Ladislau Dowbor La era del capital improductivo



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¿Una utopía útil?

Piketty tiene una posición clara contra los excesos de la desigualdad. Sin ceder a odios ni prejuicios, ofrece bases empíricas extremamente sólidas para entender cuan nocivo se ha hecho el reinado de los rentistas para la economía y para la política. En mi opinión, él propone la herramienta más útil de las últimas décadas para comprender las dinámicas económicas, sociales y políticas actuales. Frente a la concentración desmedida y acumulativa de la riqueza en pocas manos y al caos que progresivamente se instala, considera que la desigualdad se convirtió en el desafío principal y el impuesto progresivo sobre el capital acumulado en la herramienta principal.

“El impuesto mundial sobre el capital constituye el instrumento ideal de regulación, tiene el mérito de preservar la apertura económica y la mundializacion, permitiendo al mismo tiempo su regulación eficaz y el reparto de los beneficios de manera justa tanto dentro de los países como entre ellos. Muchos rechazarán el impuesto sobre el capital como una ilusión peligrosa, de la misma forma en que el impuesto sobre la renta fue rechazado hace poco más de un siglo. Sin embargo, mirando bien, esta solución es mucho menos peligrosa que las otras alternativas.” (p.837)

Ignacy Sachs se declara un adepto de la economía mixta. Yo mismo tiendo a seguir esa línea, como se puede ver en A Reprodução Social (La Reproducción Social, Vozes, 2003) o en el más reciente O Pão Nosso de Cada Dia (El Pan Nuestro de Cada Día, Fundación Perseu Abramo, 2016). Un ejemplo curioso es el caso de China, que con el 20% de la población mundial es responsable del 70% de la reducción de población pobre en el mundo. “El sistema económico de China se apoya en la propiedad pública, que juega el papel de estructura principal, pero permitiendo el desarrollo de todos los tipos de propiedad. Tanto la propiedad pública como la no pública son componentes clave de la economía socialista de mercado.” Se trata, aquí, de una “economía de propiedad diversificada” (diversified ownership economy)70. Volveremos más adelante al ejemplo chino, aquí solamente señalamos que, más importante que la batalla por determinados “ismos”, es estudiar las diversas experiencias que dan resultados positivos.

Más allá de las grandes simplificaciones ideológicas del siglo pasado, buscamos hoy articulaciones innovadoras. Piketty, al final de su libro, destaca que “el Estado-Nación sigue siendo un nivel pertinente para modernizar profundamente numerosas políticas sociales y fiscales, y también en una cierta medida para desarrollar nuevas formas de gobernanza y de propiedad compartida, intermedia entre la propiedad pública y privada, que es uno de los grandes desafíos del futuro. Pero solamente la integración política regional permite considerar una regulación eficaz del capitalismo patrimonial globalizado del siglo que se inicia.” (p.945)

En este trecho, él caracteriza una fase del capitalismo (patrimonial globalizado), la expresión de las diferentes escalas territoriales (el Estado-Nación y la política regional) y la articulación de diversas formas de propiedad, en particular, la “propiedad compartida”. Lo que él pretende, como también Stiglitz, es un capitalismo civilizado. Puede no ser el ideal, pero frente a las catástrofes que se acumulan ya sería un avance razonable.

Más que una toma de posición ideológica, por tanto, al caracterizar los desafíos, Piketty expresa la complejidad de la transición actual: la política nacional no consigue regular una economía que se globalizó, en la cual el poder financiero pasó a dominar no solamente la economía productiva, sino también hasta los mecanismos democráticos, donde se mezclan formas diversificadas de propiedad (pública, privada, asociativa), de gestión (concesiones, asociaciones, cogestión), de control (competencia local, nacional, regional) y de marco jurídico (de lo local hasta lo global). Es el desafío de la gobernanza.

La propiedad no es ya suficiente para definir el tipo de animal económico que tenemos delante. Podemos tener un hospital de propiedad pública, gestionado en régimen de concesión por una cooperativa de médicos, bajo control de un consejo municipal de salud, en el cuadro de un marco de regulación estatal o federal. U otras combinaciones. Es la era de la sociedad compleja. Sin embargo, el “norte” es el mismo: no podemos continuar destruyendo el planeta en provecho de una minoría que desarticula incluso los procesos productivos, y tenemos que priorizar aquello que funciona. Cuando nos referimos al funcionamiento, se trata de acceso democrático, y no de funcionalidad para las minorías. Administrar para los privilegiados es más fácil, pero lleva inevitablemente a impases.

El trabajo de Piketty y de su equipo no es una propuesta revolucionaria, pero ayudó inmensamente a aclarar el escenario, suministrando instrumentos para pensar herramientas y alternativas. En términos teóricos, él se aproxima a la línea de la economía institucional. No pretende derribar el capitalismo, sino devolverle al nivel político -donde podemos tener cierta democracia- su papel regulador sobre el conjunto del proceso. Vengo trabajando eso en la línea de la “Democracia Económica”, o sea, la concepción de que hay que democratizar la propia economía, con mecanismos de regulación, transparencia, participación y control democrático. Junto a Ignacy Sachs y Carlos Lopes, en el texto Crise e Oportunidades em Tempos de Mundança, intentamos delinear ejes propositivos en esta línea.71

La creación de un impuesto progresivo global sobre el capital, tal y como propone Piketty, es un punto e referencia necesario. Acoplada a esta propuesta -y explicitada en todo el libro- está la necesidad de crear sistemas informativos capaces de hacer luz sobre esta caja-negra que hoy son los flujos financieros. Esto puede iniciarse a nivel nacional, pero exige un sistema mundial de información y control de los flujos.

Queda, naturalmente, la gran pregunta: ¿el marco político-institucional actual soportaría este tipo de modestos avances?

10 - El capital financiero se apropia del excedente social

A veces necesitamos del espejo. Cuando se trata de la realidad brasileña, con el alto grado de deformación ideológica de los argumentos, es fundamental fijarnos en el debate internacional sobre el rescate del sistema financiero. No somos una isla, al contrario. Las deformaciones de nuestro sistema financiero son básicamente las mismas, pero con lentes de aumento. Un sólido acervo de investigaciones que se iniciaron después de la crisis del 2008 muestra hasta qué punto el sistema financiero se distanció de sus objetivos iniciales: financiar la inversión y el crecimiento económico. Como los Estados Unidos desempeñan un papel estructurante de las dinámicas financieras, un estudio de sus mecanismos ayuda mucho a entender nuestra propia deformación.

Una de esas investigaciones es el estudio de Epstein y Montecino, del Roosevelt Institute. El título habla por sí solo: Overcharged: the High Cost of High Finance (Cobrando demasiado: el Alto Coste de la Alta Finanza). Se trata de una visión de conjunto sobre el impacto económico de la intermediación financiera tal y como funciona en los EUA. Muestra que ese sistema, no solamente no fomenta la economía, sino que la vampiriza, o sea, inhibe las actividades, generando más costes que estímulos productivos. Tenemos aquí una visión sistémica e integrada de cuánto cuesta esta máquina financiera que se hizo gigante y se deformó radicalmente. El estudio también nos ayuda a comprender el sistema brasileño, en la medida en que las deformaciones presentadas son las mismas, sólo que más radicales en Brasil, donde se implantó un sistema nacional de especulación y usura legalizada.

