História do Tempo Presente: oralidade, memória, mídia


particularidades de la fuente: la narración oral de la experiencia



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particularidades de la fuente: la narración oral de la experiencia
vivida. Vista de esa manera, la fuente contenía algo más interesante
e importante que las ocasionales informaciones novedosas: un
atisbo de cómo se forman esas narraciones a través del tiempo. La
idea acerca de la fuente misma cambió, en tanto ya no fue
considerada como una expresión de la experiencia directa sino
como un relato de la percepción de lo vivido mediado por la cultura.
Este cambio de perspectiva permitió expandir las problemáticas
de trabajo con historia oral. Aquí quiero señalar sólo uno de los
muchos problemas que podríamos tratar. La entrevista de historia
oral y la narración testimonial conjunta el tiempo de lo vivido y el
tiempo desde el que se recuerda, y por tanto, el relato incluye la
experiencia acumulada entre uno y otro momento. Experiencia, en
este sentido, se refiere a la sabiduría acumulada de manera que el
recuerdo reacomoda el significado de los sucesos desde esta mirada
retrospectiva. Comprender las narraciones que provienen de la
memoria requiere de nuestro conocimiento de ese tiempo
intermedio, no sólo por lo que toca a la vida personal de quien
narra sino los cambios habidos en la sociedad de que es parte. Un
aspecto que se destaca en particular concierne cómo en el presente
ciertos sucesos pasados son valorados, lo cual en consecuencia
moldea la forma en que son recordados.
1
Véase, por ejemplo, el planteamiento de Eugenia Meyer (1978).


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II
Esto me lleva, por último, a la producción de la memoria
testimonial dentro del amplio campo de investigación acerca de la
izquierda en la segunda mitad del siglo XX. Varios de los
protagonistas han sentido la necesidad de dejar su testimonio
respecto de lo vivido en el periodo. En general, los animan dos
propósitos. El primero es el de dar fe de lo acontecido, sobre todo
porque piensan que los sucesos en que participaron y los
movimientos a los que pertenecieron son poco conocidos, y la
finalidad de las escasas menciones públicas ha sido denostar y
despreciar a esos movimientos u organizaciones. Entretejido en
este propósito está el ánimo de hablar por quienes no pueden
hacerlo, debido a que fueron asesinados o desaparecidos. El segundo
propósito es continuar discusiones de la época, ya bien contra el
campo adversario ya bien, dentro del mismo campo de la izquierda,
contra quienes seguían la línea política incorrecta, para usar una
expresión de época. En ocasiones a esto hay que aunar el deseo de
rectificar las posiciones propias, que a la distancia o a la luz de
resultados no deseados, se ven ahora como equivocadas aunque
justificadas, en particular con respecto a las organizaciones político-
militares.
Surge en consecuencia la finalidad de describir a un sujeto de
izquierda, haciéndolo por supuesto desde la experiencia personal.
Ejemplifico este afán y los problemas que de ahí se desprenden
con los testimonios autobiográficos de José Woldenberg (1998) y
Fernando Pineda Ochoa (2003). El primero fue activista estudiantil
y después integrante de la directiva del sindicato de profesores
universitarios en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Declara que su intención era más ambiciosa pero que este recuento
memorístico sólo pudo abarcar la década de 1970. Pineda fue
miembro de la Juventud Comunista, la cual abandonó para unirse
a la organización política armada Movimiento de Acción
Revolucionaria (MAR). Su memoria abarca los orígenes del grupo
en la Universidad Lumumba de Moscú y su entrenamiento en Corea


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del Norte, en los últimos años sesenta y los primeros setenta, los
años de cárcel y una serie de viñetas que relatan acciones del
grupo y rinden homenaje a compañeros muertos y desaparecidos.
Es posible pensar que en las dos décadas inmediatas posteriores
a la segunda guerra mundial se cierra un ciclo y comienza otro
para la izquierda. El ciclo que termina se refiere al dominio de
principalmente los partidos comunistas – la vieja izquierda – y el
que se abre se refiere a la pluralidad de posiciones, planteamientos,
estrategias y organizaciones que caracterizaron a la nueva izquierda
que se conformó en las décadas de 1960 y 1970. El rompimiento
entre una y otra obedeció, a los ojos de Pineda, a disposición o no
a tomar las armas, mientras que para Woldenberg el punto de
quiebre tuvo que ver con la necesidad o no de crear un partido y la
naturaleza democrática de la organización política. En ambos casos,
su recuerdo es evidencia de la complejidad del momento pero en
cada narración la tendencia es a simplificar lo sucedido. De la
misma manera, y para referirse a la izquierda en formación en
esos años, dividen el campo entre los grupos armados y los no
armados, con frecuencia usando etiquetas tales como reformismo
y violencia para describir y descalificar al otro.
Pineda Ochoa (2003) describe el camino que llevó a la
radicalización política y cuenta anecdóticamente cómo la lucha
armada se convirtió en el eje de la ruptura. Refiere que un grupo de
jóvenes mexicanos, mientras cursaban estudios en la Universidad
Patricio Lumumba de Moscú, descubrieron sus afinidades políticas
y se convirtieron en el núcleo fundador del MAR. Una de las
actividades estudiantiles era organizar debates sobre cuestiones
diversas en torno al conflicto social y “la metodología requerida
para llegar al socialismo”. La discusión acalorada sobre este último
asunto recaía en dos posiciones opuestas para lograr la nueva
sociedad: la vía pacífica y la vía armada; la argumentación con
frecuencia daba paso a los insultos.
Por su lado, algunos prosoviéticos trataban de imponer una “línea
comunista oficial”, claro, contraria a la violencia revolucionaria. Los
estudiantes mexicanos ajenos al proyecto subversivo eran mayoría


