pues si inicialmente el sistema favorecía esencialmente a los bancos, hoy, con la apertura de inversiones en el Tesoro Directo para cualquier ahorrador, se generó una masa de empresarios y personas de clase media que se han acostumbrado a ver su dinero rendir a partir de la elevada tasa Selic. Cuando el gobierno Dilma intentó bajar los tipos de interés, que llegaron al 7,5 para una inflación del 5% en el 2013, la revuelta fue generalizada, y se inició una articulación perversa entre crisis financiera y crisis política, la una ahogando a la otra. Veremos esto con más detalle en el próximo capítulo.

Es esencial entender que las personas con menor renta, los ¾ del país, invierten muy poco en productos financieros, y mal consiguen llegar a fin de mes, en particular debido al endeudamiento que les ahoga. Y esta población necesita como del aire para respirar de las inversiones públicas, en salud, educación, saneamiento básico, habitación popular y otras iniciativas. Cuando los recursos que tendrían que servir para financiar a esos sectores se desvían hacia quien tiene importantes inversiones financieras, o sea, para los segmentos más ricos del país, se genera un agravamiento de las desigualdades, que revierte todos los esfuerzos de 12 años de ampliación de políticas sociales y de demanda popular. Brasil vuelve así a ser una economía de “base estrecha”, y se bloquea el objetivo histórico esencial de harmonizar el país mediante la elevación social de las masas populares.

Es importante mencionar que el mecanismo perverso creado en Brasil se encuentra también en muchos otros países, aunque con otras formas. El denominador común es el hecho de que los grandes grupos financieros se apropiaron de las políticas públicas provocando el crecimiento de la deuda pública. La supervivencia del gobierno pasa a depender cada vez menos de su empeño en asegurar políticas que favorezcan a la población en general y más de demostrar que es de “confianza” para el sistema nacional y mundial de especulación financiera. Son muchos los países que eligieron gobiernos con programas progresistas y que terminaron aplicando políticas de derecha. A la población se le vende la idea de que las políticas sociales generarán déficit público y el bloqueo de la economía. Cuando se comparan las pocas decenas de miles de millones que representa el programa Bolsa Familia, inversión en las personas, y los 500.000 millones transferidos a los rentistas, que ganan sin producir, el argumento deviene ridículo. Además, trabajos de Jorge Abrahão de Castro, en el Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada (Ipea), muestran que por cada real invertido en el Bolsa Familia el efecto multiplicador lleva a un aumento del PIB de 1,78 reales89.




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