El sistema financiero internacional funciona a pleno rendimiento. La cultura de la intermediación financiera no varía mucho entre la City de Londres, Wall Street o el sistema de usura que se implantó en Brasil. Existe una cultura financiera global. En el caso brasileño, el desajuste se hace evidente cuando constatamos que, a partir del 2014, el PIB cayó drásticamente mientras que los intereses y los beneficios de los intermediarios financieros aumentaban entre un 20% y un 30% al año. Nuestro sistema de intermediación financiera no sirve a la economía sino que se sirve de ella. Es productividad líquida negativa. La máquina financiera está viviendo a costa de la economía real. Ayuda y da confianza a las investigaciones, aquí en Brasil, la siguiente constatación lapidaria del propio Stiglitz: “Mientras que antes las finanzas constituían un mecanismo para invertir dinero en las empresas, ahora funcionan para quitárselo.”72

Hay personas a las que se les hace difícil imaginar a un gran banco internacional maltratando a sus clientes. Piensan que en los EUA las cosas son ‘serias’, y mucho más en Europa. Curiosamente, muchos piensan que hasta en Brasil los bancos son serios. Hay, sin embargo, que recordar algunas cosas obvias: El Deutsche Bank fue condenado por la justicia estadounidense a pagar una multa de 14.000 millones de dólares (una vez y media el presupuesto del programa social del gobierno Lula Bolsa Familia que sacó de la miseria a 50 millones de personas, solamente para ofrecer una imagen del tamaño de los fraudes bancarios) por la estafa que cometió contra millones de clientes en el 2016. No se trata de un caso aislado: un banco tan serio como el Citigroup también fue condenado a pagar 12.000 millones de dólares (acabó consiguiendo que fuesen solamente 7.000 millones de dólares), el Goldman Sachs está pagando 5.060 millones de dólares, el JP Morgan Chase&Co está pagando 13.000 millones de dólares, el Bank of America 16.700 millones de dólares. Estamos hablando de grandes bancos, permanentemente bajo auditoría, y los crímenes son de los más diversos tipos, desde el engaño en las informaciones a los clientes hasta las más diferentes falsificaciones, para desplumar a los clientes, engañar al fisco, lavar dinero sucio, falsificar informaciones sobre los tipos de interés, entre otras73.

Todo el mundo ha oído hablar de la financiarización, pero pocas personas se dan cuenta de la profundidad de la deformación generalizada de los procesos económicos, sociales y ambientales, provocada por la emigración de nuestros recursos de fomento económico (a través de las inversiones) hacia los beneficios improductivos (a través de las inversiones financieras). Los bancos y los medios de comunicación, inclusive, denominan a este conjunto como ‘inversiones’, que parece más noble que ‘inversión financiera’ o especulación. El The Economist llegó a inventar la expresión ‘speculative investors’, y Stiglitz habla de ‘productive invesments’ para diferenciar, ya que en inglés no existe el término “inversión financiera”, todo es ‘investment’.

No es posible escapar de una realidad simple: abrir una empresa, contratar trabajadores, producir y pagar impuesto es mucho más trabajoso que invertir en papeles de la deuda pública, pero es lo que estimula la economía. Cuando se compran papeles, puede ser que rindan beneficios, pero no se produce nada, solamente se generan rendimientos sin contrapartida y, a partir de un cierto nivel, esto se convierte en un peso muerto que grava sobre las actividades económicas en general. En términos de funcionalidad económica, Epstein y Montecino hablan de una “spectacular failure”. “Un sistema financiero saludable es aquel que canaliza recursos financieros hacia la inversión productiva, ayuda a las familias a ahorrar para poder financiar grandes gastos como son los de educación superior y las pensiones, y que ofrece productos tales como seguros para ayudar a reducir riesgos, crea suficiente cantidad de liquidez útil, gestiona un mecanismo eficiente de pagos y genera innovaciones financieras para hace que todas estas cosas útiles sean más baratas y efectivas. Todas estas funciones son cruciales para una economía de mercado estable y productiva. Pero después de décadas de desregulación, el sistema financiero actual de los EUA se convirtió en un sistema altamente especulativo que falló de manera bastante espectacular a la hora de llevar a cabo estas tareas críticas”. (p.1)

Del lado de las medidas que habría que tomar, se trata de rescatar y reestructurar el sistema de regulación para que el sistema financiero sirva a la economía y no que sea solamente él quien se sirva de ella; y de generar sistemas alternativos de intermediación financiera que permitan que las personas vuelvan a tener poder de elección. “Esos costes excesivos de las finanzas pueden reducirse y el sector financiero puede jugar de nuevo un papel más productivo en la sociedad. Para conseguirlo necesitamos tres enfoques complementarios: mejorar la regulación financiera, aprovechando lo que la [ley] Dodd-Frank ya consiguió; reestructurar el sistema financiero para que sirva mejor a las necesidades de nuestras comunidades, pequeños negocios, familias y entidades públicas; y generar alternativas financieras públicas, tales como los bancos cooperativos y los bancos especializados, para equilibrar el juego”. (p.3)

¿Cómo se fue deformando el sistema financiero que actualmente impone enormes costes a la economía real, obligándola a sostener una inmensa superestructura especulativa? “Mostramos como la industria de gestión de recursos (assets) cobra tasas excesivas, al tiempo en que consigue beneficios mediocres para las familias que intentan ahorrar para su jubilación; como empresas privadas de gestión de acciones se apropian de niveles excesivos de pagos de los fondos de pensión y otros inversores mientras que, frecuentemente, penalizan a los salarios y las oportunidades de empleo de los trabajadores de las empresas que compran; como los fondos especulativos (hedge funds) presentan malos resultados; y como los prestadores predadores explotan a algunas de las personas más vulnerables de nuestra sociedad. Mirando de esta manera, desde abajo, podemos ver de forma más clara como los niveles excesivos de cobros (overcharging) que identificamos en el nivel macro se organizan de manera práctica”. (p.3)

El resultado práctico es que los billones de dólares captados por el sistema de intermediación financiera y los diversos fondos representan, en términos líquidos, una pérdida para la economía estadounidense. Este sistema, como en Brasil, representa una productividad negativa, que genera beneficios sin la contrapartida productiva correspondiente: “Así, las finanzas han operado en estos últimos años un juego de suma negativa. Esto significa que nos cuesta más de un dólar transferir un dólar de riqueza a los financieros -significativamente más-. Aunque usted piense que nuestros financieros merecen cada uno de los centavos que consiguen, saldría mucho más barato simplemente enviarles un cheque cada año que dejarles continuar gestionando los negocios como hasta ahora”. (p.4)

Algunos bancos pequeños y medianos en los EUA seguirán desempeñando sus actividades de commercial banking, pero diez gigantes ya consiguen dominar el sistema financiero, concentrándose en otros productos, esencialmente especulativos. Este grupo dominante, según las investigaciones, se concentró “en nuevos productos y prácticas vinculadas a la crisis financiera -inclusive de titulización, derivados y comercio propietario (proprietary trading), todo financiado a base de préstamos de muy corto plazo.” (p.10) La oligopolización es central aquí, apoyándose no solamente en la no-transparencia de los productos sino, sobre todo, en su poder político para obtener subsidios (exactamente eso es, en realidad, la alta tasa Selic en Brasil). Se trata “del poder monopolístico u oligopolístico que las instituciones financieras pueden ejercer mediante los productos financieros no transparentes, así como de la facilidad de acceso a grandes volúmenes de capital a causa de los subsidios recibidos por la consideración de ser ‘demasiado grandes como para quebrar”. (p.19)

Según los autores, los numerosos bancos menores que existen en los EUA terminan siendo tributarios de esos gigantes: “Los grandes bancos de Wall Street están en el epicentro del sistema financiero. El resultado es que, prácticamente todos los aspectos dominantes de las finanzas que hemos debatido hasta aquí -hedge funs, activos privados, créditos predadores, mercado hipotecario y el llamado sistema de bancos-sombra (shadow banking)- están vinculados hasta cierto punto a los grandes ‘core banks’”. A su vez, esos grandes bancos pasan a ejercer un poder político que hace poco viable cualquier reforma: “En el caso de la reforma financiera, el poder que el sector financiero ejerce sobre el proceso político ha sido una fuerza con la que es difícil lidiar.” (p.41)

Esta pirámide de poder, tanto sobre el conjunto del sistema financiero, que envuelve incluso a los pequeños bancos comerciales locales o regionales, como sobre el proceso de decisión político que debería permitir la regulación, produjo la estructuración de una máquina que extrae recursos de la economía de manera desproporcionada en relación a su aportación productiva. “Necesitamos enfatizar el hecho de que en nuestro análisis estamos estimando los costes líquidos (énfasis de los autores) de nuestro sistema financiero: los costes que sobrepasan de largo lo que un sistema financiero eficiente tendría que costar a la sociedad. Las rentas74 financieras miden la cuantía suplementaria que los clientes y personas que pagan impuestos tienen que pagar a los banqueros para tener derecho a los servicios (beneficios) que reciben.” (p.14)