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y no pocos acataban, disciplinados, las posiciones políticas de la
URSS; tampoco faltaron actitudes hostiles hacia los becarios
considerados radicales o ultras. (PINEDA OCHOA, 2003, p. 121-
122)
Con esta alusión a lo que sucedía en la Lumumba – universidad
a la que él no asistió – Pineda da cuenta del rompimiento entre
vieja y nueva izquierda en México, poniendo al centro la cuestión
de la lucha armada.
Lejos estaba José Woldenberg (1998) de defender la línea
comunista oficial o de inclinarse a favor de la vía armada. Su
posición va apareciendo a través de las anécdotas que narra. En
una de ellas encontramos al narrador ocupado, junto con otros
compañeros, en la organización de la huelga de profesores
universitarios que está a punto de estallar; corre el año de 1977.
La discusión en el local sindical es interrumpida por la noticia de
que en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de
Azcapotzalco acaba de ser asesinado uno de los dirigentes
sindicales, Peralta, quien identificó a su asesino como miembro de
la Liga Comunista 23 de Septiembre. El acto violento aparece
como irracional mientras que los preparativos de huelga, es decir,
los actos de la izquierda no armada que participa del movimiento
social, tienen motivos y propósitos definidos, públicos y
publicitados. Entre una y otra izquierda queda la sociedad, en este
caso los estudiantes y profesores del CCH con quienes la izquierda
sindical tiene una relación directa, cercana y positiva; la izquierda
violenta, en cambio, aparece desvinculada y antagónica a esa
sociedad.
El memorista, en ambas anécdotas, no intervino en los hechos
relatados. Woldenberg y Pineda cuentan lo que les fue relatado,
aunque asumen la voz del testigo presencial. Pueden así aparecer
como observadores desde un punto no solo distante, que preserva
la objetividad, sino por encima de los sucesos, que garantiza su
comprensión total del suceso. Esta postura narrativa logra el
esperado efecto de verdad para su versión de los sucesos.
El recuento de la memoria muestra la tajante oposición entre


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una y otra postura política. Las trayectorias individuales, empero,
sugieren fronteras porosas. Por supuesto en la mayoría de los casos,
los militantes de grupos políticos armados primero participaron de
movimientos sociales y organizaciones no armadas. También fue
común que muchos regresaran a este tipo de organizaciones después
de que el movimiento armado fuera derrotado. Igualmente, grupos
en la izquierda no armada creían en la revolución violenta pero
pensaban que aún no era el momento indicado. En otras palabras,
la izquierda no estaba solo conformada por dos polos opuestos
sino y sobre todo por la ancha franja entre ambos. Pineda (2003)
y Woldenberg (1998), en otros pasajes, hacen alusiones a la variedad
de organizaciones y posiciones que reclamaban para sí un lugar en
la izquierda política y cultural, variedad que floreció después de
que el triunfo de la revolución cubana rompió el monopolio de la
vieja izquierda e incitó a la experimentación teórica y práctica. La
tensión entre estos dos ejes narrativos, entre una versión unilineal y
otra multilineal, desaparecerá en ensayos que pretenden ser análisis
político y no memorias de la izquierda; Enrique Semo (2002, p. 9),
por ejemplo, habla de una izquierda dividida entre reformistas y
revolucionarios hasta mediados de los años ochenta (y por lo mismo
la izquierda posterior le parece inédita); varios otros autores
describen el camino de la izquierda desde la década de 1970 hasta
principios del siglo XXI y ni siquiera mencionan a los grupos políticos
armados. Ayudados por recuerdos que aplanan la rugosidad de lo
vivido, estos análisis selectivamente construyen una tradición
unilineal de lo que fue la izquierda
2
.
Otro ejemplo de cómo los testimonios autobiográficos narran
selectivamente y crean una tradición unilineal tiene que ver con la
politización de los sujetos. Recurro nuevamente a los dos autores
ya citados.
Woldenberg (1998) narra la trayectoria que sigue dentro de la
izquierda, primero estudiantil y después sindical. Nos enteramos
2
Raymond Williams (2011, p. 61-94) propone que uno de los ejes del análisis
cultural es la selectividad que construye una tradición lineal y única.


