Ladislau Dowbor La era del capital improductivo



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La dinámica ambiental

Nuestro pequeño planeta, claramente, está sufriendo un ataque viral llamado homo sapiens. A veces, desde la ventana del avión, viendo desde lo alto las manchas urbanas que se multiplican en la superficie de la tierra, ceniza encima del verde, me da la impresión de que una enfermedad se extiende, como manchas que pueden aparecer en nuestra piel. La inmensidad de las áreas deforestadas, las numerosas columnas de humo que se levantan a los lejos, fruto de las quemadas, solamente refuerzan esta impresión. Realmente, lo mínimo que se puede decir es que no estamos cuidando bien nuestra casa.

El gráfico que presentamos abajo constituye un resumen de macrotendencias durante el período histórico que va del 1750 hasta la actualidad. Las escalan fueron compatibilizadas y algunas de las líneas representan procesos para los cuales tenemos cifras más recientes solamente. Pero en conjunto, el gráfico junta áreas tradicionalmente estudiadas de forma separada, como demografía, clima, producción de coches, consumo de papel, contaminación de agua, exterminio de vida en los mares y otras. La sinergia del proceso se ve claramente, de la misma manera que se hace obvia la dimensión de los desafíos ambientales.

Fuente: Macrotendencias 1750-2000 - New Scientist, 18 de octubre del 2008, p.40

Poco importa aquí que el gráfico sea del 2008, ya que se trata de macrotendencias (megatrends) que cubren el período de 1750 hasta la actualidad, dos siglos y medio, en la visión amplia del Antropoceno1. Lo esencial es la curva drásticamente ascendente a partir del 1850, que se agrava en el período más reciente. La curva de población (2) en el gráfico es suficientemente explícita visualmente. Yo lo veo claro acordándome de mi padre. Cuando él nació, en el 1900, éramos 1.500 millones de personas en el planeta. Hoy, en el 2017, somos 7.200 millones. Se trata de mi padre, no de la prehistoria. La población crece a una tasa inferior, pero sobre una base mucho mayor: somos cerca de 80 millones más cada año. Y todos queriendo consumir más, cada corporación queriendo extraer y vender más, y con tecnologías cada vez más potentes que permiten ampliar el proceso. Con una perspectiva sistémica y de largo plazo, evidentemente, esto no tiene sentido.

El comentario del New Scientist sobre estas macrotendencias apunta directamente a nuestro propio concepto de crecimiento económico. Es hasta irónico que el gráfico se presentase en plena crisis financiera del 2008: “La ciencia nos dice que si queremos ser serios cuando nos planteamos salvar la tierra necesitamos darle otra forma a nuestra economía. Eso, naturalmente, constituye una herejía económica. El crecimiento, para la mayoría de los economistas, es tan esencial como el aire que respiramos. Sería, dicen, la única fuerza capaz de sacar a los pobres de la pobreza, de alimentar a la creciente población mundial, de enfrentarse a los costos crecientes de los gastos públicos y de estimular el desarrollo tecnológico – eso sin mencionar la financiación de estilos de vida cada vez más caros -. Ellos no ven los límites del crecimiento nunca. Recientemente, se puso de manifiesto lo aterrorizados que están los gobiernos en relación con todo lo que amenace al crecimiento, mientras que derrochan miles de millones de dinero público en un sistema financiero fracasado. En medio de la confusión, cualquier duda sobre el dogma del crecimiento tiene que analizarse de forma muy cuidadosa. El cuestionamiento se apoya en una pregunta duradera: ¿cómo conciliamos los recursos finitos de la tierra con el hecho de que a medida que la economía crece el volumen de recursos necesarios para sustentar la actividad también tiene que crecer? Llevamos toda la historia humana para que la economía llegase a su dimensión actual. Con el ritmo actual, conseguiremos multiplicarla por dos en tan sólo dos décadas”.2

La convergencia de las tensiones generadas para el planeta se ha hecho evidente. Ya no podemos felicitarnos más del aumento de la pesca cuando estamos liquidando la vida en nuestros mares, ni del aumento de la producción agrícola cuando estamos liquidando los acuíferos y contaminando las reservas planetarias de agua dulce. Y esto sin entrar en el tema del aumento de producción de automóviles y de la expansión de otras cadenas productivas generadoras de calentamiento climático. Es muy impresionante constatar, según datos de la Red WWF del 2016, que entre el 1970 y el 2010, en sólo cuarenta años, se eliminó un 52% de la fauna del planeta.

Impresiona más todavía que el efecto climático de los gases invernadero no es novedad, ya se había demostrado en el 1859, mientras que la primera discusión amplia sobre esta amenaza solamente tuvo lugar, en Estocolmo, en el 1972. Hicieron falta todavía 20 años más para realizar una primera convención sobre el clima, en 1992, en Río de Janeiro. Finalmente, la Conferencia de París, en el 2015, decidió que ahora sí vamos, realmente, a tomar medidas. Claro que falta ahora, solamente, convencer al nuevo presidente de los EUA. Curiosamente, investigaciones recientes muestran que la convicción de los estadounidenses sobre el cambio climático no depende de su nivel de conocimiento científico, sino del partido al que pertenecen. Aparentemente, es más importante el sentimiento de pertenencia a “nuestro club” o a “nuestra tribu” que las investigaciones y evidencias científicas. La verdad es que las amenazas sistémicas y de largo plazo, aunque están científicamente comprobadas, ocupan poco espacio en nuestra conciencia y en las preocupaciones cotidianas. A pesar de ser amenazas claramente críticas.

Hoy tenemos estadísticas que impresionan por su precisión, incluyendo la sobrepesca oceánica, la destrucción de las selvas, la contaminación y sobre-explotación de los recursos hídricos y otras semejantes en los más diversos sectores de la actividad. Las soluciones tienen que ser sistémicas. Una mayor concienciación puede – y solamente puede – hacer posibles cambios más profundos si generaliza el nivel de comprensión de los desafíos. En el nivel de conciencia actual y ante la perplejidad que generan las irracionalidades que se acumulan, surge con fuerza la pregunta evidente: ¿Qué desarrollo queremos? Y para este desarrollo, ¿qué Estado y mecanismos de regulación son necesarios? No se puede minimizar la dimensión de los desafíos.

Nuestro planeta muestra toda su fragilidad. Y nosotros, nuestra responsabilidad o impotencia. Estamos todos buscando las bases políticas que permitan dar apoyo a otra gobernanza en el planeta, en las naciones e inclusive en las ciudades donde hoy vive la mayoría de la población mundial. El proceso de decisión tiene que cambiar, la gobernanza necesita ser mucho más competente.






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