El concepto de coste líquido del sistema financiero es muy útil, pues envuelve directamente la cuestión de productividad sistémica de las finanzas de un país. Para Brasil, considerando los costes de la crisis iniciada en el 2013, de la cual el sistema financiero fue la causa principal, podríamos igualmente calcular el coste sistémico. En el caso de los EUA, los autores consideran que “necesitamos incorporar los costes de las crisis financieras asociadas a la especulación excesiva y las actividades económicas destructivas, que son ahora bien comprendidas, porque han sido clave en la crisis económica reciente.” (p.16) La diferencia es que en los Estados Unidos se reconocen las raíces de la crisis financiera del 2008, mientras que aquí se atribuye la crisis al ridículo déficit fiscal, de menos del 2% del PIB. El agujero de nuestras cuentas públicas, en realidad, fue creado por el nivel surrealista de intereses sobre la deuda pública, la tasa Selic, que solamente en el año 2015 significó una transferencia de 501.000 millones de reales (9% del PIB) de nuestros impuestos para los grupos financieros75. El paralelo entre Brasil y los Estados Unidos es aquí muy interesante.

También es importante el concepto de renta financiera (financial rent). Además, este concepto de “renda” (diferente de la renta común) debería ser utilizado en nuestros análisis sobre Brasil. La conceptualización de “renda” como recursos obtenidos sin la contribución productiva correspondiente ayuda a entender el proceso. En Brasil, curiosamente, utilizamos la expresión “rentismo”, pero no existe todavía el concepto de “renda”. En inglés se distingue claramente el mecanismo productivo que genera la renta (income) y la inversión financiera improductiva que genera “renda” (rent). En francés es igualmente clara la diferencia entre “revenu” y “rente”, respectivamente. No se pueden entender, por ejemplo, los trabajos de Piketty sin esta distinción. Y el concepto está, evidentemente, muy presente en los clásicos de la economía política. Abordamos esta cuestión en el glosario.

Según los autores, “en el caso de las finanzas modernas, las rendas se obtienen de dos formas básicas: una es el pago excesivo que se entrega a los banqueros -top traders, CEOs, ingenieros financieros y otros empleados de bancos y otras instituciones financieras con altas remuneraciones-; la otra se da bajo la forma de beneficios excesivos, o retornos muy por encima de los retornos de largo plazo que se distribuyen a los accionistas como resultado de los servicios financieros ofrecidos por una empresa”. (p.19) A partir de los años 1990, los beneficios financieros de este tipo se agigantaron. Y es la sociedad quien se ve obligada a soportar los costes de las actividades rentistas que traban las actividades económicas, en vez de promoverlas. “El coste de las finanzas para la sociedad no es solamente el resultado de transferencias de renta y riqueza de la sociedad como un todo hacia las finanzas; hay también costes adicionales si la misma finanza mina la salud de la economía para las familias y los trabajadores”. (p.22) Aquí el paralelo es igualmente interesante: trabaron las inversiones del gobierno brasileño en políticas sociales (EC 95/2016), al mismo tiempo en que las liberaron cuando era para pagar los intereses.

Una cita interesante publicada por los autores es la de James Tobin, que en 1984 alertaba: “Estamos tirando un volumen cada vez mayor de nuestros recursos, incluso la flor y nata de nuestra juventud, en actividades financieras distantes de la producción de bienes y servicios, en actividades que generan beneficios privados elevados sin correspondencia con su productividad social”. (1984) Tobin fue uno de los primeros que constató esta deformación sistémica de la intermediación financiera. (p.23) He encontrado esta cita en otros textos, pues es muy relevante, incluso por el uso del concepto de “productividad social”, o sea, utilidad para la economía y la sociedad en general, y no solamente para el banco u otro grupo que realice una actividad de intermediación.

El concepto de SROI -Social Return on Investment- (retorno social sobre la inversión) empieza a ser utilizado ampliamente.76 A nivel personal, muchos profesionales empezaron a preguntarse si, independientemente de cuánto ganan, la actividad que desarrollan es socialmente útil. Cuando es claramente nociva, surgen las contradicciones y las crisis existenciales, como se ha estudiado, por ejemplo, en el excelente Swimming with Sharks, de Luyendijk, enfocado en los altos funcionarios de la City de Londres.77 No son divagaciones filosóficas. Cada vez más las personas quieren que sus esfuerzos tengan sentido y se dan cuenta de que están trabajando contra sus clientes que, a su vez, no pueden escapar del banco.

El desvío de recursos de las actividades productivas hacia los beneficios especulativos bloquea al conjunto de la economía, pero la indignación se ve limitada porque el sistema, simplemente, es extremamente opaco. Los autores, conscientes de esta dificultad, muestran diversas investigaciones sobre los sistemas financieros que convergen en las mismas conclusiones: “Los sistemas financieros privados de mayores dimensiones pueden asociarse a las ‘finanzas especulativas’, trading en mayor escala, y a un sector poco asociado al suministro de crédito a la ‘economía real’… Esta orientación reduce también el crecimiento de la productividad y la inversión y, consecuentemente, el crecimiento económico.” (p.23)

Epstein y Montecino citan, por ejemplo, el trabajo de J.W. Mason que constata que entre los años 1960 y 1970 cada dólar de beneficios y crédito suplementarios producía un aumento de inversiones del orden de los 40 céntimos. Desde los años 1980, sin embargo, producía solamente un aumento de 10 céntimos. Es un cambio radical en términos de productividad de las inversiones financieras. Según Mason, “esto es resultado de los cambios legales, administrativos y estructurales consecuencia de la revolución de los detentores de acciones en los años 1980. En el modelo administrativo anterior, cuando entraba más dinero en una empresa -por ventas o por crédito- normalmente comportaba que había más dinero destinado a inversión fija. En el nuevo modelo dominado por el rentismo, cuando entra más dinero, significa más dinero para los detentores de acciones en forma de dividendos y recompra de acciones”.78 (Mason, p.1)

No tenemos datos comparativos para Brasil, pero si tuviéramos la misma proporción de solamente el 10% de los intereses extraídos que se transforman en inversiones, mientras que los otros 90% bailan en la danza financiera, no podríamos recuperar una dinámica de crecimiento económico aunque los rendimientos para los inversores financieros aumentasen radicalmente. Es el capital improductivo el que aumenta, esterilizando los recursos. Aquí es igualmente interesante el paralelo con los Estados Unidos, donde con la crisis del 2008 la masa de recursos públicos que el gobierno pasó a los bancos, en vez de transformarse en inversión productiva para redinamizar la economía, se dirigió hacia la compra de más papeles, el aumento de los bonus, primas y semejantes. En el caso brasileño, los diversos subsidios e incentivos tampoco se transformaron en activos para la economía, pues los favorecidos solamente compraron más papeles, en particular de la deuda pública. Aquí se ve claro el mecanismo de quiebra de la llamada formación bruta de capital fijo.

Como los dividendos están poco tasados por el sistema tributario -esto se consiguió gracias a la capacidad de presión política- el círculo de la financiarización y de la riqueza no productiva se cierra. Joseph Stiglitz propone la definición siguiente de rent-seeking: “La práctica de obtener riqueza, no por medio de actividad económicamente rentable, sino extrayéndola de los otros, frecuentemente mediante la explotación.” Forma parte de lo que él califica como unearned income, beneficio sin contrapartida productiva. El nuevo sistema de intermediación financiera también generó, a su vez, una masa de abogados, consejeros, contadores, gestores de fondos y semejantes, todos ávidos por maximizar los retornos y los bonus correspondientes. “Los servicios de gestión de riqueza crecieron de un universo de 51 empresas que administraban unos 4.000 millones de dólares, en el año 1940, a más de 63 billones de dólares en riqueza (assets) con más de 11.000 consultores y casi 10.000 fondos mutuos registrados con el SEC en el 2014”. (Epstein, p.41) Es la tropa de choque de defensa del sistema.