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de su indignación frente a sucesos de represión, de su curiosidad
por grupúsculos de la izquierda estudiantil, del activismo que lo
llevó a la puerta de alguna fábrica a vender un periódico de
izquierda o distribuir un volante. Pero lo que nunca hace es narrar
cómo se convirtió en persona de izquierda, qué opciones tuvo y
por qué decidió por una y no otra. Los primeros recuerdos que
narra son los de su entrada a la universidad, un joven que, como
muchos otros de entonces, gusta del rock y está indignado por la
represión de estudiantes en 1968. También, un joven que ya se
distingue de otros porque busca y sigue a la izquierda. Pero en
ningún momento describe que lo llevó a esa preferencia, sino que
la da por hecho. Pineda (2003), cuando aparece en la narración,
ya es miembro de la Juventud Comunista, y pertenece a la disidencia
que se inclina por la lucha armada. Ya antes ha explicado las
causas de la radicalización política: por un lado, el ejemplo de las
luchas antiimperialistas en Cuba, Vietnam y Argelia, y por otro, la
repetida represión de la protesta pacífica en México, que no deja
otro camino que la organización armada. Por supuesto lo que
refieren es su experiencia, y acerca de ella no hay cuestionamiento
posible. Pero es interesante que ambos eviten adentrarse en la
subjetividad, o mejor dicho, en la formación de esa subjetividad
que percibió al antimperialismo y la protesta como valores positivos.
Sus testimonios revelan sus experiencias en la izquierda pero
permanecen mudos respecto de por qué experimentaron el mundo
de cierta manera, es decir, cómo cada uno se constituyó en sujeto
de izquierda.
Los pasajes, de distinta manera, muestran la relación entre el
tiempo de contar y el tiempo del que se habla. En los primeros
ejemplos es evidente que la discusión entre distintas posturas de la
izquierda ha proseguido en el tiempo. Los hechos del presente, al
mismo tiempo, han renovado la discusión. En 1988, producto de
la movilización para la campaña presidencial y la posterior denuncia
de fraude electoral, surgió el Partido de la Revolución Democrática,
coalición de importantes sectores de viejas y nuevas izquierdas con
vestigios del nacionalismo revolucionario, alineados todos hacia el


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centro del espectro político con la intención de participar en
elecciones. Seis años después, el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN) brincó al escenario público y declaró la guerra al
estado mexicano. Ambos sucesos han marcado la política en
México en las últimas dos décadas, son consecuencia directa de
las izquierdas de los setenta, y en cierto modo reavivaron la polémica
entre la vía pacífica y la vía armada hacia el cambio. También es
de notar que en el presente domina la opinión negativa respecto de
la lucha armada; el EZLN, incluso, ha seguido una política de
autonomía que se apoya en los acuerdos de paz y el rechazo a la
idea de tomar el poder. Posiblemente por esa razón sea más sencillo
para Pineda asentar que la decisión por las armas fue la única vía
posible que les dejó la represión estatal, aunque la anécdota anterior
de hecho afirme la importancia del rompimiento ideológico con la
línea oficial comunista de coexistencia pacífica. Así como los sucesos
pasados moldean el presente, las discusiones del presente afectan
las versiones del pasado.
III
Quizás el tiempo presente en cuestión puede definirse como
esa franja temporal en que conviven los relatos de memoria personal
con los intentos de análisis histórico. Hacer historia de esa franja
temporal implica, para el historiador, hacer preguntas distintas a
las que acostumbra respecto de génesis, desarrollo y transformación
de procesos sociales. La discusión precedente apunta la dificultad
para poder discernir los procesos en desarrollo. La idea de que la
izquierda llegaba a su fin, y por ello también un proceso iniciado
en el siglo XIX, fue común después de la caída del llamado
socialismo realmente existente en la última década del siglo XX.
Evidentemente no fue el caso. Ni siquiera la vieja izquierda hizo
caravana de despedida y más bien se aprestó para una nueva
ronda; ocurrieron fusiones, tanto las anheladas como las temidas,
y prosiguieron las escisiones y los experimentos. Las izquierdas de


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los setenta, al menos en México, han trascendido con mutaciones
varias hasta el momento actual. Los vaticinios de su desaparición
y con ello el cierre de un proceso resultaron prematuros.
En este sentido, el historiador no únicamente hace la pregunta
clásica acerca de cómo el pasado ha producido el presente, sino
que interroga también cómo el presente produce una visión del
pasado. Las entrevistas de historia oral nos han hecho


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