Ladislau Dowbor La era del capital improductivo


El impuesto progresivo sobre el capital



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El impuesto progresivo sobre el capital

¿Cómo enfrentarse al capitalismo patrimonial globalizado del Siglo XXI? Ésta es la cuestión central planteada en el estudio de Piketty. El desafío tiende a desanimar. El autor se refiere, con coraje, a la “utopía útil” que propone. Más todavía porque es un realista, plenamente consciente “del grado de mala fe alcanzado por las élites económicas y financieras a la hora de defender sus intereses, así como, a veces, también por los economistas, que ocupan actualmente una posición envidiable en la jerarquía estadounidense de los rendimientos, y que tienen frecuentemente una lamentable tendencia a defender sus intereses particulares, siempre disimulando tras una improbable defensa del interés general”. (p.834)

Lo que Piketty propone no será fácil. El congresista medio en los Estados Unidos tiene un patrimonio personal del orden de 15 millones de dólares, frente al patrimonio medio de los adultos estadounidenses de 200.000 dólares. Nos vienen a la memoria los dilemas de Lincoln al intentar hacer que un congreso constituido por dueños de esclavos votase en favor del fin de la esclavitud. Los biógrafos comentan como un hombre íntegro recorrió a los métodos más retorcidos para conseguir el mayor avance civilizatorio en la historia de los Estados Unidos.

La visión más amplia en términos propositivos está en la línea de un impuesto progresivo sobre el capital financiero acumulado. Como los mecanismos de mercado en vez de generar equilibrios generan un proceso acumulativo de desigualdad, en una espiral descontrolada de enriquecimiento cada vez menos vinculado a la contribución productiva, una intervención institucional para organizar la redistribución es indispensable. “La herramienta ideal, escribe el autor, sería un impuesto mundial y progresivo sobre el capital, acompañado de una gran transparencia financiera internacional. Una institución de este tipo permitiría evitar una espiral de desigualdad sin fin y regular de forma eficaz la inquietante dinámica de la concentración mundial de los patrimonios”. (p.835)

No se trata solamente de frenar una dinámica descontrolada, sino de recomponer y ampliar las políticas sociales, para las cuales la acción pública es esencial. Piketty tiene muy claro el peso esencial que tuvieron las políticas sociales en la fase equilibrada de desarrollo del pos-guerra. El Estado no es ‘gasto’, sino prestación “de servicios públicos que benefician gratuitamente a las familias, en particular los servicios de educación y de salud financiados directamente por el poder público. Estas ‘transferencias in natura’ tienen tanto valor como las transferencias monetarias contabilizadas en la renta disponible: evitan que las personas interesadas tengan que desembolsar sumas comparables -o a veces claramente más elevadas- a productores privados de servicios de educación y de salud”.

Piketty converge aquí con las aportaciones de Amartya Sen sobre políticas sociales, según las cuales éstas, aunque presentadas como gastos, constituyen inversiones en las personas, con impactos productivos generalizados68. Piketty es principalmente un historiador de la economía. Su análisis del largo plazo permite -y esto se siente a lo largo de todo el libro- hacer un saludable paso atrás que permite una visión que supera las simplificaciones y las reacciones ideológicas. Ver descritas las declaraciones indignadas de los ricos, hace un siglo, cuando se inició el cobro del impuesto de renta, solamente con algunos puntos porcentuales sobre las personas de renta elevada, nos da la dimensión de que ciertas cosas que parecían absolutamente imposibles antes ya forman parte de nuestro cotidiano. Más todavía, fue la expansión de la carga tributaria en Europa y en los Estados Unidos lo que permitió los avances civilizatorios. “El desarrollo del Estado Fiscal durante el siglo pasado corresponde esencialmente a la constitución de un Estado social.” (p.765)

El estudio de Piketty muestra, inclusive, que las diversas formas de renta mínima, con gran impacto social, representan costes muy limitados. Los ‘mínimos sociales’ como los denomina, “corresponden a menos del 1% de la renta nacional, casi insignificantes en la escala de la totalidad de los gastos públicos.” Aquí aflora el humanista, la conciencia de la guerra ideológica: “Se trata, mientras tanto, de gastos frecuentemente contestados con la mayor violencia. Se establece la sospecha de que los beneficiarios escogerán instalarse eternamente en la asistencia, aunque la tasa de demanda de estos ‘mínimos’ sea generalmente mucho más débil que la de las otras prestaciones. Eso refleja el hecho de que los efectos del estigma (y frecuentemente la complejidad de los dispositivos) tiende frecuentemente a disuadir a los que tendrían derechos a las mismas.”

En los Estados Unidos, el estigma contra los pobres sintoniza con un racismo poco disimulado. “Se observa que este tipo de cuestionamiento de los mínimos sociales, tanto en los Estados Unidos (donde la imagen de la madre soltera, negra y ociosa juega el papel de rechazo absoluto para los que desprecian el flaco Welfare State estadounidense) como en Europa.” El autor denuncia el “Estado carcelario” que substituye a veces al Estado proveedor: el 5% de los hombres negros en los Estados Unidos están en prisión. (p.765) Además, no se puede olvidar la catastrófica situación carcelaria en Brasil, con más de 600.000 presos, de los cuales el 40% en prisión preventiva.

Habría, por tanto, inmensos beneficios de productividad social por la reorientación de los recursos y la tasación de su uso especulativo e improductivo. Otro vector importante del impuesto sobre las fortunas es el hecho de generar transparencia sobre los flujos financieros. Hemos visto que algo que equivale a entre un cuarto y un tercio del PIB mundial se esconde en paraísos fiscales, que generan una desorganización planetaria al deformar los tributos pagados en los países de origen, abriendo incluso las puertas para el tráfico de armas y de drogas, además, evidentemente, de la propia evasión de impuestos por parte de quien más tendría que pagar.69

Las propuestas de Piketty se orientan en el sentido de crear un impuesto progresivo, de montante reducido, sobre el patrimonio acumulado para empezar a reducir el caos planetario. En realidad, esa propuesta se aproxima a la Tasa Tobin (propuesta de tasación de transacciones financieras internacionales) generando recursos y, en primer lugar, permitiendo el registro de los flujos. Conforme hemos visto, un ejemplo de impuesto posible seria la exención o el pago del 0,1% para quien no tiene ninguna fortuna o está por debajo de 1 millón de euros, del 1% entre 1 y 5 millones de euros, y del 2% entre 5 y 10 millones, y así progresivamente. (p.943)

El argumento más fuerte es que la imposición de ese capital parado, que rinde sin que las personas tengan que organizar su utilización productiva, rindiendo por inversiones especulativas y frecuentemente por simples transferencia de nuestros impuestos (como sucede en el caso de nuestra tasa Selic), permitiría reducir la deuda pública y, al mismo tiempo, financiar más políticas sociales, además de apoyar a las inversiones tecnológicas y productivas en general. El impuesto sobre el capital ya existe de forma incipiente en diversos países. Se trata solamente de dinamizar una política que se hace indispensable a nivel planetario.

¿Utópico? Sin duda. Pero también fueron utópicos el impuesto de renta (‘los ricos nunca aceptarán’), la renta mínima, el derecho de huelga y tantas otras imposibilidades, hasta que esas ideas encontraron anclas en la mente de las personas. El argumento fuerte es que esos detentores de fortunas paradas, al ver que el impuesto les alcanza, tenderán a hacer algo útil con el dinero. Y al constatar que el impuesto sobre el capital improductivo reduce su almacenamiento, podrían acordarse de su pasado capitalista y abrir una empresa, contratar personas y producir bienes y servicios necesarios para la sociedad.






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