A efectos de comparación, recordemos que el PIB mundial del 2014 fue del orden de los 75 billones de dólares, mientras que las fortunas gestionadas se calculan en centenas de billones. Una masa de profesionales generó un cluster importante de poder, con fuerte influencia, en particular, en el conjunto de la comunicación financiera en los grandes medios de comunicación, que presenta casi exclusivamente la visión de los intereses de los grandes grupos financieros. Raras veces vemos en la media a un economista que no sea del llamado “mercado”. Lo que vemos son profesionales interesados en maximizar los rendimientos del sistema. Según su discurso, la economía solamente volvería a funcionar si rescatásemos su confianza, la llamada “confianza del mercado”. En realidad, vuelve a funcionar solamente para ellos.

En el caso brasileño, no disponemos de estudios correspondientes sobre la estructura de intermediación y de poder político que estos intereses generan, atropellando cualquier intento de controlar, reglamentar o hacer mínimamente razonable el nivel de sus ganancias. Pero quedó claro lo que hay cuando el gobierno Dilma intentó reducir los absurdos tipos de interés (tanto sobre la deuda pública como para las personas jurídicas y personas físicas) en el 2013: ellos se lanzaron a la guerra total. El mundo financiero y los rentistas reaccionaron en bloque y este movimiento fue aprovechado por diversas esferas de oportunismo político y jurídico.

Es interesante este paralelo con los Estados Unidos, cuando inmensos recursos públicos (billones de dólares) fueron transferidos por el gobierno a los grandes bancos estadounidenses a partir del 2008. La diferencia es que las protestas allí no fueron contra los intentos de regular el sistema (Ley Dodd-Frank), sino, concretamente, contra los especuladores. Las grandes manifestaciones del movimiento Occupy Wall-Street, duramente reprimidas, no eran contra el gobierno, sino contra quien se apropió de éste: los grandes bancos. A pesar de esas manifestaciones y de la rabia latente en los EUA contra los bancos, los favores para el sistema financiero continúan. Donald Trump ya empezó (febrero de 2017) a desmontar lo poco que se consiguió con la Ley Dodd-Frank. Aquí, los bancos continúan en la sombra, sólidamente protegidos por los medios de comunicación, por el sistema jurídico y por los ministerios y el Banco Central, al que controlan.

¿Cómo hemos llegado a este nivel de deformación del sistema financiero, que llegó a ser esencial para los procesos productivos y hoy los bloquea? Los autores de Overcharged apuntan cinco mecanismos: “Como en la mayor parte de las finanzas, las claves de las rentas excesivas obtenidas por las empresas financieras y traders son: 1) la opacidad, frecuentemente creada de manera deliberada, por medio del exceso de complejidad, falta de transparencia (disclosure), o directamente con informaciones que engañan y que son facilitadas por el frágil marco regulador; 2) elevada concentración del mercado dentro de líneas específicas de negocio, que hace que haya poca competición; 3) subsidios gubernamentales de varios tipos, incluso rescates (bailouts), impuestos subsidiados, facilidad en las reglas contables, y ventajas legales creadas por acuerdos legislativos, administrativos o legales; 4) eliminación de provisiones públicas, lo que genera un mercado abierto para las finanzas y hace que la población quede en una posición vulnerable ante todos esos canales con excesos de renta y rendimientos; 5) regulación fiduciaria débil, que permite que florezcan conflictos de intereses”. (p.35)

La base de la sociedad aguanta el mayor choque de esta reorganización: “Las familias reciben informaciones falsas y caras por parte de consejeros que tienen incentivos para engañar (mislead) y que pueden hacerlo gracias a un ambiente legal y regulador permisivo”. (p.36) Esto, al mismo tiempo, genera el agravamiento de las desigualdades: “Las prácticas y rendimientos financieros han contribuido mucho a la desigualdad de renta y de riqueza en los EUA durante las décadas recientes. Además de eso, algunas prácticas financieras contribuyen a la creación y el mantenimiento de la pobreza. En ningún lugar estas conexiones entre finanzas, desigualdad y pobreza son más evidentes que en la provisión de servicios bancarios para los pobres y para las familias con dificultades financiera”. (p.40)

El paralelo con los tipos de interés exorbitantes en los planes de pago y en los bancos brasileños es evidente. En Brasil, además, con intereses de tres dígitos, las distorsiones son simplemente más escandalosas. Para los autores, la profunda reorganización del sistema financiero es una necesidad obvia. “En general, para enfrentar estas cuestiones que se han planteado sobre los enormes costes de nuestro sistema financiero habitual, necesitamos de tres abordajes complementarios: regulación financiera, reconstrucción financiera y alternativas financieras. Para alcanzar estos objetivos necesitaremos probablemente de una nueva ley Glass-Steagall que elimine la red de seguridad social de que gozan las actividades financieras altamente especulativas; de límites mas estrechos en relación con el apalancamiento y el tamaño de los bancos, para dividir (break-up) las instituciones financieras más grandes y más peligrosas; y una regulación más rigurosa para limitar lo que se paga por esas actividades de alto riesgo”. (p.43)

Los autores de la investigación destacan, también, la consecuente reformulación de los objetivos del sistema financiero, para que vuelva a ser útil (y no perjudicial) para la economía y la sociedad. “Nuestro sistema financiero necesita reestructurarse para servir mejor a las necesidades de nuestras comunidades, pequeños negocios, familias y entidades públicas, tales como los municipios y los estados. Eliminar los subsidios a los bancos “demasiado grandes para quebrar” ayudará a abrir espacios para las instituciones financieras menores y más orientadas a las necesidades de las comunidades; sin embargo, es poco probable que esto permita generar un número suficiente de instituciones financieras para apoyar las necesidades de nuestras comunidades. Como resultado, es probable que necesitemos de un número mayor de alternativas financieras: bancos públicos, bancos cooperativos y bancos especializados, como por ejemplo los green banks y los bancos para infraestructuras”. (p.43)

Los avances de este tipo de investigaciones en los Estados Unidos refuerzan la necesidad de proceder al estudio del flujo financiero integrado en Brasil, buscando el rescate de la función económica de la intermediación financiera en sus diversas dimensiones. Esencialmente, constatamos que la profunda deformación de nuestro sistema financiero no es una característica solamente nuestra, y la metodología utilizada para el análisis del proceso financiero integrado en otros países nos ayuda a ver con más realismo lo que pasa por aquí. Todos estamos buscando nuevos rumbos.

11 - Buscando rumbos: caminos y descaminos

Tal y como hemos visto, comprender los problemas estadounidenses nos permite dimensionar los desafíos de Brasil. Dos estudios más, muy recientes, contribuyen en este sentido. Uno es de Joseph Stiglitz, Rewriting the Rules: an Agenda for Shared Prosperity (Reescribiendo las reglas: una Agenda para la Prosperidad Compartida). El otro es de Michael Hudson, Killing the Host: How Financial Parasites and Debt Destroy the Global Economy (Matando al Hospedero: cómo los Parásitos Financieros y la Deuda Destruyen la Economía Global). Ambos trabajos son poderosos para repensar estructuralmente el sistema.

Joseph Stiglitz organizó un documento que constituye una agenda para los Estados Unidos, hoy presos en una trampa de las élites que insisten en combatir contra las políticas sociales, promover más desigualdad y atacar contra las políticas ambientales. Invirtiendo radicalmente las visiones del mainstream, el amplio grupo de economistas que participa de este informe rechaza “los viejos modelos económicos”. Dice el texto: “Las nuevas investigaciones y formas de pensar que emergieron como resultado [de las crisis] sugieren que la igualdad y el desempeño económico constituyen, en realidad, fuerzas complementarias y no opuestas”. O sea, la visión de que concentrar la renta pone más dinero en manos de los capitalistas que invertirán más y desarrollarán la economía, y que el trickling down, literalmente ‘goteo’, irá al fin y al cabo a favorecer a la población es sencillamente equivocada: la búsqueda de la reducción de las desigualdades es la que refuerza el buen desempeño económico79.

Por más evidente que sea, este giro teórico en los Estados Unidos es importante. Se abandona la visión según la cual la austeridad, con ahorro forzado de la población, es la condición para que los ricos puedan invertir y, así, generar el crecimiento. La reducción de las desigualdades pasa a ser vista como el motor principal. Aunque la visión de que la concentración de renta y riqueza para estimular al inversor siga siendo la corriente dominante en la teoría económica, y por desgracia también en Brasil, las investigaciones del Roosevelt Institute, movimientos como el Real World Economics, New Economics Foundation, Alternatives Economiques y tantos otros en el mundo buscan soluciones por la vía de la reducción de las desigualdades, la ampliación del consumo de masas, la expansión de las políticas sociales y ambientales, y la reducción de los tipos de interés. El movimiento The Next System, lanzado en marzo del 2015 por Gar Alperovitz, Gus Speth, Jeffrey Sachs y otros forma parte de esta reconstrucción.

Los economistas estadounidenses están despertando y construyendo nuevos rumbos, aunque solamente en la academia. Un párrafo resume bien el desplazamiento de las visiones y da la “temperatura” del informe: “Esto que presentamos no es sobre una política de envidia. Los datos de los últimos 35 años y las lecciones del estancamiento y recuperación con bajos salarios desde la crisis financiera del 2008 muestran que no podemos prosperar si nuestro sistema económico no crea prosperidad compartida. Este informe es sobre cómo podemos hacer que nuestra economía, nuestra democracia y nuestra sociedad puedan funcionar mejor para todos los estadounidenses”. (Stiglitz, p.15)

Stiglitz es hoy un punto de referencia mundial. Nobel de Economía, fue economista jefe del gobierno Clinton y del Banco Mundial, y se ha revelado como una luz en esta confusión que es la ciencia económica moderna, aliando solidez teórica y una excelente visión de lo que es necesario en términos prácticos. Políticamente no es un revolucionario, sino alguien que busca el rescate de un capitalismo civilizado: menos desigualdad, más abierto a generar oportunidades que clubes de afortunados, menos destructivo en términos ambientales, más democrático en los procesos de decisión. Su trabajo, hoy, está ancorado en el Roosevelt Institute, un think tank progresista que ayuda mucho a repensar los rumbos. Las ideas progresistas desarrolladas en los Estados Unidos pueden tener mucho impacto, por la irradiación que la producción científica en ese país puede generar.

Una constatación básica: “La economía estadounidense ya no funciona para la mayoría de la población en el país” (p.169) En 40 años, entre el 1973 y el 2013, la productividad de la economía aumentó el 161%, pero la base salarial solamente el 19%. Entre el 2000 y el 2013 la renta media de las familias en realidad se redujo en un 7%. O sea, es un sistema que solamente funciona para un restringido grupo instalado en la cima, generando una nueva era de desigualdad.

Segunda constatación básica: El capitalismo, en particular en su forma financiera, no consigue regularse, y la carrera para conseguir y capturar más recursos parece descontrolada, generando “fraude, incompetencia y negligencia más allá de lo que pueden imaginar los críticos del sector.” (p.162)

Las dos dinámicas, obviamente, están intervinculadas, y eso se hace evidente tanto en el endeudamiento del sector público como en el endeudamiento de las empresas productivas, de las familias, de los ancianos, y más recientemente con el endeudamiento financiero de los estudiantes, que entran en la vida profesional para pagarle a los bancos. Hasta las tarjetas de crédito, aunque sin llegar a los absurdos de Brasil, se constituyen en una forma de cobro de peajes de todas las transacciones comerciales del día a día estadounidense. (p.116, p.161)

El sistema financiero genera la apropiación de los recursos no por parte de quien produce sino por parte de quien maneja los papeles, lo que a su vez agrava la desigualdad, pues los inversores financieros están en la parte superior de la riqueza. El trabajador intenta llegar a fin de mes. El rentismo, citado de cabo a rabo en este estudio, no es solamente una realidad en Brasil. Stiglitz denomina el sistema de crédito de los EUA como “predatory lending”, préstamos predadores. (p.107) En una larga entrevista en la EBC, Paulo Moreira, en el 2016, se mostraba horrorizado con los tipos de interés brasileños. Aquí se consiguió trabar la economía con un stock relativamente moderado de endeudamiento, pero sobre el que inciden unos intereses usureros.

Una tercera dinámica agrava el proceso: la riqueza concentrada permite que la política y el proceso de decisión sobre cómo se regula la economía sean secuestrados. Es como si uno de los dos equipos tuviese el derecho a ir reescribiendo las reglas del juego según sus intereses. “Poner en práctica las reformas osadas (bold) que delineamos en este informe, así como otras medidas para enfrentar la desigualdad de riqueza y de renta, es un asunto tanto de voluntad política como de economía. La concentración de riqueza en nuestra economía creó una concentración de poder en nuestra democracia”. (p.166)

La desigualdad de riqueza genera así desigualdad política. Stiglitz considera que “es crítico que creemos un sistema de financiación de campañas menos dominado por las grandes contribuciones.” (p.167) Cualquier parecido con los problemas brasileños, evidentemente, no es mera coincidencia. Se genera un círculo vicioso, puesto que cuanto más la política queda en manos de las oligarquías, menos condiciones hay para invertir la dinámica: “A medida que crece la desigualdad, el sistema político se ve más atropellado por los intereses corporativos, y las políticas públicas necesarias para ofrecer una verdadera igualdad de oportunidades se hacen más y más difíciles de implementar.” (p.178)

La trampa se cierra. Es lo que antes hemos llamado “captura del poder”, que se extiende de la economía a la política, a la justicia y a los medios de comunicación de masas. El sistema no sólo dejó de funcionar para la población en general sino que dejó de funcionar como sistema porque los intereses financieros no tienen ningún límite: a medida que crece su dominio, ellos tan sólo refuerzan la dimensión improductiva del enriquecimiento.

También contribuye la distinción hecha por Stiglitz entre capital y riqueza: “En el presente análisis, hacemos una distinción entre capital y riqueza. Solamente un aumento del primero anima necesariamente el crecimiento; porque la riqueza puede aumentar simplemente porque hubo un aumento de rentas, y la capacidad productiva de la economía puede no aumentar al ritmo de la riqueza medida. En realidad, la capacidad productiva puede estar cayendo mientras que la riqueza está aumentando”.(p.14) Comprar papeles que rinden o producir zapatos (o dar clases) constituyen dinámicas económicas diferentes. Ser administrador e intermediario de los papeles de otros, apareciendo como generador de riqueza, es la gloria. Entramos en la era de la riqueza improductiva, o sea, del capital estéril.

A nivel de propuestas, el informe presenta también un conjunto de alternativas que buscan la reorientación de la economía estadounidense, en la línea central de la “prosperidad compartida”, ideas que pueden ayudarnos mucho en la definición de nuestros propios rumbos. No como modelo para copiar, pero sí como espejo en el cual podemos repensar nuestra realidad. Medidas como tasar al capital improductivo (riqueza), reducir la apropiación de la política por parte de las corporaciones, reforzar la capacidad de negociación de las clases trabajadoras, reducir las desigualdades y otras propuestas muestran un país que tiene, a otra escala y con variaciones, desafíos muy próximos a los nuestros. El informe permite, así, que podamos comprender mejor nuestras dinámicas. El capitalismo financiero, en lo esencial, es uno solo. Y nuestras soluciones, nos gusten o no, no serán solamente nacionales.

Una segunda investigación esencial es la de Michael Hudson, Killing the Host (Matando al Hospedero), menos sintética que la de Stiglitz, pero seguramente con más mordida, como indica el propio subtítulo del trabajo: Cómo Parásitos Financieros y la Deuda Destruyen la Economía Global. Así como en los estudios de Epstein y Montecino, y también el de Sitglitz, en esta investigación de Hudson no es posible no quedar impresionados ante el parecido del modelo financiero impuesto a la sociedad estadounidense y nuestros propios dramas.

“A lo que los críticos de los gastos del gobierno quieren realmente oponerse es a la financiación pública, a partir del presupuesto general, inclusive con los impuestos progresivos que pagan las clases más ricas, de la Seguridad Social, del Medicare y otros programas sociales. La hipocresía se hace evidente cuando Wall Street hace loas a la generación de deuda cuando los gobiernos crean moneda para salvar a los bancos.” (p.187) Aquí en Brasil, naturalmente, no es para salvar a los bancos, sino para alimentarlos, pero el proceso es el mismo. En Brasil, por medio de la absurda tasa de intereses sobre la deuda pública; allí, por medio del quantitative easing (QE); aquí, atacando a la Previsión social; allí, desmontando el Obamacare.

Los impactos para la sociedad son igualmente paralelos: “La clase media está siendo machacada mientras que los mercados se encojen. El resultado es la austeridad post-2008. El pago de las deudas se está extrayendo a la fuerza (squeezed out) por medio de las deudas inmobiliarias, de los préstamos a estudiantes y las deudas de la tarjeta de crédito. Los salarios reales y los ‘mercados’ se estancan porque los consumidores tienen poco para gastar después de pagar una mayor proporción de su renta para el servicio de la deuda.” (p.186) ¿Cuál es el volumen de los recursos? Por lo que hace a la magnitud, aunque contribuyendo con menos del 10% del valor agregado de la economía, “a mediados del 2013, la parte del sistema bancario en los beneficios corporativos había alcanzado el 42%.” (p.194) La participación en más del 40% de los beneficios, mientras que contribuye en menos del 10% del valor que extrae da una idea del dominio financiero sobre el conjunto de los procesos productivos, pero sobre todo pone en evidencia el hecho de que el sistema financiero extrae recursos de la economía, y no la financia.

La serie investigada en los EUA desde 1947 muestra que, en aquel año, la parte de los bancos en los lucros corporativos era del 11%80. La reducción correspondiente de los salarios en el pastel económico forma parte de esa transferencia, como también las dificultades de las empresas de la economía real, por la reducción de la demanda. El sistema se transformó en un gigantesco aspirador de recursos que van a parar a la cima de la pirámide. Lo que se produce no es el trickling down tan proclamado, sino un caudaloso trickling up. Hudson muestra con toda claridad el bloqueo de la economía por medio de las diversas formas de endeudamiento: “Pagar las deudas inmobiliarias, los préstamos estudiantiles, las deudas de la tarjeta de crédito, las deudas empresariales, las deudas de los gobiernos estatales, locales y el federal, todo esto transfiere renta y cada vez más propiedad a los banqueros y dueños de títulos (bond holders). Esta ‘deflación por endeudamiento’ (debt deflation) traba el crecimiento económico al reducir los gastos en bienes y servicios y, consecuentemente, en nuevas inversiones en capital y empleo.” (p.266)

Aparece aquí con fuerza el endeudamiento como mecanismo complementario, pero esencial, de apropiación de la plusvalía proveniente de los productores. “La demanda de los consumidores se deteriora en la medida en que la renta se desvía para el servicio de la deuda.” (p.266) El asalariado puede, incluso, conseguir un aumento, pero si los intereses suben más, su capacidad adquisitiva real disminuirá.

¿Cómo fue posible que se instalase silenciosamente esta gigantesca forma de explotación? Según el estilo directo de Hudson: “Tenemos que enfrentar nuevamente el hecho de que, en la naturaleza biológica, los parásitos producen una enzima que seda la percepción del anfitrión de estar siendo dominado por un autoestopista (free luncher). En las economías financiarizadas actuales la enzima consiste en una ciencia económica pésima (junk economics).” En términos de junk economics, basta recordar el fantástico cuento de la ama de casa que los economistas serios (en el sentido de reputados) proclaman. Transfieren dinero de las políticas sociales, que serviría a la población, para aumentar el pago de las deudas, que sirve a los banqueros, aumentan el déficit y dicen, con seriedad y gafas de economistas, que se trata de lo que una buena ama de casa haría81. Dejemos aquí de lado el insulto que esto representa para las amas de casa.

El eje general del estudio de Hudson se orienta en el sentido del rescate del control del sistema financiero. En el caso de los Estados Unidos, “solamente un gobierno suficientemente fuerte como para tasar y regular a Wall Street puede controlar la actual captura de poder financiero y rentista.” (p.267) En 1999, los Estados Unidos revocaron la Ley Glass-Steagall que regulaba el sistema financiero. En Brasil, el mismo año, fue revocado el artículo 192, que regulaba el sistema financiero nacional. Resultado: libertad para que los bancos cobren lo que quieran, en Brasil, permite que la lógica financiera absorba, en una dinámica deformada especulativa, cualquier subsidio, exención, transferencia u otros privilegios concedidos a las empresas productivas.

Es impresionante el paralelo entre los intentos de subsidiar sectores productivos en dificultades por parte del gobierno brasileño y las iniciativas semejantes en los EUA. “El nuevo dinero fácil no fue ‘invertido en la economía’ para financiar servicios públicos o invirtiendo en infraestructuras públicas. No fue entregado a las amas de casa o usado para aliviar del peso de la deuda. En vez de eso, la Federal Reserve dio créditos a los bancos de Wall Street a tasas de interés próximas a cero, en el cuadro del quantitative easing (QE). La disculpa era que los bancos prestarían ese dinero para reactivar la economía. El crédito bancario fue presentado como más eficiente que el gasto de los burócratas del gobierno -como si todo el gasto público fuese simplemente una pérdida-. Esta lógica engañosa demostró ser completamente falsa y, en realidad, una inversión deliberada tanto por lo que hace a la dirección real a la que se dirige el crédito bancario como en lo referido a en qué se gasta.” (p.263)

Estamos hablando aquí de cuatro billones de dólares en los Estados Unidos, y de un billón de euros en Europa, a título de subsidios, “para ayudar al sector situado en la cima de la pirámide económica, y no para reducir o cancelar (write down) deudas o reactivar la economía real mediante gasto público. Este enorme acto de creación de moneda podría haber permitido que los deudores se librasen de la deuda para poder recomenzar a gastar y mantener el flujo circular de la producción y el consumo en movimiento. Pero, en vez de eso, los gobiernos dejaron a la economía empantanada en deudas, creando moneda solamente para dársela a las instituciones financieras.” (p.178)

El impacto esclarecedor del libro de Hudson está, en gran parte, vinculado al hecho de que ha trabajado en esa área -ninguno de los mecanismos apuntados se enseña en las universidades- y, en particular, por haberse dedicado intensamente al conjunto de subsistemas de apropiación de excedente social. Títulos de deuda pública, acciones, patentes, seguros, especulación inmobiliaria, oligopolios, apropiación de recursos naturales, sistemas de intermediarios comerciales, evasión fiscal y los más diversos sistemas paralegales o ilegales que envuelven al sistema financiero realmente existente y que contribuyen, todos, a la formación de una clase rentista cuyos intereses están profundamente divorciados del progreso real de las poblaciones y de la sostenibilidad. Ni los planes privados de salud se escapan.

Tampoco los Estados Unidos son una isla en términos de desgobierno financiero. Vuelvo al argumento de que vale la pena entender cómo funciona el sistema de forma global, para poder darnos cuenta del caso brasileño, que con menos gobernanza es aún más grave. Veamos el ejemplo de la City de Londres, segundo centro financiero mundial después de Wall Street, que se aproxima mucho del caso estadounidense.

Joris Luyendijk, periodista de investigación holandés de primera línea, fue convidado por el The Guardian a hacer un estudio sobre el funcionamiento de las finanzas en la City. El resultado es un libro muy interesante. Luyendijk construye su comprensión del sistema financiero junto con el lector, abriéndole al no especialista el acceso a los engranajes y, en particular, a los intereses y conflictos que surgen. Como la City está vinculada a la mayor red de paraísos fiscales, fraudes e ilegalidades con recursos de terceros, abrir esta ventana y ver cómo suceden las cosas en la práctica es muy interesante. Desgraciadamente, son dinámicas cuyos costes recaen sobre todos nosotros.

El primer punto: el lío es general. Responden por fraudes monumentales el Deutsche Bank, el HSBC, el Barclays y cualquiera de esos gigantes que se pueda imaginar. Y más: siete años después de la quiebra de Lehman Brothers continuamos con la misma dinámica, esperando la próxima. La lógica es simple: “Megabancos e instituciones financieras enormes operan globalmente, dicen los políticos de esta escuela, mientras que la política y las reglas del juego se organizan a nivel nacional o, en el mejor de los casos, en continentes o bloques. Las instituciones financieras pueden hacer que se enfrenten bloques de países unos contra los otros, y lo hacen sin ninguna vergüenza (shamelessly).” (p.258) En otras palabras: hay una regulación dispersa y fragmentada en cerca de 200 países, con sus respectivos bancos centrales, mientras que los gigantes financieros navegan por el planeta, como ya vimos, sin ninguna regulación, a no ser algunas recomendaciones de buena voluntad del BIS (Banco Internacional de Compensaciones, de Basilea). Es la era del todo vale.

Segundo, esta alta finanza está íntimamente relacionada con todos nosotros. Queramos o no, manejamos una tarjeta de crédito, quizás estamos pagando los plazos de una casa o de una compra comercial, tal vez tengamos dinero invertido o, simplemente, no entendemos cómo un banco puede cobrar hasta el 633,21% en el cupo rotativo de la tarjeta (es el caso del español banco Santander en Brasil). Véase, por ejemplo, que millones de estadounidenses están indignados porque fueron tasados por una segunda cuenta que la Wells Fargo, otro gigante, abrió a sus nombres sin que ellos mismos lo supiesen. “En los casos de los escándalos Libor y FX, traders en los grandes bancos y casas de corretaje manipularon tasas cruciales de intereses y de cambio, para obtener ganancias personales, durante años y años.” (p.234) ¿Cuál es la importancia de eso? “El mundo de la finanza no es una tierra distante que, para nuestra seguridad, pueda ser ignorada. Si el dinero es para la sociedad lo que la sangre es para el cuerpo, entonces el sector financiero es el corazón.” (p.261)

¿Y la ética en el proceso? “En la City, usted no pregunta si una propuesta es moralmente correcta o equivocada. Usted examina el grado de “riesgo reputacional’. Usar brechas en el código fiscal para ayudar a las grandes corporaciones y familias ricas en la evasión fiscal es ‘optimización tributaria’, mediante ‘estructuras fiscalmente eficientes’. Abogados financieros y reguladores que aceptan cualquier cosa que usted proponga son ‘business-friendly’, casos de fraude comprobados o de abuso se denominan ‘mis-selling’, y aprovechar inconsistencias entre los sistemas reguladores de dos países constituye ‘regulatory arbitrage’.” (p.106) En las sucesivas entrevistas de Luyendijk, los hombres de las finanzas preferían decir que no son inmorales, sino solamente amorales. “Bienvenido al mundo de la finanza globalizada”, escribe el autor. (p.109)

¿Los economistas no tendrían que explicar cómo funciona este sistema? “Necesité meses para entender la arquitectura y la cultura de los bancos de inversión, y lo que me sorprendió fue lo poco que los economistas ayudan – el propio segmento de especialistas que usted imagina que podría iluminar el mundo de la alta finanza. Pero los economistas no hacen trabajo de campo.” (p.45) El libro de Luyendijk tiene esta fuerza. Él entra en las instituciones, conversa, entrevista, comprueba y se mete en este mundo, escuchando quejas de borracho e indignaciones morales. Queda claro, por ejemplo, el porqué los clientes son llamados, internamente, muppets (estúpidos, fantoches).

Una percepción interesante del estudio es que esas instituciones son “demasiado grandes para saber lo que está sucediendo” (too big to know what’s going on, un perjuicio que ya vimos antes en el estudio de Lumsdaine). “En muchos bancos, los despachos del frente, del medio y de retaguardia obedecen a sistemas diferentes en diferentes países… los lectores se quedarían sorprendidos si supiesen la desgracia que son (just how crap) los sistemas de tecnología de la información en muchos bancos, así como en las corporaciones y ministerios de gobierno”. (p.141) En realidad, los gigantes corporativos no pueden provocar mucha envidia a la burocracia estatal. Peor, ni siquiera los sistemas internos de control que existen por ley (los departamentos de “compliance”) entienden lo que sucede. (p.132)

Esta proximidad a los sistemas burocráticos del Estado no constituye solamente un parecido. El autor también trabaja la captura del poder: “Durante las últimas décadas, los partidos políticos mainstream, así como los reguladores, pasaron a identificarse con el sector financiero y su gente. El término aquí es ‘captura’, una forma de comportamiento de manada en términos cognitivos… La captura es más sutil y ya no requiere la transferencia de fondos, pues lo político, lo académico o lo regulador ya empezaron a creer que el mundo funciona del modo en que los banqueros dicen que funciona”. (p.257) Estamos aquí en un universo que conocemos bien: “En América, en Francia y en el Reino Unido, la ley permite que los bancos y los banqueros compren poder político -proceso conocido en otros ejemplos de lenguaje ensombrecido como ‘donaciones de campañas’ en vez de corrupción”. (p.256)

¿En relación con las medidas? “Esto requiere leyes mejores y no sería difícil ver cuáles son los cuatro cambios que esas leyes tendrían que realizar. En primer lugar, los bancos tendrían que ser divididos en unidades menores, de forma que dejen de ser demasiado grandes o demasiado complejos como para quebrar, y esto significa que ya no podrían chantajearnos más. Al mismo tiempo, los bancos no deberían tener bajo el mismo techo actividades que generan conflictos de intereses, como trading, gestión de patrimonio y negociación, actividades de banco para particulares, y actividades de banco de inversión de mayor riesgo. En tercer lugar, los bancos no deberían estar autorizados para construir, vender o ser propietarios de productos financieros excesivamente complejos, de manera que los clientes puedan comprender lo que están comprando y los inversores puedan entender la contabilidad de los bancos. Finalmente, los bonus, pero también las críticas, deberían recaer sobre las mismas cabezas; o sea, nadie tendría porqué tener más motivos para pasar despierto la noche, preocupándose con los riesgos para el capital del banco o su reputación, que los banqueros que deciden estos riesgos.” (p.254)

En realidad, ya sea en los EUA, en Londres o en Brasil, el hecho es que la única cosa que vemos del sistema financiero, como simples clientes, es la publicidad que claramente no explica ningún “producto” y solamente pretende asociar el nombre del banco a los valores humanos y la simpatía.

El cajero o gerente de cuentas corrientes, en un extremo del sistema, desconocen completamente, de forma general, el sistema en su conjunto. A él le toca vender los productos, incluso sabiendo que son perjudiciales para los clientes, porque tiene que cumplir con los objetivos marcados, ganar puntos y evitar perjudicar a los colegas de la agencia. Para los más conscientes, el malestar es creciente.

***


El principio del equilibrio político al que estamos sometidos es simple: hay que mantener “la confianza de los inversores”, o sea, mantenerlos gordos y bien alimentados, porque si no protestan. Evidentemente, no se trata de inversores en el sentido estricto de inversores productivos, sino de agentes financieros que ganan de acuerdo con el rendimiento de los papeles que no tiene nada que ver con su contribución a la economía. Al contrario, al extraer más de lo que contribuyen generan un impacto líquido negativo sobre toda la economía. Hemos visto antes la evaluación de Epstein y Montecino según la cual de cada dólar que llega a los intermediarios financieros solamente 10 centavos retornan a la inversión productiva. No conozco ningún dato que me permita evaluar la proporción correspondiente en Brasil. O sea, no tenemos elementos para evaluar lo más importante: cuál es la productividad del sistema financiero del país. Pero estamos aquí siempre sometidos a la misma lógica: rinde más invertir en papeles que producir, y la economía productiva, simplemente, es víctima del drenaje de los recursos.

La población en general se ve, literalmente, desprovista del resultado de sus esfuerzos por tres mecanismos convergentes. El más tradicional resulta del hecho de que la productividad del trabajador aumenta sin que aumenten de manera proporcional los salarios.

Tenemos aquí la plusvalía extraída por vía de la comprensión de la remuneración de los trabajadores. En la misma línea se sitúa la reducción o no aumento de los salarios cuando se ven corroídos por la inflación.

Una segunda forma para reducir los rendimientos de los trabajadores tiene que ver con el salario indirecto: el acceso a escuela pública, servicios de salud, a la seguridad social en general, a las diversas formas de acceso a los bienes y servicios de consumo colectivo. Cuando se ataca a esta otra forma de rendimiento, por ejemplo, transformando los impuestos en pagos de la deuda pública o congelando la capacidad del gobierno para expandir políticas sociales, el resultado es que se crea otro frente de reducción de la participación de la mayoría en el producto social.

Una tercera forma para reducir el derecho de la población a tener acceso a los bienes y servicios es mediante la elevación de las tasas de interés, tanto para personas físicas como jurídicas. Cuando una persona física es obligada a pagar más del 100% sobre un producto comprado a plazos -un problema que las personas ricas se evitan, pues pueden pagar al contado- su capacidad de compra se ve dividida por dos: es más pobre. Cuando una empresa pequeña es víctima de extorsión por vía de los tipos de interés bancarios -cosa que una multinacional evita al pagar los préstamos en el exterior o a través de la matriz con intereses incomparablemente menores- su capacidad de inversión y de producción se ve drásticamente reducida.

Si juntamos los intereses sobre la deuda pública que restringen el acceso de la población a los bienes públicos con los intereses que encarecen el consumo y traban la inversión, tenemos aquí un fenómeno de apropiación indebida generalizado: la extracción de una parte del excedente socialmente producido por parte de quien se limitó a controlar y exigir el rendimiento de sus papeles.

Este proceso se expandió radicalmente desde los tiempos de Marx. Pero no es posible dejar de reaccionar con buen humor al leer este trecho del viejo barbudo: “La deuda pública se convierte en una de las palancas más poderosas de la acumulación primitiva. Como si fuera una varita mágica, dota al dinero de capacidad creadora, transformándolo así en capital, sin que sea necesario que su dueño se exponga a las molestias y los riesgos inseparables de las inversiones industriales o incluso de actuar como usurero. Los acreedores del Estado no entregan nada, pues la suma se convierte en títulos de deuda pública fácilmente transferibles que continúan funcionando en sus manos como si fuesen dinero. La deuda pública creó una clase de capitalistas ociosos, y enriqueció, de improviso, a los agentes financieros que sirven de intermediarios entre el gobierno y la nación. Las parcelas de su emisión adquiridas por los rematantes de impuestos, comerciantes y fabricantes particulares les proporcionan el servicio de un capital caído del cielo. Pero además de todo eso, la deuda pública hizo prosperar a las sociedades anónimas, en suma, el juego de la bolsa y la moderna bancocracia.”82

Marx apunta en el mismo capítulo de El Capital que el sistema de la deuda pública lleva a un aumento de los impuestos para cubrir sus intereses: “Como la deuda pública está asentada en los recursos públicos, que deben financiar su servicio anual, el sistema moderno de impuestos era el corolario necesario de los endeudamientos de la nación”. (La Pléiade, p.1218) Lo que hoy enfrentamos es básicamente el mismo proceso, sólo que radicalmente más amplio en su sofisticación y amplitud.

Lo que es nuevo, por tanto, es la expansión del mecanismo, que hoy se extiende a cada pequeña compra que hacemos a plazos, cada vez que pasamos la tarjeta de crédito por la máquina, cada coste financiero empresarial que se carga en el precio que pagamos al pasar por caja. El sistema de intermediación financiera se agigantó, cobra peajes sobre prácticamente todas nuestras actividades, con una inmensa diferencia relativa con respecto al inversor efectivo en actividades productivas: es un capital improductivo, vuelve solamente en una proporción muy pequeña a la economía real. En realidad, es riqueza o patrimonio que dejan de ser capital. Es realmente interesante ver que el sistema financiero se ha convertido en un vector de descapitalización. Los rentistas tienen que volver a trabajar, a ganarse su pan honestamente como cualquier trabajador. Muchos intermediarios financieros se matan trabajando, sin duda, y ganan ríos de dinero. Pero la cuestión no es ésa, lo que importa es el hecho de que su trabajo consiste en apropiarse del fruto del trabajo de los otros.

Las nuevas tecnologías, al permitir que las corporaciones financieras hagan el seguimiento en detalle de nuestro dinero inmaterial, de nuestra cuenta o nuestra deuda, mediante algoritmos que facilitan el tratamiento de datos en masa, generan una nueva realidad tanto nacional como mundial. Nuestro derecho a los bienes y servicios de la sociedad depende de las señales magnéticas inscritas en los ordenadores de los bancos y en la tarjeta de nuestra cartera. Nos guste o no, estamos dentro del sistema. Joel Kurtzman, en su Death of Money, tenía razón cuando especulaba, todavía en el año 1993, sobre el cambio de poder económico que el dinero como expresión digital permitiría.83

Luchar por condiciones decentes de vida, además de luchar por salarios decentes, implica hoy la lucha por el salario indirecto, mediante políticas públicas, y la lucha contra los intereses extorsivos que drenan nuestra capacidad de compra. La necesidad de la lucha no se reduce, se expande. Y la necesidad de comprensión de los nuevos mecanismos de explotación, por parte de la población en general, se hace esencial.

12 - La dimensión brasileña: los cuatro motores de la economía

No por casualidad, la publicidad de los agentes financieros está tan repleta de imágenes de ternura y seguridad. Una joven sonriente, ancianas que juegan con el móvil, una madre con hijos o un bebé: todo para transmitir tranquilidad y seguridad. Sin embargo, pocos sectores de actividad son tan truculentos en sus impactos, como se ve en el caso de los millones de estadounidenses que perdieron sus casas, los griegos que perdieron sus ahorros o la masa de brasileños del ‘piso de abajo’ que se ven atrapados sin ni siquiera entender el mecanismo que les priva de los recursos. Los sistemas dominantes de información no ayudan. Como tan bien resume el propio Michael Hudson, “el objetivo implícito de los departamentos de márqueting de los bancos -y de los acreedores en general- es amarrar el conjunto del excedente económico al pagamiento del servicio de la deuda.” (p.3)

Por todas partes, en Brasil, vemos sofisticados sistemas de información llamados “impuestómetros”. Esto repercute con fuerza en las emociones de la población, que se siente aplastada por los impuestos y se olvida de los intereses. Ni siquiera entiende que los mismos impuestos son tan altos porque, precisamente, en gran parte son transferidos a los bancos: el salto en la carga tributaria, del orden de entre el 27% y el 34%, se produjo ya en los años 1990, justamente para pagar los intereses de la deuda. El ‘clavo en el ataúd’ es que son, exactamente, los mayores receptores de los recursos desviados de esa manera, los que pagan menos impuestos.

Pero vamos por partes. Lo que ya hemos visto, tanto en términos de nueva arquitectura del poder como en los ejemplos de mecanismos de extracción del excedente producido por la sociedad, ayuda a fijar puntos de referencia. Lo que queremos ver ahora es cómo este sistema se organiza en Brasil, y cómo trabó la economía en general.

La economía funciona movida por cuatro motores: las exportaciones, la demanda de las familias, las iniciativas empresariales y las políticas públicas. En nuestro caso, a partir del 2014, estos cuatro motores quedaron trabados, y el sistema financiero pasó a desempeñar el papel esencial en este bloqueo. Entender este proceso nos permite entender cuáles son los principales engranajes de la propia economía.






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